Versículo destacado
Proverbios 1:20 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Por las calles y avenidas, la sabiduría hace oír su voz; "
Proverbios 1:20
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
18 esos hombres se tienden la trampa a sí mismos y ponen su vida en peligro.
19 Así terminan los ambiciosos: su propia ambición los mata.
20 Por las calles y avenidas, la sabiduría hace oír su voz;
21 proclama sus palabras por las puertas y por los puntos más concurridos de la ciudad:
22 Jóvenes inexpertos, burlones y necios, ¿hasta cuándo amarán la inexperiencia, hallarán placer en sus burlas y despreciarán el saber?
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Salomón ya ha mostrado cuán peligroso es escuchar las tentaciones de Satanás. Aquí muestra cuán peligroso es no escuchar los llamados de Dios, porque siempre lamentaremos haberlos ignorado.
Observemos primero quién nos llama: la sabiduría. Es la sabiduría la que clama públicamente. La palabra aparece en plural, «sabidurías», porque, así como en Dios hay una sabiduría infinita, también hay una sabiduría de Dios con muchas dimensiones (Efesios 3:10). Dios habla a las personas por medio de toda clase de sabiduría, y en cada palabra de Dios hay un propósito sabio.
El entendimiento humano es una forma de esa sabiduría. Incluye la luz y la ley de la naturaleza, las facultades de la razón y la obra de la conciencia (Job 38:36). Dios habla por medio de estas cosas y razona con las personas a través de ellas. El espíritu humano es la lámpara del Señor, y dondequiera que vayan, las personas pueden oír una voz detrás de ellas que dice: «Este es el camino». La voz de la conciencia es la voz de Dios, y no siempre permanece callada. A veces clama.
El gobierno civil también es una forma de sabiduría, porque Dios mismo lo ha establecido. Los gobernantes actúan como representantes suyos. Por medio de David, Dios dijo a los necios: «No actúen neciamente» (Salmo 75:4). En las puertas abiertas y en los lugares públicos de reunión, donde se llevaban a cabo los juicios, los jueces, como líderes sabios de la nación, llamaban a los malvados, en el nombre de Dios, a arrepentirse y cambiar.
La revelación divina también es sabiduría. Cada una de sus partes, cada mandamiento y cada instrucción, es tan sabia como la sabiduría misma. Dios habla por medio de su Palabra escrita, por medio de la ley de Moisés, que pone delante de nosotros la bendición y la maldición; por medio de los labios de los sacerdotes, a quienes se les había confiado el conocimiento; y por medio de sus profetas y de todos sus ministros. Él advierte a los pecadores con tanta claridad como un pregonero que anuncia algo en las calles o en la plaza pública. En su Palabra, Dios no se limita a presentar el asunto; también razona con las personas acerca de él: «Vengan, pongamos las cosas en claro» (Isaías 1:18).
Cristo mismo es la Sabiduría; o más bien, es la fuente de todas las sabidurías, porque en él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Él está en el centro de toda la revelación divina. No solo es la Sabiduría eterna de Dios, sino también la Palabra eterna por medio de la cual Dios nos habla. El Padre le ha dado todo el juicio, por lo que él es quien llama a los pecadores a responder y después dicta sentencia sobre ellos. Incluso se llama a sí mismo la Sabiduría (Lucas 7:35).
En segundo lugar, observemos cómo nos llama. Lo hace de manera muy pública, para que todo el que tenga oídos para oír pueda escuchar. Todos son bienvenidos a beneficiarse de lo que dice, y todos deben prestarle atención. Las normas de la sabiduría se anuncian en las calles, no solo en las escuelas o los palacios, sino también en los lugares públicos más concurridos, entre la gente común que pasa por las puertas de la ciudad. Es alentador echar la red del evangelio donde hay muchos peces, con la esperanza de que algunos sean atrapados.
Esto se cumplió en nuestro Señor Jesús, quien enseñaba abiertamente en el templo y delante de grandes multitudes, y no decía nada en secreto (Juan 18:20). También les dijo a sus ministros que proclamaran el evangelio desde las azoteas (Mateo 10:27). Dios dice: «Yo no he hablado en secreto» (Isaías 45:19). La voz de la sabiduría se escucha en todas partes. La verdad no se esconde en los rincones, y la virtud no se avergüenza de sí misma.
También nos llama con urgencia. La sabiduría clama, y vuelve a clamar, como alguien profundamente preocupado. Jesús se puso de pie y alzó la voz. Ella habla con completa claridad y con verdadero afecto. Dios quiere ser escuchado y obedecido.
En tercer lugar, observemos a qué nos llaman Dios y Cristo. Primero reprenden a los pecadores por su necedad y por aferrarse obstinadamente a ella (Proverbios 1:22). La sabiduría se dirige a los ingenuos, a los que aman la ingenuidad, y a los necios que aborrecen el conocimiento. Aun así, debemos seguir usando los medios disponibles con personas de quienes tenemos poca esperanza, porque no sabemos lo que la gracia de Dios puede hacer.
Aquí se presentan tres clases de personas. La primera son los ingenuos que aman su ingenuidad. El pecado es necedad, y los pecadores son personas necias. Su condición es muy grave si disfrutan de sus ideas equivocadas acerca del bien y del mal, de sus sentimientos erróneos contra los caminos de Dios y de su propia conducta insensata. Se complacen en engañarse a sí mismos y en halagarse mientras viven en pecado.
La segunda clase son los burlones, que se deleitan en ridiculizar. Son personas orgullosas que disfrutan insultar a todos los que las rodean, hacer bromas de todo y burlarse de cualquier cosa. Aquí se tiene en mente principalmente a quienes se burlan de la religión: la peor clase de pecadores, porque se niegan a someterse a la verdad y a la ley de Cristo, así como a las advertencias de su Palabra. Se enorgullecen de destruir todo lo sagrado y serio.
La tercera clase son los necios que aborrecen el conocimiento. Nadie aborrece el conocimiento excepto un necio. Solo quienes no entienden verdaderamente la religión se oponen a ella. Los más necios son quienes odian que se les enseñe y corrija, y sienten un profundo rechazo por una vida de devoción sincera a Dios.
El reproche se expresa mediante esta pregunta: «¿Hasta cuándo seguirán así?». Esto muestra que el Dios del cielo quiere que los pecadores se vuelvan a él y sean transformados, no que terminen arruinados. Le desagrada profundamente su obstinación y su demora. Él espera para mostrar gracia y está dispuesto a razonar con ellos.
Después los invita a arrepentirse y a hacerse sabios (Proverbios 1:23). El mandato es claro: «Vuélvanse cuando los reprenda». No aprovechamos correctamente la corrección si no nos alejamos del mal y nos volvemos hacia el bien, porque ese es el propósito de la corrección. Vuelve a tener una mente recta. Vuélvete a Dios. Vuélvete a tu deber y vive.
Las promesas son muy alentadoras. Quienes aman su ingenuidad descubren que, por sus propias fuerzas, no pueden cambiar su manera de pensar ni su forma de vivir. No pueden volverse por su propio poder. Dios responde a esto con la promesa: «Derramaré mi Espíritu sobre ustedes». Haz lo que puedas, y la gracia de Dios obrará contigo y dentro de ti para que quieras y hagas el bien que jamás podrías hacer sin él. Haz tu parte, y Dios te ayudará. Extiende tu mano paralizada, y Cristo la fortalecerá y la sanará.
El autor de esta gracia es el Espíritu, y aquí se promete: «Derramaré mi Espíritu sobre ustedes», como se derrama aceite o agua. Recibirán el Espíritu en abundancia, como ríos de agua viva (Juan 7:38). Nuestro Padre celestial da el Espíritu Santo a quienes se lo piden.
El medio de esta gracia es la Palabra, que, cuando la recibimos correctamente, nos transforma. Por eso Dios también promete: «Les daré a conocer mis palabras»; no solo las pronunciará, sino que también ayudará a las personas a entenderlas. La gracia especial es necesaria para una conversión sincera, pero esa gracia nunca será negada a quien la busque con honestidad y se rinda a ella.
Finalmente, declara el destino de quienes siguen resistiéndose a todos estos medios y actos de gracia. Es una declaración extensa y aterradora (Proverbios 1:24-32).
Después de llamar a los pecadores a volver, la sabiduría espera para ver cómo responderán. Ella escucha, pero ellos no hablan con rectitud (Jeremías 8:6). Entonces continúa mostrando lo que sucederá al final. La acusación contra ellos es seria y profundamente ofensiva para Dios. En última instancia, se trata de rechazar a Cristo y negarse a recibir la gracia que ofrece. No quisieron someterse a las condiciones de su evangelio, el cual los habría salvado tanto de la maldición de la ley de Dios como del poder de la ley del pecado.
Cristo los llamó para advertirles del peligro. Extendió su mano para ofrecerles misericordia y aun para ayudarlos a salir de su miserable condición. Les tendió la mano para que la tomaran, pero se negaron y nadie prestó atención. Algunos fueron descuidados y ni siquiera notaron lo que se les decía. Otros fueron obstinados: aunque escucharon la voluntad de Cristo, le dieron una negativa rotunda. Amaban su necedad y no quisieron hacerse sabios. Resistieron cada medio usado para hacerlos volver. Dios extendió su mano por medio de las misericordias que les concedió y, cuando estas no los conmovieron, también por medio de las correcciones; pero todo fue inútil. No prestaron más atención a sus obras que a sus palabras.
Cristo también los reprendió y los aconsejó. Sus reprensiones no eran simples regaños, sino una guía amorosa destinada a ayudarlos a actuar mejor. Sin embargo, trataron todos sus consejos como algo sin valor y no aceptaron su reprensión, como si estuviera por debajo de ellos dejarse corregir por él y como si no hubieran hecho nada malo (Proverbios 1:24-25). Esto se repite en el versículo 30: no quisieron aceptar su consejo y lo rechazaron con desprecio. Llamaron insultos a sus reprensiones (Jeremías 6:10) y trataron toda su corrección como una broma. Quienes son sordos al consejo sabio y a la corrección están destinados a la ruina.
También se les exhortó a someterse a la razón correcta y a la verdadera religión, pero se rebelaron contra ambas. No permitieron que la razón los gobernara, porque aborrecieron el conocimiento (Proverbios 1:29). Odiaron la luz de la verdad divina porque dejaba al descubierto la maldad de sus obras (Juan 3:20). No podían soportar que les dijeran lo que no querían saber.
La religión tampoco pudo gobernarlos, porque no escogieron el temor del Señor. En cambio, eligieron andar conforme a los deseos de su corazón y a lo que sus ojos querían. Se les exhortó a tener siempre presente a Dios, pero prefirieron apartarlo y dejar detrás de sí el temor del Señor. Quienes no escogen el temor del Señor demuestran que no tienen verdadero conocimiento.
Entonces se pronuncia la sentencia, y con toda seguridad terminará en ruina. Quienes no se sometan al gobierno de Dios perecerán bajo su ira y su maldición, y ni siquiera el evangelio los ayudará entonces. No quisieron beneficiarse de la misericordia de Dios cuando se les ofreció; por eso es justo que queden bajo su justicia (Proverbios 29:1). Estas advertencias se verán plenamente en el juicio final y en la miseria eterna de quienes no se arrepientan, aunque ya hay señales de ello en los juicios presentes.
Por ahora, los pecadores suelen vivir cómodamente y sentirse seguros. Viven tranquilos y se ríen del sufrimiento. Pero vendrá la calamidad. Vendrá la enfermedad, junto con padecimientos que sentirán como las primeras señales y mensajeros de la muerte. También llegarán otras dificultades en la mente y en las posesiones, y mostrarán cuán insensato fue mantener a Dios a distancia.
La calamidad también los llenará de miedo. Serán dominados por el espanto e imaginarán que algo peor está por venir. Cuando Dios envía juicios públicos, los pecadores en Sion sienten temor, y los hipócritas son vencidos por el terror. La muerte es para ellos el rey de los terrores (Job 15:21; Job 18:11), y ese miedo los atormentará sin fin.
Lo que temían realmente les sucederá. Su temor llegará como una gran ruina, como una inundación poderosa que arrasa con todo. Será su destrucción, total y definitiva, y llegará como un torbellino que de repente se lleva la paja. Quienes no aceptan el temor de Dios se exponen a cualquier otro temor, y sus miedos no serán infundados.
Entonces su terror se convertirá en desesperación. La angustia y la aflicción caerán sobre ellos y, después de haber caído en el abismo que temían, no verán ninguna salida (Proverbios 1:27). Saúl exclamó: «La angustia se ha apoderado de mí» (2 Samuel 1:9). El infierno es un lugar de llanto, lamento y rechinar de dientes, debido a la angustia del pecador bajo la justa ira de Dios (Romanos 2:8-9).
Ahora Dios se compadece de su necedad, pero entonces se reirá de su calamidad (Proverbios 1:26). Ellos se burlaron de su consejo, y él les responderá de la misma manera. Quienes se burlan de la religión solo se convierten en motivo de vergüenza ante todo el mundo. Los justos se reirán de ellos (Salmo 52:6), y Dios mismo también lo hará.
Esto muestra que quedarán excluidos para siempre de la compasión de Dios. Pecaron durante tanto tiempo contra la misericordia que finalmente la perdieron por completo. El ojo de Dios no tendrá compasión de ellos ni los perdonará. En efecto, puesto que su justicia se manifestará en la ruina de ellos, se complacerá en ella, aunque ahora prefiere que se vuelvan de su pecado y vivan. «Me sentiré aliviado de mis enemigos».
Ahora Dios está dispuesto a escuchar sus oraciones y recibirlos con misericordia, si tan solo lo buscaran. Pero entonces la puerta estará cerrada y clamarán en vano (Proverbios 1:28). En ese momento estarán dispuestos a recibir la misericordia que ahora rechazan y tratan con desprecio, pero Dios no les responderá, porque cuando él llamó, ellos no respondieron.
La única respuesta entonces será: «Aléjense de mí; no los conozco». Esto les ha sucedido a algunos incluso en esta vida, como a Saúl, a quien Dios no respondió ni por medio del Urim ni de los profetas. Sin embargo, en la vida ordinaria, mientras hay vida todavía hay oportunidad de orar y esperanza; por eso, este pasaje apunta especialmente al juicio final.
Entonces quienes ignoraron a Dios lo buscarán con afán, pero será demasiado tarde. No lo encontrarán, porque no lo buscaron cuando podía ser hallado (Isaías 55:6). El hombre rico que estaba en el infierno pidió ayuda, pero le fue negada.
Ahora están decididos a seguir su propio camino y les agradan sus propios planes, pero entonces habrán tenido suficiente de ellos (Proverbios 1:31). Como dice el refrán, cada quien beberá lo que preparó. Comerán el fruto de su propio camino y recibirán una recompensa conforme a sus obras. Así como escogieron, así serán juzgados (Gálatas 6:7-8). En primer lugar, el pecado tiene una tendencia natural hacia la destrucción (Santiago 1:15).
Los pecadores son verdaderamente miserables si solo cosechan el fruto de su propio camino. Quienes sean destruidos tendrán que culparse a sí mismos y no a nadie más. Es su propia elección y su propio plan; si quieren, pueden sentirse orgullosos de ello. Dios los entrega a sus propias ilusiones (Isaías 66:4).
Ahora tienen en alta estima su éxito en este mundo, pero eso solo hará más grande su ruina (Proverbios 1:32). Se enorgullecen de poder apartarse de Dios y sacudirse las restricciones de la religión, pero precisamente eso los hará caer. Más adelante, hasta el recuerdo de ello les causará un profundo dolor.
También se enorgullecen de su tranquilidad y sus placeres. Pero la tranquilidad de los ingenuos, como lo indica la nota marginal, los matará. Cuanto más seguros se sientan, más segura y terrible será su destrucción. La prosperidad de los necios contribuye a su destrucción porque los llena de orgullo, fija su corazón en el mundo, alimenta sus deseos pecaminosos y los endurece en la maldad.
El capítulo termina con una promesa de seguridad y paz para todos los que aceptan la instrucción de la sabiduría (Proverbios 1:33). «El que me escucha y permite que lo guíe vivirá seguro». Vivirá bajo el cuidado especial de Dios, de modo que nada podrá dañarlo verdaderamente. También estará tranquilo, sin ese temor inquieto al peligro. No solo estará protegido del mal, sino que quedará libre del miedo que este provoca. Aunque la tierra temblara y se deshiciera, no tendría que temer.
Quienes desean estar a salvo del daño y libres del miedo deben permitir que la religión los guíe y dejar que la palabra de Dios les dé consejo. Ese es el camino para vivir seguros en este mundo y estar en paz con respecto al mundo venidero.
De este capítulo
Proverbios 1:1
"Dichos de Salomón, hijo de David, rey de Israel,"
Proverbios 1:2
"que tienen como propósito comunicar sabiduría e instrucción y ayudar a comprender palabras llenas de sentido;"
Proverbios 1:3
"adquirir instrucción, prudencia, justicia, rectitud y equilibrio;"
Proverbios 1:4
"hacer sagaces a los jóvenes inexpertos y darles conocimiento y reflexión."
Proverbios 1:5
"El que es sabio e inteligente los escucha y adquiere así más sabiduría y experiencia"
Proverbios 1:6
"para entender los dichos de los sabios y sus palabras, ejemplos y adivinanzas."
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