Versículo destacado
Números 19:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" El que toque el cadáver de cualquier persona permanecerá impuro durante siete días. "
Números 19:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Otro hombre que esté ritualmente puro recogerá las cenizas de la vaca y las pondrá en un lugar puro fuera del campamento. El pueblo de Israel usará esas cenizas para preparar el agua de purificación. Todo esto es un sacrificio por el pecado.
10 El que recogió las cenizas lavará su ropa y permanecerá ritualmente impuro hasta la tarde. Esta es una ley permanente, tanto para ustedes, los israelitas, como para los extranjeros que vivan entre ustedes.
11 El que toque el cadáver de cualquier persona permanecerá impuro durante siete días.
12 Al tercero y al séptimo día deberá purificarse con el agua de purificación, y quedará puro. Pero si no se purifica al tercero y al séptimo día, no quedará puro.
13 Si alguien toca el cadáver de una persona y no se purifica, profana el santuario del Señor y, por lo tanto, deberá ser eliminado de Israel. Puesto que no ha sido rociado con el agua de purificación, permanece en estado de impureza.
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Aquí se dan instrucciones sobre cómo debían usarse las cenizas preparadas para la purificación. Se guardaban para sacarlas cuando fueran necesarias. Al principio, mientras Israel acampaba muy cerca unos de otros, quizá bastaba un solo lugar para almacenarlas. Pero más adelante, cuando vivían en Canaán, es probable que se conservaran algunas cenizas en cada ciudad, porque se necesitarían a diario.
Observemos primero los casos que requerían la purificación con estas cenizas. La única impureza mencionada aquí es la impureza ceremonial causada por tocar un cadáver, un hueso humano o una tumba, o por estar en la tienda o la casa donde yacía un cadáver (Números 19:11, 14-16). Esta parece haber sido una de las cargas más pesadas de la ley ceremonial y una de las más difíciles de explicar. Si alguien tocaba el cadáver de un animal impuro, o a una persona viva que estuviera en el grado más alto de impureza ceremonial, quedaba impuro solo hasta la tarde y únicamente necesitaba lavarse con agua común. Pero cualquiera que se acercara al cadáver de un hombre, una mujer o un niño tenía que llevar la vergüenza de la impureza durante siete días, ser purificado dos veces con el agua de separación y obtener esa agua con dificultad y gastos. Mientras no fuera purificado, no podía acercarse al santuario, bajo pena de muerte.
Esto resultaba extraño de varias maneras. Primero, cada vez que alguien moría —y estamos rodeados de muerte— muchas personas tenían que quedar ceremonialmente impuras. Había que desnudar, lavar, envolver, transportar y enterrar el cuerpo, y para ese trabajo se necesitaban muchas manos. Sin embargo, todos quedaban contaminados. Esto muestra que, en nuestra condición caída, nadie vive sin pecado y no podemos evitar el mundo contaminado por el que pasamos. Pecamos a diario, pero nuestra incapacidad para vivir sin pecado no hace que el pecado sea menos contaminante.
Segundo, cuidar a los muertos y enterrarlos de manera apropiada es necesario y bueno. Es un acto de bondad que honra a los muertos y consuela a los vivos. Sin embargo, aun así producía impureza. Esto muestra que las manchas del pecado se mezclan con nuestros mejores servicios y se adhieren a ellos. No hay ninguna persona justa en la tierra que haga el bien y no peque. Incluso cuando hacemos algo bueno, es probable que hagamos algo mal en el proceso.
Tercero, esta contaminación podía contraerse por algo que se hacía en privado, dentro de la casa. Esto nos recuerda que Dios ve lo que se hace en secreto y que nada está oculto para él.
Cuarto, una persona podía contraer esta impureza sin darse cuenta, como al tocar una tumba escondida. Jesús dijo que quienes caminan sobre ella no lo saben (Lucas 11:44). Esto señala la contaminación de la conciencia por pecados cometidos sin saberlo. También nos lleva a clamar: «¿Quién puede entender sus propios errores?» y a orar: «Líbrame de mis faltas ocultas», esas faltas que ni siquiera vemos en nosotros mismos.
Pero ¿por qué la ley trataba un cadáver como algo tan contaminante? Primero, porque la muerte es el salario del pecado. Entró al mundo por medio del pecado y reina a causa del pecado. La muerte de los seres humanos es diferente de la muerte de las demás criaturas. Es una maldición y la ejecución del juicio; por eso, la impureza de la muerte señala la impureza del pecado.
Segundo, la ley no podía vencer la muerte, abolirla ni cambiar su naturaleza. El evangelio hace eso al poner claramente ante nosotros la vida y la inmortalidad y al abrir una esperanza mejor. Puesto que nuestro Redentor murió y fue sepultado, la muerte ya no tiene el mismo poder destructivo sobre el pueblo de Dios, y los cadáveres ya no producen impureza de la misma manera. Pero mientras la iglesia estuvo bajo la ley, esta impureza les recordaba a las personas que la ley no podía perfeccionar a quienes acudían a ella. También les daba una visión triste y pesada de la muerte. Ahora, por medio de Cristo, los creyentes pueden triunfar sobre ella: «Muerte, ¿dónde está tu victoria? Sepulcro, ¿dónde está tu contaminación?».
Consideremos ahora cómo debían usarse las cenizas en estos casos. Había que poner una pequeña cantidad de cenizas en un recipiente con agua fresca y mezclarla. Esto se llamaba el agua de separación, porque se rociaba sobre quienes habían sido separados del santuario por causa de la impureza. Así como las cenizas de la novilla señalaban el mérito de Cristo, el agua viva señalaba el poder y la gracia del Espíritu Santo, a quien se compara con ríos de agua viva. Es por la obra del Espíritu que la justicia de Cristo se aplica a nosotros para nuestra purificación. Por eso, la Escritura dice que somos lavados —es decir, santificados y justificados, hechos santos y declarados justos delante de Dios— no solo en el nombre del Señor Jesús, sino también por el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:11; 1 Pedro 1:2). Quien espera beneficiarse de la justicia de Cristo mientras rechaza la gracia del Espíritu se está engañando a sí mismo. Dios ha unido estas dos cosas, y no pueden separarse. No somos purificados por las cenizas aparte del agua corriente.
Esta agua tenía que aplicarse con un manojo de hisopo empapado en ella, y la persona o el objeto que debía ser purificado tenía que ser rociado (Números 19:18). De esa manera oró David: «Purifícame con hisopo». La fe es como ese manojo de hisopo, por medio del cual se rocía la conciencia y se limpia el corazón. Se podía rociar a muchas personas a la vez, y el agua mezclada podía usarse repetidamente hasta que se acabara. Una cantidad muy pequeña era suficiente para purificar a una persona, si se usaba correctamente y con el propósito adecuado. De la misma manera, la sangre de Cristo es llamada «la sangre rociada» (Hebreos 12:24), y por medio de ella se dice que somos rociados para quedar libres de una mala conciencia (Hebreos 10:22), es decir, del sufrimiento que produce la culpa. También se había anunciado que Cristo, por medio de su sacrificio, rociaría a muchas naciones (Isaías 52:15).
La persona impura tenía que ser rociada con esta agua al tercer día después de la contaminación y nuevamente al séptimo día (Números 19:12-19). Podemos suponer que los días se contaban desde la última vez que tocó o se acercó al cadáver. No comenzaría los días de purificación mientras todavía existiera la posibilidad de repetir la contaminación. Pero una vez enterrado el cadáver y cuando ya no hubiera razón para volver a tocarlo, podía comenzar a contar los días. De la misma manera, solo podemos aplicar con confianza el mérito de Cristo a nuestra alma cuando hemos dejado atrás el pecado y hemos dejado de participar en las obras inútiles de la muerte y las tinieblas. La repetición de la aspersión también nos enseña a renovar una y otra vez nuestro arrepentimiento y nuestra fe. Lávate, como Naamán, siete veces. Lo que es tan necesario debe hacerse bien y con frecuencia.
Aunque esta contaminación era solo ceremonial, negarse a realizar la purificación requerida se convertía en una verdadera culpa moral: «La persona que quede impura y no se purifique será eliminada» (Números 19:20). Es peligroso despreciar los mandamientos de Dios, aun cuando parezcan pequeños.
Una herida pequeña, si se ignora, puede volverse mortal. De la misma manera, un pecado que llamamos pequeño, si no nos arrepentimos de él, nos llevará a la ruina; en cambio, los grandes pecadores que vuelven a Dios encontrarán misericordia. Nuestra impureza nos separa de Dios, pero lo que nos separará de él para siempre es permanecer impuros y negarnos a ser limpiados.
La herida no es el peligro principal; el peligro está en rechazar el remedio. Incluso quien rociaba el agua de purificación, quien la tocaba o quien tocaba a la persona impura quedaba impuro hasta la tarde. Eso significaba que no podía acercarse al santuario ese día (Números 19:21-22). Con esto, Dios mostraba la debilidad de aquellos ritos y que no podían limpiar por completo la conciencia.
Dios tenía el propósito de que estos ritos llevaran al pueblo a esperar al Mesías, el Salvador ungido, que vendría en el tiempo señalado por Dios. Por medio del Espíritu eterno, él se ofrecería a sí mismo sin mancha delante de Dios y limpiaría nuestra conciencia de las obras muertas, es decir, de los pecados que contaminan como un cadáver y que por eso son llamados un cuerpo de muerte. Entonces tendríamos libre acceso al santuario y podríamos servir al Dios vivo con sacrificios vivos.
De este capítulo
Números 19:1
"El Señor habló a Moisés y Aarón y les dijo:"
Números 19:2
"Yo, el Señor, doy esta orden: Diles a los israelitas que te traigan una vaca de pelo rojizo, sin ningún defecto y a la que nunca le hayan puesto el yugo."
Números 19:3
"Ustedes se la entregarán al sacerdote Eleazar. Él la sacará fuera del campamento y ordenará que la maten en su presencia."
Números 19:4
"El sacerdote Eleazar tomará con el dedo un poco de la sangre y la rociará siete veces en dirección a la tienda del encuentro."
Números 19:5
"Después quemarán la vaca en su presencia; quemarán también el cuero, la carne, la sangre y el estiércol."
Números 19:6
"Enseguida, el sacerdote tomará madera de cedro, una ramita de hisopo y tela roja, y lo arrojará todo al fuego en el que se quema la vaca;"
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