Versículo destacado

Números 14:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Entonces los israelitas comenzaron a gritar y pasaron toda aquella noche llorando. "

Números 14:1

menu_book El versículo en contexto

1 Entonces los israelitas comenzaron a gritar y pasaron toda aquella noche llorando.

2 Todos ellos comenzaron a hablar mal de Moisés y de Aarón. Decían: ¡Ojalá hubiéramos muerto en Egipto o aquí en el desierto!

3 ¿Para qué nos trajo el Señor a este país? ¿Para morir en la guerra y que nuestras mujeres y nuestros hijos caigan en poder del enemigo? ¡Más nos valdría regresar a Egipto!

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos el daño que causaron los espías malintencionados con su informe injusto. Podemos suponer que los doce hombres elegidos para explorar Canaán habían hablado entre ellos antes de presentar su informe público. Es probable que Caleb y Josué hicieran todo lo posible por convencer a los demás de adoptar su misma perspectiva. Si los otros hubieran aceptado que Caleb, por ser el portavoz, hablara en nombre de todos, las cosas habrían salido bien. Pero parece que los espías malintencionados provocaron deliberadamente esta rebelión, simplemente para oponerse a Moisés y Aarón, aunque no podían ganar nada con ello, a menos que esperaran convertirse en los líderes de la retirada hacia Egipto que estaban planeando.

¿Qué ocurrió entonces? El pueblo al que querían agradar quedó sumido en la miseria y, al final del capítulo, fue llevado a la ruina. Primero vemos cómo el pueblo se dejó llevar por la desesperación. Alzó la voz y lloró (Números 14:1). Le creyó a los espías en vez de creer la palabra de Dios y, como pensaba que su situación no tenía solución, dejó que sus pasiones tomaran el control y perdió todo dominio propio. Como niños necios y tercos, lloraban sin siquiera saber con claridad qué querían.

Habría tenido sentido que gritaran cuando el enemigo realmente los atacara y los hijos de Anac, aquellos descendientes gigantes de Anac, estuvieran frente a la entrada de su campamento. Pero quienes lloraron cuando todavía nada les había hecho daño merecían tener algo real por lo cual llorar. Como si todo ya estuviera perdido, pasaron la noche llorando. La incredulidad, es decir, desconfiar de Dios, es su propio castigo. Quienes no confían en Dios viven alterándose a sí mismos. El mundo tiene más personas afligidas que el pueblo de Dios, y la tristeza de este mundo lleva a la muerte.

Segundo, se volvieron contra sus líderes, murmurando contra Moisés y Aarón; y al hacerlo, en realidad estaban hablando contra el Señor mismo (Números 14:2-3). La inquietud comenzó con el grupo de los ancianos (Números 14:1), pero el problema se extendió rápidamente por todo el campamento, porque toda la congregación de Israel se unió a las quejas. La sospecha y el descontento se propagan con rapidez entre las multitudes que no reflexionan cuidadosamente, y esas personas suelen despreciar la autoridad y hablar mal de quienes ocupan puestos de responsabilidad.

Miraron hacia atrás con un arrepentimiento amargo y sin motivo válido. Deseaban haber muerto en Egipto junto con los primogénitos que murieron allí, o en el desierto con quienes habían muerto recientemente a causa de la plaga por haber anhelado comida. ¡Miren hasta dónde puede llegar una pasión descontrolada! Puede hacer que las personas desechen incluso la vida misma, que por naturaleza consideran lo más valioso. Nunca habían pasado tantos meses de una manera tan favorable como esos. Desde que salieron de Egipto, habían estado rodeados de honor, habían recibido misericordia y habían disfrutado una provisión extraordinaria tras otra. Sin embargo, actuaban como si nada de eso hubiera hecho que la vida valiera la pena, y deseaban haber muerto en Egipto.

También tenían una visión tan baja de los terribles juicios de Dios contra sus vecinos, que preferían haber sufrido esos castigos antes que arriesgarse a entrar en Canaán. Preferían morir como criminales bajo la justicia de Dios que vivir como conquistadores bajo su favor. Algunos entienden sus palabras de esta manera: «Ojalá hubiéramos muerto en Egipto o en el desierto. Ojalá pudiéramos morir». Querían morir porque tenían miedo de morir, y no mostraban la misma actitud que aquellos pobres leprosos que dijeron: «Si nos matan, solo moriremos» (2 Reyes 7:4). ¡Qué espíritu tan débil y vergonzoso mostraron estos israelitas caídos! En vez de enfrentar la muerte, si llegaba el momento, como soldados en un campo de honor, con la espada en la mano, querían morir como ovejas indefensas en el desierto.

También miraron hacia el futuro con un temor desesperado, como si fuera seguro que, si seguían adelante, morirían a espada. Fingían que su miedo provenía de la preocupación por sus esposas y sus hijos, a quienes suponían que los cananeos convertirían en presa. Esto también era un insulto malvado contra Dios mismo, como si los hubiera llevado allí con el propósito de que fueran asesinados y de permitir que sus esposas y sus hijos, aquellos inocentes, fueran tomados como botín. En efecto, acusaban al Dios que es amor de tener intenciones crueles y al Dios de la verdad de engañarlos, como si todas sus palabras bondadosas y todo lo que había hecho por ellos hasta entonces solo hubieran tenido el propósito de atraparlos y destruirlos. ¡Qué falta de respeto tan atrevida! Pero ¿qué no dirá contra el cielo una lengua encendida por el infierno?

El diablo sigue ejerciendo influencia en el corazón humano al alimentarlo con pensamientos malos acerca de Dios, como si Dios quisiera que los pecadores murieran y se complaciera en las dificultades y el sufrimiento de sus propios siervos. Sin embargo, los pensamientos de Dios hacia nosotros son pensamientos de bien y no de mal (Jeremías 29:11), lo entendamos o no.

Tercero, finalmente llegaron a esta decisión desesperada: en vez de avanzar hacia Canaán, regresarían a Egipto. Al principio solo fue una pregunta: «¿No sería mejor para nosotros regresar a Egipto?» (Números 14:3). Pero, como sus mentes ya estaban agitadas y dispuestas a aceptar cualquier cosa terca y perversa, la pregunta se convirtió rápidamente en un plan decidido, sin ningún debate real: «Escojamos un líder y regresemos a Egipto» (Números 14:4). Más adelante, Nehemías lamentó que, en su rebelión, hubieran escogido un líder para llevarlos de vuelta a la esclavitud (Nehemías 9:17), porque sabían que Moisés no los conduciría en esa retirada.

Esta fue la mayor de las necedades. Aunque no se atrevieran a avanzar hacia Canaán, habría sido mejor quedarse donde estaban que regresar a Egipto. ¿Qué les faltaba? ¿De qué tenían que quejarse? Tenían alimento, paz y descanso. Estaban bajo un buen liderazgo, tenían buena compañía y contaban con señales claras de la presencia de Dios entre ellos. Ya tenían suficiente para estar contentos, incluso en el desierto, si tan solo hubieran tenido un corazón dispuesto. Pero ¿a dónde querían ir para mejorar su situación? A Egipto. ¿Habían olvidado tan pronto la dura esclavitud que habían sufrido allí? ¿Querían volver a vivir bajo capataces crueles y fabricar ladrillos a la fuerza?

Después de todas las plagas que Egipto había sufrido por causa de ellos, ¿de verdad esperaban que allí los trataran mejor que antes, y no mucho peor? En menos de un año y medio, habían olvidado todos los gemidos de su esclavitud y todos los cantos de su liberación. Como animales irracionales, solo se preocupaban por el presente, y sus pasiones habían arrasado con sus recuerdos y con el resto de su capacidad de razonar. Vean Salmo 106:7. Más adelante se anunció como la culminación de su desgracia que serían llevados de vuelta a Egipto (Deuteronomio 28:68), pero eso era precisamente lo que ellos querían. Los pecadores son sus propios enemigos, y quienes no siguen los caminos de Dios están escogiendo su propio daño y ruina.

Era muy necio y absurdo hablar de regresar a Egipto atravesando otra vez el desierto. ¿Esperaban que la nube de Dios los guiara o que el maná continuara acompañándolos? Si no, los miles de israelitas ciertamente se perderían y morirían en el desierto. Aunque conquistar Canaán pareciera tan difícil como ellos pensaban, regresar a Egipto habría sido mucho más difícil.

De esto debemos aprender la necedad de vivir inquietos e impacientes bajo las dificultades de nuestra vida exterior. Nos incomoda nuestra situación presente, nos quejamos del lugar y de las circunstancias que nos han tocado, y queremos cambiarlos. Pero ¿existe algún lugar o condición en este mundo que no tenga algo que pueda inquietarnos, si decidimos vivir de esa manera? La forma de mejorar nuestra situación es llevar nuestro corazón a un estado mejor. En vez de preguntar: «¿No sería mejor ir a Egipto?», deberíamos preguntar: «¿No sería mejor estar contentos y aprovechar de la mejor manera lo que tenemos?».

También vemos la necedad de apartarse de los caminos de Dios. El cielo es el Canaán que tenemos delante: una tierra que fluye leche y miel, una tierra de grandes bendiciones. Quienes hablan mal de ella todavía tienen que admitir que es verdaderamente una buena tierra, aunque sea difícil llegar a ella. Muchas veces se considera que vivir una vida piadosa con seriedad y de todo corazón es imposible, y eso impide que muchas personas que comenzaron bien sigan avanzando. En vez de enfrentar las dificultades imaginarias de una vida piadosa, atraen sobre sí las consecuencias seguras y mortales de una vida pecaminosa. Así imitan la necedad de Israel, que, cuando estaba a un paso de Canaán, quiso escoger un capitán y planeó regresar a Egipto.

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