Versículo destacado

Números 10:29 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Un día, Moisés le dijo a su cuñado Hobab, hijo de Reuel el madianita: —Nosotros nos vamos al país que el Señor ha prometido darnos. Ven con nosotros y te trataremos bien, pues el Señor ha prometido tratar con bondad a Israel. "

Números 10:29

menu_book El versículo en contexto

27 Al frente del ejército de la tribu de Neftalí estaba Ahirá, hijo de Enán.

28 Este era el orden que seguían los ejércitos israelitas cuando se ponían en camino.

29 Un día, Moisés le dijo a su cuñado Hobab, hijo de Reuel el madianita: —Nosotros nos vamos al país que el Señor ha prometido darnos. Ven con nosotros y te trataremos bien, pues el Señor ha prometido tratar con bondad a Israel.

30 Pero Hobab le respondió: —No, yo prefiero volver a mi tierra, donde están mis parientes.

31 —No te vayas —insistió Moisés—. Tú conoces bien los lugares donde se puede acampar en el desierto y puedes servirnos de guía.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se nos cuenta lo que ocurrió entre Moisés y Hobab cuando el campamento de Israel se puso en marcha rumbo a Canaán. Algunos piensan que Hobab era la misma persona que Jetro, el suegro de Moisés, y que el relato de Éxodo 18 corresponde a este momento. Sin embargo, parece más probable que Hobab fuera hijo de Jetro, también llamado Reuel o Ragüel (Éxodo 2:18). Cuando el hombre mayor regresó a su propia tierra en su vejez (Éxodo 18:27), quizá dejó a Hobab con Moisés, así como Barzilai dejó a Quimam con David. La misma palabra puede significar suegro o cuñado.

Hobab se había quedado a gusto con Israel mientras acampaban en el monte Sinaí, cerca de su propia tierra. Pero ahora que estaban por partir, quería regresar a su país, a sus parientes y a la casa de su padre. Moisés lo invitó afectuosamente a continuar con ellos rumbo a Canaán (Números 10:29). Lo animó con la promesa de que lo tratarían bien y señaló la promesa de Dios como garantía: el SEÑOR había prometido el bien para Israel. Era como si Moisés le dijera: «Ven con nosotros, ocupa tu lugar entre nosotros y compartirás nuestra suerte. Dios ha prometido tratarnos bien». Quienes se dirigen hacia la Canaán celestial también deben invitar a sus amigos a acompañarlos, porque no perdemos nada al compartir las bendiciones de Dios. Una razón poderosa para unirse al pueblo de Dios es que Dios ha hablado bien acerca de él. Es bueno tener comunión con quienes tienen comunión con Dios (1 Juan 1:3) y caminar con aquellos que cuentan con la presencia de Dios (Zacarías 8:23).

Sin embargo, Hobab se inclinaba por regresar a su propia tierra, como dijo en Números 10:30. Uno pensaría que alguien que había visto tantas manifestaciones especiales de la presencia de Dios con Israel y tantas señales claras del favor divino necesitaría muy poco convencimiento. Pero es probable que su negativa proviniera del amor por su tierra natal, un amor que no fue vencido, como debió haberlo sido, por la confianza en la promesa de Dios y por una verdadera valoración de las bendiciones del pacto. Era descendiente de Abraham por medio de Cetura, pero no heredero de la fe de Abraham (Hebreos 11:8). Si lo hubiera sido, no habría respondido así a Moisés. Las cosas de este mundo, que podemos ver, con frecuencia nos atraen más que las cosas del mundo venidero, que no podemos ver. Lo terrenal suele ejercer sobre la mayoría de las personas una atracción más fuerte que el cielo mismo.

Moisés le insistió con mucha seriedad para que cambiara de opinión (Números 10:31-32). Le dijo que podía serles útil, porque estaban atravesando el desierto, un lugar que Hobab conocía bien. Moisés dijo que podría servirles «como los ojos», no para indicarles dónde acampar o qué camino tomar, pues la nube los guiaba en eso, sino para ayudarlos a evaluar las tierras por las que pasaban y en las que acampaban. Hobab podía mostrarles sus ventajas y peligros, para que aprovecharan lo bueno y se protegieran de lo perjudicial. Esto demuestra que confiar en la providencia de Dios no nos impide aceptar la ayuda de amigos en aquello que ellos saben hacer. Incluso quienes son guiados por milagros no deben rechazar los medios ordinarios de orientación.

Algunos piensan que Moisés dijo esto en parte para darle a Hobab la dignidad de ser útil a una comunidad tan grande, de modo que la ambición lo motivara a acompañarlos. Calvino ofrece otra interpretación que concuerda bien con el sentido original, aunque no suele tomarse en cuenta: «Por favor, no nos dejes. Ven con nosotros y comparte la tierra prometida, porque has conocido nuestro campamento en el desierto y has sido como nuestros ojos. No podemos recompensarte por tu bondad y por todo lo que has hecho por nosotros, a menos que vayas con nosotros a Canaán. Seguramente por eso comenzaste el viaje con nosotros: para continuar con nosotros». Quienes comienzan bien deben perseverar, porque de lo contrario pierden el beneficio y la recompensa de todo lo que han hecho y sufrido.

Moisés también prometió que Israel correspondería a la bondad de Hobab: cualquier bien que el SEÑOR les hiciera, ellos se lo harían a él (Números 10:32). Solo podemos dar lo que recibimos. No podemos prometer a nuestros amigos más servicio o bondad de la que Dios nos permite ofrecer. Lo único que podemos prometer con seguridad es hacer el bien conforme Dios nos capacite. Quienes comparten las dificultades del pueblo de Dios también compartirán sus consuelos y su honra. Quienes están dispuestos a compartir su suerte en el desierto también compartirán su suerte en Canaán. Si sufrimos con ellos, también reinaremos con ellos (2 Timoteo 2:12; Lucas 22:28-29).

No se nos dice qué respondió Hobab a Moisés. Por eso esperamos que su silencio significara que estuvo de acuerdo y que no los abandonó. Al ver que podía serles útil, quizá prefirió eso a seguir sus propios deseos. En esto nos deja un buen ejemplo. Más adelante también vemos que su familia no salió perjudicada por esa decisión (Jueces 1:16; 1 Samuel 15:6).

También se nos habla de la comunión entre Dios e Israel mientras el pueblo continuaba su marcha. Salieron del monte del SEÑOR (Números 10:33), el monte Sinaí, donde habían visto su gloria, escuchado su voz y entrado en pacto con él. No debían esperar que esas manifestaciones tan directas de la presencia de Dios continuaran todo el tiempo. Se alejaron de aquella montaña famosa, que la Escritura casi no vuelve a mencionar, excepto al recordar estos acontecimientos. Sinaí desaparece de la vista, pero Sion es el monte del que Dios dice: «Este es para siempre el lugar de mi reposo» (Salmo 132:14), y eso mismo debemos decir nosotros de Sion.

Sin embargo, cuando salieron del monte del SEÑOR, llevaron consigo el arca del pacto del SEÑOR, por medio de la cual se mantendría su comunión con Dios. Por medio de ella, Dios dirigía su camino. Algunos piensan que el arca del pacto iba literalmente delante de ellos en esta marcha; otros creen que lo hacía por su influencia, pues la nube que reposaba sobre ella dirigía todos sus movimientos. Se dice que el arca, es decir, el Dios del arca, buscaba un lugar de descanso para ellos. Esto no significa que Dios tuviera que buscar a su alrededor como si careciera de conocimiento. Significa que cada lugar adonde los guiaba era apropiado para ellos, como si el hombre más sabio de la comunidad hubiera ido delante para escogerlo. De manera semejante, se dice que Canaán era una tierra que Dios había explorado y escogido (Ezequiel 20:6).

Al llevar el arca, también reconocían a Dios en todos sus caminos, porque la consideraban la señal de su presencia. Cuando el arca se movía o se detenía, levantaban la mirada hacia Dios.

Moisés, como portavoz de toda la congregación, elevaba una oración tanto cuando el arca se ponía en marcha como cuando llegaba al lugar de descanso. De esta manera, sus partidas y sus asentamientos quedaban santificados por la oración. Esto nos da un buen ejemplo: debemos comenzar y terminar cada jornada de viaje y cada día de trabajo con oración.

Su oración cuando el arca avanzaba era: «¡Levántate, SEÑOR, y que se dispersen tus enemigos!» (Números 10:35). Estaban en una tierra desierta, pero se dirigían hacia territorio enemigo; por eso dependían de Dios para obtener la victoria en la guerra, así como dependían de él para recibir dirección y provisión en el desierto. Más adelante, David usó esta misma oración (Salmo 68:1), porque él también peleó las batallas del SEÑOR. En el mundo hay personas que son enemigas de Dios y lo aborrecen. Algunas son enemigas abiertas y otras secretas. Se oponen a su verdad, a su ley, a su adoración y a su pueblo. La dispersión y derrota de los enemigos de Dios es algo que todo el pueblo del SEÑOR debe desear profundamente y esperar con confianza. En ese sentido, esta oración también apunta al futuro como una profecía. Quienes continúan rebelándose contra Dios se apresuran hacia su propia ruina. Cuando Dios se levanta, eso basta para derrotar a sus enemigos. Cuando se levantó para juzgar, la obra se realizó rápidamente (Salmo 76:8-9). Es como si oráramos: «Levántate, SEÑOR, como se levanta el sol y ahuyenta la oscuridad». La resurrección de Cristo también dispersó a sus enemigos (Salmo 68:18).

Cuando el arca se detenía, Moisés oraba: «¡Regresa, SEÑOR, a los muchos miles de Israel!» (Números 10:36). Algunos entienden estas palabras como una oración para que Dios diera descanso a su pueblo. En ese sentido, significan: «Trae de vuelta, SEÑOR, a los muchos miles de Israel y devuélveles el descanso después de este duro viaje». Esto se relaciona con la idea expresada en Isaías 63:14, donde el Espíritu del SEÑOR dio descanso. Así, Moisés le pedía a Dios que concediera éxito y victoria a Israel fuera de su tierra, y paz dentro de ella.

Otros entienden las palabras como: «Regresa a los miles de Israel», es decir, a las muchas decenas de miles de su pueblo. Esto muestra tres cosas. Primero, la iglesia de Dios es un pueblo numeroso, compuesto por muchos miles en Israel. Segundo, debemos preocuparnos por todo ese pueblo en nuestras oraciones. Tercero, el verdadero bienestar del pueblo de Dios depende de su presencia constante entre ellos. Su seguridad no descansa en su número, aunque sean muchos miles. Descansa en el favor de Dios y en su regreso bondadoso para habitar con ellos. Esos miles son como ceros, y Dios es la cifra que les da valor. Por eso se dice: «¡Qué feliz eres, Israel! ¿Quién como tú, pueblo salvado por el SEÑOR?».

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