Versículo destacado

Nahúm 2:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Nínive, el destructor marcha contra ti. ¡Monta guardia en la fortaleza! ¡Vigila el camino! ¡Cíñete la espada! ¡Reúne tus fuerzas! "

Nahúm 2:1

menu_book El versículo en contexto

1 Nínive, el destructor marcha contra ti. ¡Monta guardia en la fortaleza! ¡Vigila el camino! ¡Cíñete la espada! ¡Reúne tus fuerzas!

2 Porque el Señor restaurará el orgullo de Jacob, el orgullo de Israel, tal como era antes de que lo saquearan y lo dejaran como una vid sin ramas.

3 Rojo es el escudo de sus guerreros, y rojo es el uniforme de su ejército. ¡Están listos para el ataque! Sus carros parecen de fuego; sus caballos están impacientes.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se anuncia la guerra contra Nínive (Nahúm 2:1). El profeta habla como si el peligro ya estuviera cerca. No es algo incierto ni lejano: «Mira a tu alrededor y observa; el que despedaza ha venido contra ti». Aquí se tiene en mente a Nabucodonosor, el rey de Babilonia conocido por aplastar naciones. Babilonia es llamada «el martillo de toda la tierra» (Jeremías 1:23). Su ataque contra Nínive es abierto, audaz y amenazante, como si estuviera anunciando su propósito de destruirla.

Por eso se le dice a Nínive que se prepare todo lo que pueda. Que proteja sus fortalezas, vigile los caminos, coloque centinelas en cada puerta y se prepare para la batalla. El mandato de «fortalecer los lomos» significa, en palabras sencillas, estar listos y firmes para actuar. La orden de reforzar el poder se expresa con ironía. Aunque Nínive haga todo lo posible, no podrá detener el golpe del juicio de Dios, porque ningún plan ni ninguna fuerza pueden resistir al Señor.

Después, el profeta da la razón de la guerra (Nahúm 2:2). El Señor ha apartado la gloria de Jacob, es decir, de Israel. Esto puede significar una de dos cosas. Los asirios habían maltratado a Jacob, el reino del sur, y a Israel, el reino del norte, dejándolos empobrecidos y arruinando sus viñas. Ahora Dios les pedirá cuentas por esa violencia, aunque hubiera ocurrido mucho tiempo atrás. O puede significar que Dios está usando a Nabucodonosor para quitarle a Jacob su orgullo al llevar cautivas a las dos tribus, tal como ya había humillado a Israel.

De cualquier manera, el punto es claro. Dios humilla a las ciudades orgullosas, incluso a las que están cerca de él. Samaria ha sido abatida, y Jerusalén también será humillada. Si eso es así, Nínive, esa ciudad orgullosa, tampoco escapará. El vaciamiento de la tierra de Jacob y la destrucción de sus viñas muestran que Dios puede quitarle la grandeza a cualquier ciudad. Él también derribará la gloria de Nínive.

Luego el profeta presenta una imagen vívida del terror causado por el ejército invasor. Los escudos de los guerreros son rojos, y probablemente también lo son sus demás armas y equipos. Tal vez ya parecen manchados de sangre, o quizá están marcados para mostrar que se proponen matar sin misericordia. El color rojo también puede sugerir una señal de que no perdonarán a nadie. Los soldados visten de escarlata, lo cual apunta tanto a la obra sangrienta que planean como a la riqueza del ejército, pues la ropa costosa solía acompañar a una fuerza poderosa.

Los carros se comparan con antorchas encendidas en el día de la preparación. Al avanzar, relampaguean como el rayo. Sus ruedas hacen saltar chispas de las piedras, y los conductores se lanzan hacia adelante con una energía feroz, como Jehú cuando conducía con rapidez. O quizá los carros llevaban literalmente antorchas encendidas mientras avanzaban de noche, como los hombres de Gedeón con sus lámparas dentro de cántaros, que servían tanto para guiarse como para aterrorizar al enemigo. Los cipreses se sacuden, lo cual puede significar que los grandes hombres de Nínive están aturdidos, como árboles altos que dominan a los más pequeños, o que la tierra misma tiembla bajo la marcha del ejército.

Los carros de guerra son especialmente aterradores (Nahúm 2:4). Se precipitan por las calles con una fuerza desenfrenada, como si los propios carros estuvieran enfurecidos. Son tantos y se mueven con tanta rapidez que incluso las calles anchas parecen estar abarrotadas. Sus estructuras de hierro brillan tanto bajo el sol que parecen antorchas durante la noche. Avanzan como relámpagos: rápidos y destructivos.

A los comandantes de Nabucodonosor se les llama sus valientes, sus nobles héroes. Él los envía de inmediato, sin demora, porque inicia la campaña con el sitio de Nínive. Algunos entienden la frase como una referencia a que recuerdan su deber y lo cumplen fielmente. Están tan concentrados en su tarea que tropiezan mientras marchan a toda prisa, pero no caen. Corren hacia la muralla, abren trincheras y preparan la galería cubierta, una ruta protegida para resguardarse de las flechas enemigas.

El sitio se intensifica tanto que se abren las puertas de los ríos (Nahúm 2:6). Probablemente son las puertas de Nínive que conducían al río Tigris, sobre el cual estaba situada la ciudad. El enemigo las forzará, o alguien se las entregará, y entrará por ese camino. Entonces el palacio se desmoronará, ya sea la casa del rey o el templo de Nisroc, su dios, pues la misma palabra puede referirse a ambas cosas. Cuando el Dios del cielo se levanta contra un pueblo, ni los palacios ni los reyes, ni los templos ni los dioses falsos pueden protegerlo. Todos caen juntos.

El resultado será profundamente triste. La reina, o la mujer de la realeza llamada Huzzab, será llevada cautiva (Nahúm 2:7). Algunos entienden su nombre como «la establecida», como si se sintiera segura porque estaba escondida. Pero será descubierta, sacada en desgracia y llevada como prisionera. Sus sirvientas irán con ella, pero no estarán allí para consolarla. Estarán débiles y temblorosas, incapaces de soportar la conmoción y el sufrimiento. Su dolor sonará como el lamento de las palomas, y se golpearán el pecho con tristeza y angustia.

Los habitantes de Nínive eran numerosos, pero ninguno podría enfrentarse a los invasores ni mantenerse firme (Nahúm 2:8). Durante mucho tiempo, Nínive había sido como un estanque lleno de agua, lleno de gente. En la Escritura, el agua puede representar a grandes multitudes (Apocalipsis 17:15), y Nínive ciertamente había sido una gran ciudad durante mucho tiempo. En los días de Jonás había allí 120,000 niños pequeños (Jonás 4:11), y por lo general las ciudades seguían creciendo con el paso de los años.

Aun así, aunque hubiera tantas personas disponibles para servir a la ciudad, no podrían darse ánimo unas a otras. Más bien, huirían como cobardes. Sus líderes intentarían animarlas y gritarían: «¡Manténganse firmes, manténganse firmes, cobren ánimo, y estaremos bien!». Pero nadie volvería siquiera la mirada. Ya no les quedaría valor, y cada uno pensaría que lo más seguro era escapar lo más rápido posible. Ni siquiera se volvería para ver quién lo estaba llamando. Esto muestra que Dios puede quitarles el espíritu a los más fuertes y valientes en tiempos de angustia, hasta convertirlos en un estanque de agua que se ha secado.

La riqueza de la ciudad también se convertiría en el botín del enemigo, y todos sus bienes valiosos caerían en manos de los conquistadores (Nahúm 2:9). Se animarían unos a otros a saquearla: «¡Tomen la plata! ¡Tomen el oro!». Los oficiales alentarían a los soldados a aprovechar al máximo la victoria. Allí había abundancia, porque las reservas de dinero y de objetos preciosos eran inagotables. Nínive, que durante mucho tiempo había sido como un estanque lleno de agua, había acumulado, por así decirlo, una gran cantidad de sedimento, y también había reunido mucha gloria en sus hermosos muebles y objetos de valor. Todo aquello de lo que se jactaban se convertiría ahora en el botín y el orgullo de los conquistadores. Quienes amontonan riquezas y lujos no saben quién llegará un día a usar su ropa o a repartir su plata (Job 27:16-17). Así que esta ciudad rica queda vacía, devastada y arruinada (Nahúm 2:10). Mira cuán vacía es la riqueza terrenal. En vez de proteger a sus dueños, solo los hace más fáciles de perjudicar.

Los soldados y el pueblo no tendrían valor para salir a defender la ciudad. Sus corazones se derretirían como cera ante el fuego, y sus rodillas temblarían juntas, como le ocurrió a Belsasar cuando tuvo miedo (Daniel 5:6). No podrían mantenerse firmes, ni siquiera escapar. Un dolor intenso se apoderaría de sus lomos, como sucede con el miedo extremo, de modo que ni siquiera podrían mantenerse erguidos. Sus rostros se oscurecerían de terror, como una olla que ha permanecido sobre el fuego día tras día. La culpa en la conciencia llena de temor a las personas en el día del juicio, y quienes ponen su felicidad en las riquezas de este mundo se sienten arruinados cuando les quitan su plata, su oro y sus bienes hermosos.

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