Versículo destacado
Miqueas 4:8 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
Y tú, Jerusalén, torre y fortaleza de Sión, volverás a ser la capital del reino, la gran señora que antes fuiste.
Miqueas 4:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 Y tú, Jerusalén, torre y fortaleza de Sión, volverás a ser la capital del reino, la gran señora que antes fuiste.
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Estos versículos hablan de Sion y Jerusalén, llamadas aquí la torre del rebaño o la torre de Eder. En (Génesis 35:21) leemos acerca de un lugar así, cerca de Belén. Algunos piensan que era el mismo lugar donde los pastores cuidaban sus rebaños cuando los ángeles anunciaron el nacimiento de Cristo. Otros creen que aquí se refiere a Belén mismo, como en (Miqueas 5:2). Algunos dicen que era una torre junto a la puerta de las Ovejas en Jerusalén (Nehemías 3:32), y suponen que Cristo pasó triunfalmente por esa puerta al entrar en Jerusalén.
Aun así, el significado parece ser Jerusalén misma, o Sion, la torre de David. Allí se reunían todas las ovejas de Israel tres veces al año. Era la fortaleza de la hija de Sion. Aquí tenemos una promesa de la gloria de la Jerusalén espiritual, la iglesia del evangelio, que es la torre del rebaño: un solo redil donde todas las ovejas de Cristo están seguras bajo el cuidado de un solo Pastor. «A ti llegará» aquello de lo que has carecido y por lo que has anhelado durante mucho tiempo: el primer dominio, un gobierno y un honor semejantes a los de David y Salomón, quienes fueron los primeros en levantar a Jerusalén. Ese reino volvería a la hija de Jerusalén, de donde se había perdido durante el cautiverio.
Brillaría entre las naciones y tendría influencia sobre ellas, como la tuvo en otro tiempo. Este es el primer dominio, o el dominio principal. Esto no pudo cumplirse en Zorobabel, porque su gobierno no se pareció en nada al primer dominio, ni en esplendor dentro del país ni en poder sobre otras naciones. Por tanto, debe señalar al reino del Mesías, y la paráfrasis caldea lo interpreta de esa manera. Se cumplió cuando Dios dio a nuestro Señor Jesús el trono de su padre David (Lucas 1:32), lo estableció como rey en el santo monte de Sion y le dio las naciones como herencia (Salmo 2:6). Él fue puesto por encima de los reyes de la tierra (Salmo 89:27; Daniel 7:14).
David, hablando por el Espíritu, lo llamó Señor. Y, como observa el Dr. Pocock, Cristo mismo dio testimonio de que era mayor que Salomón, porque ninguno de sus reinos se comparaba con el suyo en extensión ni en duración. La gente común recibió a Cristo en Jerusalén con aclamaciones a favor del Hijo de David, mostrando que el primer dominio había llegado a la hija de Sion. El evangelista aplica esto a la promesa de que el Rey de Sion vendría a ella (Mateo 21:5; Zacarías 9:9). Algunos entienden estas palabras así: a Sion y Jerusalén, esa torre del rebaño, es decir, a la nación judía, llegó el primer dominio. Allí se estableció primero el reino de Cristo, allí se predicó primero el evangelio del reino (Lucas 24:47) y allí Cristo fue llamado por primera vez Rey de los judíos.
Esto se explica luego mediante una predicción acerca de los sufrimientos de la Jerusalén literal, a la que todavía se le daría cierto alivio. Estos acontecimientos serían una señal de lo que Dios haría por la Jerusalén del evangelio en los últimos días, aun en medio de la aflicción. Primero, Jerusalén aparece sufriendo bajo la providencia de Dios. Grita con fuerza para que todos sus vecinos noten su dolor, porque ya no tiene rey ni conserva el honor y el poder que tuvo en otro tiempo. En vez de gobernar a las naciones, como cuando se sentaba como una reina, ahora ellas la gobiernan y la llevan cautiva. Sus consejeros han muerto; ya no es libre para actuar por sí misma, sino que ha sido entregada a sus enemigos y queda bajo el control de los consejeros de ellos. Los dolores se han apoderado de ella.
Esto ocurrió cuando fue llevada cautiva a Babilonia y allí sufrió. Salió de la ciudad y se vio obligada a vivir en el campo, expuesta a grandes dificultades. Llegó hasta Babilonia y pasó allí setenta largos años de amargo cautiverio, sufriendo todo ese tiempo como una mujer que da a luz, esperando ser liberada y sintiendo que el tiempo se hacía muy largo. Después, cuando fue traída de regreso de Babilonia y rescatada de sus enemigos, todavía vivía con temor. Un problema terminó solo para que comenzara otro, porque aun cuando Jerusalén estaba siendo reconstruida, muchas naciones se reunieron contra ella (Miqueas 4:11).
Esto sucedió en los días de Esdras y Nehemías, cuando los enemigos hicieron todo lo posible por detener la reconstrucción del templo y de la muralla. También ocurrió en la época de los macabeos. Ellos decían: «Que sea profanada; que sea tratada como impura y abandonada tanto por Dios como por los seres humanos; que sus lugares santos sean contaminados y que todas sus honras sean derribadas. Miremos a Sion y disfrutemos al ver sus ruinas», tal como se describe a Edom en (Abdías 1:12). Cuando los enemigos se unen de esa manera y se burlan de ella, no es extraño que Jerusalén sufra y grite con fuerza. Hay luchas afuera y temores adentro.
Sin embargo, Dios también consuela a Jerusalén con sus promesas. «¿Por qué gritas con tanta fuerza? Que cesen tu dolor y tu temor. No te entregues a ellos, porque aunque ahora las cosas estén mal, terminarán bien. Tu dolor es grande, pero es como el dolor de una mujer que da a luz (Miqueas 4:9), dolores que producen vida (Miqueas 4:10), y el resultado final será bueno». Los dolores de Jerusalén no son dolores de muerte, sino de parto; después de un tiempo se olvidan por la alegría de que ha nacido un niño.
La Jerusalén literal podía encontrar consuelo en esto: por más difíciles que fueran sus sufrimientos, permanecería hasta la llegada del Mesías, porque su reino tenía que establecerse primero allí. No sería destruida mientras esa bendición todavía estuviera en ella. Y aun cuando más tarde fuera arada como un campo y convertida en ruinas, como se anunció en (Miqueas 3:12), sus privilegios pasarían a la Jerusalén espiritual, y en esa ciudad se cumplirían las promesas que se le habían hecho.
Por eso Jerusalén podía estar tranquila. Su cautiverio en Babilonia terminaría, y terminaría bien (Miqueas 4:10). Allí sería liberada, y el Señor la rescataría de manos de sus enemigos. Ciro hizo esto como siervo de Dios, y ese rescate anunciaba de antemano nuestra redención por medio de Jesucristo y la liberación de nuestra esclavitud espiritual, proclamada en el evangelio eterno, el año agradable del Señor. En ese año Cristo mismo predicó libertad a los cautivos y abrió la prisión a los que estaban encarcelados (Lucas 4:18-19).
Los planes de sus enemigos después de eso fracasarían y, de hecho, se volverían contra ellos mismos (Miqueas 4:12-13). Ellos pensaban que tendrían un día de victoria, pero terminaría siendo el día de Dios. Se reunirían contra Sion para destruirla, pero su reunión acabaría en su propia destrucción, y tanto Israel como el Dios de Israel recibirían la gloria. Su unión contra Sion se convertiría en el medio de su ruina. Se agruparían y se prepararían para despedazar a Jerusalén, pero ellos mismos serían despedazados (Isaías 8:9).
No entienden los pensamientos del Señor. Cuando las naciones se reúnen y Dios lo permite en su providencia, no ven lo que él está planeando por medio de esa situación. Saben lo que quieren hacer al reunirse, pero no saben lo que Dios quiere hacer al reunirlas. Ellas buscan la ruina de Sion, pero Dios busca la ruina de ellas.
Con frecuencia Dios usa a las personas como instrumentos para llevar a cabo sus propósitos. Una persona planea una cosa, mientras Dios está obrando con un propósito muy diferente. El rey de Asiria iba a ser una vara en la mano de Dios, usada para corregir a su pueblo y conducirlo de nuevo a una vida recta, pero él no tenía esa intención en absoluto (Isaías 10:7). Lo mismo ocurre aquí. Las naciones se reúnen contra Sion como soldados que se preparan para la batalla, pero Dios las reúne como gavillas en la era, listas para ser golpeadas y separadas. No habrían podido ser destruidas con tanta facilidad y por completo si no se hubieran reunido contra Sion.
Los planes de los enemigos para destruir a la iglesia a menudo terminan destruyéndolos a ellos mismos. Al tratar de arruinar al pueblo de Dios, se colocan en el camino de su propia ruina. Quedan atrapados por la obra de sus propias manos.
Sion también tendrá el honor de vencerlos (Miqueas 4:13). Cuando estén reunidos como gavillas en la era, listas para ser pisoteadas como el grano bajo las patas de los bueyes, se le dirá a Sion: «Levántate y trilla, hija de Sion». No les tengas miedo ni huyas de ellos. Más bien, aprovecha con valentía la oportunidad que Dios te da para pisotearlos. No digas que eres demasiado débil o que no puedes enfrentarte a tantos enemigos unidos. Dios hará de hierro tu cuerno, para que los derribes, y de bronce tus pezuñas, para que los pisotees cuando caigan. Entonces aplastarás a muchos pueblos que durante mucho tiempo te han estado aplastando.
Cuando Dios quiere que su pueblo conquiste, le da la fuerza y la capacidad necesarias. Hace de hierro el cuerno y de bronce las pezuñas; cuando lo hace, su pueblo debe usar el poder que él le da y cumplir su mandato. Incluso la hija de Sion debe levantarse y trillar. Cuando Dios derriba a un poder y levanta a otro, puede cambiar por completo la situación. Babilonia se convierte en la era, y Jacob se convierte en el instrumento con el que Dios trilla los montes y los convierte en paja (Isaías 41:14-15; Jeremías 51:33).
La gloria de la victoria volverá a Dios. Sion trillará las gavillas en la era, pero el grano trillado será llevado como ofrenda de cereal al altar de Dios. «Apartaré sus ganancias para el Señor»; es decir, serán consagradas a él, «y sus riquezas para el Señor de toda la tierra». El botín obtenido por la victoria de Sion será llevado al santuario y dedicado a Dios, ya sea en parte, como ocurrió con el botín de Madián, o por completo, como sucedió con el botín de Jericó (Números 31:28; Josué 6:17).
Dios es el Señor, la fuente de todo lo que existe, y es el Señor de toda la tierra, la fuente de todo poder. Por eso no necesita ninguna de nuestras ganancias ni riquezas, pero tiene el derecho de reclamarlo todo si así lo decide. Nosotros mismos debemos dedicarle todo lo que tenemos, honrarlo con ello y usarlo como él nos dirija. Todo lo que poseemos debe llevar la marca de que le pertenece al Señor. Todas nuestras ganancias y riquezas deben ser consagradas al Señor de toda la tierra (Isaías 23:18). El gran éxito exige un profundo agradecimiento, ya sea que las ganancias provengan de la guerra o del comercio. Es Dios quien nos da la capacidad de obtener riquezas, sin importar cuán honestamente las recibamos; por eso debemos honrarlo con lo que recibimos.
Algunos entienden que todo esto apunta a la derrota de Senaquerib cuando sitió Jerusalén; otros, a la caída de Babilonia; y otros, a las victorias de los macabeos. Sin embargo, el Dr. Pocock y otros consideran que encuentra su pleno significado en las victorias espirituales que el evangelio de Cristo obtuvo sobre los poderes de las tinieblas que se le oponían. Las naciones pensaron que destruirían el cristianismo en sus comienzos, pero el evangelio resultó victorioso sobre ellas. Los que siguieron luchando contra él fueron hechos pedazos (Mateo 21:44), especialmente la nación judía. Sin embargo, por la gracia de Dios, muchos fueron incorporados a la iglesia, y tanto ellos como sus riquezas fueron dedicados al Señor Jesús, el Señor de toda la tierra.
De este capítulo
Miqueas 4:1
"En los últimos tiempos quedará establecido el monte donde se encuentra el templo del Señor. Será el monte más alto, más alto que cualquier otro monte. Todas las naciones vendrán a él;"
Miqueas 4:2
"llegarán pueblos numerosos, diciendo: «Vengan, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y podamos andar por sus senderos». Porque de Sión saldrá la enseñanza del Señor; de Jerusalén vendrá su palabra."
Miqueas 4:3
"El Señor juzgará entre las naciones y decidirá los pleitos de pueblos numerosos, aun de los más lejanos. Ellos convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. Ningún pueblo volverá a tomar las armas contra otro ni a recibir instrucción para la guerra."
Miqueas 4:4
"Entonces todos vivirán sin temor, y cada cual podrá descansar a la sombra de su vid y de su higuera. ¡Estas son las propias palabras del Señor todopoderoso!"
Miqueas 4:5
"Los otros pueblos obedecen a sus propios dioses, pero nosotros siempre obedeceremos al Señor nuestro Dios."
Miqueas 4:6
"Esto afirma el Señor: En aquel día reuniré a mis ovejas, a las que había castigado: las impedidas, las cansadas y las dispersas."
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