Versículo destacado

Mateo 5:33 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" También han oído ustedes que se dijo a los antepasados: “No dejes de cumplir lo que hayas ofrecido al Señor bajo juramento”. "

Mateo 5:33

menu_book El versículo en contexto

31 También se dijo: “Cualquiera que se divorcie de su esposa debe darle un certificado de divorcio”.

32 Pero yo les digo que, si un hombre se divorcia de su esposa, a no ser en el caso de una unión ilegal, la pone en peligro de cometer adulterio. Y el que se casa con una divorciada comete adulterio.

33 También han oído ustedes que se dijo a los antepasados: “No dejes de cumplir lo que hayas ofrecido al Señor bajo juramento”.

34 Pero yo les digo: simplemente, no juren. No juren por el cielo, porque es el trono de Dios;

35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí tenemos una explicación del tercer mandamiento, que necesitamos entender bien, porque Dios dice que no tendrá por inocente a quien tome su nombre en vano, aunque esa persona piense lo contrario. Este mandamiento prohíbe claramente el perjurio, los juramentos falsos y el incumplimiento de juramentos y votos (Mateo 5:33). «No usarás el nombre de Dios en vano», es decir, con vacío o falsedad, es el verdadero sentido del mandamiento.

La conciencia natural condena el perjurio, porque une una ofensa contra Dios con una injusticia contra las personas. También hace que la persona quede especialmente expuesta a la ira divina. Muchas veces la gente ha considerado tan grave jurar en falso que usaba los juramentos como maldiciones contra sí misma, diciendo cosas como: «Que Dios me haga esto y aún más», o: «Que Dios me ayude». En realidad, estaban pidiendo que Dios no los ayudara si mentían. De común acuerdo, las personas se han maldecido de esta manera, sin dudar que Dios las maldeciría si mentían mientras lo invocaban solemnemente como testigo.

Otros pasajes de la Escritura añaden que debemos cumplir nuestros juramentos al Señor (Números 30:2). Esto puede referirse, primero, a los votos hechos directamente a Dios, que deben cumplirse por completo y con fidelidad (Eclesiastés 5:4, 5). O puede referirse a las promesas hechas a otras personas, tomando a Dios como testigo de nuestra sinceridad. Estas deben cumplirse teniendo en cuenta a Dios y por amor a él, porque al sellarlas con un juramento nos hemos hecho deudores ante él. Si rompemos una promesa así, no solo les hemos mentido a las personas, sino también a Dios.

Las palabras de Cristo también muestran que este mandamiento prohíbe no solo jurar en falso, sino también jurar de manera imprudente e innecesaria: «No juren en ninguna manera» (Mateo 5:34; véase Santiago 5:12). Esto no significa que todo juramento sea pecaminoso. Cuando se hace correctamente, es una forma de adoración, porque le da a Dios el honor que corresponde a su nombre (Deuteronomio 6:13; Deuteronomio 10:20; Isaías 45:23; Jeremías 4:2). El mismo Pablo confirmó lo que decía con solemnes apelaciones cuando la necesidad lo requería (2 Corintios 1:23).

Cuando las personas juran, ponen la verdad de algo que conocen como garantía de algo incierto o desconocido. Apelan a un testigo superior y piden la intervención de la justicia de un Juez justo si hablan falsamente. En primer lugar, Cristo quiere decir que no debemos jurar a menos que se nos pida hacerlo de manera legítima. La justicia, el amor al prójimo o el bien público pueden hacerlo necesario, especialmente para poner fin a las disputas (Hebreos 6:16). Por lo general, la autoridad civil es la que determina cuándo existe esa necesidad. Puede que se nos pida prestar juramento, pero no debemos buscar juramentos para obtener beneficios mundanos.

En segundo lugar, no debemos usar juramentos a la ligera en la conversación cotidiana. Es un pecado muy grave hacer bromas o referencias casuales a la gloriosa Majestad del cielo. Ese lenguaje es santo y siempre debe tratarse con seriedad. Usar así el nombre de Dios es un insulto grave contra su santo nombre y contra una de las cosas santas que deben ser apartadas para el Señor. No deja lugar para una buena excusa y muestra un corazón sin gracia, donde todavía gobierna la hostilidad hacia Dios.

En tercer lugar, debemos evitar especialmente las promesas hechas bajo juramento, que son el punto principal de lo que Cristo está diciendo aquí, porque esos juramentos tienen el propósito de que la promesa se cumpla. La fuerza de un juramento relacionado con la verdad termina una vez que la verdad se ha declarado por completo. Pero una promesa hecha bajo juramento permanece hasta que se cumple, y puede romperse de muchas maneras, tanto por sorpresa como por una fuerte tentación. Por eso, debe usarse solo cuando haya una gran necesidad. Si a los cristianos se les exige jurar con frecuencia, eso refleja mal su conducta, porque deberían ser tan dignos de confianza que su simple palabra fuera tan sagrada como un juramento solemne.

En cuarto lugar, no debemos jurar por ninguna criatura. Algunas personas, quizá pensando que así mostraban respeto por el nombre de Dios, evitaban usarlo directamente y juraban por el cielo o por la tierra. Cristo prohíbe esto aquí (Mateo 5:34). Él muestra que aquello por lo que juramos está relacionado de alguna manera con Dios, quien es la fuente de todas las cosas. Por eso, es igualmente serio jurar por esas cosas que jurar por Dios mismo, porque se está poniendo en juego la verdad de la criatura, y nada puede servir como testigo aparte de su relación con Dios, quien es la Verdad suprema.

Por tanto, no debemos jurar por el cielo, porque es el trono de Dios, donde él gobierna y manifiesta su gloria de una manera especial. Así como el trono de un rey le pertenece al rey, el cielo le pertenece a Dios; por eso, jurar por el cielo es en realidad jurar por Dios. Tampoco debemos jurar por la tierra, porque es el estrado de sus pies. Él gobierna la tierra igual que el cielo y, aunque está bajo sus pies, permanece bajo su mirada y cuidado. La tierra le pertenece al Señor; por eso, jurar por ella es jurar por su Dueño.

Tampoco debemos jurar por Jerusalén. Los judíos tenían esa ciudad en muy alta estima y pensaban que era especialmente sagrado usarla para jurar. Sin embargo, además de su relación general con Dios como parte de la tierra, tiene una relación especial con él, porque es la ciudad del gran Rey (Salmo 48:2), la ciudad de Dios (Salmo 46:4). Por tanto, Dios está involucrado en todo juramento hecho por ella. Tampoco debemos jurar por nuestra cabeza. Aunque está cerca de nosotros y forma parte de nosotros, le pertenece más a Dios que a nosotros, porque él la hizo y formó cada una de sus capacidades. Ni siquiera podemos cambiar por nuestro propio poder natural un solo cabello de blanco a negro; por eso, si juramos por nuestra cabeza, en realidad estamos jurando por aquel que le da vida y la sostiene en alto (Salmo 3:3).

Por lo tanto, en toda nuestra manera de hablar, debemos conformarnos con decir «Sí» y «No» (Mateo 5:37). En la conversación cotidiana, si afirmamos algo, digamos sencillamente: «Sí, así es». Si es necesario, podemos repetirlo: «Sí, sí», para mostrar certeza. Nuestro Señor mismo usó este tipo de veracidad solemne. De la misma manera, si negamos algo, «No» debería ser suficiente o, si es necesario, «No, no». Si las personas saben que somos fieles, eso debería bastar para ganar su confianza. Si nuestra honestidad está en duda, añadir juramentos y maldiciones solo hace que lo que decimos parezca más sospechoso. Quienes fácilmente aceptan un juramento profano no tardarán mucho en decir una mentira.

Es lamentable que este mandamiento, que Cristo pone en boca de todos sus discípulos, se haya convertido en un nombre de reproche para un grupo que ya es suficientemente culpable en otros aspectos. El doctor Hammond dice que no solo se nos prohíbe decir algo más que «sí» y «no», sino que se nos guía precisamente hacia esa manera sencilla de hablar. Vale la pena notar la razón: todo lo que va más allá de esas palabras sencillas procede del mal, aunque no llegue al grado de culpabilidad de un juramento formal.

El texto antiguo dice que procede «del maligno», es decir, del diablo. También procede de la corrupción de la naturaleza humana, de los sentimientos intensos y del acaloramiento del espíritu, del orgullo vacío del corazón y de la falta de respeto por las cosas santas. Procede del engaño que hay en las personas, pues «todos son mentirosos»; por eso usan estas promesas adicionales, porque no confían unos en otros y piensan que no les creerán sin ellas.

Por tanto, los cristianos, por el buen nombre de su fe, deben evitar no solo lo que es claramente malo, sino también lo que procede del mal y tiene su apariencia. Todo lo que proviene de una fuente mala puede resultar sospechoso. Un juramento es como una medicina, y la medicina supone que existe una enfermedad.

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