Versículo destacado

Mateo 5:21 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Ustedes han oído que a sus antepasados se les dijo: “No mates, pues el que mate será condenado”. "

Mateo 5:21

menu_book El versículo en contexto

19 Por eso, el que no obedece uno de los mandatos de la ley, aunque sea el más pequeño, ni enseña a la gente a obedecerlo, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos. Pero el que los obedece y enseña a otros a hacer lo mismo será considerado grande en el reino de los cielos.

20 Porque les digo a ustedes que, si no superan a los maestros de la ley y a los fariseos en hacer lo que es justo ante Dios, nunca entrarán en el reino de los cielos.

21 Ustedes han oído que a sus antepasados se les dijo: “No mates, pues el que mate será condenado”.

22 Pero yo les digo que cualquiera que se enoje con su hermano será condenado. Al que insulte a su hermano lo juzgará la Junta Suprema; y el que injurie gravemente a su hermano se hará merecedor del fuego del infierno.

23 Así que, si al llevar tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Después de establecer estos principios, Cristo muestra que Moisés y los profetas todavía deben gobernar a su pueblo, pero no los escribas ni los fariseos. Luego explica la ley en varios casos específicos y la limpia de los significados falsos que aquellos maestros le habían añadido. No agrega nada nuevo. Más bien, limita algunos permisos que habían sido abusados y muestra la amplitud, la exigencia y la naturaleza espiritual de la ley. También ofrece explicaciones que hacen que la obediencia sea más clara y completa.

Aquí explica el sexto mandamiento, mostrando su verdadero significado y todo su alcance. Comienza con el mandamiento mismo: «Ustedes han oído que fue dicho hace mucho tiempo», es decir, a sus antepasados judíos: «No matarás» (Mateo 5:12). Estas no son leyes nuevas. Las leyes de Dios son antiguas, pero nunca pasan de moda ni pierden su autoridad. La ley moral concuerda con la ley natural y con la verdad permanente de la propia mente de Dios.

Este mandamiento prohíbe el asesinato en todas sus formas: quitarnos la vida a nosotros mismos o quitársela a otra persona, hacerlo de manera directa o indirecta, o ayudar a que ocurra. La ley de Dios, quien da la vida, es como una cerca de protección alrededor de la vida humana. También fue uno de los mandamientos dados a Noé (Génesis 9:5-6).

Luego Cristo expone la manera en que los maestros judíos explicaban este mandamiento. Ellos decían solamente: «Cualquiera que mate estará expuesto al juicio». Esto significaba que los asesinos intencionales estaban sujetos a la justicia, y que quienes mataban accidentalmente podían ser enviados a una ciudad de refugio. Los tribunales se reunían en las puertas de las ciudades principales, y por lo general los jueces eran veintitrés. Esos tribunales juzgaban, condenaban y ejecutaban el castigo de los asesinos.

Pero esta explicación estaba gravemente incompleta. Hacía que el sexto mandamiento pareciera solamente externo, como si prohibiera el acto de matar, pero no los deseos internos que conducen a él. Ese era el error fundamental de los maestros judíos. Se quedaban en la superficie de la ley y nunca buscaban su significado espiritual. Pablo, mientras era fariseo, no entendió esto hasta que Dios usó el décimo mandamiento para abrirle los ojos a la naturaleza espiritual de toda la ley (Romanos 7:7, 7:14).

También trataban esta ley como si fuera solamente una norma civil para su nación y sus tribunales, como si solo tuviera importancia para ellos y su sistema legal. Olvidaban que la sabiduría de la ley de Dios no muere con un pueblo ni con una nación.

La explicación de Cristo mismo es la que nos juzgará al final, así que debe gobernarnos ahora. El mandamiento es muy amplio, y no debemos reducirlo para acomodarlo a nuestros deseos ni a las opiniones humanas. Primero, Cristo enseña que la ira impulsiva es un asesinato en el corazón (Mateo 5:22). «Cualquiera que se enoje contra su hermano sin causa» quebranta el sexto mandamiento. Aquí, «hermano» significa cualquier otra persona, incluso alguien que tenga una posición inferior a la nuestra, como un niño o un sirviente, porque todos los seres humanos procedemos de una misma sangre.

La ira es un sentimiento natural y, en algunos casos, puede ser correcta e incluso buena. Pero se vuelve pecaminosa cuando no tiene una causa legítima. La expresión se refiere a una ira sin causa, sin un buen propósito y sin moderación. Es pecaminosa cuando no existe una provocación real, una buena razón o un motivo serio. Lo es cuando nos enfurecemos por el error de un niño, por el olvido de un sirviente o por un pequeño insulto que nosotros mismos excusaríamos. También es pecaminosa cuando nos enojamos sin ningún propósito útil, solamente para demostrar poder, alimentar un espíritu agresivo o provocarnos a buscar venganza. Entonces la ira causa daño en vez de producir un bien. Si alguna vez la ira es correcta, debe despertar al malhechor al arrepentimiento, impedir que vuelva a hacer lo mismo, ayudarnos a demostrar que no somos culpables (2 Corintios 7:11) o advertir a otros.

La ira también se vuelve pecado cuando supera los límites apropiados y se transforma en dureza, descontrol, violencia o daño. Entonces quebranta el sexto mandamiento, porque una persona así mataría si pudiera y se atreviera a hacerlo. Ya ha dado el primer paso hacia el asesinato. Caín comenzó con ira antes de matar a su hermano. A los ojos de Dios, quien lleva el asesinato en el corazón ya es un asesino, porque Dios ve el corazón, donde comienza el asesinato (Mateo 15:19).

En segundo lugar, Cristo dice que insultar a nuestro hermano es cometer un asesinato con la lengua. Esto incluye llamarlo «Raca» o «Necio». Cuando esas palabras se usan con cuidado y por una buena razón, para corregir la necedad, no son pecaminosas. Santiago dice: «¡Hombre vano!». Pablo dice: «Hombre insensato», y Cristo mismo dice: «¡Insensatos y tardos de corazón!». Pero cuando esas palabras nacen de la ira y el odio, son como el humo de un fuego encendido en el infierno y quedan bajo el mismo juicio.

«Raca» es una palabra de desprecio que nace del orgullo. Significa: «Persona de mente vacía». Es el lenguaje de la ira orgullosa (Proverbios 21:24), el tipo de discurso que menosprecia a nuestro hermano y lo trata como alguien indigno de atención. Palabras como «Esta gente que no conoce la ley está bajo maldición» reflejan ese mismo espíritu (Juan 7:49).

«Necio» es una palabra aún más dura, nacida del odio. No se limita a decir que una persona es insensata, sino que la trata como alguien vil, inútil e indigno de amor. Es como decir: «Hombre malvado» o «Persona abandonada». El primer insulto se burla de la falta de sensatez de una persona. El segundo, en el lenguaje bíblico, ataca su condición espiritual. Es más grave cuando el insulto llega a cuestionar su posición delante de Dios. El primero es una burla orgullosa; el segundo, una condena llena de odio, como si esa persona estuviera separada de Dios.

Esto también quebranta el sexto mandamiento. La calumnia maliciosa y los juicios severos son como veneno debajo de la lengua. Matan lenta y secretamente. Las palabras amargas son como flechas que hieren de repente (Salmo 64:3), o como una espada que penetra hasta los huesos. Con ellas se apuñala el buen nombre del prójimo, que vale más que la vida. Además, esas palabras revelan la misma mala intención que llevaría a atacar la vida de una persona si quien habla tuviera el poder para hacerlo.

Cristo les enseña que, aunque consideren livianamente estos pecados, ciertamente serán tomados en cuenta. Quien se enoja contra su hermano está en peligro del juicio y de la ira de Dios. Quien lo llama «Raca» está en peligro del concilio, es decir, del castigo del Sanedrín, el tribunal supremo judío, por insultar a un israelita. Pero quien dice «Necio», refiriéndose a una persona impía o hija del infierno, está en peligro del fuego del infierno, porque ha juzgado que su hermano merece ese castigo, como explica el Dr. Whitby.

Algunos piensan que Cristo está usando los diferentes tribunales y castigos que existían entre los judíos para comunicar su enseñanza. Está mostrando que la ira pecaminosa puede conducir a castigos menores o mayores, según el grado al que llegue. Los judíos tenían tres castigos principales con pena de muerte, cada uno más severo que el anterior: la decapitación, ejecutada por orden del tribunal; la lapidación, ordenada por el concilio o Sanedrín principal; y la quema en el valle de los hijos de Hinom, reservada para los casos extremos. El punto es que la ira impulsiva y las palabras insultantes son pecados que merecen condenación. Algunos pecados son peores que otros y, por eso, algunos reciben una condenación mayor y un castigo más severo. Cristo muestra cuál pecado es más grave al señalar cuál castigo es más aterrador.

De todo esto aprendemos que debemos cuidar con esmero el amor cristiano y la paz con nuestros hermanos. Si ocurre una ruptura, debemos procurar la reconciliación reconociendo nuestra culpa, humillándonos delante de nuestro hermano, pidiéndole perdón y haciendo restitución o una reparación justa por cualquier daño causado de palabra o de hecho, según lo requiera el caso. Debemos hacerlo pronto por dos razones.

Primero, hasta que esto se haga, no estamos en condiciones de tener comunión con Dios en la adoración santa, como se enseña en Mateo 5:23-24. El caso que se plantea es este: tu hermano tiene algo contra ti, es decir, tú lo has herido u ofendido, ya sea realmente o desde su propia perspectiva. Si tú eres quien se siente ofendido, no es necesario esperar de esta manera. Si tienes algo contra tu hermano, el asunto es sencillo: debes perdonarlo (Marcos 11:25) y dejar atrás la ofensa. Pero si la disputa comenzó de tu lado, y la culpa fue tuya desde el principio o después, de modo que tu hermano tiene una queja contra ti, ve y reconcíliate con él antes de presentar tu ofrenda en el altar, antes de acercarte a Dios en la adoración del evangelio, en la oración, la alabanza, la escucha de la Palabra o la recepción de los sacramentos.

Cuando nos preparamos para cumplir cualquier deber religioso, es sabio aprovechar ese tiempo para examinarnos seriamente. Hay muchas cosas que debemos recordar cuando llevamos nuestra ofrenda al altar, y una de ellas es considerar si nuestro hermano tiene algo contra nosotros. En esos momentos solemos estar más serios, así que debemos pedirnos cuentas entonces. Los deberes religiosos no agradan a Dios si se realizan mientras estamos enojados. La envidia, el odio y la falta de amor le resultan tan aborrecibles a Dios que nada de lo que se hace con un corazón así le agrada (1 Timoteo 2:8). Las oraciones ofrecidas con enojo son, por así decirlo, escritas con hiel (Isaías 1:15; Isaías 58:4). El amor y la misericordia valen más que todos los holocaustos y sacrificios; por eso Dios quiere que nos reconciliemos con un hermano ofendido antes de presentar la ofrenda. Él prefiere esperar la ofrenda antes que recibirla mientras somos culpables y vivimos en conflicto.

Aunque una relación quebrantada nos hace indignos de tener comunión con Dios, eso nunca puede servir de excusa para dejar de cumplir nuestro deber. Dejemos allí nuestra ofrenda delante del altar, para no irnos y luego sentir la tentación de no regresar. Muchos usan su pleito con un vecino como razón para no asistir a la iglesia o participar de la mesa del Señor. Pero ¿de quién es la culpa? Un pecado nunca excusa otro; solo aumenta la culpa. La falta de amor no puede justificar la falta de adoración. El asunto no es difícil de resolver. Debemos perdonar a quienes nos han hecho mal. Y si nosotros hemos hecho mal a alguien, debemos reparar el daño o, al menos, ofrecer hacerlo y pedir que se restaure la amistad. Entonces, si la reconciliación no ocurre, no será por culpa nuestra. Después de eso, venimos con alegría, presentamos nuestra ofrenda y esta será aceptada. Por esta razón, no debemos dejar que ningún día se ponga el sol sobre nuestro enojo, porque debemos orar antes de dormir. Mucho menos debemos permitir que el sol salga sobre nuestro enojo el día del Señor, porque es un día dedicado a la oración.

En segundo lugar, mientras esto no se resuelva, estamos en gran peligro, como dice Mateo 5:25-26. Si no buscamos la paz rápidamente, lo hacemos bajo nuestro propio riesgo por dos razones. En un sentido temporal, si el mal que hemos hecho a nuestro hermano en su cuerpo, sus bienes o su reputación es tan grave que puede convertirse en un caso legal, es sabio y correcto, especialmente por el bien de nuestra familia, detener el asunto mediante una actitud humilde y un acuerdo justo y pacífico. De lo contrario, él podría recuperar lo que le corresponde por medio de la ley y hacer que nos encarcelen. En tal caso, es mejor llegar a un acuerdo y aceptar las mejores condiciones posibles que seguir luchando. Es inútil enfrentarse a la ley, y existe el peligro de que nos aplaste. Muchas personas arruinan sus bienes por aferrarse obstinadamente a los males que han cometido, cuando un poco de humildad al principio habría resuelto el asunto. El consejo de Salomón acerca de salir de una garantía es: «Ve, humíllate y líbrate» (Proverbios 6:1-5). Es bueno llegar a un acuerdo, porque la ley resulta costosa. Debemos mostrar misericordia cuando tenemos la ventaja, pero también debemos actuar con justicia cuando otros tienen la ventaja sobre nosotros, en la medida de lo posible. Llega pronto a un acuerdo con tu adversario, antes de que su obstinación aumente y exija todo lo que reclama, rechazando la reducción que quizá antes habría aceptado. La cárcel es un lugar miserable para quienes llegan allí por su propio orgullo, derroche, terquedad y necedad.

En el sentido espiritual, la advertencia es aún más seria. Ve, reconcíliate con tu hermano, haz lo correcto con él y trata de vivir en amistad, porque mientras continúa el pleito, eres tan indigno de llevar tu ofrenda al altar como de acercarte a la mesa del Señor. También eres indigno de morir. Si permaneces en este pecado, corres el peligro de ser quitado repentinamente bajo la ira de Dios, sin poder escapar ni presentar argumentos contra su juicio. Si ese pecado permanece atribuido a ti, estarás perdido para siempre. El infierno es una prisión para todos los que viven y mueren con malicia y falta de amor, para todos los que son contenciosos (Romanos 2:8); allí no habrá rescate, liberación ni escape por toda la eternidad.

Esto se relaciona estrechamente con el gran asunto de nuestra reconciliación con Dios por medio de Cristo. Llega pronto a un acuerdo con él, mientras todavía vas de camino. El gran Dios es adversario de todos los pecadores: es el adversario conforme a la ley, aquel que tiene un caso contra ellos y un reclamo en su contra ante el tribunal.

Nuestro deber es reconciliarnos con Dios y conocerlo, para vivir en paz con él (Job 22:21; 2 Corintios 5:20). Es sabio hacerlo pronto, mientras todavía estamos «de camino». Mientras estamos vivos, aún hay tiempo. Después de la muerte será demasiado tarde, así que no debemos descansar hasta que este asunto quede resuelto.

Quienes permanecen como enemigos de Dios están siempre expuestos a los arrestos de su justicia y a las terribles señales de su ira. Cristo es el Juez a quien serán entregados los pecadores impenitentes, porque todo juicio ha sido dado al Hijo. No se puede evitar al Salvador que rechazaron cuando venga como Juez (Apocalipsis 6:16-17). Es aterrador ser entregado al Señor Jesús cuando el Cordero se convierte en León. Los ángeles son los servidores que Cristo usará para ejecutar el juicio (Mateo 13:41-42), e incluso los demonios cumplen una función en ello, pues tienen el poder de la muerte como ejecutores de los incrédulos (Hebreos 2:14). El infierno es la prisión a la que serán arrojados quienes permanecen como enemigos de Dios (2 Pedro 2:4).

Los pecadores condenados permanecerán allí para siempre. No serán liberados hasta que hayan pagado el último centavo, y esa deuda nunca se pagará por completo a lo largo de toda la eternidad. La justicia divina siempre estará recibiendo satisfacción, pero nunca quedará satisfecha.

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