Versículo destacado

Mateo 5:17 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" No crean ustedes que yo he venido a suprimir la ley o los profetas; no he venido a ponerles fin, sino a darles su pleno valor. "

Mateo 5:17

menu_book El versículo en contexto

15 Tampoco se enciende una lámpara para ponerla debajo de un cajón; más bien, se la pone en alto para que alumbre a todos los que están en la casa.

16 Del mismo modo, procuren que su luz brille delante de la gente, para que, al ver el bien que ustedes hacen, todos alaben a su Padre que está en el cielo.

17 No crean ustedes que yo he venido a suprimir la ley o los profetas; no he venido a ponerles fin, sino a darles su pleno valor.

18 Pues les aseguro que, mientras existan el cielo y la tierra, no se le quitará a la ley ni un punto ni una letra, hasta que todo llegue a su cumplimiento.

19 Por eso, el que no obedece uno de los mandatos de la ley, aunque sea el más pequeño, ni enseña a la gente a obedecerlo, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos. Pero el que los obedece y enseña a otros a hacer lo mismo será considerado grande en el reino de los cielos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Las personas a quienes Cristo predicaba, y a quienes quería ayudar mediante estas instrucciones para sus discípulos, tenían dos maneras principales de pensar acerca de la religión. En primer lugar, consideraban las Escrituras del Antiguo Testamento como su norma, y Cristo les muestra que tenían razón en eso. En segundo lugar, consideraban a los escribas y a los fariseos como su ejemplo, y Cristo les muestra que estaban equivocados en eso. Los escribas eran maestros judíos de la ley, y los fariseos eran un grupo religioso estricto, pero no era seguro seguir su ejemplo.

La enseñanza de Cristo concordaba exactamente con el Antiguo Testamento, llamado aquí «la ley y los profetas». Los profetas explicaban la ley, y juntos formaban la norma de fe y de vida que Cristo encontró ya honrada en la iglesia judía. Él no vino a derribar esa norma, sino a mantenerla firme. Lo dice claramente: «No piensen que he venido a destruir la ley o los profetas» (Mateo 5:17).

Esto tenía el propósito de tranquilizar a ambos grupos. Los judíos devotos no debían temer que Cristo dañara el honor de las Escrituras que amaban y que habían comprobado ser verdaderas y puras. Al mismo tiempo, los judíos descuidados no debían esperar que el Mesías hubiera venido a liberarlos de los mandamientos de Dios mientras todavía les ofrecía sus promesas. Cristo no manda nada que la ley natural o la ley moral no hubiera exigido ya, ni prohíbe nada que esas leyes no hubieran enseñado ya. Él vino a cumplir, no a destruir.

Cristo cumple la ley de varias maneras. Primero, la obedeció perfectamente, porque estaba sujeto a la ley (Gálatas 4:4). Honró a sus padres, guardó el día de reposo, oró, dio a los pobres y nunca quebrantó la ley de Dios de ninguna manera. Segundo, hizo realidad las promesas de la ley y las predicciones de los profetas, pues todas señalaban hacia él. El pacto de la gracia, que es la manera en que Dios salva a los pecadores por medio de una promesa, era esencialmente el mismo entonces que ahora, con Cristo como su mediador, el que reconcilia a Dios con las personas. Tercero, cumplió los tipos y símbolos de la ley, especialmente la ley ceremonial. No los hizo inútiles, sino que demostró su significado al ser la realidad representada por esas sombras.

También completó lo que estaba incompleto en la ley y en los profetas. La palabra utilizada aquí significa «llenar por completo». Si la ley fuera como un recipiente que ya tiene un poco de agua, Cristo no la vació, sino que la llenó hasta el borde. Si fuera como un boceto incompleto, Cristo lo llevó a su plenitud mediante su enseñanza y sus obras. De esta manera, continuó el mismo propósito que la ley siempre había tenido. El evangelio no lucha contra el objetivo principal de la fe judía; lo lleva a su punto culminante. El evangelio es un tiempo de reforma y mejora, no de desechar la verdad de Dios.

Cristo también enseña que la ley permanecerá vigente. Dice: «Hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una letra ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se cumpla» (Mateo 5:18). Esto significa que la palabra de Dios permanecerá hasta que se complete todo lo que Dios ha planeado. Dios está obrando por medio de su providencia y su gracia para cumplir las Escrituras, y no permitirá que falle ni la parte más pequeña de su palabra. El cielo y la tierra pasarían antes de que una sola palabra de Dios cayera por tierra.

Esto muestra el cuidado de Dios incluso por las partes más pequeñas de su ley. Él protege los detalles, las letras diminutas y las marcas pequeñas, porque todo lo que le pertenece y lleva su sello será preservado. Las leyes humanas reconocen sus propias limitaciones, pero Dios respalda cada parte de su ley. Nada en ella es demasiado pequeño para que él no lo cuide.

Entonces Cristo advierte a sus discípulos que guarden cuidadosamente la ley y explica el peligro de ignorarla (Mateo 5:19). A cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos, aun el más pequeño, y enseñe a otros a hacer lo mismo, se le considerará el más pequeño en el reino de los cielos. Los fariseos eran elogiados como maestros, pero no recibirían honra como maestros en el reino de Cristo. En cambio, a cualquiera que practique y enseñe estos mandamientos, como lo harían los discípulos de Cristo, se le considerará grande en el reino de los cielos.

Hay mandamientos más pequeños que otros, aunque ninguno carece realmente de importancia. Los judíos consideraban como uno de los menores el mandamiento acerca de sacar del nido a la madre ave (Deuteronomio 22:6-7), pero incluso ese mandamiento tenía un propósito y un significado importantes. Es peligroso, tanto en lo que creemos como en nuestra conducta, debilitar siquiera el mandamiento más pequeño de Dios. Quebrantarlos significa intentar reducir su alcance o disminuir su autoridad, y eso es una ofensa grave delante de un Dios celoso. Dejar de lado cualquiera de los Diez Mandamientos es más que una desobediencia común: es dejar vacía la ley de Dios (Salmo 119:126).

Cuanto más se extiende esa corrupción, peor se vuelve. Ya es malo quebrantar un mandamiento, pero es peor enseñar a otros a hacerlo. Cristo se refiere claramente a los maestros que entonces ocupaban la cátedra de Moisés, el lugar de la enseñanza oficial, y que torcían las Escrituras con sus comentarios. Las ideas que debilitan la verdadera piedad y el corazón de la religión son malas cuando se sostienen en privado, pero son mucho peores cuando se enseñan y se difunden como si fueran la palabra de Dios.

El que enseñe de esa manera será llamado el más pequeño en el reino de los cielos, es decir, en la iglesia del evangelio. Está tan lejos de ser apto para enseñar allí que ni siquiera debería ser considerado un verdadero miembro de ella. El profeta que enseña tales mentiras será «la cola» en ese reino (Isaías 9:15). Cuando la verdad se sostiene por sí misma, esos falsos maestros, aunque las personas los elogien como a los fariseos, no tendrán lugar entre los sabios y piadosos.

Nada hace que los ministros sean más vergonzosos y despreciables que torcer la ley de Dios (Malaquías 2:8, 11). Quienes hacen que el pecado parezca menos grave, lo fomentan y se burlan de la seriedad en la religión y en la adoración sincera son la peor parte de la iglesia. En cambio, en la iglesia de Cristo reciben verdadero honor quienes usan tanto su vida como su enseñanza para promover una religión pura y seria, expresada en la práctica. Ellos hacen y enseñan lo bueno. Si los maestros no viven conforme a lo que enseñan, destruyen con una mano lo que edifican con la otra. Demuestran que son falsos y hacen que las personas piensen que toda religión es una mentira.

Pero quienes hablan desde una experiencia verdadera y viven de acuerdo con lo que predican son verdaderamente grandes. Honran a Dios, y Dios los honrará (1 Samuel 2:30). En la vida venidera, brillarán como estrellas en el reino de nuestro Padre.

La justicia de Cristo, es decir, la manera correcta de vivir que él vino a establecer, debe ser mayor que la de los escribas y fariseos (Mateo 5:20). Esto sorprendió profundamente a las personas que pensaban que los escribas y los fariseos habían alcanzado el nivel más alto de la religión. Los escribas eran los maestros de la ley más conocidos, y los fariseos eran el grupo religioso más respetado. Ambos ocupaban la cátedra de Moisés (Mateo 23:2), lo que significaba que afirmaban tener autoridad para enseñar la ley de Dios. Debido a su reputación, la gente pensaba que ya eran más que suficientemente buenos y no se sentía obligada a ser tan santa como ellos. Por eso fue una gran sorpresa escuchar que debían ser mejores que ellos o no entrarían en el cielo. Jesús lo afirma con firmeza: «Les digo que sí».

Los escribas y los fariseos eran enemigos de Cristo y de su enseñanza, y también eran severos y opresivos. Aun así, había algo digno de reconocimiento en ellos. Ayunaban, oraban y daban limosnas con frecuencia. Observaban cuidadosamente los mandamientos ceremoniales y se dedicaban a enseñar a otros. Tenían tanta influencia sobre el pueblo que, si solo dos hombres fueran al cielo, uno de ellos sería un fariseo. Sin embargo, Jesús les dice a sus discípulos que la religión que él vino a establecer no solo rechaza la maldad de ellos, sino que va más allá de lo bueno que hacían. Debemos hacer más que ellos y hacerlo mejor; de lo contrario, no alcanzaremos el cielo.

Ellos eran selectivos en la manera de aplicar la ley y daban mayor importancia a los ritos externos. Nosotros, en cambio, debemos guardar toda la ley de Dios y no pensar que basta con dar nuestro diezmo mientras retenemos nuestro corazón de Dios. Ellos se preocupaban únicamente por lo exterior, pero nosotros debemos prestar atención a la santidad interior. Ellos buscaban la aprobación de las personas, pero nosotros debemos buscar la aprobación de Dios. Se enorgullecían de sus actos religiosos y confiaban en ellos como si los hicieran justos. Nosotros, después de hacer todo lo que podamos, debemos humillarnos y decir: «Somos siervos indignos», y confiar únicamente en la justicia de Cristo. De esa manera podemos superar a los escribas y a los fariseos.

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