Versículo destacado

Mateo 18:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" En aquella misma ocasión los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: —¿Quién es el más importante en el reino de los cielos? "

Mateo 18:1

menu_book El versículo en contexto

1 En aquella misma ocasión los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: —¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?

2 Jesús llamó entonces a un niño, lo puso en medio de ellos

3 y dijo: —Les aseguro que si ustedes no cambian y se vuelven como niños, no entrarán en el reino de los cielos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Así como nunca hubo un ejemplo mayor de humildad, tampoco hubo un maestro más grande de ella que Cristo. Él aprovechaba toda oportunidad para ordenársela y recomendársela a sus discípulos y seguidores.

La ocasión para esta enseñanza fue una disputa indigna entre los discípulos acerca de la posición y el rango. Se acercaron a Jesús y se preguntaron entre ellos, porque les daba vergüenza hacerlo abiertamente (Marcos 9:34): «¿Quién es el más grande en el reino de los cielos?». No querían decir: «¿Quién tiene el carácter más grande?». Esa habría sido una buena pregunta, porque entonces habrían aprendido qué virtudes y deberes debían procurar sobre todo. Más bien, querían saber quién tendría el título y la posición más elevados. Habían oído mucho acerca del reino de los cielos, el reino del Mesías y de su iglesia en este mundo, pero todavía tenían una idea muy limitada de él. Seguían soñando con un reino terrenal, de esplendor y poder visibles.

Poco antes, Cristo había predicho sus sufrimientos y la gloria que vendría después, incluida su resurrección, y ellos pensaban que su reino comenzaría entonces. Por eso creían que era el momento de asegurar sus puestos en él. En asuntos así, la gente suele pensar que es prudente adelantarse y hablar desde el principio. Debates parecidos surgieron después de otras palabras de Cristo sobre el mismo tema (Mateo 20:19-20; Lucas 22:22, 24). Él habló muchas veces de sus sufrimientos, pero solo una vez de su gloria. Sin embargo, ellos se concentraron en la gloria e ignoraron el sufrimiento. En vez de preguntar cómo podían recibir la fuerza y la gracia necesarias para sufrir con él, preguntaron quién ocuparía el lugar más alto al reinar con él. A muchas personas les encanta oír y hablar de privilegios y gloria, mientras evitan pensar en el trabajo y las dificultades. Miran tanto la corona que se olvidan del yugo y de la cruz.

Ese era el espíritu detrás de la pregunta de los discípulos: «¿Quién es el más grande en el reino de los cielos?». Primero, daban por sentado que todos los que tienen un lugar en ese reino son grandes, porque es un reino de sacerdotes. Las personas verdaderamente grandes son las verdaderamente buenas, y al final se demostrará que lo son, cuando Cristo las reconozca como suyas, aunque en este mundo sean pobres y pasen desapercibidas. También suponían que había distintos niveles de grandeza. Todos los santos reciben honor, pero no todos reciben el mismo honor. Una estrella se distingue de otra en gloria. No todos los oficiales de David fueron valientes guerreros, ni todos sus valientes guerreros estuvieron entre los tres principales.

También daban por sentado que uno de ellos sería elegido para el cargo más elevado. ¿A quién mostraría un honor especial el Rey Jesús, si no a quienes lo habían dejado todo por él y ahora compartían sus sufrimientos y dificultades? Incluso competían entre sí por ese puesto, pues cada uno pensaba tener algún derecho a él. Pedro solía hablar en nombre de todos y ya había recibido las llaves, así que quizá esperaba ser el gran canciller o el principal administrador de la casa real. Judas tenía la bolsa del dinero, por lo que tal vez esperaba ser el tesorero real, aunque ocupaba el último lugar entre ellos. Simón y Judas eran parientes cercanos de Cristo, así que quizá esperaban estar por encima de los demás funcionarios del reino, como príncipes de sangre. Juan era el discípulo amado, el favorito del Príncipe, y tal vez esperaba ser el primero. Andrés había sido llamado primero; entonces, ¿por qué no habría de ser el primero en honor? Somos muy propensos a entretener ideas insensatas acerca de cosas que nunca sucederán.

La respuesta de Cristo reprende claramente la pregunta: «¿Quién será el más grande?». Tenemos toda razón para creer que, si Cristo hubiera querido establecer a Pedro y a sus sucesores en Roma como cabezas de la iglesia y sus principales representantes en la tierra, lo habría dicho aquí, especialmente al presentarse una ocasión tan adecuada. En cambio, su respuesta rechaza y condena por completo esa idea. Cristo no pondría tal autoridad o supremacía en ningún lugar de su iglesia. Quien la reclama se está apropiando de algo que no le pertenece. En vez de colocar a alguno de los discípulos en ese rango, les advierte a todos que no lo busquen.

Primero, Cristo les enseña la humildad mediante una señal (Mateo 18:2). Llamó a un niño y lo puso en medio de ellos. Cristo enseñaba con frecuencia por medio de señales o imágenes visibles, tal como lo habían hecho antes los profetas. La humildad es una lección tan difícil que necesitamos todos los medios posibles para aprenderla. Cuando miremos a un niño, debemos recordar cómo Cristo usó a aquel niño en esta ocasión. Las cosas visibles deben servir para enseñar verdades espirituales. Puso al niño entre ellos, no para que jugaran con él, sino para que aprendieran de él. Los hombres adultos e importantes no deben despreciar a los niños ni pensar que está por debajo de ellos prestarles atención. Pueden hablar con ellos y enseñarles, o pueden observarlos y aprender de ellos. Cristo mismo, cuando era niño, estuvo entre los maestros en el templo (Lucas 2:46).

Luego enseñó por medio de un sermón basado en esa señal, mostrando a ellos y a nosotros la necesidad de la humildad (Mateo 18:3). Sus palabras son solemnes y exigen tanto atención como aceptación: «De cierto les digo: Yo, el testigo fiel, les digo esto: a menos que cambien y se vuelvan como niños, no entrarán en el reino de los cielos». Aquí debemos observar lo que exige. Primero, deben convertirse; es decir, deben cambiar de mente y de espíritu. Deben pensar de manera diferente acerca de sí mismos y acerca del reino de los cielos antes de estar preparados para tener un lugar en él. El orgullo, la ambición y el deseo de honor y poder que se habían manifestado en ellos debían ser objeto de arrepentimiento, ser eliminados y corregidos. Tenían que volver a pensar con sensatez. Además de la primera conversión del alma, cuando pasa del pecado a la gracia, también hay cambios posteriores en los que la persona se aparta de pecados específicos y de sus recaídas; estos también son necesarios para la salvación. Cada paso que damos fuera del camino correcto por causa del pecado debe ser seguido por un paso de regreso mediante el arrepentimiento. Cuando Pedro se arrepintió de haber negado a su Maestro, fue restaurado.

Segundo, deben volverse como niños. La gracia de la conversión nos hace semejantes a los niños, aunque no infantiles en el sentido negativo. No nos vuelve insensatos, inestables ni juguetones de manera irresponsable. Más bien, como niños, debemos desear la leche pura de la palabra (1 Pedro 2:2). Como niños, no debemos preocuparnos con ansiedad, sino dejar nuestras necesidades en manos de nuestro Padre celestial (Mateo 6:31). Como niños, debemos ser inofensivos, sin malicia y fáciles de guiar (1 Corintios 14:20; Gálatas 4:2). Pero lo que principalmente se quiere decir aquí es la humildad.

Los niños pequeños no se comportan como personas importantes. No se aferran a cuestiones de honor. El hijo de un hombre rico jugará con el hijo de un hombre pobre. Un niño vestido con harapos, si tiene la leche de su madre, está contento y no envidia al niño vestido de seda. Los niños pequeños no aspiran a posiciones elevadas ni planean cómo subir de rango en el mundo. No se ocupan de cosas demasiado grandes para ellos. Nosotros también debemos comportarnos así y aquietar el corazón con un espíritu humilde, como enseña el Salmo 131:1-2. Así como los niños son pequeños de cuerpo y de baja estatura, nosotros también debemos ser pequeños y humildes en espíritu y en la opinión que tenemos de nosotros mismos.

Este es un espíritu que conduce a otros buenos hábitos. La niñez es la etapa de la vida en la que se aprende.

Cristo da a este punto un énfasis muy fuerte: sin esta humildad, no entrarán en el reino de los cielos. Es necesario advertirles seriamente a los discípulos de Cristo para que teman quedarse fuera del descanso prometido por Dios (Hebreos 4:1). Cuando hicieron su pregunta en Mateo 18:1, parecían estar seguros de llegar al cielo; pero Cristo sacude esa confianza y los lleva a examinarse con cuidado. Ellos querían ser los más grandes en el reino de los cielos, y él les dice que, a menos que cambien a un espíritu mejor, nunca llegarán allí.

Muchos que se presentan como personas importantes en la iglesia demuestran ser no solo pequeños, sino absolutamente nada, sin parte alguna en este asunto. El propósito de Cristo aquí es mostrar cuán peligrosos son el orgullo y la ambición. Sin importar qué profesión de fe hagan las personas, si se aferran a este pecado, quedarán excluidas de la morada de Dios y de su santo monte. El orgullo expulsó del cielo a los ángeles que pecaron, y también nos mantendrá fuera si no nos apartamos de él. Quienes se enaltecen por orgullo caen bajo el mismo juicio que el diablo. Para evitarlo, debemos volvernos como niños. Para hacerlo, debemos nacer de nuevo, revestirnos del nuevo ser y llegar a ser como el santo niño Jesús, como se le llama incluso después de su ascensión (Hechos 4:27).

También muestra la honra y la exaltación que vienen con la humildad (Mateo 18:4), al dar una respuesta directa, aunque sorprendente, a la pregunta de ellos. La persona que se humilla como un niño pequeño podría temer que eso la haga parecer insignificante, como les sucede a las personas tímidas que pierden oportunidades de avanzar. Sin embargo, esa misma persona es la más grande en el reino de los cielos. Los cristianos más humildes son los mejores cristianos, los que más se parecen a Cristo y los que gozan de mayor favor delante de él. Están mejor preparados para recibir la gracia de Dios, servirlo en este mundo y disfrutar de su presencia en el venidero. Son grandes porque Dios se fija especialmente en personas así, tanto en el cielo como en la tierra. En la iglesia, quienes son más humildes y renuncian más a sí mismos deberían recibir el mayor respeto y honra, porque, aunque son quienes menos buscan el honor, son quienes más lo merecen.

Cristo también cuida de manera especial a las personas humildes. Defiende su causa, las protege, se interesa por sus preocupaciones y se asegura de que, si sufren una injusticia, esta sea corregida. Quienes se humillan de esta manera podrían temer, en primer lugar, que nadie los reciba. Pero él dice que quien recibe en su nombre a uno de estos pequeñitos lo recibe a él (Mateo 18:5). Cristo considera que cualquier bondad mostrada a una persona así es bondad mostrada a él mismo. Quien recibe a un cristiano manso y humilde, lo anima, evita que se desanime por su modestia, lo acoge con amistad, amor y cuidado, y busca su bien por causa de Cristo —porque lleva la imagen de Cristo y le sirve— es aceptado y recompensado como si hubiera honrado al propio Cristo. Aunque se reciba a uno solo de estos pequeñitos en el nombre de Cristo, él lo acepta. El tierno cuidado de Cristo por su iglesia alcanza a cada miembro individual, incluso al más pequeño; no se extiende solamente a toda la familia, sino a cada uno de sus hijos. Cuanto más pequeños son a sus propios ojos, mayor es la buena voluntad hacia Cristo al mostrarles bondad. Cuanto menos se haga por consideración a ellos mismos, más se hará por consideración a Cristo, y él lo toma en cuenta de esa manera. Si Cristo estuviera aquí entre nosotros en persona, pensaríamos que nunca podríamos hacer lo suficiente para recibirlo. Pero los pobres, especialmente los pobres en espíritu, siempre están con nosotros, y son ellos quienes lo reciben (Mateo 25:35-40).

En segundo lugar, las personas humildes podrían temer que todos las maltraten. A menudo, la gente más malvada se deleita en pisotear a los humildes. Pero Cristo también responde a ese temor (Mateo 18:6), advirtiendo a todos, bajo el mayor peligro para ellos mismos, que no hagan daño a ninguno de sus pequeñitos. Esta advertencia levanta alrededor de ellos una muralla de fuego. Quien los toca, toca la niña de los ojos de Dios. La ofensa que Cristo tiene en mente consiste en hacer daño a uno de estos pequeñitos que creen en él. Su fe en Cristo, aunque sean pequeños, los une a él y hace que él se identifique personalmente con su causa. Así como participan de la bendición de sus sufrimientos, él también se identifica con el mal que se les hace. Incluso los creyentes más pequeños tienen los mismos privilegios que los grandes, porque todos han recibido la misma fe preciosa. Algunas personas hacen tropezar a estos pequeñitos al llevarlos al pecado (1 Corintios 8:10-11), al afligir y perturbar sus almas justas, al desanimarlos o al aprovecharse de su mansedumbre para perjudicarlos en su cuerpo, su familia, sus bienes o su reputación. Por eso, con frecuencia, las mejores personas de este mundo reciben el peor trato.

La gravedad del castigo por este pecado se muestra en la afirmación de que sería mejor para tal persona que la arrojaran al mar más profundo, con una piedra de molino atada al cuello. El pecado es tan terrible y la ruina que produce es tan grande, que sería preferible sufrir el peor castigo que pueden imponer los tribunales humanos, pues ese castigo solo puede matar el cuerpo. El infierno es peor que las profundidades del mar, porque es un abismo sin fondo y un lago de fuego. El mar solo puede causar la muerte, pero el infierno atormenta. Jonás encontró consuelo en las profundidades del mar (Jonás 2:2, 4, 9), pero nadie ha encontrado jamás el menor consuelo en el infierno, ni nadie lo encontrará. La sentencia segura y definitiva del gran Juez hunde más rápido y sujeta con mayor firmeza que una piedra de molino atada al cuello. Esa sentencia establece un abismo inmenso que jamás puede cruzarse (Lucas 16:26). Incluso hacer tropezar a los pequeñitos de Cristo por negligencia cuenta como motivo para recibir aquella terrible sentencia: «Apártense de mí, malditos». Al final, ese será el juicio de los orgullosos perseguidores.

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