Versículo destacado

Mateo 13:53 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Cuando Jesús terminó de contar estas parábolas, se fue de allí "

Mateo 13:53

menu_book El versículo en contexto

51 Jesús preguntó: —¿Entienden ustedes todo esto? —Sí —respondieron ellos.

52 Entonces Jesús les dijo: —Cuando un maestro de la ley se instruye acerca del reino de los cielos, se parece al dueño de una casa que sabe sacar de lo que tiene guardado cosas nuevas y cosas viejas.

53 Cuando Jesús terminó de contar estas parábolas, se fue de allí

54 y llegó a su propia tierra, donde comenzó a enseñar en la sinagoga del lugar. La gente, asombrada, decía: —¿Dónde aprendió este todo lo que sabe? ¿Cómo puede hacer esos milagros?

55 ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No es María su madre? ¿No es el hermano de Santiago, José, Simón y Judas?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos a Cristo en su propio pueblo. Él iba haciendo el bien y no se marchaba de ningún lugar hasta haber terminado allí su testimonio por ese tiempo. Los suyos ya lo habían rechazado antes, pero volvió a ellos. Cristo no abandona a las personas después del primer rechazo, sino que vuelve a ofrecerse a quienes muchas veces lo han apartado.

En esto, como en otras cosas, Cristo se identificó con sus hermanos y hermanas de la familia humana. Sentía un amor natural por su propio país. Por lo general, las personas aman su tierra natal, no porque sea hermosa, sino porque es suya.

Esta vez lo trataron casi de la misma manera que antes, con desprecio y malicia. Observemos cómo demostraron su desdén por él. Cuando enseñó en la sinagoga de ellos, se quedaron asombrados, no porque les alegrara escucharlo ni porque su enseñanza los hubiera impresionado por sí misma, sino porque venía de él. Pensaban que era demasiado improbable que alguien como él pudiera ser un maestro así. Usaron dos cosas en su contra.

Primero, se burlaron de su falta de preparación formal. Reconocían que tenía sabiduría y que hacía milagros, pero preguntaban de dónde los había recibido. Sabían que no se había formado con los rabinos, que nunca había asistido a una universidad y que no había sido reconocido públicamente como «Rabí». Las personas estrechas y prejuiciosas suelen juzgar por la educación y preguntan más por los antecedentes de alguien que por la validez de sus razones. «¿De dónde sacó este hombre esas obras poderosas? ¿Las obtuvo honestamente? ¿Habrá aprendido alguna clase de magia oscura?». Al decir esto, tergiversaban algo que debía haber servido para respaldarlo. Si no hubieran estado cegados voluntariamente, habrían visto que alguien que mostraba tanta sabiduría y poder sin preparación humana tenía que haber recibido la ayuda de Dios y haber sido enviado por él.

Segundo, se burlaron de la humilde condición de su familia (Mateo 13:55-56). Se burlaron de él mencionando a su padre: «¿No es este el hijo del carpintero?». Sí, así era como lo conocían, y no había nada vergonzoso en ello. Ser hijo de un artesano honrado no era ninguna deshonra. Sin embargo, olvidaron —aunque podrían haberlo sabido— que aquel carpintero pertenecía al linaje de David (Lucas 1:27) y era hijo de David (Mateo 1:20). Aunque era carpintero, seguía siendo un hombre honorable. Quienes quieren encontrar defectos pasan por alto lo valioso y se concentran únicamente en lo que parece humilde. Algunas personas de mente pequeña no valoran ni siquiera al Renuevo del tronco de Isaí si no es la rama más alta (Isaías 11:1).

También se burlaron de su madre. ¿Qué defecto encontraron en ella? Se llamaba María, un nombre muy común, y todos la conocían como una mujer corriente. Era simplemente María, sin ningún título grandioso. Convirtieron esto en una acusación, como si una persona solo tuviera valor si viniera de otro país, de una familia noble o llevara un título espléndido. Esas son maneras muy pobres de medir el valor de alguien.

También se burlaron de sus hermanos, cuyos nombres conocían y estaban dispuestos a usar en su contra: Santiago, José, Simón y Judas; eran hombres buenos, pero pobres, y por eso los despreciaban. Cristo fue despreciado por causa de ellos. Es probable que estos hermanos fueran hijos de José de un matrimonio anterior; o, cualquiera que fuera exactamente su relación con Jesús, parece que crecieron con él en el mismo hogar. Tal vez por eso no leemos acerca de un llamado separado y detallado para tres de ellos —Santiago, Simón y Judas, uno de los doce apóstoles—, porque ya conocían bien a Cristo desde su juventud.

Sus hermanas también seguían allí con ellos. Eso debería haberlos llevado a amarlo y respetarlo más, pues era uno de los suyos, pero en cambio hizo que lo despreciaran. Se sintieron ofendidos por él. Tropezaron con esas piedras de tropiezo, porque él había sido puesto como una señal contra la cual se hablaría (Lucas 2:34; Isaías 8:14).

Ahora veamos cómo respondió a ese desprecio (Mateo 13:57-58). No perturbó profundamente su corazón. No se alteró demasiado por ello; despreció la vergüenza (Hebreos 12:2). En vez de empeorar el insulto o responder a sus pensamientos necios con la respuesta cortante que merecían, atribuyó con mansedumbre su actitud a una debilidad común de las personas: suelen menospreciar lo que tienen cerca, lo conocido y lo que ha crecido en su propia tierra. Por lo general, así sucede: un profeta no deja de recibir honra, excepto en su propio país. Los profetas merecen honra y normalmente la reciben. Los hombres y las mujeres de Dios son personas grandes y honorables, y deben ser respetados. Es verdaderamente extraño que los profetas no reciban honra.

Aun así, con frecuencia son menos respetados en su propio país y, a veces, son más envidiados allí. La familiaridad produce desprecio.

Por el momento, esa incredulidad limitó sus obras, por así decirlo. No hizo allí muchos milagros a causa de la incredulidad de ellos. La incredulidad es la gran barrera para recibir los dones de Cristo. En términos generales, para Dios todo es posible (Mateo 19:26); pero cuando se trata de bendiciones específicas, estas pertenecen a quien cree (Marcos 9:23). El evangelio es el poder de Dios para salvación, pero es poder para todo aquel que cree (Romanos 1:16). Por tanto, si no se realizan obras poderosas en nosotros, no es porque a Cristo le falten poder o gracia, sino porque a nosotros nos falta fe. Somos salvos por gracia, y eso es una obra poderosa, pero llega por medio de la fe (Efesios 2:8).

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