Versículo destacado
Mateo 12:14 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Pero cuando los fariseos salieron, comenzaron a hacer planes para matar a Jesús. "
Mateo 12:14
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
12 Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por lo tanto, sí está permitido hacer el bien los sábados.
13 Entonces le dijo a aquel hombre: —Extiende la mano. El hombre la extendió y le quedó tan sana como la otra.
14 Pero cuando los fariseos salieron, comenzaron a hacer planes para matar a Jesús.
15 Jesús, al saberlo, se fue de allí, y mucha gente lo siguió. Jesús sanaba a todos los enfermos,
16 y les ordenaba que no hablaran de él en público.
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Así como en los mayores sufrimientos de Cristo hubo señales de su dignidad, también en sus mayores honores hubo señales de su humildad. Aun cuando sus obras poderosas le daban la oportunidad de mostrarse grande, demostró que se despojó de sí mismo y tomó el lugar más humilde.
Aquí vemos, en primer lugar, el profundo odio de los fariseos contra Cristo (Mateo 12:14). Se enojaron ante la evidencia clara de sus milagros, así que salieron y celebraron un consejo para ver cómo podrían destruirlo. Lo que les molestaba no era solo que sus milagros hicieran parecer pequeño el honor que ellos recibían, sino también que su enseñanza confrontara su orgullo, su hipocresía y su amor a las ganancias mundanas. Sin embargo, afirmaban sentirse ofendidos porque él quebrantaba el día de reposo, algo que la ley consideraba un crimen castigado con la muerte (Éxodo 35:2). No es nada nuevo que una conducta malvada se esconda detrás de excusas que suenan nobles.
Observemos su manera de planear. Se reunieron para deliberar y determinaron la mejor forma de llevar a cabo su propósito. También lo hicieron en privado, para incitarse unos a otros y ayudarse mutuamente. Observemos igualmente su crueldad. No planeaban simplemente encarcelarlo o expulsarlo, sino destruirlo: matar a Aquel que había venido para que nosotros tuviéramos vida. ¡Qué vergüenza hicieron caer sobre nuestro Señor Jesús al tratarlo como un criminal y como una amenaza para la nación, cuando en realidad él era la mayor bendición de ella, la Gloria de su pueblo Israel!
En segundo lugar, vemos que en ese momento Cristo se retiró, escogiendo la tranquilidad en lugar del peligro, no porque hubiera terminado su obra, sino porque todavía no había llegado su hora (Mateo 12:15). Podía haberse protegido mediante un milagro, pero escogió la manera común de marcharse y mantenerse fuera de la vista. En esto, como en otras cosas, se sometió a las limitaciones humanas que no implican pecado. Se humilló al usar la misma clase de escape que suelen usar las personas indefensas.
También dio así un ejemplo de su propia enseñanza: cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Cristo ya había dicho y hecho lo suficiente para convencer a los fariseos, si la razón o los milagros hubieran podido moverlos. Pero, en vez de ceder, se hicieron más duros y se llenaron de más enojo; por eso los dejó como personas que no querían recibir ayuda (Jeremías 51:9). No se retiró por comodidad ni para excusarse de servir. Sus momentos de privacidad todavía estaban llenos de buenas obras, y siguió haciendo el bien aun cuando se vio obligado a huir.
De esta manera estableció un ejemplo para sus siervos: hacer lo que puedan cuando no pueden hacer todo lo que quisieran, y seguir enseñando aun cuando los obliguen a permanecer en lugares ocultos. Cuando los fariseos, los principales maestros de la nación, expulsaron a Cristo, la gente común siguió reuniéndose a su alrededor. Grandes multitudes lo siguieron y lo encontraron. Algunos podrían burlarse de esto y llamarlo el líder de la multitud, pero en realidad era un honor para él que todos los que tenían un corazón dispuesto y no estaban cegados por las apariencias mundanas estuvieran tan deseosos de seguirlo, incluso en medio del peligro.
También fue un honor para su gracia que los pobres escucharan las buenas noticias. Cuando acudieron a él, él los recibió y los sanó a todos. Cristo vino al mundo como el Médico de todos, como el sol para el mundo terrenal, trayendo sanidad bajo sus alas. Aunque los fariseos lo perseguían por hacer el bien, él siguió haciéndolo y no permitió que la gente sufriera debido a la maldad de sus gobernantes. Si algunas personas son poco amables con nosotros, eso no debe hacernos poco amables con los demás.
Cristo también unió la utilidad con la privacidad. Sanó a todos, pero les ordenó que no lo dieran a conocer (Mateo 12:16). Esto puede entenderse de tres maneras. Primero, fue una decisión sabia. Lo que provocaba a los fariseos no eran tanto los milagros mismos como la publicidad que se hacía de ellos (Mateo 12:23-24). Por eso Cristo siguió haciendo el bien, pero con el menor ruido posible, para no provocarlos y para protegerse. Las personas buenas y sabias quieren hacer el bien, pero no buscan llamar la atención por ello. Procuran la aprobación de Dios, no el reconocimiento humano.
Segundo, fue un juicio apropiado sobre los fariseos, quienes no merecían escuchar acerca de más milagros después de haber tratado con tanta indiferencia los que ya habían visto. Al cerrar los ojos ante la luz, perdieron el beneficio de ella. Tercero, mostró humildad y negación de sí mismo. Los milagros de Cristo tenían el propósito de demostrar que él era el Mesías y llevar a las personas a creer en él, así que a menudo era necesario que se conocieran. Sin embargo, en ocasiones les ordenaba a las personas que guardaran silencio acerca de ellos, enseñándonos a no anunciar nuestra propia bondad o utilidad, ni desear que otros lo hagan por nosotros. Cristo quería que sus discípulos fueran lo opuesto de quienes hacen todo para que la gente los vea.
En tercer lugar, vemos que las Escrituras se cumplieron en todo esto (Mateo 12:17). Cristo se retiró y permaneció fuera de la vista; aunque estaba oculto, la palabra de Dios se cumplió y recibió honra, que era lo que más le importaba. El pasaje citado aquí es Isaías 42:1-4, y se cita de manera más extensa en Mateo 12:18-21. Su propósito es mostrar cuán apacible y silencioso, pero también cuán eficaz, sería nuestro Señor Jesús en su obra. Hemos visto ambas cosas en los versículos anteriores.
Observemos, primero, el deleite del Padre en Cristo (Mateo 12:18): «Este es mi siervo, a quien he escogido, mi amado, en quien mi alma se complace». De esto aprendemos que nuestro Salvador era el siervo de Dios en la gran obra de nuestra redención. Se sometió a la voluntad del Padre (Hebreos 10:7) y se dedicó a cumplir el plan de la gracia de Dios y a honrar su gloria, reparando el daño causado por la rebelión humana. Como siervo, recibió una gran tarea y se le confió una gran responsabilidad. Esta fue parte de su humillación: aunque era igual a Dios, tomó forma de siervo en la obra de nuestra salvación, aceptó un mandato y entró en obediencia. Aunque era Hijo, aprendió la obediencia (Hebreos 5:8). Su lema es: «Yo sirvo».
También aprendemos que Jesucristo fue escogido por Dios como la única persona capacitada para la gran obra de nuestra redención. Él es el siervo que Dios escogió, plenamente capaz de realizar esa tarea. Nadie más podía llevar a cabo la obra del Redentor, y nadie más era digno de llevar la corona del Redentor.
Fue escogido de entre el pueblo, elegido por la sabiduría infinita para ocupar un lugar de servicio y honor que ningún simple ser humano ni ningún ángel podía ocupar. Solo Cristo podía hacerlo, para que en todo tuviera el primer lugar (Salmo 89:19). Cristo no se introdujo por la fuerza en esta obra. Fue designado correctamente para ella, y es el Escogido de Dios, la cabeza de todos los escogidos, Aquel en quien todos los demás son escogidos (Efesios 1:4).
Jesucristo también es el Hijo amado de Dios. Como Dios, desde la eternidad había estado en el seno del Padre (Juan 1:18), y siempre había sido el deleite del Padre (Proverbios 8:30). Antes de que comenzara el tiempo, el Padre y el Hijo compartían un amor eterno y maravilloso; por eso el Señor lo poseía al principio de su camino (Proverbios 8:22). Como Mediador, es decir, como Aquel que se interpone entre Dios y los pecadores, el Padre también lo amó, aun cuando quiso quebrantarlo y él se sometió voluntariamente a ello (Juan 10:17).
Jesucristo es Aquel en quien el Padre se complace plenamente. Esto significa la aprobación y el deleite más elevados que pueden existir. Dios declaró desde el cielo que Jesús era su Hijo amado, en quien se complacía. Se complace en él porque Jesús aceptó con gozo la gran obra que era tan querida para el corazón de Dios, y se complace en nosotros por causa de él, pues nos hizo aceptos en el Amado (Efesios 1:6). Todo el favor que la humanidad caída puede recibir de Dios se basa en el beneplácito de Dios hacia Jesucristo, porque nadie llega al Padre sino por medio de él (Juan 14:6).
El Padre también le prometió dos cosas. Primero, que estaría completamente capacitado para realizar su obra: «Pondré mi Espíritu sobre él», es decir, que el Espíritu le daría sabiduría y consejo, como dice Isaías (Isaías 11:2-3). Cuando Dios llama a alguien al servicio, también lo capacita para cumplirlo, y eso demuestra que verdaderamente lo ha llamado, como hizo con Moisés (Éxodo 4:12). Cristo, como Dios, era igual al Padre en poder y gloria. Como Mediador, recibió poder y gloria del Padre, y los recibió para impartirlos. Todo lo que el Padre le dio para prepararlo para su misión se resume en estas palabras: «Pondré mi Espíritu sobre él». Este era el aceite de alegría con el que fue ungido por encima de sus compañeros (Hebreos 1:9). Recibió el Espíritu sin límite, no parcialmente, sino en plenitud (Juan 3:34).
A quien Dios escoge y ama, también le da su Espíritu. Dondequiera que concede su amor, también concede algo de su semejanza.
En segundo lugar, el Padre prometió que Cristo cumpliría plenamente su obra. A quienes Dios envía, ciertamente los honrará. Desde hacía mucho tiempo se le había prometido a nuestro Señor Jesús que el buen propósito del Señor prosperaría en sus manos (Isaías 53:10). Aquí se nos dice en qué consistiría ese éxito: mostraría su justicia a las naciones. Cristo, personalmente, predicó a personas que vivían cerca de las regiones de los pueblos gentiles y, por medio de sus apóstoles, mostró su evangelio —llamado aquí su juicio— al mundo gentil (Marcos 3:6-8). El camino de salvación, el juicio confiado al Hijo, no solo fue llevado a cabo por él como nuestro gran Sumo Sacerdote, sino que también fue mostrado y proclamado por él como nuestro gran Profeta.
El evangelio, como norma de vida que obra para transformar los corazones y la conducta, sería mostrado a las naciones. En otro tiempo, los juicios de Dios habían sido dados especialmente a los judíos (Salmo 147:19), pero los profetas del Antiguo Testamento habían dicho muchas veces que también serían mostrados a las naciones. Por eso, los judíos incrédulos no debieron sorprenderse, y mucho menos molestarse. Las naciones pondrían su confianza en su nombre (Mateo 12:21). Él les mostraría su justicia de tal manera que le prestarían atención, serían moldeadas por ella y aprenderían a depender de él, entregarse a él y vivir bajo su gobierno.
El gran propósito del evangelio es llevar a las personas a confiar en el nombre de Jesucristo. Su nombre significa Salvador, un nombre precioso, y también «Señor, nuestra justicia». El evangelista sigue aquí la Septuaginta, la antigua traducción griega del Antiguo Testamento, aunque también es posible que copias posteriores de la Septuaginta hayan seguido al evangelista. El texto hebreo dice que las islas esperarían su ley (Isaías 42:4). En Génesis 10:5 se habla de las islas de las naciones como los lugares habitados por los descendientes de Jafet, acerca de quien se dijo: «Dios hará que Jafet habite en las tiendas de Sem» (Génesis 9:27). Esto se estaba cumpliendo cuando las islas, es decir, las naciones, esperarían su ley y confiarían en su nombre. Compara estas expresiones y observa que solo quienes esperan la ley de Cristo, con una determinación firme de obedecerla, pueden confiar en su nombre con seguridad. Observa también que la ley que esperamos es la ley de la fe, la ley de confiar en su nombre. Este es ahora su gran mandamiento: que creamos en Cristo (1 Juan 3:23).
La profecía también describe la manera amable y tranquila en que llevaría a cabo su misión. Esa es, principalmente, la razón por la que se cita aquí, pues Cristo había estado evitando llamar la atención. No realizaría su obra con ruido ni alarde. No discutiría ni gritaría. Cristo y su reino no vienen con una manifestación externa y llamativa (Lucas 17:20-21). Cuando el Primogénito fue traído al mundo, no hubo una exhibición real. No hizo una entrada pública grandiosa ni tuvo heraldos que lo anunciaran como rey. Él estaba en el mundo, pero el mundo no lo reconoció. Quienes esperaban un Salvador espectacular estaban equivocados.
Su voz no se escucharía en las calles gritando: «¡Miren, aquí está el Cristo!» o «¡Miren, allí está!». Hablaba de manera tranquila y amable, invitando a todos sin asustar a nadie. No buscaba provocar una escena, sino que vino en silencio, como el rocío. Todo lo que decía y hacía estaba marcado por una profunda humildad y abnegación. Su reino es espiritual, por lo que no avanza mediante la fuerza, la violencia ni las declaraciones orgullosas. El reino de Dios no consiste solamente en palabras, sino en poder.
También llevaría a cabo su obra sin dureza ni severidad (Mateo 12:20). No quebrará la caña cascada. Algunos entienden esto como una expresión de paciencia hacia los malvados. Él podría haber quebrado a aquellos fariseos tan fácilmente como a una caña cascada y haberlos apagado tan rápidamente como a una mecha humeante, pero no lo hará hasta el día del juicio, cuando todos sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Otros piensan que se refiere más bien a su poder y gracia para sostener a los débiles. En general, el evangelio presenta un camino de salvación que recibe con agrado la sinceridad, aun cuando haya mucha debilidad. No exige una obediencia sin pecado, sino que acepta un corazón recto y dispuesto. En cuanto a quienes siguen a Cristo con mansedumbre, reverencia y mucho temor, su condición se describe aquí como una caña cascada y una mecha humeante.
Los creyentes jóvenes son débiles, como una caña cascada. Su debilidad también resulta desagradable, como una mecha humeante. Hay algo de vida en ellos, pero es muy poco, como en una caña que ha sido aplastada. También tienen algo de calor, pero solo como una mecha que humea después de que la llama se ha apagado. En este momento, los discípulos de Cristo todavía eran débiles, y muchos miembros de su familia de fe son débiles de la misma manera.
¿Cuál es, entonces, la actitud de nuestro Señor Jesucristo hacia ellos? Él no los desanimará, mucho menos los rechazará o los desechará. No quebrará ni pisoteará la caña cascada. Al contrario, la sostendrá y la fortalecerá, como un cedro o una palmera frondosa. La vela que acaba de encenderse, aunque solo humee y todavía no arda con fuerza, no será apagada; él avivará su llama. El día de las cosas pequeñas sigue siendo un día de cosas preciosas. Por eso, él no lo desprecia, sino que lo convierte en un día de grandes cosas (Zacarías 4:10). Nuestro Señor Jesús trata con mucha ternura a quienes verdaderamente tienen gracia, aun cuando su gracia sea débil (Isaías 40:11; Hebreos 5:2). Él recuerda no solo que somos polvo, sino también que somos carne.
El buen resultado de esto se sugiere en las palabras: hasta que haga triunfar la justicia. La justicia que mostró a las naciones, es decir, a los pueblos, será victoriosa. Él seguirá conquistando hasta haber conquistado por completo (Apocalipsis 6:2). Tanto la predicación del evangelio en el mundo como su poder en el corazón tendrán éxito. La gracia vencerá al pecado y a la corrupción, y al final será perfeccionada en gloria. La justicia de Cristo triunfará, porque cuando él juzga, vence. Hará que la justicia prevalezca (Isaías 42:3). La verdad y la victoria son prácticamente lo mismo, porque la verdad es grande y prevalecerá.
De este capítulo
Mateo 12:1
"Por aquel tiempo, Jesús caminaba un sábado entre los sembrados. Sus discípulos sintieron hambre y comenzaron a arrancar espigas de trigo y a comer los granos."
Mateo 12:2
"Los fariseos lo vieron y dijeron a Jesús: —Mira, tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado."
Mateo 12:3
"Él les contestó: —¿No han leído ustedes lo que hizo David en una ocasión en que él y sus compañeros tuvieron hambre?"
Mateo 12:4
"Pues entró en la casa de Dios y comieron los panes consagrados a Dios, los cuales no les estaba permitido comer ni a él ni a sus compañeros, sino solamente a los sacerdotes."
Mateo 12:5
"¿O no han leído en la ley de Moisés que los sacerdotes en el templo no cometen pecado aunque no descansen el sábado?"
Mateo 12:6
"Pues les digo que aquí hay algo más importante que el templo."
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