Versículo destacado
Mateo 11:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Cuando ellos se fueron, Jesús comenzó a hablarle a la gente acerca de Juan, diciendo: ¿Qué salieron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? "
Mateo 11:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
5 Cuéntenle que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su enfermedad, los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida y a los pobres se les anuncia la buena noticia.
6 ¡Y dichoso aquel que no encuentre en mí motivo de tropiezo!
7 Cuando ellos se fueron, Jesús comenzó a hablarle a la gente acerca de Juan, diciendo: ¿Qué salieron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?
8 Y si no, ¿qué salieron a ver? ¿A un hombre vestido lujosamente? Ustedes saben que quienes se visten lujosamente están en las casas de los reyes.
9 En fin, ¿a qué salieron? ¿A ver a un profeta? Sí, realmente, y a uno que es mucho más que profeta.
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Aquí encontramos el gran elogio que nuestro Señor Jesucristo hizo de Juan el Bautista. Lo hizo no solo para restaurar el honor de Juan, sino también para renovar el respeto del pueblo por su ministerio. Algunos de los discípulos de Cristo quizá habían tomado la pregunta de Juan como una razón para pensar menos de él, como si fuera débil, inseguro e inconstante. Para evitarlo, Cristo le dirige este firme reconocimiento.
Es nuestro deber preocuparnos por la buena reputación de nuestros hermanos en la fe. No solo debemos eliminar las sospechas dañinas, sino también impedir que surjan. Cuando vemos alguna debilidad en alguien, aun así debemos buscar maneras de hablar bien de quienes lo merecen y darles el honor que les corresponde. Juan se había humillado para honrar a Cristo (Juan 3:20; Juan 3:30; Mateo 3:11), considerándose nada para que Cristo lo fuera todo. Ahora Cristo lo honra a él. A quienes se humillan, Dios los levantará; y a quienes honran a Cristo, Cristo los honrará. Juan había terminado su testimonio, y ahora Cristo habla bien de él. Cristo reserva honor para sus siervos después de que han cumplido su tarea (Juan 12:26).
Observemos primero que Cristo habló este elogio de Juan no mientras los discípulos de Juan todavía estaban allí, sino después de que se fueron, justo después de su partida (Lucas 7:24). Ni siquiera quiso dar la impresión de estar adulando a Juan, ni permitir que esas palabras amables llegaran a él de una manera que pudiera alimentar su orgullo. Debemos estar dispuestos a dar a las personas el reconocimiento que merecen, pero debemos evitar todo lo que parezca adulación o que pudiera hacerlas orgullosas. Incluso quienes normalmente tienen buen juicio pueden tener dificultad para recibir elogios sobre sí mismos. El orgullo es una corrupción profunda, y no debemos alimentarlo ni en los demás ni en nosotros mismos.
Observemos también que las palabras de Cristo tenían el propósito no solo de honrar a Juan, sino de ayudar al pueblo. Quería recordarles el ministerio de Juan, que antes había atraído mucha atención, pero que ahora, como suele suceder, había sido extrañamente olvidado. Por un tiempo se alegraron con su luz, pero solo por un tiempo (Juan 5:35). Por eso, Cristo les dice en efecto: «Piénsenlo. ¿Qué salieron a ver en el desierto?».
Juan predicaba en el desierto, y grandes multitudes acudían a él, aunque el lugar era remoto y poco conveniente. Si a los maestros los empujan hacia lugares apartados, es mejor ir tras ellos que quedarse sin su enseñanza. Si su predicación valía tanto esfuerzo para escucharla, seguramente también valía algún esfuerzo para recordarla. Cuanto más nos esforcemos por escuchar la palabra de Dios, más cuidado debemos tener de aprovecharla.
También habían salido a ver a Juan, y es probable que a muchos les interesara más su apariencia inusual que su mensaje. Querían alimentar sus ojos más que su alma. Acudían más por curiosidad que por convicción. Muchos de los que asisten a los sermones van principalmente para ver y ser vistos, o para tener algo de qué hablar, en vez de aprender el camino de la salvación. Cristo los confronta con la pregunta: «¿Qué salieron a ver?». Quienes escuchan la palabra tendrán que responder por sus motivos y por lo que obtuvieron de ella. Cuando termina el sermón, la responsabilidad no termina; más bien comienza en serio. Pronto se preguntará: «¿Por qué estabas allí? ¿Por costumbre, por acompañar a alguien o por un deseo sincero de honrar a Dios y recibir algo bueno? ¿Qué te llevaste? ¿Qué conocimiento, gracia o consuelo recibiste?». Cuando vamos a escuchar o leer la palabra, debemos asegurarnos de tener el propósito correcto.
En cuanto a Juan mismo, Cristo muestra qué clase de hombre era. No era una caña sacudida por el viento. No era inestable en sus creencias ni inconstante en su conducta. Se caracterizaba por su firmeza y coherencia. Las personas débiles son sacudidas como cañas, pero Juan era fuerte de espíritu (Efesios 4:14). Tanto si el viento de los elogios populares soplaba favorablemente sobre él como si se levantaba contra él la tormenta de la ira de Herodes, Juan permanecía igual.
Su testimonio acerca de Cristo no era el testimonio de una caña, que hoy se inclina hacia un lado y mañana hacia el otro. No era un testimonio cambiante según las circunstancias. Había confesado a Cristo y no lo había negado, sino que se había mantenido firme en esa confesión (Juan 1:20), y después continuó sosteniéndola (Juan 3:28). Por eso, la pregunta enviada por sus discípulos no debe interpretarse como si Juan hubiera dudado de lo que antes había afirmado. La gente había acudido en masa a él porque no era como una caña. Al final, nunca se pierde nada por decidir firmemente cumplir con nuestro deber sin buscar la aprobación de los demás ni temer su enojo.
Juan también era un hombre que se negaba a sí mismo, alguien que amaba poco las cosas de este mundo. Cristo pregunta: «¿Era un hombre vestido con ropa fina?». Si lo hubiera sido, la gente no habría salido al desierto para verlo, sino que habría ido al palacio del rey. En cambio, vieron a un hombre vestido con pelo de camello y con un cinturón de cuero alrededor de la cintura. Su ropa mostraba que estaba muerto al espectáculo mundano y a la comodidad física. Su apariencia correspondía tanto al desierto donde vivía como al mensaje que predicaba allí: el arrepentimiento. Alguien que vivía con tanta sencillez, lejos de las comodidades de la corte, difícilmente se dejaría llevar por las dificultades de la prisión hasta dudar de que Jesús fuera el Mesías.
Quienes han vivido negándose a sí mismos tienen menos probabilidades de abandonar su fe por causa de la persecución. La ropa fina pertenece a los palacios de los reyes. Las personas deben mantener su manera de vivir de acuerdo con su llamado y su situación. Los predicadores no deben tratar de parecer cortesanos, y quienes viven en hogares comunes no deben ir tras el lujo de los ricos. La sabiduría nos enseña a mantener nuestra vida en armonía. La apariencia áspera de Juan no alejó a la gente. Su antiguo entusiasmo por escuchar la palabra de Dios debe animarnos ahora, para que no se diga que hemos hecho y sufrido tanto en vano, ni que hemos corrido y trabajado inútilmente.
Su mayor reconocimiento fue su oficio y su ministerio. Ese honor era mayor que cualquier don o cualidad personal que poseyera. Por eso, esta parte de su elogio se desarrolla con más amplitud.
1. Era profeta, sí, más que profeta (Mateo 11:9). Juan había dicho que él no era «aquel profeta», es decir, que no era el gran Profeta, el Mesías mismo. Ahora Cristo, que es un Juez plenamente competente, dice que Juan era más que profeta. Juan declaró libremente que era menor que Cristo, y Cristo afirmó que era mayor que todos los demás profetas. Debemos notar esto: el precursor de Cristo no era un rey, sino un profeta. Así nadie podría pensar que el reino del Mesías se basaba en el poder terrenal. Sin embargo, su precursor inmediato era un profeta extraordinariamente grande, mayor que cualquier profeta del Antiguo Testamento. Todos ellos sirvieron bien, pero Juan los superó a todos. Ellos vieron el día de Cristo desde lejos, cuando todavía faltaba mucho para su llegada. Juan vio el amanecer, vio salir el sol y habló al pueblo del Mesías como alguien que estaba allí mismo entre ellos. Ellos hablaron de Cristo, pero Juan lo señaló. Ellos dijeron que una virgen concebiría, pero Juan dijo: «¡Miren, el Cordero de Dios!».
2. Era aquel a quien los profetas ya habían anunciado como el precursor de Cristo (Mateo 11:10). «Este es aquel de quien está escrito». Otros profetas habían hablado de él, y eso también demostraba su grandeza. Malaquías anunció a Juan diciendo que Dios enviaría a su mensajero delante de Cristo. De esta manera, parte del honor de Cristo fue concedido a Juan, porque los profetas del Antiguo Testamento hablaron y escribieron acerca de él. Todos los creyentes también tienen este honor: sus nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero. Para Juan fue un gran privilegio ser el mensajero de Cristo y preparar su llegada. Había sido enviado para una gran misión, y su honor provenía de quien lo había enviado: era el mensajero de Dios. Su tarea consistía en preparar el camino para Cristo y disponer a las personas para recibir al Salvador, mostrándoles su pecado, su miseria y su necesidad de salvación. Juan había dicho esto acerca de sí mismo (Juan 1:23), y ahora Cristo también lo decía acerca de él. Cristo lo hizo no solo para honrar el ministerio de Juan, sino también para lograr que la gente respetara ese ministerio, pues preparaba el camino para el Mesías. Mucha de la belleza de las obras de Dios se encuentra en la manera en que encajan entre sí y se señalan unas a otras. Lo que elevó a Juan por encima de los profetas del Antiguo Testamento fue que él iba directamente delante de Cristo. Cuanto más cerca está una persona de Cristo, más verdaderamente honorable es.
3. «Entre los que nacen de mujer no se ha levantado nadie mayor que Juan el Bautista» (Mateo 11:11). Cristo sabía juzgar a las personas según su verdadero valor, y coloca a Juan por encima de todos los que vinieron antes que él, por encima de todos los que nacieron de la manera humana ordinaria. De todos los que Dios levantó para servir en su iglesia, Juan fue el más destacado, incluso por encima de Moisés. Él comenzó a proclamar la verdad del evangelio: que los pecados son perdonados a quienes se arrepienten de verdad. También recibió revelaciones del cielo más claras que cualquiera de ellos, porque vio el cielo abierto y al Espíritu Santo descender. Además, tuvo gran éxito en su ministerio, pues casi toda la nación salió a escucharlo. Nadie se levantó para un propósito tan grande ni vino con una misión tan noble como Juan, y nadie tenía un mayor derecho a ser recibido. Muchos de los nacidos de mujer fueron famosos en el mundo, pero Cristo coloca a Juan por encima de todos ellos. La grandeza no se mide por la apariencia externa ni por el brillo humano. Las personas más grandes son los santos más grandes, y las mayores bendiciones son aquellos que, como Juan, son grandes a los ojos del Señor (Lucas 1:15).
Sin embargo, este gran elogio tiene un límite inesperado: «el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él». En cierto sentido, esto apunta al reino de gloria. Juan fue un hombre grande y bueno, pero todavía se encontraba en un estado de debilidad e imperfección; por eso era inferior a los santos glorificados, los espíritus de los justos hechos perfectos. Hay diferentes niveles de gloria en el cielo; algunos son mayores que otros. Allí todos los recipientes están llenos, pero no todos tienen el mismo tamaño. El santo más pequeño en el cielo es mayor, conoce más, ama más, hace más para alabar a Dios y recibe más de él que la persona más grande de este mundo. Los santos en la tierra son excelentes (Salmo 16:3), pero los que están en el cielo son mucho más excelentes. Las mejores personas de este mundo son inferiores a los ángeles (Salmo 8:5), pero los más pequeños en el cielo son iguales a los ángeles. Esto debería hacernos anhelar ese estado bendito, donde los débiles serán como David (Zacarías 12:8).
Pero aquí se entiende mejor «el reino de los cielos» como el reino de la gracia: la era del evangelio en la plenitud de poder y pureza que tendría después. En ese sentido, el más pequeño en él es mayor que Juan. Algunos consideran que esto se refiere a Cristo mismo, quien era menor que Juan en edad y, a los ojos de algunos, inferior a él, ya que Juan siempre hablaba de sí mismo con humildad. En efecto, dijo, por así decirlo: «Soy un gusano y no un hombre», pero Cristo era mayor que Juan. Esto concuerda con las propias palabras de Juan el Bautista: «El que viene después de mí es antes de mí» (Juan 1:15). Sin embargo, es más probable que se refiera a los apóstoles y ministros del Nuevo Testamento, los profetas del evangelio. La comparación no trata de su santidad personal, sino de su ministerio. Juan predicó a Cristo como el que habría de venir; ellos predicaron a Cristo no solo como el que había venido, sino también como el crucificado y glorificado. Juan llegó al amanecer del día del evangelio, y por eso fue mayor que los profetas anteriores. Pero fue llevado antes del mediodía pleno de ese día: antes de que el velo se rasgara, antes de la muerte y resurrección de Cristo y antes de que el Espíritu fuera derramado. Por eso, aun el apóstol o evangelista más pequeño, con mayor luz y un mensaje más completo, es mayor que Juan. Juan no hizo milagros; los apóstoles hicieron muchos.
Esta preeminencia se debe a que la era del Nuevo Testamento es mayor que la del Antiguo Testamento. Por eso los ministros del Nuevo Testamento son superiores: su ministerio también lo es. Juan fue el hombre más grande de su orden. Alcanzó el punto más alto que su época permitía. Pero el más pequeño del orden superior es mayor que el más grande del inferior. Un enano en una montaña puede ver más lejos que un gigante en un valle. Toda verdadera grandeza en las personas proviene de Cristo y depende de la gracia que él les concede. Las mejores personas solo son lo que a él le place hacerlas. ¡Cuánto debemos agradecer a Dios que nuestra vida transcurra en los días del reino de los cielos, rodeados de tanta luz y amor! Y cuanto mayores son los privilegios, mayor será también la responsabilidad que tendremos si recibimos la gracia de Dios en vano.
4. El gran honor de Juan el Bautista fue que Dios aprobó su ministerio y lo hizo producir frutos maravillosos. Dios lo usó para abrir el camino, por así decirlo, y preparar a las personas para el reino de los cielos.
Desde que Juan el Bautista apareció por primera vez hasta ese momento, poco más de dos años, se había hecho mucho bien. La obra avanzó rápidamente cuando se acercó a Cristo, su centro y propósito. «El reino de los cielos sufre violencia», es decir, se entra en él con fuerza, como un ejército que asalta una ciudad o como una multitud que irrumpe en una casa. «Los violentos lo arrebatan» significa que muchas personas lo buscaban con entusiasmo y urgencia.
El pasaje paralelo nos permite entender mejor el significado. Allí Jesús dice: «El reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él» (Lucas 16:16). Muchas personas fueron profundamente impactadas por el ministerio de Juan y se convirtieron en sus discípulos. Era una multitud poco probable, personas que podrían haber parecido no tener ningún derecho al reino de Dios. Los publicanos y los pecadores creyeron a Juan, mientras que los escribas y los fariseos lo rechazaron; así que entraron en el reino antes que quienes parecían tener más posibilidades de pertenecer a él (Mateo 21:31, 21:32).
Eso no es motivo de vergüenza. No es una falta de buenos modales llegar al cielo antes que quienes tienen una posición social más elevada que la nuestra. De hecho, es un gran honor para el evangelio que, desde el principio, haya llevado a muchas personas inesperadas a la santidad. El evangelio alcanza a personas que no esperaríamos que cambiaran. Demuestra su poder al transformar corazones que parecían estar más lejos de Dios.
Esta «violencia» también señala el fervor de quienes siguieron el ministerio de Juan. Venían con fuerza, entusiasmo y un deseo genuino. Esto nos enseña qué fervor y celo necesitan todos los que quieren hacer del cielo su meta. Quienes desean entrar en el reino de los cielos deben esforzarse por entrar. Deben negarse a sí mismos, cambiar la inclinación de su mente y hacer fuerza contra los deseos corruptos.
Hay sufrimientos difíciles que soportar y una fuerte oposición, tanto externa como interna. Debemos correr, luchar, combatir e incluso experimentar agonía, y aun así no será demasiado por un premio tan grande. Quienes desean participar de la gran salvación se sienten atraídos hacia ella con un deseo intenso. La quieren bajo cualquier condición y no la soltarán hasta recibir la bendición (Génesis 32:26). Quienes quieren confirmar su llamamiento y elección deben esforzarse con diligencia.
El reino de los cielos nunca fue destinado a recompensar a las mentes perezosas ni a los corazones descuidados. Es el descanso de quienes trabajan. ¡Qué escena tan bendita sería ver a un número mayor de personas, no expulsando con enojo a otras del reino, sino entrando en él con santidad y entusiasmo!
El ministerio de Juan también fue el comienzo del evangelio, como se considera en Marcos 1:1 y Hechos 1:22. Esto se muestra de dos maneras. Primero, con Juan comenzó a desaparecer la manera en que el Antiguo Testamento trataba la relación con Dios (Mateo 11:13). Durante un tiempo todavía mantuvo toda su vigencia, pero después comenzó a declinar. La ley de Moisés no fue quitada sino hasta la muerte de Cristo, pero la luz más clara del reino de los cielos ya estaba apareciendo y haciendo que las antiguas sombras ocuparan un lugar menos central.
La luz del evangelio, como la luz natural, apareció antes del día pleno y preparó el camino para él. Por eso las profecías del Antiguo Testamento llegaron a su fin antes que sus mandamientos. Alcanzaron su propósito; no fueron destruidas. La ley y los profetas hablaron acerca de Cristo, aunque de manera oscura. Se dice que la ley también profetizó, al igual que los profetas, acerca del que había de venir. Cristo comenzó con Moisés (Lucas 24:27). No solo fue anunciado por medio de profecías habladas, sino también mediante las señales, ceremonias y figuras de la ley mosaica.
Debemos dar gracias a Dios porque tenemos tanto la enseñanza del Nuevo Testamento para explicar las profecías del Antiguo Testamento como las profecías del Antiguo Testamento para confirmar e iluminar la enseñanza del Nuevo Testamento (Hebreos 1:1). Ambos Testamentos están uno frente al otro, como los dos querubines que se miraban entre sí. Moisés y los profetas murieron hace mucho tiempo, y los apóstoles y evangelistas también han muerto (Zacarías 1:5), pero la palabra del Señor permanece para siempre (1 Pedro 1:25). La Escritura todavía habla con claridad, aunque sus escritores descansen en el polvo.
Segundo, Juan marcó el comienzo del día del Nuevo Testamento. Jesús dice: «Este es Elías, el que había de venir» (Mateo 11:14). Juan era el vínculo entre los dos Testamentos; los unía. La última profecía del Antiguo Testamento decía: «Yo les enviaré al profeta Elías» (Malaquías 4:5, 4:6). Esa promesa siguió anunciando lo que habría de suceder hasta Juan; después, cuando se convirtió en un hecho histórico, dejó de mirar hacia el futuro.
Aquí Jesús habla de una gran verdad: Juan el Bautista es el Elías del Nuevo Testamento, aunque no era Elías en persona, como muchos judíos esperaban (Juan 1:21). El propio Juan negó serlo. Vino con el espíritu y el poder de Elías (Lucas 1:17), y fue semejante a él en carácter y ministerio. Llamó a la gente al arrepentimiento con seriedad y temor, y cumplió de manera especial la promesa de hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos.
Jesús también expresa esto de una manera que muestra que a algunos les costaría aceptarlo, porque tenían la mente fija en un Mesías terrenal y en preparativos terrenales para su llegada. Por eso dice: «Si están dispuestos a aceptarlo». La verdad seguía siendo verdad, la aceptaran o no. Sin embargo, Jesús reprendió sus prejuicios, porque tardaban en aceptar las verdades más grandes cuando no encajaban con sus propias ideas.
O bien, si aceptaban el ministerio de Juan como el ministerio del Elías prometido, entonces Juan sería para ellos ese Elías. Él los haría volver a Dios y los prepararía para el Señor. Las verdades del evangelio producen su efecto según la manera en que son recibidas: pueden ser un aroma de vida o de muerte. Cristo es Salvador, y Juan es Elías, para quienes reciben la verdad acerca de ellos.
Por último, nuestro Señor Jesús termina esta enseñanza con un llamado serio a prestar atención (Mateo 11:15): «El que tenga oídos para oír, que oiga». Esto muestra que sus palabras eran profundas y no fáciles de entender, por lo que requerían una reflexión cuidadosa. También muestra que eran de enorme importancia y merecían toda la atención.
En efecto, está diciendo: «Presten atención a esto. Si Juan es el Elías prometido por el profeta, entonces ha llegado un gran momento decisivo. El reino del Mesías está cerca, y el mundo pronto verá un cambio lleno de alegría». Estas son verdades que exigen una reflexión seria; por eso todos deben escuchar con cuidado lo que él dice.
Las cosas de Dios les conciernen a todos. Todo el que tenga la capacidad de oír debe estar dispuesto a escuchar esto. También se muestra que Dios no nos exige más que el uso correcto de los dones que ya nos ha dado. Pide que quienes tienen oídos los usen para oír, y que quienes tienen entendimiento lo usen para razonar.
Por eso, con frecuencia las personas son ignorantes no porque carezcan de capacidad, sino porque carecen de voluntad. No escuchan porque, como una serpiente que se tapa los oídos, se niegan a prestar atención.
De este capítulo
Mateo 11:1
"Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí para enseñar y anunciar el mensaje en los pueblos de aquella región."
Mateo 11:2
"Juan, que estaba en la cárcel, recibió noticias de lo que Cristo estaba haciendo. Entonces envió a algunos de sus seguidores"
Mateo 11:3
"para que le preguntaran si él era realmente el que había de venir o si debían esperar a otro."
Mateo 11:4
"Jesús les respondió: Vayan y díganle a Juan lo que están viendo y oyendo."
Mateo 11:5
"Cuéntenle que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su enfermedad, los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida y a los pobres se les anuncia la buena noticia."
Mateo 11:6
"¡Y dichoso aquel que no encuentre en mí motivo de tropiezo!"
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