Versículo destacado
Mateo 11:16 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" ¿Con qué compararé a la gente de este tiempo? Se parece a los niños que se sientan a jugar en las plazas y les gritan a sus compañeros: "
Mateo 11:16
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
14 y, si ustedes quieren aceptar esto, Juan es el profeta Elías que había de venir.
15 Los que tienen oídos, oigan.
16 ¿Con qué compararé a la gente de este tiempo? Se parece a los niños que se sientan a jugar en las plazas y les gritan a sus compañeros:
17 “Tocamos la flauta, pero ustedes no bailaron; cantamos canciones tristes, pero ustedes no lloraron.”
18 Porque vino Juan, que no come ni bebe, y dicen que tiene un demonio.
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Cristo había estado elogiando a Juan el Bautista y su ministerio, pero de pronto pasó a reprender a quienes habían escuchado tanto a Juan como la predicación del propio Cristo, y aun así no habían obtenido ningún beneficio. Al hablar de «esta generación», debemos fijarnos en las personas con las que la compara en Mateo 11:16-19. Y al mencionar los lugares que nombra, debemos fijarnos en las personas con las que los compara en Mateo 11:20-24.
Está hablando del pueblo judío de aquel tiempo. Muchos se esforzaban por entrar en el reino de los cielos, pero la mayoría seguía incrédula y obstinada. Juan era un hombre grande y bueno, pero la generación que lo tuvo entre ellos era estéril e inútil, y no merecía tener a un ministro así. La maldad de las personas que rodean a un buen ministro hace que su bondad se destaque con mayor claridad. El honor de Noé fue que era justo en medio de su generación. Cristo acababa de elogiar a Juan, y ahora condena a quienes lo tuvieron entre ellos y no recibieron ningún provecho de su ministerio. Cuanto más se elogia a las personas, mayor será su culpa si descuidan a un siervo de Dios como él; eso quedará demostrado en el día del juicio.
Nuestro Señor presenta esto mediante una parábola y habla como si apenas pudiera encontrar una comparación adecuada: «¿Con qué compararé a esta generación?». No hay mayor insensatez que tener una buena predicación y no obtener ningún beneficio de ella. Es difícil decir a qué se parecen esas personas. La imagen proviene de una costumbre común entre los niños judíos cuando jugaban. Como suelen hacerlo los niños, imitaban bodas y funerales, con sus celebraciones y sus lamentos. Pero, como todo era un juego, no producía ningún efecto duradero. El ministerio de Juan el Bautista y el de Cristo no tuvieron mayor efecto en aquella generación.
En especial, señala a los escribas y fariseos, que tenían una opinión muy elevada de sí mismos. Para humillarlos, los compara con niños y compara su conducta con los juegos infantiles. La parábola se entiende mejor cuando observamos juntas la imagen y su explicación.
En primer lugar, Dios, desde el cielo, usa muchos medios y métodos apropiados para hacer volver a los pecadores necesitados y salvarlos. Él quiere que todas las personas sean salvas, por eso no deja nada sin hacer para lograrlo. Su gran propósito es que nuestra voluntad concuerde con la suya, y para eso se nos revela de maneras destinadas a conmovernos. Como distintas personas reaccionan ante cosas diferentes, usa diversos caminos, aunque todos conducen al mismo fin. En la parábola, esto se describe como si nos tocara música y como si entonara un lamento para nosotros. Nos ha tocado música mediante las preciosas promesas del evangelio, adecuadas para despertar la esperanza. Nos ha entonado un lamento mediante las terribles advertencias de la ley, adecuadas para despertar el temor, para que nos aparte de nuestros pecados y nos acerque a él. También nos ha tocado música por medio de sus providencias llenas de gracia y misericordia, y nos ha entonado un lamento mediante providencias dolorosas y aflictivas, poniendo unas frente a otras. Ha enseñado a sus ministros a cambiar de tono (Gálatas 4:20): a veces hablan como el trueno del monte Sinaí y, otras veces, como una voz suave y apacible desde el monte Sion.
En la explicación de la parábola vemos la diferencia entre el carácter del ministerio de Juan y el del ministerio de Cristo, las dos grandes luces de aquella generación. Juan vino lamentándose ante ellos, sin comer ni beber. No vivía entre la gente de una manera familiar ni solía comer en compañía. Vivía apartado, en su refugio del desierto, donde su alimento eran langostas y miel silvestre. Uno pensaría que una vida tan austera y abnegada los habría conmovido, porque correspondía al mensaje que predicaba. Lo más probable es que un ministro haga el bien cuando su conducta concuerda con su enseñanza; sin embargo, ni siquiera una predicación así siempre resulta eficaz.
Por otro lado, el Hijo del Hombre vino comiendo y bebiendo, y así les tocó música. Cristo se relacionaba libremente con toda clase de personas. No hacía alarde de una severidad o rigidez especial. Era accesible y fácil de tratar, y no evitaba ninguna compañía. Con frecuencia asistía a banquetes, tanto con fariseos como con recaudadores de impuestos, para ver si podía ganar a quienes no habían sido conmovidos por la reserva de Juan. A quienes no los estremecía la severidad de Juan quizá los atraería la gentileza de Cristo. De aquí Pablo aprendió a hacerse todo para todos (1 Corintios 9:22). Sin embargo, la libertad de Cristo no condenaba en absoluto a Juan, así como la forma de vida de Juan tampoco condenaba a Cristo, aunque su conducta externa era muy diferente. No debemos juzgar a los demás según nuestra propia práctica, aun cuando estemos seguros de que nuestra práctica es correcta. Puede haber muchas clases de obras y, aun así, ser el mismo Dios quien produce todas las cosas en todos (1 Corintios 12:6); además, esta variedad de dones del Espíritu se concede para el bien de todos (Mateo 11:7).
Debemos notar especialmente que los ministros de Dios reciben dones de distintas clases. Algunos tienen una capacidad y otros tienen otra. Unos son hijos del trueno y otros son hijos de consolación, pero es el mismo Espíritu quien actúa en todos ellos (1 Corintios 12:11). Por eso no debemos condenar a ninguno de los dos tipos, sino elogiar a ambos y alabar a Dios por ambos. De esta manera, Dios prueba distintos métodos con personas de temperamentos diferentes, para que los pecadores estén dispuestos a responder o queden sin excusa. Cualquiera que sea el resultado, Dios será glorificado.
En segundo lugar, los distintos métodos que Dios usa para convertir a los pecadores muchas veces no producen fruto en muchas personas. «No han bailado ni han lamentado» significa que ninguno de los dos tipos de mensaje los afectó como debía. Cada medio tiene su propósito particular, así como cada medicina tiene un efecto específico, y las personas deben someterse a esos efectos para que se alcance el propósito mayor. Si no quieren dejarse gobernar por los mandamientos, ni ser atraídas por las promesas, ni atemorizarse por las advertencias; si no quieren ser despertadas por las cosas más grandiosas, atraídas por las más dulces, alarmadas por las más terribles ni llevadas a reflexionar por las más claras, entonces ¿qué más se puede hacer? El fuelle se quema, el plomo se consume, el refinador trabaja en vano y el pueblo es llamado plata desechada (Jeremías 6:29). El trabajo de los ministros se gasta en vano (Isaías 49:4) y, lo que es aún peor, la gracia de Dios se recibe en vano (2 Corintios 6:1).
Esto debe animar a los ministros fieles cuando ven poco fruto de su trabajo. No es algo nuevo que los mejores predicadores y la mejor predicación del mundo no logren el resultado esperado. «¿Quién ha creído a nuestro anuncio?». Si Cristo y Juan regresaban tantas veces con las manos vacías después de su labor, como David dijo en otro tiempo acerca de los guerreros poderosos cuyas armas no volvían vacías de la batalla (2 Samuel 1:22), entonces no es sorprendente que nuestro propio trabajo parezca producir poco fruto y que profeticemos sobre huesos secos con escaso efecto.
En tercer lugar, las personas que no reciben ningún beneficio de los medios de la gracia con frecuencia se vuelven obstinadas y atacan a los mismos ministros por medio de quienes reciben esos dones. Como no obtienen ningún bien para sí mismas, intentan hacerles daño a otros sembrando desconfianza contra la Palabra y contra sus predicadores fieles. Si las personas no quieren someterse a Dios ni caminar con él, se le opondrán y caminarán en su contra. Eso fue lo que hizo aquella generación.
Como estaban decididos a no creer en Cristo ni en Juan y no querían honrarlos como debían, trataron de difamarlos. Dijeron de Juan el Bautista: «Tiene un demonio». Tomaron su austeridad y su forma de vida reservada y las atribuyeron a un estado de tristeza o a alguna clase de influencia demoníaca. En efecto, decían: «¿Por qué escucharlo? Es solo un hombre triste y perturbado, lleno de ideas extrañas».
De Jesucristo dijeron: «Miren, es un glotón y un borracho». Convirtieron su trato amistoso y abierto con la gente en una acusación de vida pecaminosa. Era una acusación repugnante y maliciosa, semejante a la que se hacía contra el hijo rebelde en (Deuteronomio 21:20). Sin embargo, era completamente falsa. Cristo no buscó agradarse a sí mismo (Romanos 15:3), y nadie vivió una vida de tanta abnegación y desprecio por el mundo como él. Era intachable y separado de los pecadores, pero ellos lo presentaban como si estuviera unido a ellos y contaminado por su compañía.
La inocencia más pura y la mayor bondad no siempre protegen a una persona de las calumnias. De hecho, los mejores dones y las mejores acciones de alguien, aun cuando se hacen con buenas intenciones y son útiles para los demás, pueden convertirse precisamente en la causa de sus reproches. El ayuno de David fue convertido en motivo de vergüenza (Salmo 69:10). En cierto sentido, era verdad que Cristo era amigo de los recaudadores de impuestos y de los pecadores: era el mejor amigo que ellos habían tenido, porque vino a salvar a los pecadores, incluso a los peores. Pero lo que debió ser motivo de alabanza lo convirtieron en un insulto. Perdieron el beneficio de su amistad al tergiversarla para usarla contra él.
La razón por la que muchas personas aprovechan tan poco los medios de gracia es que son como niños sentados en la plaza. Tienen una mente infantil, se distraen con facilidad y están jugando cuando deberían tomar las cosas en serio. Si tan solo crecieran en entendimiento, todavía habría esperanza para ellas. La plaza puede representar la ociosidad (Mateo 20:3), los negocios (Santiago 4:13) o un ambiente de ruido y entretenimiento constantes. Por eso, cuando las personas escuchan la Palabra y sacan poco provecho de ella, muchas veces la razón es que son perezosas y descuidadas, o que sus mentes, sus manos y sus corazones están abarrotados de las cosas del mundo. Las preocupaciones de la vida ahogan la palabra y, al final, también ahogan sus almas (Ezequiel 33:31; Amós 8:5). Se mantienen ocupadas con distracciones y deciden quedarse allí.
Aun así, aunque muchos, incluso la mayoría, menosprecian y abusan de los medios de gracia, todavía queda un remanente que, por gracia, los aprovecha bien. Estas personas cumplen el propósito de esos medios, para la gloria de Dios y para el bien de sus propias almas. «La sabiduría queda demostrada por sus hijos». Cristo es la Sabiduría, porque en él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría. Los creyentes son los hijos que Dios le ha dado (Hebreos 2:13). El evangelio es la sabiduría que viene de lo alto, y los verdaderos creyentes nacen de ella y por medio de ella llegan a ser sabios. Son sabios para su verdadero bien, a diferencia de los niños necios de la plaza.
Estos hijos de la sabiduría demuestran que la sabiduría es correcta. Aceptan los caminos de Cristo, cumplen el propósito de su gracia y responden adecuadamente a los distintos medios que él utiliza. De esta manera muestran la sabiduría de Cristo al emplear esos medios. Esto se explica en (Lucas 7:29), donde los cobradores de impuestos reconocieron la justicia de Dios al recibir el bautismo de Juan y después aceptar el evangelio de Cristo. El éxito de los medios de gracia demuestra la sabiduría de Dios al escogerlos, frente a quienes lo acusan de actuar neciamente.
La recuperación de cada paciente que sigue las indicaciones del médico demuestra la sabiduría del médico. Por eso Pablo no se avergüenza del evangelio de Cristo, porque, sin importar lo que otros piensen de él, es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree (Romanos 1:16). Cuando la cruz de Cristo les parece necedad y motivo de ofensa a otros, para los creyentes es la sabiduría y el poder de Dios (1 Corintios 1:23, 1 Corintios 1:24). Ellos hacen de conocer a Cristo su más alto propósito (1 Corintios 2:2) y consideran la obra de Cristo como su único motivo de orgullo (Gálatas 6:14). Así, la sabiduría queda demostrada por sus hijos.
Los hijos de la sabiduría también son testigos de la sabiduría en el mundo (Isaías 43:10), y se levantarán como testigos en aquel día. Entonces, la sabiduría que los santos justifican ahora será glorificada en ellos y admirada por todos los que creen (2 Tesalonicenses 1:10). Si la incredulidad acusa a Cristo de ser un mentiroso, la fe lo honra al demostrar que él es verdadero y sabio (1 Corintios 1:25). Lo reconozcan las personas o no, esto quedará demostrado. La justicia de Dios será vindicada cuando él hable y cuando juzgue; de la misma manera, también lo será su sabiduría.
Así describió Cristo a aquella generación, y una generación de ese tipo todavía existe en cada época. Era verdad entonces y lo ha sido desde ese momento. Algunos creen lo que se anuncia y otros no (Hechos 28:24).
La gran doctrina que predicaron Juan el Bautista, Cristo y los apóstoles fue el arrepentimiento. El propósito principal tanto del llamado lleno de gozo como del llamado de advertencia era mover a las personas a cambiar su manera de pensar y de vivir, abandonar sus pecados y volverse a Dios. Sin embargo, no quisieron dejarse convencer. Cristo no dice que no creyeran, porque muchos tenían alguna clase de fe en que él era un maestro enviado por Dios. Pero no se arrepintieron, y por eso su fe no cambió sus corazones ni reformó sus vidas.
Cristo los corrigió por sus otros pecados para guiarlos al arrepentimiento. Pero cuando se negaron a arrepentirse, los reprendió por eso, porque su negativa era una decisión de no ser sanados. Los reprendió para que ellos mismos reconocieran su pecado, vieran lo necios que habían sido y entendieran que esa negativa era lo que hacía desesperada su triste condición y que su herida pareciera incurable.
El pecado era aún más grave porque estas eran las ciudades donde se habían realizado la mayoría de sus milagros. Durante un tiempo, él había establecido allí su principal lugar de residencia. Algunos lugares disfrutan de los medios de gracia —la ayuda que Dios concede para el crecimiento espiritual— con mayor abundancia, poder y pureza que otros. Dios actúa libremente en todo lo que hace, tanto en la naturaleza como en la gracia, ya sea que conceda gracia común o gracia especial.
Los milagros de Cristo debieron convencerlos no solo de aceptar su enseñanza, sino también de obedecer su ley. La sanidad de los cuerpos debió conducir a la sanidad de las almas, pero no lo hizo. Cuantas más razones tenemos para arrepentirnos, más grave es nuestra obstinación y más pesado será nuestro juicio. Cristo lleva cuenta de los milagros realizados entre nosotros y de las obras de gracia hechas a nuestro favor; ambas cosas deberían llevarnos al arrepentimiento (Romanos 2:4).
Aquí se mencionan Corazín y Betsaida, y cada una recibe su propio ay: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!». Cristo vino al mundo para bendecirnos, pero si las personas rechazan esa bendición, él todavía tiene ayes preparados. Sus ayes son los más terribles de todos.
Estas dos ciudades estaban junto al mar de Galilea, una al este y la otra al oeste. Eran lugares ricos y activos, y Betsaida había recibido recientemente la categoría de ciudad por decisión de Felipe el tetrarca, un gobernante bajo el dominio de Roma. Cristo había llamado de allí por lo menos a tres de sus apóstoles, así que esos lugares habían sido muy favorecidos. Sin embargo, como no reconocieron el tiempo de su visitación, quedaron bajo estos ayes. Poco después, decayeron y se convirtieron en aldeas pequeñas y sin importancia. El pecado lleva las ciudades a la ruina, y la palabra de Cristo siempre produce su efecto.
Corazín y Betsaida son comparadas con Tiro y Sidón, dos ciudades portuarias mencionadas con frecuencia en el Antiguo Testamento. En otro tiempo habían sido destruidas, pero comenzaban a prosperar de nuevo. Estaban cerca de Galilea, pero los judíos tenían una opinión muy negativa de ellas por su idolatría y otras maldades. Cristo pasó en ocasiones cerca de la región de Tiro y Sidón (Mateo 15:21), pero no entró allí públicamente, porque los judíos se habrían ofendido profundamente. Por eso, para humillarlos y mostrarles su culpa, dice que Tiro y Sidón no habrían sido tan culpables como Corazín y Betsaida.
Si aquellas ciudades hubieran escuchado la misma predicación y visto los mismos milagros, se habrían arrepentido hacía mucho tiempo, vestidas de tela áspera y sentadas sobre ceniza, como Nínive. Cristo, que conoce cada corazón, sabía que si hubiera vivido y predicado entre ellas, habría hecho allí más bien que en el lugar donde estaba. Sin embargo, permaneció allí por un tiempo, para animar a sus ministros a seguir trabajando aun cuando no vean el éxito que desean. Entre quienes desobedecen a Dios, algunas personas son más fáciles de alcanzar que otras. Es una agravante seria de la culpa que las personas tengan abundantes medios de gracia, porque muchos otros, bajo esos mismos medios, son transformados, y aún más habrían sido transformados si hubieran recibido la misma ayuda (Ezequiel 3:6, 7).
Nuestro arrepentimiento suele ser lento y tardío, pero el de ellos habría sido rápido. El nuestro ha sido superficial y externo, pero el de ellos habría sido profundo y sincero, vestidos de tela áspera y sentados sobre ceniza. Aun así, debemos inclinarnos con reverencia ante el gobierno soberano de Dios sobre todas las cosas. Los habitantes de Tiro y Sidón perecerán justamente en su pecado, aunque se hubieran arrepentido bajo una luz más clara, porque Dios no le debe su gracia a nadie.
Por eso, Tiro y Sidón sufrirán menos que Corazín y Betsaida, y será más tolerable para ellas el día del juicio (Mateo 11:22). En ese día, el estado eterno de todas las personas quedará establecido mediante una sentencia justa y definitiva. Por eso Hebreos 6:2 lo llama el juicio eterno: porque determinará para siempre el destino de cada persona.
En aquel juicio se tomarán en cuenta todos los medios de gracia de los que las personas disfrutaron durante su vida. No solo se les preguntará cuán malas fueron, sino cuánto mejores podrían haber sido si su culpa no se hubiera interpuesto en el camino (Isaías 5:3, 4). El castigo de todos los que se pierdan será insoportable, pero el de quienes tuvieron la visión más clara del poder y la gracia de Cristo y aun así no se arrepintieron será el peor de todos.
La luz y el mensaje del evangelio abren la mente y ensanchan el corazón. Preparan a las personas para recibir la gracia de Dios en toda su riqueza o, si desprecian esa gracia, para recibir su ira de manera más plena. Si el remordimiento forma parte del tormento del infierno, entonces debe ser especialmente terrible para quienes tuvieron una oportunidad tan clara de alcanzar el cielo. Hijo, recuerda eso.
Capernaúm es condenada con especial severidad en Mateo 11:23: «Y tú, Capernaúm, que eres levantada hasta el cielo, serás descendida hasta el infierno». Capernaúm había recibido mayor honor que las demás ciudades de Israel porque Cristo habitaba allí habitualmente. Era como la antigua Silo, el lugar que Dios escogió para poner allí su nombre, y sufrió el mismo destino que Silo (Jeremías 7:12, 14). Los milagros de Cristo allí eran tan frecuentes que la gente los trataba como el pan de cada día y, al igual que el maná en el desierto, los despreciaba por considerarlos alimento común.
Cristo les había dado muchas enseñanzas dulces y consoladoras acerca de la gracia, pero tuvieron poco efecto. Por eso ahora les da una enseñanza aterradora acerca de la ira. Quienes no quieran escuchar la primera tendrán que experimentar la segunda. La condena de Capernaúm se expresa claramente: «Tú, que eres levantada hasta el cielo, serás descendida hasta el infierno». Quienes disfrutan del evangelio en su poder y pureza son elevados, por así decirlo, hacia el cielo. Tienen gran honor ahora y grandes ventajas para siempre. Pero si aun así se aferran a la tierra, solo pueden culparse a sí mismos si no son elevados al cielo. Los privilegios del evangelio, cuando se usan mal, hundirán a los pecadores todavía más profundamente en el infierno.
Nuestros privilegios externos estarán muy lejos de salvarnos si nuestro corazón y nuestra vida no corresponden a ellos. En ese caso, solo aumentan nuestra culpa. Cuanto más alto es el precipicio, más terrible es la caída. Por eso no debemos ser orgullosos, sino humildes y vigilantes. No debemos ser perezosos, sino diligentes. Véase Job 20:6, 7.
Cristo también compara a Capernaúm con Sodoma, una ciudad más famosa que la mayoría por su pecado y su ruina. Dice que las oportunidades que tuvo Capernaúm habrían salvado a Sodoma. Si aquellos milagros se hubieran realizado entre los habitantes de Sodoma, por malvados que fueran, se habrían arrepentido, y su ciudad permanecería hasta el día de hoy como una señal de misericordia en vez de ser una señal de juicio, como lo es ahora, de la justicia destructora (Judas 1:7). El verdadero arrepentimiento por medio de Cristo puede perdonar aun el pecado más grande y evitar la ruina más terrible, incluso la ruina de Sodoma.
Se enviaron ángeles a Sodoma, pero la ciudad aun así cayó. Si Cristo mismo hubiera sido enviado allí, habría permanecido. Qué bueno es para nosotros que el mundo venidero esté bajo el gobierno de Cristo y no bajo el gobierno de los ángeles (Hebreos 2:5). Lot no habría parecido alguien que estaba contando una broma si hubiera hecho milagros.
Cristo también dice que la ruina de Sodoma será más tolerable en el gran día que la de Capernaúm. Sodoma todavía tendrá mucho de qué responder, pero no tuvo el pecado de rechazar a Cristo, como sí lo tuvo Capernaúm. Si el evangelio se convierte en olor de muerte, en algo mortal, lo es doblemente: trae muerte sobre la misma muerte (2 Corintios 2:16). Cristo ya había dicho lo mismo acerca de todos los lugares que no reciben a sus mensajeros ni dan la bienvenida a su evangelio (Mateo 10:15). Será más tolerable para la tierra de Sodoma que para aquella ciudad.
Ahora tenemos en nuestras manos la Palabra escrita, el evangelio predicado entre nosotros, las ordenanzas del evangelio que se nos han dado y vivimos bajo la obra del Espíritu. Nuestras ventajas no son menores que las de Corazín, Betsaida y Capernaúm, y nuestra cuenta en el día final corresponderá a la luz que hemos recibido. Se ha dicho acertadamente que los cristianos de esta época, ya sea que terminen en el cielo o en el infierno, serán los mayores deudores en cualquiera de los dos lugares. Si van al cielo, le deberán más a la misericordia de Dios, porque fueron llevados allí por medios abundantes. Si van al infierno, le deberán más a la justicia de Dios, porque esos abundantes medios debieron haberlos mantenido alejados de allí.
De este capítulo
Mateo 11:1
"Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí para enseñar y anunciar el mensaje en los pueblos de aquella región."
Mateo 11:2
"Juan, que estaba en la cárcel, recibió noticias de lo que Cristo estaba haciendo. Entonces envió a algunos de sus seguidores"
Mateo 11:3
"para que le preguntaran si él era realmente el que había de venir o si debían esperar a otro."
Mateo 11:4
"Jesús les respondió: Vayan y díganle a Juan lo que están viendo y oyendo."
Mateo 11:5
"Cuéntenle que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su enfermedad, los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida y a los pobres se les anuncia la buena noticia."
Mateo 11:6
"¡Y dichoso aquel que no encuentre en mí motivo de tropiezo!"
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