Versículo destacado

Marcos 4:21 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" También les dijo: ¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un cajón o debajo de la cama? No, una lámpara se pone en alto para que alumbre. "

Marcos 4:21

menu_book El versículo en contexto

19 pero los negocios de la vida presente les preocupan demasiado, el amor por las riquezas los engaña y quisieran poseer todas las cosas. Todo esto entra en ellos, ahoga el mensaje y no lo deja dar fruto.

20 Pero hay otros que oyen el mensaje, lo aceptan y dan una buena cosecha, como la semilla sembrada en buena tierra. De ellos, algunos rinden treinta, otros sesenta y otros ciento por uno.

21 También les dijo: ¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un cajón o debajo de la cama? No, una lámpara se pone en alto para que alumbre.

22 De la misma manera, no hay nada escondido que no llegue a descubrirse, ni nada secreto que no llegue a ponerse en claro.

23 Los que tienen oídos, oigan.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Las enseñanzas que nuestro Salvador comunica aquí, mediante parábolas y lenguaje figurado, son estas. En primer lugar, las personas buenas deben recordar su deber de hacer el bien. Como en la parábola anterior, deben dar fruto. Dios espera que devolvamos sus dones con gratitud y que usemos bien lo que él ha puesto en nosotros. Por eso Jesús pregunta: «¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de una canasta o debajo de una cama? No, se coloca sobre un candelero» (Marcos 4:21).

Los apóstoles fueron escogidos para recibir el evangelio, no solo para ellos mismos, sino para el bien de otros, de modo que pudieran transmitirlo. De la misma manera, todos los cristianos, después de recibir el don de Dios, deben servir a otros con ese mismo don. Los dones y las virtudes hacen que una persona sea como una lámpara, la lámpara del Señor (Proverbios 20:27), encendida por el Padre de las luces. Aun las mejores personas son solamente lámparas, pequeñas luces comparadas con el Sol de justicia. Una lámpara ilumina a poca distancia, durante poco tiempo, y se va consumiendo poco a poco.

Muchos que han sido encendidos como lámparas se esconden debajo de una cama o de una canasta. No muestran la gracia en su propia vida ni la comparten con otros. Tal vez tienen riquezas, pero no hacen ningún bien con ellas. Tal vez tienen brazos, piernas y sentidos, además de habilidades y conocimientos, y aun así nadie se beneficia de ellos. Tal vez tienen dones espirituales, pero no los usan. Como una vela guardada dentro de una vasija, solo arden para sí mismos.

Quienes han sido encendidos como lámparas deben colocarse sobre un candelero. Deben aprovechar cada oportunidad para hacer el bien, como personas creadas para la gloria de Dios y para servir a las comunidades a las que pertenecen. No nacemos para vivir solo para nosotros mismos. La razón es que nada está oculto sino para ser revelado, y nada se mantiene en secreto sino para salir a la luz (Marcos 4:22). Ningún tesoro de dones y virtudes se entrega a alguien con el propósito de que permanezca en privado. El evangelio no les fue dado a los apóstoles para que lo escondieran, sino para que se extendiera por todo el mundo. Cristo les explicó las parábolas a sus discípulos en privado, pero lo hizo para que pudieran servir mejor al público. Fueron instruidos para instruir a otros. En general, los dones del Espíritu se dan a cada persona para el bien de los demás, no solo para uso personal.

También es de gran importancia que quienes escuchan el evangelio presten atención a lo que oyen, porque su bienestar o su ruina dependen de ello. Jesús repite su advertencia anterior: «El que tenga oídos para oír, que oiga» (Marcos 4:23). Debemos escuchar el evangelio con seriedad, pero eso no es suficiente. Él añade: «Tengan cuidado con lo que oyen» (Marcos 4:24). Debemos pensar cuidadosamente en lo que escuchamos. Oír no nos beneficia si no reflexionamos también sobre ello. Quienes enseñan a otros deben prestar mucha atención a las cosas de Dios, para poder comunicar el mensaje con exactitud. También debemos tener cuidado con lo que escuchamos, examinándolo todo para conservar lo bueno. Debemos permanecer alerta y protegernos de ser engañados.

Esta advertencia se fortalece mediante tres verdades. Primero, así como tratamos a Dios, Dios nos tratará a nosotros: «Con la medida con que midan, serán medidos». Si le servimos fielmente, él actuará fielmente con nosotros. Con la persona íntegra, él se muestra íntegro. Segundo, cuando usamos los dones y las capacidades que se nos han confiado, esos dones crecen. Si usamos para la gloria de Dios y para el bien de los demás el conocimiento que ya tenemos, este aumentará claramente, como el dinero en un negocio crece cuando se pone a trabajar. «Al que tiene oídos para oír, se le dará más» (Marcos 4:25). Si los discípulos transmiten a la iglesia lo que han recibido del Señor, serán guiados a comprender más profundamente los propósitos secretos del Señor. Los dones y las virtudes crecen cuando se usan, y Dios promete bendecir las manos diligentes. Tercero, si no usamos lo que tenemos, lo perdemos: «Al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará» (Marcos 4:25). Si alguien entierra un talento, eso equivale a traicionar la confianza que recibió y trae pérdida. Los dones y las virtudes se deterioran cuando se dejan sin usar.

La buena semilla del evangelio, ya sea sembrada en el mundo o en el corazón, produce poco a poco resultados maravillosos, pero en silencio y sin ruido (Marcos 4:26 y siguientes). Así obra el reino de Dios, y así obra el evangelio cuando se siembra y se recibe como una semilla en buena tierra. Brota. Aunque parezca perdida y enterrada bajo el suelo, se abrirá paso hacia la superficie. Una vez que la palabra de Cristo ocupa en un alma el lugar que le corresponde, se manifestará, así como la sabiduría de lo alto se manifiesta en una vida buena. Después de sembrar un campo de grano, qué rápido cambia su superficie. ¡Qué fresco y agradable se ve cuando queda cubierto de brotes verdes!

El agricultor no puede explicar por completo cómo brota la semilla. Este es uno de los misterios de la naturaleza. «La semilla brota y crece, sin que él sepa cómo» (Marcos 4:27). Puede ver que ha crecido, pero no puede explicar el proceso ni la causa de su crecimiento. De la misma manera, no podemos explicar por completo cómo el Espíritu, obrando por medio de la palabra, transforma el corazón. Conocemos el resultado, pero no entendemos del todo cómo ocurre, igual que sucede con el viento. Oímos su sonido, pero no podemos decir de dónde viene ni adónde va. Verdaderamente, «grande es el misterio de la piedad» (1 Timoteo 3:16): cómo Dios, manifestado en carne, llegó a ser creído en el mundo.

Después de sembrar la semilla, el agricultor no hace nada para que brote. Duerme y se levanta, de noche y de día. Se acuesta por la noche y se levanta por la mañana, y quizá apenas piensa en el grano que sembró. Puede dedicarse a sus otros trabajos o a sus diversiones. Sin embargo, la tierra produce fruto por sí misma, mediante el curso ordinario de la naturaleza y el poder del Dios de la naturaleza. De la misma manera, cuando la palabra de gracia es recibida por fe, se convierte en una obra de gracia en el corazón; los predicadores no hacen que esto suceda. El Espíritu de Dios continúa llevando a cabo su obra mientras ellos duermen y no pueden trabajar, o mientras están ocupados en otras cosas (Job 33:15-16). Los profetas no viven para siempre, pero la palabra que predicaron continúa obrando aun después de que están en sus tumbas (Zacarías 1:5-6). El rocío que hace brotar la semilla no espera a las personas ni depende de la fuerza humana (Miqueas 5:7).

También crece poco a poco: primero el tallo, luego la espiga y después el grano lleno en la espiga (Marcos 4:28). Una vez que ha brotado, sigue avanzando. La naturaleza sigue su curso, y la gracia también. La obra de Cristo, tanto en el mundo como en el corazón, es una obra que crece. Aunque el comienzo sea pequeño, el final llegará a ser mucho mayor.

Aunque no siembras el cuerpo completo que llegará a formarse, sino solamente el grano desnudo, Dios le da a cada semilla su propio cuerpo. Al principio es apenas un brote tierno, que la helada puede dañar o que un pie puede aplastar; sin embargo, crece hasta convertirse en una espiga y luego en un grano lleno en la espiga. La naturaleza no da saltos repentinos. Dios lleva adelante su obra en silencio y sin alboroto, pero con seguridad y sin fallar.

La obra de la gracia también llega finalmente a su plenitud (Marcos 4:29). «Cuando el fruto está listo», es decir, cuando ha madurado y está preparado para ser recogido por su dueño, entonces él mete la hoz. Esto significa, en primer lugar, que Cristo acepta ahora el servicio que le ofrece un corazón sincero y una buena intención. A medida que el evangelio da fruto y obra en el alma, Cristo recibe honra por medio de ello (Juan 4:35). También significa que él recompensará esa obra con vida eterna. Cuando quienes reciben verdaderamente el evangelio han terminado su carrera, llega el tiempo de la cosecha, y son reunidos como trigo en el granero de Dios (Mateo 13:30), como una gavilla de grano en su tiempo.

La obra de la gracia es pequeña al principio, pero grande al final (Marcos 4:30-32). «¿Con qué puedo comparar el reino de Dios, ahora que el Mesías lo está estableciendo? ¿Cómo puedo ayudarles a entender cómo crece?». Cristo habla como quien escoge la mejor imagen para explicarlo. No recurre al sol ni a la luna, sino que toma una imagen de la tierra y dice que es como una semilla de mostaza. Ya lo había comparado con una semilla sembrada, y ahora vuelve a compararlo con esa semilla para mostrar dos cosas.

En primer lugar, los comienzos del reino del evangelio serían muy pequeños, como una de las semillas más pequeñas. Cuando se estableció por primera vez en la tierra una iglesia cristiana para Dios, se reunía en una sola habitación, y el número de creyentes era solamente de ciento veinte (Hechos 1:15). De la misma manera, cuando Israel descendió a Egipto, eran apenas setenta personas. Así sucede también en el alma. La obra de la gracia comienza como un día de cosas pequeñas, como una nube no más grande que la mano de un hombre. Nunca se habían realizado cosas tan grandes mediante un grupo tan pequeño y débil, como la formación de discípulos entre las naciones por medio de los apóstoles, ni se había producido tanta gloria a partir de comienzos tan improbables. «¿Quién me ha dado estos?».

En segundo lugar, su crecimiento completo sería muy grande. Cuando crece, llega a ser más grande que todas las demás hierbas. El reino del evangelio se extenderá por el mundo hasta las naciones más lejanas y continuará hasta el fin de los tiempos. La iglesia ha extendido grandes ramas: fuertes, amplias y llenas de fruto. La gracia en el alma ya produce grandes resultados mientras sigue creciendo, pero ¿cómo será cuando alcance la perfección en el cielo? La diferencia entre una semilla de mostaza y un árbol grande no es nada comparada con la diferencia entre un creyente nuevo en la tierra y un santo glorificado en el cielo. Véase Juan 12:24.

Después de estas parábolas, el evangelista concluye con este resumen general de la predicación de Cristo: les hablaba de la palabra con muchas parábolas semejantes (Marcos 4:33). Probablemente esto nos remite al relato más completo de parábolas similares en Mateo 13. Les hablaba en parábolas conforme a lo que podían entender. Tomaba sus comparaciones de cosas que les eran familiares y estaban a su alcance, y usaba palabras sencillas, adecuadas para su comprensión. En ese momento no les revelaba todo el significado de las parábolas, pero su manera de hablar era lo bastante clara como para que después pudieran recordarla y encontrarle utilidad.

Por el momento, no les hablaba sin parábolas (Marcos 4:34). La gloria del Señor estaba cubierta por una nube, y Dios nos habla en lenguaje humano para que, aunque no entendamos al principio, podamos comprender poco a poco. Incluso los discípulos llegaron a entender después palabras de Cristo que al principio no habían comprendido. Cuando estaban a solas, él les explicaba estas parábolas. Tal vez quisiéramos tener esa explicación, como la tenemos en el caso de la parábola del sembrador, pero aquí no era tan necesaria. Cuando la iglesia llegara a ser más grande, ese mismo crecimiento explicaría estas parábolas sin necesidad de nada más.

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