Versículo destacado

Marcos 3:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Jesús entró otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano tullida. "

Marcos 3:1

menu_book El versículo en contexto

1 Jesús entró otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano tullida.

2 Y espiaban a Jesús para ver si lo sanaría en sábado y así tener de qué acusarlo.

3 Entonces Jesús le dijo al hombre que tenía la mano tullida: —Levántate y ponte ahí en medio.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí, como antes, el Señor Jesús estaba ocupado primero en la sinagoga y después junto al mar. Esto nos enseña que su presencia no está limitada a un lugar u otro. Dondequiera que las personas se reúnen en su nombre, ya sea en una sinagoga o en cualquier otro sitio, él está en medio de ellas. En todo lugar donde establece su nombre, se reúne con su pueblo y lo bendice. Es su voluntad que las personas oren en todo lugar.

Aquí vemos algo de lo que hizo. Cuando entró de nuevo en la sinagoga, aprovechó la oportunidad para hacer el bien. Sin duda había predicado allí y después hizo un milagro para confirmar su mensaje, o al menos para confirmar esta verdad: es lícito hacer el bien en sábado. Este relato también aparece en (Mateo 12:9).

La condición de aquel hombre era triste. Tenía una mano atrofiada, así que no podía trabajar para ganarse la vida. Las personas que se encuentran en esa situación son candidatos apropiados para recibir ayuda. A quienes no pueden ayudarse a sí mismos se les debe ayudar. Los que observaban eran muy crueles, tanto con el hombre como con el Médico. En vez de defender a su pobre vecino, hicieron todo lo posible para impedir que fuera sanado. Dejaron claro que, si Cristo lo sanaba en sábado, lo acusarían de quebrantar el sábado. Habría sido absurdo oponerse a que un médico o cirujano ayudara por medios ordinarios a una persona pobre que sufría. Mucho más insensato era oponerse a quien sanaba sin esfuerzo, simplemente con una palabra.

Cristo trató justamente con quienes lo observaban y, de ser posible, trató primero con ellos para evitar que se ofendieran. Procuró convencer sus mentes. Le dijo al hombre que se pusiera de pie delante de ellos (Marcos 3:3), para que al verlo se despertara su compasión y no consideraran su sanidad un delito. Después apeló a sus propias conciencias. Aunque el asunto era bastante claro, aun así les preguntó: «¿Es lícito hacer el bien en sábado, como me propongo hacerlo, o hacer el mal, como ustedes se proponen? ¿Qué es mejor: salvar una vida o quitarla?». ¿Qué pregunta más justa podría hacerse? Sin embargo, como se dieron cuenta de que la respuesta los condenaría, guardaron silencio. Son verdaderamente obstinados en su incredulidad quienes, cuando no pueden argumentar contra la verdad, ni siquiera quieren responderle.

Cuando resistieron la luz, él se entristeció por la dureza de sus corazones (Marcos 3:5). Los miró alrededor con enojo, afligido por la dureza de sus corazones. El pecado que estaba considerando era precisamente esa dureza: su falta de sensibilidad ante la evidencia de sus milagros y su decisión firme de continuar en la incredulidad. Nosotros podemos oír palabras incorrectas y ver acciones malas, pero Cristo mira la raíz que está dentro del corazón: la ceguera y la dureza que hay allí.

Observa cuán profundamente lo conmovió su pecado. Miró alrededor, porque eran muchos y lo habían rodeado. Los miró con enojo. Probablemente su enojo se reflejó en su rostro. Su enojo era como el de Dios: no provenía de ninguna alteración interior en él, pero sí era provocado profundamente por nosotros. El pecado de los pecadores le desagrada mucho a Jesucristo. Enojarse sin pecar significa enojarse, como Cristo, únicamente contra el pecado. Los pecadores de corazón endurecido deberían temblar ante la ira con la que un día los mirará, cuando llegue el gran día de su ira.

Observa también cuánto se compadeció de aquellos pecadores. Se entristeció por la dureza de sus corazones, así como Dios se entristeció durante cuarenta años por la dureza de sus antepasados en el desierto. Para nuestro Señor Jesús es un profundo dolor ver que los pecadores se encaminan hacia su propia ruina y se resisten obstinadamente a los medios de convicción y rescate, porque él no quiere que nadie perezca. Esto es una buena razón para entristecernos por nuestros propios corazones endurecidos y por la dureza de corazón de los demás.

Entonces Cristo trató con mucha bondad al hombre. Le dijo que extendiera la mano, y esta quedó restaurada de inmediato. Aquí Cristo nos enseña a continuar por el camino del deber, sin importar cuán fuerte sea la oposición. A veces debemos negarnos comodidades, placeres y conveniencias antes que causar ofensa, incluso a quienes se ofenden injustamente. Pero no debemos negarnos el gozo de servir a Dios y hacer el bien, aunque alguien se ofenda sin razón. Nadie tuvo más cuidado que Cristo de evitar las ofensas; sin embargo, antes que enviar sin sanar a este pobre hombre, estuvo dispuesto a ofender a todos los escribas y fariseos que lo rodeaban.

También nos da una imagen de las sanidades que su gracia obra en las almas necesitadas. Nuestras manos están atrofiadas espiritualmente; nuestras almas, debilitadas por el pecado, son incapaces de hacer el bien. El gran día de sanidad es el sábado, y el lugar de sanidad es la sinagoga. El poder sanador es el poder de Cristo. El mandato del evangelio se parece al mandato dado aquí, y es razonable y correcto. Aunque nuestras manos estén atrofiadas y por nosotros mismos no podamos extenderlas, aun así debemos intentarlo. Debemos, en la medida de nuestras posibilidades, levantarlas a Dios en oración, aferrarnos a Cristo y a la vida eterna, y usarlas para hacer buenas obras. Si hacemos el esfuerzo, el poder de Cristo acompaña su palabra y él produce la sanidad. Si nuestras manos permanecen atrofiadas porque ni siquiera queremos intentar extenderlas, la culpa de que no seamos sanados es nuestra. Pero si lo intentamos y somos sanados, toda la gloria debe ser dada a Cristo, a su poder y a su gracia.

Los enemigos de Cristo actuaron con mucha crueldad contra él. Una obra de misericordia como esta debería haber ganado su amor, y un milagro tan grande debería haberlos llevado a la fe. En cambio, los fariseos, que afirmaban ser los sabios maestros de la iglesia, y los herodianos, que decían apoyar al estado, aunque eran enemigos entre sí, se unieron contra él y planearon cómo destruirlo. Quienes sufren por hacer el bien simplemente sufren como sufrió su Maestro.

Cuando se retiró hacia el mar, también hizo el bien allí. Mientras sus enemigos procuraban destruirlo, él se fue de aquel lugar. Esto nos enseña que, en tiempos difíciles, debemos cuidar nuestra seguridad. Sin embargo, observa que incluso durante su retiro lo siguieron. Algunos lo odiaban tanto que lo expulsaron de su región, pero otros lo valoraban tanto que lo siguieron adondequiera que iba. El odio de sus líderes hacia Cristo no enfrió el respeto que ellos le tenían.

Grandes multitudes lo siguieron desde todas las regiones del país: desde Galilea, al norte; Judea y Jerusalén, al sur; Idumea; la región al otro lado del Jordán; e incluso los alrededores de Tiro y Sidón (Marcos 3:7, Marcos 3:8). Los atraían los informes que habían oído sobre sus grandes obras a favor de todos los que acudían a él. Algunos querían ver a alguien que había hecho cosas tan grandes, y otros esperaban que hiciera grandes cosas por ellos.

El pensamiento de que Cristo ha hecho cosas tan grandes debería impulsarnos a acudir a él.

Marcos 3:10 muestra para qué habían venido. Se agolpaban a su alrededor para tocarlo, todos los que padecían enfermedades. Aquí las enfermedades son llamadas aflicciones, es decir, sufrimientos dolorosos o castigos destinados a corregirnos. Su propósito es hacernos sentir el peso de nuestros pecados, apartarnos de ellos y enseñarnos a no volver a ellos. Quienes estaban bajo esos golpes acudieron a Jesús, y ese sigue siendo el uso correcto de la enfermedad: despertarnos y llevarnos a Cristo, nuestro sanador.

Se agolpaban a su alrededor; cada uno trataba de acercarse lo más posible y de ser atendido primero. Como dice el Dr. Hammond, se postraban delante de él como personas que buscaban su favor. Solo querían tocarlo, confiando en que serían sanados, no solo porque él los tocara, sino incluso porque ellos lo tocaran a él. Probablemente ya habían visto que esto sucedía muchas veces.

Cristo también tomó medidas para estar listo para atenderlos, como se ve en Marcos 3:9. Les habló a sus discípulos, que eran pescadores y tenían barcas disponibles, para que mantuvieran una pequeña barca preparada para él en todo momento. Esta lo llevaría de un lugar a otro por la misma orilla después de que terminara la obra que debía hacer en un sitio. De ese modo podría trasladarse rápidamente a otro lugar donde se necesitara su presencia, sin verse presionado por las multitudes que lo seguían por curiosidad. Las personas prudentes evitan las multitudes en la medida de lo posible.

Incluso durante este retiro hizo mucho bien. No se apartó para quedarse sin hacer nada ni despidió de manera brusca a quienes acudían a él en medio de la multitud. Los recibió con bondad y les dio lo que buscaban, porque nunca dijo a nadie que lo buscara con sinceridad que había acudido a él en vano.

Sanó a muchas personas con toda clase de enfermedades y en toda clase de situaciones. Aunque eran muchas y muy variadas, las sanó a todas. También venció a los demonios. Cuando los espíritus malignos lo veían, temblaban delante de él y caían postrados, no para pedir misericordia, sino para suplicarle que no los castigara. Por causa de su propio temor, se veían obligados a confesar que él es el Hijo de Dios, como en Marcos 3:11. Es triste que alguien entre los seres humanos niegue esta gran verdad, cuando hasta los demonios se han visto obligados tantas veces a admitirla, aunque nada puedan ganar con ello.

Cristo tampoco buscaba que lo elogiaran por esas grandes obras. Les ordenaba firmemente a quienes sanaba que no hablaran de él, como vemos en Marcos 3:12. No quería que difundieran la noticia de sus sanidades como si fuera un anuncio en el periódico. Más bien, dejaba que sus propias obras hablaran por él y permitía que los informes se difundieran de manera natural.

Quienes han sido sanados no deben apresurarse a presumirlo, especialmente si eso alimenta su propio orgullo. Dejemos que otros lo noten y transmitan la noticia. Cuando hacemos algo digno de reconocimiento, pero no anhelamos recibir elogios humanos, mostramos la misma actitud que hubo en Cristo Jesús.

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