Versículo destacado

Marcos 2:18 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Una vez, los seguidores de Juan el Bautista y los fariseos estaban ayunando, y algunas personas fueron a Jesús y le preguntaron: —Los seguidores de Juan y los de los fariseos ayunan; ¿por qué no ayunan tus discípulos? "

Marcos 2:18

menu_book El versículo en contexto

16 Algunos maestros de la ley que eran fariseos, al ver que Jesús comía con todos aquellos, preguntaron a los discípulos: —¿Cómo es que su maestro come con cobradores de impuestos y pecadores?

17 Jesús lo oyó y les dijo: —Los que están sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

18 Una vez, los seguidores de Juan el Bautista y los fariseos estaban ayunando, y algunas personas fueron a Jesús y le preguntaron: —Los seguidores de Juan y los de los fariseos ayunan; ¿por qué no ayunan tus discípulos?

19 Jesús les contestó: —¿Acaso pueden ayunar los invitados a una boda mientras el novio está con ellos? Mientras el novio esté presente, no pueden ayunar.

20 Pero llegará el momento en que se lleven al novio; cuando llegue ese día, entonces sí ayunarán.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cristo ya había tenido que defenderse por comer con recaudadores de impuestos y pecadores. Ahora tiene que defender a sus discípulos. Cuando ellos hacen lo que él quiere, él permanece a su lado y habla en su favor.

Primero los defiende por no ayunar, algo por lo que los fariseos los avergonzaban. Preguntaron: «¿Por qué ayunan los fariseos y los discípulos de Juan?». Los fariseos ayunaban dos veces por semana (Lucas 18:12), y probablemente los discípulos de Juan también. Parece que ese mismo día, cuando Cristo y sus discípulos estaban comiendo en la casa de Leví, era uno de sus días de ayuno. La expresión que se usa significa «están ayunando», lo cual hacía que su queja fuera todavía más mordaz. Las personas estrictamente religiosas suelen apresurarse a convertir sus propios hábitos en una regla para todos los demás, y luego juzgan a quienes no se ajustan completamente a ellos.

También insinuaban que, aunque Cristo se acercaba a los pecadores para hacerles bien, como había dicho, sus discípulos simplemente estaban cediendo a sus apetitos. Los trataban como hombres que nunca habían conocido el ayuno ni la abnegación. La mala voluntad siempre espera lo peor.

Cristo responde a su queja de dos maneras. Primero, aquellos eran días de alegría para sus discípulos, y en ese momento no correspondía ayunar, aunque más adelante sí lo harían (Marcos 2:19, Marcos 2:20). Hay un tiempo apropiado para todo. Quienes se casan esperan enfrentar ciertas preocupaciones y dificultades en esta vida; sin embargo, durante la celebración de la boda se alegran, y eso es lo correcto. La esposa de Sansón no debía estar llorando durante los días de fiesta, cuando correspondía celebrar con alegría (Jueces 14:17).

Cristo y sus discípulos eran, por así decirlo, recién casados. El novio todavía estaba con ellos, y el banquete de bodas aún continuaba, especialmente en el caso de Mateo. Cuando el novio les fuera quitado y se alejara de ellos, entonces sería apropiado que lamentaran y ayunaran.

Segundo, aquellos eran los primeros días de su formación, y todavía no estaban preparados para prácticas religiosas tan exigentes como las que tendrían que asumir más adelante. Los fariseos llevaban mucho tiempo entrenándose en prácticas severas. Juan el Bautista había vivido de manera muy sencilla, y sus discípulos se habían acostumbrado a las dificultades desde el principio. Por eso el ayuno les resultaba más fácil. Pero los discípulos de Cristo eran diferentes. Su Maestro había venido comiendo y bebiendo, y todavía no los había preparado para esos servicios más difíciles.

Si al principio los hubieran obligado a ayunar con frecuencia, podrían haberse desanimado e incluso haberse apartado de seguir a Cristo. Habría sido como echar vino nuevo en odres viejos o coser un pedazo de tela nueva en un vestido gastado (Marcos 2:21, Marcos 2:22). Dios toma en cuenta con bondad la debilidad de los creyentes nuevos, y nosotros también debemos hacerlo. No debemos esperar más de lo que corresponde al deber de cada día, con la fuerza que recibimos para ese día, pues no podemos determinar por nosotros mismos cuánta fuerza tendremos. A muchas personas llega a disgustarles una comida buena cuando, de niños, las obligan a comerla en exceso. De la misma manera, muchos llegan a rechazar la devoción cuando al principio se les impone una carga excesiva. Los creyentes débiles deben cuidarse de no exigirse demasiado hasta hacer que el yugo de Cristo parezca algo distinto de lo que es: fácil y bueno.

También los defiende por arrancar espigas en sábado, algo que los fariseos jamás se habrían atrevido a hacer porque iba en contra de las tradiciones de sus antepasados. Como antes, los fariseos criticaban la escuela de Cristo, como si fuera menos estricta que la de ellos. Las personas que rechazan la verdadera piedad suelen ser las más dispuestas a defender las formas externas y a condenar a los demás por no ajustarse a ellas.

Observemos primero lo sencillo que era el desayuno de los discípulos aquella mañana de sábado, cuando iban camino a adorar (Marcos 2:23). Arrancaban espigas, y eso era su alimento. Estaban tan concentrados en el alimento espiritual que incluso se habían olvidado de la comida común. La palabra de Cristo era su alimento, y su entusiasmo por ella casi los consumía. Los judíos consideraban que comer alimentos especiales en sábado era una especie de deber religioso, pero los discípulos estaban contentos con cualquier cosa que pudieran conseguir.

Observemos después que los fariseos hasta se molestaron por esto. Daban por sentado que arrancar espigas en sábado era ilegal, como si fuera tanto trabajo como cosechar (Marcos 2:24). Preguntaron: «¿Por qué hacen lo que no está permitido en sábado?». Si los discípulos de Cristo hacen algo malo, se culpará al propio Cristo, como ocurrió aquí, y su nombre quedará deshonrado. También es llamativo que, cuando los fariseos pensaban que Cristo había hecho algo malo, hablaban con los discípulos (Marcos 2:16). Pero cuando pensaban que los discípulos habían hecho algo malo, hablaban con Cristo. Actuaban como alborotadores, haciendo lo posible para provocar conflictos entre Cristo y sus discípulos y dividir a la familia.

Cristo los defiende, primero, mediante un ejemplo. Señala a David, quien comió el pan de la Presencia cuando tenía hambre y no había otro pan disponible (Marcos 2:25, Marcos 2:26). «¿Nunca han leído?», les pregunta. Muchos de nuestros errores se corregirían, y muchos juicios injustos contra los demás desaparecerían, si tan solo recordáramos lo que dice la Escritura. Apelar a la Escritura es la manera más convincente de responder.

David, el hombre conforme al corazón de Dios, no dudó en comer ese pan cuando tuvo hambre, aunque la ley permitía que solo los sacerdotes y sus familias lo comieran. Los deberes morales están por encima de las reglas ceremoniales, y en una situación de necesidad puede hacerse algo que normalmente no estaría permitido. El texto dice que David hizo esto en los días del sumo sacerdote Abiatar, o quizá justo antes de su tiempo, pues Abiatar sucedió a su padre, Ahimelec, en el sacerdocio y probablemente servía como su ayudante en ese momento. Abiatar fue quien escapó de la matanza y llevó el efod a David.

Cristo también responde mediante un argumento. Para entender por qué los discípulos podían arrancar espigas, debemos considerar para quién fue hecho el sábado (Marcos 2:27). Fue hecho para el ser humano, y no el ser humano para el sábado. Esto no se afirma en Mateo. El sábado es santo y proviene de Dios, pero debemos recibirlo como un regalo y una ayuda, no como una carga ni como un trabajo agotador.

Primero, Dios nunca quiso que fuera un peso impuesto sobre nosotros, así que nosotros tampoco debemos convertirlo en eso. El ser humano no fue hecho para el sábado, porque fue creado antes de que el sábado fuera establecido. Fue hecho para Dios, para honrarlo y servirlo, y debería preferir morir antes que negarlo. Pero no fue creado para quedar tan atado a las reglas del sábado que no pudiera hacer lo necesario para conservar la vida.

Segundo, Dios sí quiso que el sábado fuera un beneficio para nosotros, y por eso debemos usarlo de esa manera y aprovecharlo. Él lo hizo para el ser humano.

Además, al establecer el sábado, Dios tuvo en cuenta nuestro cuerpo, para que pudiera descansar y no agotarse por el trabajo constante de este mundo (Deuteronomio 5:14). El sábado también tenía como propósito dar descanso a los siervos, para que no llevaran una carga sin alivio. Puesto que Dios diseñó el descanso sabático para el bien de nuestro cuerpo, nunca quiso que nos impidiera recibir la ayuda necesaria en una verdadera situación de necesidad. Debe entenderse de una manera que no lo haga contradecirse a sí mismo, porque Dios lo dio para edificar, no para hacer daño.

Más aún, Dios tenía en mente nuestra alma. El sábado fue establecido como un día de descanso únicamente para que pudiera ser un día de trabajo santo: un día de comunión con Dios, de alabanza y de acción de gracias. Se nos libera de los negocios y las ocupaciones comunes para que podamos dedicarnos por completo a ese trabajo, tanto en público como en privado. Al mismo tiempo, se nos permite hacer lo necesario para preparar nuestro cuerpo para servir a nuestra alma en el servicio de Dios y para que el cuerpo pueda sostener ese servicio.

De esto debemos aprender tres cosas. Primero, servimos a un buen Señor, y todos sus mandamientos son para nuestro beneficio. Si somos lo bastante sabios para obedecerlos, nos estamos ayudando a nosotros mismos. No es él, sino nosotros, quienes recibimos el beneficio de servirlo. Segundo, debemos procurar el bien de nuestra alma al observar el sábado. Si el sábado fue hecho para el ser humano, entonces por la noche deberíamos preguntarnos: «¿Qué bien me ha hecho este sábado?». Tercero, debemos tener cuidado de no convertir los deberes religiosos en una carga para nosotros o para los demás, cuando Dios quiso que fueran una bendición. No debemos añadir reglas severas al mandamiento ni ceder a hábitos pecaminosos que lo contradigan. De lo contrario, convertimos en una especie de sufrimiento lo que debía ser un motivo de alegría.

El día de reposo también fue hecho por el Hijo del Hombre (Marcos 2:28). Esto significa que el Hijo del Hombre es Señor del día de reposo y que no permitirá que el propósito sabio de ese mandamiento sea arruinado por reglas humanas. Los días de reposo le pertenecen al Hijo del Hombre. Él es el Señor de ese día, por lo que debe guardarse para honrarlo.

Dios hizo el mundo por medio de él, y por eso también fue por medio de él que el día de reposo fue apartado por primera vez. Asimismo, fue por medio de él que Dios dio la ley en el monte Sinaí; por lo tanto, el cuarto mandamiento era su ley. Más adelante, cuando el día se trasladó al primer día de la semana, se hizo para recordar su resurrección. Por esa razón, el día de reposo cristiano fue llamado el día del Señor (Apocalipsis 1:10), el día del Señor Jesucristo. Como Mediador, es decir, aquel que se coloca entre Dios y las personas para reconciliarlas, Cristo siempre debe ser reconocido como Señor del día de reposo. Él recurrió firmemente a este punto para defenderse cuando lo acusaron de quebrantar el día de reposo (Juan 5:16).

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