Versículo destacado

Lucas 23:13 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Pilato reunió a los jefes de los sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, "

Lucas 23:13

menu_book El versículo en contexto

11 Entonces Herodes y sus soldados lo trataron con desprecio y, para burlarse de él, lo vistieron con ropas lujosas, como las de un rey. Después, Herodes lo envió de nuevo a Pilato.

12 Aquel día Pilato y Herodes se hicieron amigos, aunque antes eran enemigos.

13 Pilato reunió a los jefes de los sacerdotes, a las autoridades y al pueblo,

14 y les dijo: Ustedes me trajeron a este hombre afirmando que alborota al pueblo; pero yo lo he interrogado delante de ustedes y no lo he encontrado culpable de ninguna de las faltas de las que lo acusan.

15 Herodes tampoco lo encontró culpable, puesto que nos lo ha devuelto. Como pueden ver, no ha hecho nada que merezca la pena de muerte.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos al bendito Jesús empujado por la multitud y llevado apresuradamente hacia la cruz, en medio de un torbellino de ruido y confusión pública. Los principales sacerdotes provocaron aquel alboroto con malicia y mentiras, actuando como instrumentos del príncipe de la potestad del aire. Satanás estaba obrando en toda aquella escena perversa.

Primero, Pilato protestó formalmente que no encontraba en Jesús nada que mereciera la muerte ni siquiera las cadenas (Lucas 23:14). Si realmente creía eso, debió dejarlo en libertad de inmediato. Más aún, debió proteger a Jesús de la furia de los sacerdotes y de la multitud, y detener a los hombres que presentaban acusaciones tan descaradas. Pero Pilato era un hombre malo y no tenía verdadera compasión por Cristo. También temía ofender al emperador o al pueblo, y por eso le faltó el valor para hacer lo correcto.

Por causa de ese temor, convocó a los principales sacerdotes, a los gobernantes y al pueblo, aunque debió haber expulsado a aquella multitud rebelde y alborotada. Escuchó a hombres a quienes debió ignorar, pues podía ver claramente qué espíritu los impulsaba. En esencia, dijo: «Ustedes me han traído a este hombre. Lo he examinado en su presencia, y no encuentro en él ninguna culpa. No pueden probar las cosas de las que lo acusan» (Lucas 23:14).

Luego Pilato señaló a Herodes, el gobernante que ya había interrogado a Jesús, como una prueba más de su inocencia (Lucas 23:15). Dijo que Herodes, quien tenía más motivos que él para juzgar a Jesús, se lo había devuelto sin encontrar ninguna acusación que mereciera la muerte. Herodes quizá se burló de Jesús como si fuera un necio inofensivo, pero no lo consideró un hombre peligroso. Pilato parecía pensar que Jesús pertenecía más en un lugar para enfermos mentales que en un sitio de ejecución.

Después, Pilato ofreció liberar a Jesús, con tal de que la multitud estuviera de acuerdo. Debió hacerlo sin pedirles permiso. La justicia debía cumplirse, aunque pareciera que el cielo y la tierra se desmoronaban. Sin embargo, el temor a la gente atrapa a muchos gobernantes y los lleva a hacer lo malo. Cuando la justicia debería mantenerse firme, prefieren cometer una injusticia antes que arriesgarse a provocar la ira de la multitud.

Pilato declaró inocente a Jesús y, aun así, quiso complacer al pueblo. Por eso propuso liberarlo como si fuera un preso al que se le concede el perdón, porque tenía que poner en libertad a un hombre durante la fiesta (Lucas 23:17). Jesús debió ser liberado como un acto de justicia, no como un favor a la multitud. Pilato también dijo que azotaría a Jesús y luego lo dejaría ir. Pero si no se encontraba ninguna culpa en él, ¿por qué debía ser castigado? Azotar a un inocente es tan injusto como crucificarlo. El mal no se convierte en algo correcto solo porque alguien espere que calme la indignación pública. No debemos hacer lo malo para que resulte algún bien.

Entonces el pueblo escogió a Barrabás, un hombre despreciable que no tenía nada que lo recomendara, excepto la audacia de sus crímenes. Había sido encarcelado por provocar una rebelión en la ciudad y por asesinato, dos delitos que lo hacían profundamente culpable ante la sociedad. Sin embargo, este fue el hombre que prefirieron en lugar de Cristo: «¡Fuera con este hombre, y suéltennos a Barrabás!» (Lucas 23:18, 19). No sorprende que una multitud así favoreciera a un hombre verdaderamente rebelde por encima de alguien leal, aunque falsamente acusado de rebelión.

Cuando Pilato les insistió por segunda vez que liberaran a Cristo, ellos gritaron: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!» (Lucas 23:20, 21). No solo querían que muriera; querían que muriera de la manera más vergonzosa y dolorosa. Nada menos que la crucifixión los dejaría satisfechos.

Cuando Pilato razonó con ellos por tercera vez y mostró cuán irracional e injusto era aquello, se volvieron todavía más duros y decididos (Lucas 23:22). Les preguntó cuál era el mal que Jesús había hecho y que le señalaran su crimen. Les explicó que no había encontrado ninguna razón para sentenciarlo a muerte y que ellos tampoco podían mencionar una. Les propuso azotarlo y dejarlo ir. Pero la furia popular solo empeora cuando se le da gusto. Ellos gritaron aún más fuerte; ya no estaban pidiendo, sino exigiendo que fuera crucificado. Era como si, en medio de una fiesta, creyeran tener tanto derecho a exigir la muerte de un inocente como a pedir la libertad de un culpable.

Al final, Pilato cedió a la presión. Las voces del pueblo y de los principales sacerdotes lo vencieron, y actuó en contra de su conciencia y de sus propios deseos. Le faltó el valor para resistir una corriente tan fuerte, y sentenció a Jesús como ellos lo exigían (Lucas 23:24). Allí la justicia fue empujada hacia atrás, y la equidad se mantuvo lejos a causa de la furia pública. La verdad quedó tendida en la calle, y la honestidad no pudo entrar (Isaías 59:14). Se esperaba justicia, pero apareció la opresión; la rectitud fue reemplazada por un clamor de violencia (Isaías 5:7).

Esto se repite en Lucas 23:25, con la vergüenza adicional de que Barrabás fue puesto en libertad. Era el hombre encarcelado por sedición y asesinato, y dejarlo ir solo contribuiría a endurecerlo y a hacerlo más peligroso, pues era la clase de hombre que la multitud quería: uno semejante a ellos. Pero Pilato entregó a Jesús a la voluntad de la multitud. Difícilmente pudo haberlo tratado con mayor crueldad que al ponerlo en manos de quienes lo odiaban profundamente y cuya supuesta misericordia era, en realidad, crueldad.

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