Versículo destacado

Lucas 22:63 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Los hombres que vigilaban a Jesús se burlaban de él y lo golpeaban. "

Lucas 22:63

menu_book El versículo en contexto

61 Entonces el Señor se volvió y miró a Pedro, y Pedro recordó que el Señor le había dicho: «Hoy, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces.»

62 Pedro salió de allí y lloró amargamente.

63 Los hombres que vigilaban a Jesús se burlaban de él y lo golpeaban.

64 Le taparon los ojos y le preguntaban: —¡Adivina quién te pegó!

65 Y lo insultaban diciéndole muchas otras cosas.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se nos cuenta, como también en los otros Evangelios, cómo los sirvientes del sumo sacerdote maltrataron a nuestro Señor Jesús. Aquellos sirvientes crueles y de baja condición se reunieron alrededor de él. Los hombres que tenían detenido a Jesús hasta que se reuniera el tribunal se burlaban de él y lo golpeaban (Lucas 22:63). No le permitían descansar ni siquiera por un minuto, aunque había estado despierto toda la noche. No le daban tiempo para serenarse, aunque lo llevaban apresuradamente a juicio y no había tenido oportunidad de prepararse.

Convirtieron todo aquello en un juego. Para Jesús, esa noche estaba llena de dolor; para ellos, era motivo de diversión. El bendito Jesús, como Sansón, fue convertido en objeto de burla para entretenerlos. Le vendaron los ojos y luego, como en un juego común entre los jóvenes, le golpeaban el rostro. Siguieron haciéndolo hasta que dijera quién lo había golpeado (Lucas 22:64). Querían insultar así su oficio profético, es decir, su función como aquel que conoce verdaderamente y comunica el mensaje de Dios, y también burlarse del conocimiento de las cosas ocultas que se decía que poseía.

No se nos dice que Jesús haya respondido algo; solo se nos dice que soportó todo. El infierno parecía haberse desatado, y él permitió que hiciera lo peor. No podían haberle hecho un insulto mayor al bendito Jesús, pero esto fue solo un ejemplo entre muchos, pues también dijeron muchas otras cosas blasfemas contra él (Lucas 22:65). Quienes lo condenaban como blasfemo eran, ellos mismos, los peores blasfemos que jamás habían vivido.

Después vemos cómo fue acusado y condenado por el gran Sanedrín, el consejo gobernante judío compuesto por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas. Se levantaron temprano y se reunieron en cuanto amaneció, alrededor de las cinco de la mañana, para llevar adelante este asunto. Planeaban el mal mientras estaban acostados y, en cuanto llegó la mañana, lo pusieron por obra (Miqueas 2:1). Nunca se habrían levantado tan temprano para hacer algo bueno. Solo se nos ofrece un breve relato de su juicio ante este tribunal religioso.

Primero, le preguntaron: «¿Eres tú el Cristo?». En general, sus seguidores creían que él era el Cristo, el Mesías prometido, pero no podían demostrar que hubiera dicho esas palabras exactas. Por eso lo presionaron para que lo afirmara claramente delante de ellos (Lucas 22:67). Si hubieran hecho la pregunta dispuestos a aceptarlo como el Cristo y a creer si les daba pruebas suficientes, habría sido algo bueno, y podría haber sido de beneficio para ellos para siempre. Pero solo preguntaban para atraparlo; ya habían decidido por completo no creer.

En segundo lugar, Jesús denunció con razón el trato injusto que le daban (Lucas 22:67-68). Como judíos, todos afirmaban esperar al Mesías y esperarlo precisamente en ese tiempo. No había aparecido nadie más que afirmara ser el Mesías. Jesús no tenía rival, ni era probable que lo tuviera. Había dado pruebas extraordinarias del poder divino que actuaba por medio de él, de modo que sus afirmaciones merecían ser examinadas con justicia y cuidado. Lo justo habría sido que estos líderes del pueblo lo llevaran ante su consejo y lo examinaran como posible Mesías, no que lo pusieran ante el tribunal como si fuera un criminal.

En efecto, Jesús les estaba diciendo: «Si les digo que soy el Cristo y les doy la prueba más clara, ustedes están decididos a no creer. ¿Para qué llevar el caso ante ustedes, si ya han decidido rechazarlo y condenarlo, tengan o no razón?». Y también: «Si les pregunto qué objeción tienen contra las pruebas que les doy, no me responderán». Se refería al silencio que habían guardado cuando él les hizo una pregunta que los habría llevado a reconocer su autoridad (Lucas 20:5-7). No eran jueces justos ni debatían con honestidad. Cuando un argumento los dejaba sin respuesta, preferían guardar silencio antes que admitir que habían sido convencidos. «No me responderán ni me dejarán ir. Si no soy el Cristo, deberían responder a los argumentos con los que demuestro que lo soy. Y si lo soy, deberían dejarme ir. Pero no harán ninguna de las dos cosas».

En tercer lugar, Jesús les señaló su segunda venida, cuando se vería plenamente la prueba de que él era el Cristo, aunque ellos no lo aceptaran entonces, para su propia condenación y vergüenza (Lucas 22:69). Les dijo, en efecto: «Después de esto, el Hijo del Hombre se sentará a la derecha del poder de Dios, y entonces ya no tendrán que preguntar si él es el Cristo».

En cuarto lugar, ellos entendieron que con esto afirmaba ser el Hijo de Dios y le preguntaron directamente si lo era (Lucas 22:70): «¿Eres entonces el Hijo de Dios?». Jesús se había llamado a sí mismo el Hijo del Hombre, en referencia a la visión de Daniel sobre el Hijo del Hombre que se presenta ante el Anciano de Días (Daniel 7:13-14). Pero ellos entendían lo suficiente para saber que, si él era ese Hijo del Hombre, también era el Hijo de Dios. Por eso preguntaron: «¿Eres tú ese Hijo?». Esto demuestra que la iglesia judía ya creía que el Mesías sería tanto el Hijo del Hombre como el Hijo de Dios.

En quinto lugar, Jesús lo confesó claramente: «Ustedes dicen que lo soy», es decir: «Lo soy, tal como ustedes dicen». Compárese con (Marcos 14:62). Jesús dijo: «Yo soy». Con esto fortaleció su testimonio acerca de sí mismo: verdaderamente era el Hijo de Dios y permaneció firme en esa verdad, aunque sabía que sufriría por ella.

En sexto lugar, ellos usaron esa afirmación como fundamento para condenarlo (Lucas 22:71): «¿Qué necesidad tenemos de más testimonios?». Era verdad que no necesitaban más testimonios para demostrar que Jesús había dicho ser el Hijo de Dios, pues lo habían escuchado de sus propios labios. Pero ¿acaso no necesitaban también pruebas de que él no era el Hijo de Dios antes de condenarlo como blasfemo por decir que lo era? ¿Nunca consideraron que realmente podía ser el Hijo de Dios y que, al darle muerte, estarían acumulando una terrible culpa sobre sí mismos?

No. No sabían nada y no quisieron entender. No podían aceptar que él fuera el Mesías, aunque el poder y la gracia divinos se manifestaban claramente en él, porque no había venido con el esplendor y el orgullo mundanos que ellos esperaban. El amor que sentían por ese tipo de grandeza les había cegado los ojos, y por eso se lanzaron de lleno a aquel proceso peligroso, como un caballo que corre hacia la batalla.

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