Versículo destacado
Lucas 19:41 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Cuando llegó cerca de Jerusalén, Jesús vio la ciudad y lloró por ella, "
Lucas 19:41
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
39 Entonces algunos fariseos que estaban entre la gente le dijeron: —Maestro, reprende a tus seguidores.
40 Pero Jesús les contestó: —Les digo que, si estos se callan, las piedras gritarán.
41 Cuando llegó cerca de Jerusalén, Jesús vio la ciudad y lloró por ella,
42 diciendo: ¡Si en este día tú también entendieras lo que puede darte paz! Pero ahora eso está escondido de ti y no puedes verlo.
43 Pues vendrán para ti días malos en los que tus enemigos levantarán un muro a tu alrededor, te rodearán y te atacarán por todos lados,
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El gran Embajador del cielo hacía su entrada pública en Jerusalén, no para ser honrado allí, sino para ser rechazado. Sabía que iba a entrar en un lugar lleno de peligro; aun así, vemos dos señales claras de su amor por aquella ciudad y de su preocupación por ella.
En primer lugar, lloró por la ruina que estaba por venir sobre la ciudad (Lucas 19:41). Cuando se acercó y vio Jerusalén, lloró por ella. Es posible que esto ocurriera mientras descendía por la ladera del monte de los Olivos, desde donde podía contemplar la ciudad extendida delante de él, con su gran tamaño y sus hermosos edificios. Lo que vio conmovió su corazón, y su corazón se manifestó en lágrimas.
Esto nos muestra cuán tierno era Cristo. Nunca leemos que se riera, pero con frecuencia lo encontramos llorando. Incluso su antepasado David lloró en ese mismo lugar, junto con los hombres que estaban con él, aunque eran hombres de guerra. Hay momentos en que hasta las personas más fuertes hacen bien en llorar.
Cristo también lloró en medio de su triunfo. Mientras la multitud que lo rodeaba se regocijaba, él estaba afligido. Esto mostró que no se dejaba elevar por los elogios ni por los aplausos humanos. De esa manera, nos enseña a regocijarnos con humildad y prudencia. Aunque Dios no mezcle tristeza en nuestros triunfos, puede haber razones para moderar nuestra alegría con dolor.
Lloró por Jerusalén. Algunas ciudades merecen lágrimas, y ninguna más que Jerusalén, que había sido la ciudad santa y la alegría de toda la tierra, si llegaba a caer en corrupción. Pero Cristo no lloró principalmente porque aquella era la ciudad donde sería traicionado, atado, burlado, condenado y crucificado. Él mismo da la razón.
Jerusalén no había aprovechado bien su tiempo de oportunidad. Dijo, en esencia: «Si tú, también tú, hubieras conocido en este día lo que puede darte paz» (Lucas 19:44). Es decir, si tan solo hubiera entendido el evangelio mientras se le predicaba y hubiera aceptado la salvación que se le ofrecía, todavía todo podía estar bien. También dijo que no reconoció el tiempo en que Dios la visitaba con misericordia. La manera en que habla está llena de dolor, como si dijera: «Si tan solo hubieras conocido». Es muy parecido a decir: «¡Si mi pueblo tan solo me hubiera escuchado!» (Salmo 81:13; Isaías 48:18).
Cristo atribuye a la propia ciudad la responsabilidad por la ruina que se acercaba sobre Jerusalén. Hay cosas que pertenecen a nuestra paz, y todos necesitamos conocerlas. Son las verdades que muestran cómo se establece la paz con Dios, qué ofrecimientos de paz se nos hacen y bajo qué condiciones podemos recibirlos. Son asuntos que importan tanto para esta vida como para la venidera, por lo que debemos conocerlos con verdadera atención.
También hay un tiempo en que estas cosas pueden conocerse de manera eficaz. Cuando abundan los medios de gracia, cuando la Palabra de Dios se predica con poder, cuando el Espíritu está obrando y nuestra conciencia ha sido despertada, Dios nos está visitando con misericordia. Debemos aprovechar bien ese tiempo.
Si alguien ha ignorado durante mucho tiempo su tiempo de visitación, pero finalmente se le abren los ojos y comienza a pensar correctamente, todavía hay esperanza. Quienes llegan a la viña a la hora undécima aún son recibidos. Pero es una terrible insensatez que quienes tienen el evangelio sigan posponiéndolo y no aprovechen bien su tiempo. Las cosas que pertenecen a su paz se les dan a conocer, pero no les prestan atención. Cierran los ojos ante ellas como si fueran insignificantes. No reconocen el tiempo aceptable ni el día de salvación, y permiten que se les escape por descuido. Nadie es tan ciego como quien se niega a ver.
El pecado y la insensatez de quienes desprecian continuamente la gracia del evangelio afligen profundamente al Señor Jesús, y también deberían afligirnos a nosotros. Él mira con lágrimas a las almas perdidas que permanecen sin arrepentirse y corren hacia su propia ruina. Preferiría que se volvieran a él y vivieran, en vez de que siguieran avanzando hacia la muerte, pues no quiere que nadie perezca.
Jerusalén no podía escapar del día de su destrucción. Las cosas que pertenecían a su paz estaban ahora, en cierto sentido, ocultas de sus ojos, y pronto quedarían completamente ocultas. Esto no significa que el evangelio no se predicara allí después. Los apóstoles sí lo anunciaron, y se les dijo claramente a todos los de la casa de Israel que Cristo era su paz (Hechos 2:36). Muchos fueron convencidos y convertidos. Pero como nación, y especialmente por causa de sus líderes, quedaron en incredulidad. Dios les dio un espíritu de profundo sueño (Romanos 11:8). Se habían endurecido tanto contra el evangelio y contra los pocos que lo recibían que solo un milagro de gracia, como la conversión de Pablo, habría podido cambiarlos. Puesto que no era de esperarse un milagro semejante, fueron entregados justamente a su ceguera y dureza de corazón.
Esto no significaba que ningún judío pudiera ser salvo de manera individual, sino que ya era demasiado tarde para esperar que la nación judía en su conjunto se hiciera cristiana al aceptar a Cristo. Por eso quedó marcada para la ruina, que Cristo previó y anunció aquí como el resultado seguro de rechazarlo. Descuidar una salvación tan grande suele traer juicios presentes sobre un pueblo. Eso ocurrió con Jerusalén dentro de los cuarenta años siguientes, exactamente como Cristo lo había predicho.
Los romanos sitiaron la ciudad, levantaron un muro alrededor de ella y encerraron a sus habitantes por todos lados. Josefo afirma que Tito construyó rápidamente un muro que rodeaba la ciudad y cortó toda esperanza de escape. También la arrasaron hasta sus cimientos. Tito ordenó a sus soldados que la desenterraran, y toda la ciudad fue destruida, excepto tres torres. No solo la ciudad, sino también sus habitantes, fueron abatidos en una terrible matanza, y casi no quedó piedra sobre piedra. Este fue el castigo por crucificar a Cristo y por no reconocer el tiempo en que Dios los había visitado. Que toda ciudad y toda nación tomen advertencia.
En segundo lugar, Cristo mostró celo por la limpieza inmediata del templo. Aunque el templo pronto sería destruido, eso no significaba que mientras tanto debiera permanecer impuro. Él expulsó a quienes lo estaban profanando.
Fue directamente al templo y comenzó a echar fuera a los que compraban y vendían allí (Lucas 19:45). Aunque lo acusaban de ser enemigo del templo, y más tarde usaron ese cargo contra él delante del sumo sacerdote, demostró que amaba el templo con más sinceridad que ellos. Ellos hacían una gran demostración de honrar el tesoro del templo, o corbán, como algo sagrado, pero la santidad del templo importaba mucho más que sus riquezas.
Cristo también dio una razón clara para sacar de allí a los comerciantes del templo (Lucas 19:46). El templo estaba destinado a ser una casa de oración, un lugar apartado para la comunión con Dios. Los compradores y vendedores lo habían convertido en una cueva de ladrones mediante los negocios deshonestos que realizaban allí, y eso no podía permitirse, porque distraía a quienes acudían a orar.
Después utilizó el templo de la mejor manera posible: enseñando allí cada día (Lucas 19:47). No basta con limpiar una iglesia de la corrupción. También hay que fomentar la predicación del evangelio.
Cuando Cristo enseñaba en el templo, los líderes religiosos mostraban una gran hostilidad hacia él. Los principales sacerdotes, los escribas y los dirigentes del pueblo, el gran Sanedrín, debían haberlo escuchado y haber llamado también al pueblo para que lo oyera. En cambio, buscaban una oportunidad, o al menos un pretexto, para destruirlo y darle muerte.
La gente común, por el contrario, le mostraba respeto. Lo escuchaba con atención y tenía gran interés en oírlo. Él pasaba la mayor parte de su tiempo en las aldeas y no predicaba con frecuencia en el templo, pero cuando lo hacía, la gente prestaba mucha atención y no quería perderse ni una palabra. Algunos entienden que esto significa que todo el pueblo, al escucharlo, apoyaba su causa. Esto encajaría bien como explicación de por qué sus enemigos no podían hacer fácilmente nada contra él: si le hacían daño, el pueblo habría estado dispuesto a defenderlo. Hasta que llegó el momento señalado para su muerte, el apoyo de la gente lo protegió. Pero cuando llegó ese momento, la influencia de los principales sacerdotes sobre el pueblo hizo que Cristo fuera entregado.
De este capítulo
Lucas 19:1
"Jesús entró en Jericó y comenzó a atravesar la ciudad."
Lucas 19:2
"Allí vivía un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma."
Lucas 19:3
"Él quería conocer a Jesús, pero no lograba verlo porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura."
Lucas 19:4
"Por eso corrió más adelante y, para poder verlo, se subió a un árbol cerca de donde Jesús tenía que pasar."
Lucas 19:5
"Cuando Jesús pasó por allí, miró hacia arriba y le dijo: —Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que quedarme en tu casa."
Lucas 19:6
"Zaqueo bajó rápidamente y recibió con gusto a Jesús."
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