Versículo destacado
Lucas 17:20 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Los fariseos le preguntaron a Jesús cuándo llegaría el reino de Dios, y él les respondió: —La venida del reino de Dios no es algo que todos puedan ver. "
Lucas 17:20
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
18 ¿Solo este extranjero ha regresado para alabar a Dios?
19 Y le dijo al hombre: —Levántate y vete; tu fe te ha sanado.
20 Los fariseos le preguntaron a Jesús cuándo llegaría el reino de Dios, y él les respondió: —La venida del reino de Dios no es algo que todos puedan ver.
21 No se dirá: “Aquí está” o “Allí está”, porque el reino de Dios ya está entre ustedes.
22 Luego dijo a sus discípulos: —Llegará el tiempo en que ustedes desearán ver siquiera uno de los días del Hijo del hombre, pero no lo verán.
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Aquí encontramos la enseñanza de Cristo acerca del reino de Dios, es decir, el reino del Mesías, que pronto sería establecido y cuya llegada muchos esperaban. Los fariseos preguntaron cuándo vendría el reino de Dios, pero lo imaginaban como un reino político que elevaría a la nación judía por encima de todas las demás. Estaban ansiosos por saber cuándo llegaría, y quizá habían oído que Cristo les había enseñado a sus discípulos a orar por él y que había predicado que estaba cerca.
La respuesta de Cristo fue primero para los fariseos y después para sus propios discípulos, quienes entendían mejor estas cosas (Lucas 17:22). Lo que les dijo a ambos grupos también es para nosotros. Primero mostró que el reino del Mesías sería espiritual, no terrenal ni externo. Ellos preguntaron cuándo vendría, pero Cristo les hizo ver que no entendían bien su propia pregunta. El reino podía llegar sin que ellos siquiera se dieran cuenta.
No llega con una exhibición externa, como sucede con los reinos terrenales. Las naciones observan el surgimiento y los cambios de esos reinos, y las noticias se difunden por todas partes; pero este reino no llega de esa manera. Cristo dice que viene en silencio, sin pompa ni espectáculo público. No responde a su curiosidad sobre el momento exacto, sino que corrige su error acerca de la naturaleza del reino. Sus grandes verdades han sido reveladas, pero los tiempos exactos pertenecen a Dios.
Cuando el Mesías, el Príncipe, venga para establecer su reino, la gente no dirá: «Miren aquí» o «Miren allá», como si un príncipe estuviera haciendo una visita pública por sus territorios. Donde está el rey, allí está la corte; pero el reino de Cristo no quedará limitado de esa manera a un solo lugar. Tampoco estará ligado a una nación, región o partido particular, como si haber nacido en un lugar o vivir en otro pudiera acercar a una persona al reino. Quienes limitan el cristianismo y la iglesia a un lugar o grupo están diciendo, en efecto: «Miren aquí» o «Miren allá». Eso es lo opuesto al verdadero cristianismo católico, es decir, a la iglesia universal. Cometen el mismo error quienes consideran que la prosperidad y la apariencia externas son señales de la iglesia verdadera.
El reino de Dios también tiene un poder espiritual. «El reino de Dios está dentro de ustedes». No es de este mundo (Juan 18:36). Su gloria no se percibe principalmente con los ojos, sino que transforma el alma. Su poder obra en el corazón y en la conciencia, y de allí recibe honra, no solo del cuerpo. No cambia principalmente las circunstancias externas, sino los corazones y las vidas. Llega cuando las personas orgullosas, vanidosas y mundanas se vuelven humildes, serias y orientadas hacia las cosas celestiales, y cuando quienes estaban aferrados al mundo se desapegan de él.
Algunos entienden estas palabras como: «El reino de Dios está entre ustedes». En ese sentido, Cristo está diciendo: «Preguntan cuándo vendrá, pero ya ha comenzado entre ustedes». El evangelio estaba siendo predicado, confirmado por milagros y recibido por muchas personas. Así que ya estaba presente en su nación, aunque no en sus corazones. Muchas personas se preocupan neciamente por sentir curiosidad acerca de los tiempos futuros, mientras pasan por alto lo que Dios ya ha puesto delante de ellas.
Cristo también advierte que el establecimiento de este reino traería mucha oposición e interrupciones (Lucas 17:22). Los discípulos quizá pensaban que seguirían avanzando sin grandes dificultades y que su trabajo tendría un éxito constante. Cristo les dice que no sería así. Llegarían días en los que desearían tener siquiera un día como los que entonces disfrutaban, un día del Hijo del Hombre, es decir, un día de la presencia bondadosa de Cristo y del éxito del evangelio, pero no lo verían.
Al principio sí verían un gran éxito, como cuando miles se añadieron a la iglesia en un solo día. Pero no siempre sería así. Serían perseguidos, dispersados, silenciados y encarcelados, de modo que no siempre tendrían la libertad de predicar como entonces. Además, después de disfrutar el evangelio por un tiempo, la gente se enfriaría. Ya no habría tantas almas acercándose a Cristo ni multitudes acudiendo a él como palomas a sus ventanas.
Esto también apunta a las generaciones posteriores. Los seguidores de Cristo deben esperar momentos de decepción, y el evangelio no siempre será predicado con la misma libertad ni con el mismo éxito. Los ministros y las iglesias pueden enfrentar restricciones externas. Los maestros pueden ser obligados a esconderse, y el culto público puede ser interrumpido. Entonces la gente anhelará los días que tuvo antes: días de sábado, de la Cena del Señor, de predicación y de oración; los días del Hijo del Hombre, cuando escuchaban de él y se reunían con él.
Puede llegar el momento en que anhelemos en vano esos días. Dios nos enseña cuán valiosos son estos beneficios al permitirnos sentir su pérdida. Mientras todavía los tengamos, debemos aprovecharlos bien. En tiempos de abundancia, debemos guardar provisiones para los tiempos de hambre.
A veces también hay restricciones internas. Es posible que las personas ya no tengan las mismas señales de la presencia de Cristo que antes. El Espíritu puede parecer ausente, las señales pueden dejar de verse, las aguas pueden dejar de agitarse, y puede haber una profunda apatía entre los incrédulos y una gran tibieza entre el propio pueblo de Dios. Entonces desearán ver aquellos días victoriosos del Hijo del Hombre, cuando él avanzaba conquistando y para conquistar, pero no los verán. No debemos pensar que la iglesia y la causa de Cristo están perdidas porque no siempre son igualmente visibles ni tienen el mismo éxito.
Cristo también enseña que no debemos buscarlo a él ni a su reino en un lugar especial, sino que su venida será clara y general, visible en todas partes al mismo tiempo (Lucas 17:23-24). La gente dirá: «Miren aquí» o «Miren allá». Algunos señalarán a un líder que salvaría a los judíos de los romanos, o a otro que salvaría a los cristianos de los judíos. Algunos señalarán al Mesías o a su profeta. Otros afirmarán que la iglesia verdadera está aquí, en este monte, o allá, en Jerusalén. Cristo dice que no vayamos tras ellos ni los sigamos. No escuchemos esas afirmaciones.
El reino de Dios nunca tuvo como propósito dar gloria solamente a un pueblo. También estaba destinado a llevar luz a los gentiles, es decir, a las naciones que estaban fuera de Israel. Así como un relámpago resplandece de un extremo del cielo hasta el otro y nadie puede detenerlo, así estará el Hijo del Hombre en su día.
Esto apunta a dos cosas. Primero, los juicios que destruirían a la nación judía y rescatarían a los cristianos recorrerían la tierra como un relámpago. Quienes estuvieran destinados a esa destrucción no podrían escapar de ella, del mismo modo que nadie puede detener un relámpago. Segundo, el evangelio que establecería el reino de Cristo se extendería como un relámpago entre las naciones. El reino del Mesías no permanecería en un solo lugar, sino que se extendería por toda la tierra, comenzando en Jerusalén y llegando casi de inmediato mucho más allá de sus límites. De esta manera, el evangelio transformaría los reinos del mundo antes de que estos siquiera se dieran cuenta.
Las victorias de Cristo se establecerían sobre las ruinas del reino del diablo, incluso en tierras que nunca habían estado bajo el dominio romano. El propósito del reino de Cristo no era hacer grande a una sola nación, sino hacer buenas a todas las naciones, al menos a algunas personas de cada nación. Ese propósito se cumpliría, aunque las naciones se enfurecieran y los reyes de la tierra se resistieran con todas sus fuerzas.
El Mesías tenía que sufrir antes de reinar (Lucas 17:25). Debía soportar muchas cosas difíciles y ser rechazado por aquella generación. Si a él lo tratarían así, sus discípulos debían esperar un trato semejante por causa de su nombre. Ellos esperaban una demostración externa de poder y esplendor, pero Cristo les dice que el camino hacia la corona pasa por la cruz. El Hijo del Hombre tendría que enfrentar dolor, vergüenza y muerte. Sería rechazado por los judíos incrédulos de aquella generación antes de ser recibido por los gentiles creyentes, para que su evangelio triunfara sobre la oposición más fuerte: la de quienes más debían haberlo apoyado. Entonces se vería claramente el poder de Dios, no el del ser humano. Aunque Israel no sea reunido, él seguirá siendo glorioso hasta los confines de la tierra.
El establecimiento del reino del Mesías también traería la destrucción de la nación judía. Esa nación sería sorprendida en una profunda sensación de seguridad y perdida en una vida sensual, como el mundo en los días de Noé y Sodoma en los días de Lot (Lucas 17:26). Observemos cómo actuaban los pecadores en aquellos tiempos y cómo finalmente los alcanzaron las advertencias de Dios. En el mundo antiguo, la gente había corrompido su conducta y la tierra estaba llena de violencia. En Sodoma, sus habitantes eran malvados y grandes pecadores delante del Señor.
Ambos grupos recibieron una advertencia justa. Noé predicó justicia al mundo antiguo, y Lot advirtió a la gente de Sodoma. Les dijeron con suficiente anticipación lo que resultaría de sus malos caminos, pero ignoraron la advertencia. Se sentían seguros y continuaron con su vida cotidiana como si nada estuviera mal. Comían, bebían, se divertían y dedicaban su mente al placer. Contaban con que su prosperidad presente duraría para siempre, así que se casaban y formaban familias, con la esperanza de edificar sus hogares. La gente de Sodoma también estaba ocupada comprando, vendiendo, plantando y construyendo. Esas actividades eran legítimas; el pecado estaba en que se habían absorbido completamente en ellas. Su corazón estaba totalmente puesto en las cosas del mundo y no tenían ningún interés en prepararse para el juicio del que habían sido advertidos. Mientras debían ayunar, orar, arrepentirse y cambiar sus caminos, seguían comiendo y bebiendo cuando Dios los llamaba a llorar y lamentarse (Isaías 22:12-13).
Permanecieron en ese estado hasta que llegó el juicio. Hasta el día en que Noé entró en el arca y Lot salió de Sodoma, nada de lo que veían o escuchaban logró despertarlos. La insensatez de los pecadores que siguen un camino de pecado es sorprendente, pero no es algo nuevo. Ya ha sucedido antes, y muchos han ido a la ruina medio dormidos, como si también su juicio estuviera dormido.
Dios también cuidó de los que le pertenecían. Los que creían en él y le temían tomaron en serio la advertencia, y fueron preservados. Noé entró en el arca y allí estuvo seguro. Lot salió de Sodoma y escapó del daño. Si algunos corren de cabeza hacia la destrucción, eso no impide que otros sean salvos cuando creen.
Entonces la ruina llegó de repente sobre quienes no querían temerla y los arrolló con un espanto terrible. El diluvio destruyó a todos los pecadores del mundo antiguo. El fuego y el azufre destruyeron a todos los pecadores de Sodoma. Dios tiene muchas flechas en su aljaba y puede usar el instrumento que elija contra los rebeldes. Lo importante aquí es la lección: la destrucción llegará como una sorpresa espantosa para quienes viven seguros y únicamente para el placer.
Lo mismo sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre (Lucas 17:30). Cuando Cristo venga para destruir a la nación judía por medio de los ejércitos romanos, la mayoría de esa nación se encontrará en ese mismo estado de seguridad ciega. Cristo les está advirtiendo ahora, y más adelante los apóstoles volverán a advertirles, tal como Noé y Lot advirtieron a sus propias generaciones. Pero todo será en vano. Seguirán sintiéndose seguros, continuarán descuidando a Cristo y oponiéndose a su evangelio, hasta que todos los cristianos sean sacados de en medio de ellos y llevados a un lugar seguro. Entonces Dios protegerá a su pueblo al otro lado del Jordán, y después una avalancha de juicios caerá sobre los judíos incrédulos.
Uno pensaría que esta enseñanza pública de nuestro Salvador los despertaría, especialmente porque poco tiempo después sería dada a conocer al mundo. Pero no fue así. Tenían el corazón endurecido, y ese endurecimiento los llevó a la destrucción.
De la misma manera, cuando Jesucristo venga al final de los tiempos para juzgar al mundo, los pecadores se encontrarán en el mismo estado de seguridad y descuido. No tendrán ninguna preocupación por el juicio que se acerca, y por eso les llegará como una trampa. Así es como los pecadores de todas las épocas continúan en sus malos caminos, sin pensar en su destino final ni en la cuenta que tendrán que rendir. ¡Ay de los que viven tranquilos en Sion!
También debe ser preocupación de los discípulos y seguidores de Cristo apartarse de los judíos incrédulos de aquel tiempo. Debían dejarlos, junto con su ciudad y su país, y huir cuando se diera la señal, conforme a las instrucciones que recibirían. Debían retirarse, como Noé entró en el arca y Lot fue a Zoar. A Jerusalén se le había ofrecido ayuda, como antiguamente se le había ofrecido a Babilonia, pero no quiso ser sanada. Por eso el mandato fue: déjenla, huyan de en medio de ella y que cada uno salve su vida (Jeremías 51:6, 9).
Esta huida de Jerusalén tenía que ser rápida, y no debían permitir que sus asuntos terrenales los retrasaran (Lucas 17:31). Si alguien estaba en la azotea cuando llegara la alarma, no debía bajar a recoger sus pertenencias. No había tiempo para eso, y llevarse sus cosas solo lo haría más lento. En un momento así, sería mejor dejar todo atrás que quedarse y perecer con los que no creían. Su respuesta debía ser como la instrucción que recibieron Lot y su familia: escapa por tu vida. Sálvense de esta generación torcida.
Después de haber escapado, no debían pensar en regresar (Lucas 17:32). Debían recordar a la esposa de Lot y aprender de ella. Debían huir de esta Sodoma, en la que Jerusalén se había convertido (Isaías 1:10), y seguir huyendo. No debían mirar atrás, como ella lo hizo. No debían mostrarse renuentes a dejar un lugar señalado para la destrucción, sin importar a quién o qué dejaran, aunque les fuera muy querido. Los que han dejado la Sodoma de su vida anterior deben seguir avanzando y ni siquiera volver la mirada con afecto. Si miran atrás, pueden sentirse tentados a regresar. Peor aún, esa mirada hacia atrás puede revelar que su corazón nunca se fue realmente. La esposa de Lot se convirtió en una columna de sal como advertencia permanente de la ira de Dios contra quienes se apartan después de haber comenzado en el Espíritu y terminado en la carne.
No habría otra manera de salvar la vida que apartándose de los judíos. Si intentaban salvarse uniéndose a ellos, se equivocarían (Lucas 17:33). El que intente salvar su vida renunciando a su cristianismo y siguiendo a los judíos la perderá con ellos y perecerá en el mismo desastre. Pero el que esté dispuesto a arriesgar su vida junto con los cristianos, permaneciendo con ellos y ocupando su lugar tanto en la vida como en la muerte, salvará su vida. De hecho, se asegurará la vida eterna y estará en una mejor posición para salvar su vida que quienes elijan el lado judío buscando seguridad. Les va mejor a quienes confían en Dios y le obedecen.
Sin duda, todos los verdaderos cristianos escaparían, aunque muchos lo harían apenas, librándose de aquella destrucción (Lucas 17:34-36). Cuando los juicios de Dios arrasen con todo, él seguirá tomando medidas eficaces para preservar a su propio pueblo. Usará providencias extraordinarias para separarlos de los demás, incluso de quienes estén más cerca de ellos. Dos personas pueden estar en una misma cama, y una será llevada mientras la otra será dejada. Una puede ser rescatada del fuego y llevada a un lugar seguro, mientras la otra queda para perecer en la ruina común. Aunque parezca que la espada destruye tanto a uno como al otro, y que todo sucede de la misma manera, con el tiempo se demostrará que el Señor sabe quiénes son suyos y quiénes no, y que sabe sacar lo precioso de entre lo vil. Podemos estar seguros de que el Juez de toda la tierra hará lo correcto. Por eso, cuando envíe su juicio para vengar la muerte de su Hijo sobre quienes lo crucificaron, también se asegurará de que ninguno de los que lo honraron y se gloriaron en su cruz sea llevado por ese juicio.
Esta obra de separar y dividir se realizará en todas partes, hasta donde se extienda el reino de Dios (Lucas 17:37). Ellos habían preguntado: «¿Dónde, Señor?». Primero habían preguntado acerca del momento, pero él no quiso satisfacer su curiosidad sobre ese punto. Así que hicieron otra pregunta: ¿Dónde estarán seguros los que sean llevados y dónde perecerán los que sean dejados? La respuesta es un proverbio: «Donde esté el cadáver, allí se reunirán las águilas».
Dondequiera que estén los malvados, aquellos destinados a la destrucción, allí los encontrarán los juicios de Dios. Así como los buitres o las aves de presa encuentran rápidamente un cadáver y se alimentan de él, los juicios de Dios caerán con rapidez sobre los judíos incrédulos dondequiera que estén. Se han hecho como un cadáver muerto y podrido, aborrecible para la santidad de Dios y expuesto a su justicia. Por eso su mano descubrirá a todos sus enemigos (Salmo 21:8), aunque hagan sus nidos entre las estrellas (Abdías 1:4). Los soldados romanos perseguirán a los judíos hasta en sus escondites, y nadie escapará.
Dondequiera que estén los justos, aquellos destinados a ser preservados, serán hallados seguros disfrutando de Cristo. Así como la desintegración de la iglesia judía alcanzará todos los lugares, también lo hará la formación de la iglesia cristiana. Dondequiera que esté Cristo, los creyentes se reunirán con él, como las águilas se reúnen alrededor de su presa, sin necesidad de que alguien les indique el camino o se los muestre. La nueva naturaleza que hay en ellos los atrae hacia allí.
Cristo está donde están su evangelio, sus ordenanzas y su iglesia. Donde dos o tres se reúnen en su nombre, allí está él en medio de ellos, y allí también se reunirán otros con él. El reino del Mesías no tendrá una sola capital, como Jerusalén la tenía para la iglesia judía, adonde todos los judíos debían ir. Más bien, donde esté el cuerpo, donde se predique el evangelio y se administren las ordenanzas de Dios, allí se reunirán las almas piadosas. Allí encontrarán a Cristo y, por la fe, se alimentarán de él. Dondequiera que Cristo haya puesto su nombre, allí se encontrará con su pueblo y lo bendecirá (Juan 4:21 y ss.; 1 Timoteo 2:8).
Muchos buenos intérpretes entienden que esto habla de la reunión de los santos con Cristo en el reino de gloria. No es necesario preguntarse dónde estará el cadáver ni cómo encontrarán el camino hasta él. Serán guiados allí con perfecta certeza, hacia aquel que es su Cabeza viviente y dadora de vida, el centro de su unidad y aquel a quien se reunirán los pueblos.
De este capítulo
Lucas 17:1
"Jesús dijo a sus discípulos: Es inevitable que haya incitaciones al pecado; pero ¡ay del hombre que haga pecar a los demás!"
Lucas 17:2
"Más le valdría que lo arrojaran al mar con una piedra de molino atada al cuello que hacer caer en pecado a uno de estos pequeñitos."
Lucas 17:3
"¡Tengan cuidado! Si tu hermano peca, repréndelo; pero si cambia de actitud, perdónalo."
Lucas 17:4
"Aunque peque contra ti siete veces en un solo día, si siete veces viene a decirte: “No volveré a hacerlo”, debes perdonarlo."
Lucas 17:5
"Los apóstoles le pidieron al Señor: —Danos más fe."
Lucas 17:6
"El Señor les respondió: —Si ustedes tuvieran fe, aunque fuera apenas del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a este árbol: “Arráncate de aquí y plántate en el mar”, y les obedecería."
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