Versículo destacado

Lamentaciones 3:21 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Pero quiero tener presente una cosa y poner en ella mi esperanza: "

Lamentaciones 3:21

menu_book El versículo en contexto

19 Recuerdo mi tristeza y mi soledad, mi amargura y mi sufrimiento;

20 me pongo a pensar en ello, y el ánimo se me viene abajo.

21 Pero quiero tener presente una cosa y poner en ella mi esperanza:

22 El amor del Señor no tiene fin, ni se han agotado sus bondades.

23 Cada mañana se renuevan; ¡qué grande es su fidelidad!

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí las nubes comienzan a dispersarse y el cielo empieza a despejarse. La primera parte del capítulo estaba llena de dolor, pero ahora cambia el tono, y los que lloran en Sion comienzan a mirar las cosas con un poco más de esperanza. Sin esperanza, el corazón se quebraría. Por eso el escritor trae a la mente algo que da lugar a la esperanza; este pensamiento corresponde a lo que sigue, no a lo anterior.

«Esto vuelvo a traer a mi mente —dice la nota al margen—; por eso tengo esperanza». Lo que alguna vez tuvimos en el corazón, e incluso tratamos de conservar allí, puede parecer perdido y olvidado. Entonces Dios, por su gracia, nos lo devuelve cuando lo necesitamos. Cuando eso sucede, lo recordamos otra vez, y la esperanza surge allí donde la desesperación casi se había apoderado de todo.

Veamos qué es lo que Dios trae a la mente. Primero, aunque las cosas estén muy mal, solo son tan buenas como lo son por la misericordia de Dios. Estamos bajo la vara de su ira, pero es por las misericordias del Señor que no hemos sido destruidos (Lamentaciones 3:22). Cuando estamos en problemas, debemos fijarnos tanto en lo que está a nuestro favor como en lo que está en nuestra contra. Las cosas pueden estar mal, pero podrían haber sido peores, y eso da motivo para esperar que todavía puedan mejorar.

«No hemos sido consumidos» es una de las bendiciones que menciona. La iglesia de Dios es como la zarza ardiente que vio Moisés: está en llamas, pero no es destruida. Sin importar las dificultades que haya enfrentado o que todavía deba enfrentar, permanecerá en el mundo hasta el fin de los tiempos. Las personas pueden perseguirla, pero Dios no la abandona; por eso, aunque sea derribada, no queda destruida (2 Corintios 4:9). Es corregida, pero no consumida, como la plata que se refina en un horno, no como los desechos que se queman por completo.

Luego sigue el rastro de estos ríos de misericordia hasta su fuente. Son las misericordias del Señor. La palabra está en plural para mostrar su gran cantidad y variedad. Dios es una fuente inagotable de misericordia, el Padre de las misericordias. Todos debemos a su misericordia compasiva el hecho de que no hayamos sido consumidos. Otros han sido consumidos a nuestro alrededor, y nosotros mismos hemos estado en peligro de serlo; sin embargo, aquí estamos. No estamos en la tumba. No estamos en el infierno. Si Dios nos hubiera tratado únicamente conforme a nuestros pecados, nos habría consumido hace mucho tiempo. En cambio, nos ha tratado conforme a sus misericordias, y debemos alabarlo por ello.

Segundo, incluso en lo más profundo del sufrimiento, todavía conocen la ternura de la compasión de Dios y la verdad de su promesa. A menudo se habían quejado de que Dios no les había mostrado compasión (Lamentaciones 2:17, 21), pero aquí se corrigen a sí mismos. Las compasiones de Dios no fallan. En realidad no fallan, aun cuando, en su ira, parezca que ha encerrado sus tiernas misericordias. Estos ríos de misericordia fluyen de manera constante y abundante; nunca se secan.

Son nuevas cada mañana. Cada mañana trae señales renovadas de la compasión de Dios hacia nosotros. Cada mañana nos visita con ellas (Job 7:18). Cada mañana hace resplandecer su justicia (Sofonías 3:5). Cuando nuestros consuelos desaparecen, las compasiones de Dios no desaparecen. Grande es su fidelidad. Aunque parecía que el pacto se había quebrantado, ellos confiesan que permanece firme. Aunque Jerusalén esté en ruinas, la verdad del Señor permanece para siempre. Por más grandes que sean nuestros sufrimientos, no debemos pensar mal de Dios. Aun así debemos decir que él es bueno y fiel.

Tercero, Dios es y siempre será la felicidad plena de su pueblo, y ellos lo han escogido y dependen de él para que sea todo eso para ellos (Lamentaciones 3:24). «El Señor es mi porción», dice mi alma. Esto significa, en primer lugar: «Aunque pierda todo lo que tengo en este mundo —mi libertad, mi trabajo y casi mi vida—, no he perdido mi parte en Dios». Las porciones terrenales se desvanecen, pero Dios es una porción para siempre.

También significa: «Si tengo a Dios, tengo suficiente. Él basta para equilibrar todos mis problemas y compensar todas mis pérdidas». Todo lo demás que perdamos, nuestra porción está segura. Y significa además: «En esto confío y en esto descanso. Por eso esperaré en él. Me apoyaré en él y cobraré ánimo en él cuando todo otro apoyo haya fallado». Es nuestro deber hacer de Dios la porción de nuestra alma; luego debemos usarlo como nuestra porción y hallar consuelo en él, incluso cuando lamentamos.

Cuarto, quienes tratan con Dios descubrirán que confiar en él nunca es en vano. Él es bueno con los que esperan en él (Lamentaciones 3:25). Es bueno con todos, pues sus tiernas misericordias cubren todo lo que ha creado. Todas sus criaturas prueban su bondad. Pero es especialmente bueno con los que esperan en él y con la persona que lo busca.

Cuando el problema se prolonga y la liberación se demora, debemos esperar pacientemente en Dios y en su regreso lleno de gracia. Mientras esperamos por fe, debemos buscarlo en oración. Nuestra alma debe buscarlo; de lo contrario, no lo estamos buscando de una manera que verdaderamente lo encuentre. Buscarlo nos ayuda a seguir esperando. Y con quienes esperan y buscan, Dios será bondadoso. Les mostrará su maravillosa misericordia.

Quienes hacen esto descubrirán que es bueno esperar en silencio la salvación del Señor (Lamentaciones 3:26). Es bueno, tanto como deber como fuente de profundo consuelo, confiar en que la salvación llegará, aun cuando los obstáculos parezcan demasiado pesados para soportarlos. Es bueno esperar hasta que llegue, aunque se demore mucho tiempo. Y mientras esperamos, debemos guardar silencio, sin discutir con Dios ni agitarnos. Debemos aceptar la manera en que él ordena las cosas y decir: «Padre, que se haga tu voluntad». Si mantenemos esto presente, podemos esperar que al final todo termine bien.

Quinto, las aflicciones verdaderamente pueden ser buenas para nosotros y, si las soportamos de la manera correcta, producirán nuestro bien. No solo es bueno esperar y aguardar la salvación; también es bueno estar bajo la aflicción por un tiempo (Lamentaciones 3:27). «Bueno es que el hombre lleve el yugo en su juventud». Muchos de los jóvenes habían sido llevados al cautiverio. Para ayudarlos a soportarlo, les dice que era bueno llevar el yugo de esa cautividad, siempre que se adaptaran a ella y procuraran responder a los propósitos de Dios al ponerles esa pesada carga.

Esto también encaja muy bien con el yugo de los mandamientos de Dios. Es bueno que los jóvenes tomen ese yugo sobre sí mientras son jóvenes. No podemos comenzar demasiado pronto a vivir para Dios. Cuando empezamos en la juventud, el deber resulta más agradable a Dios y más fácil para nosotros. Pero aquí parece que el significado es el yugo de la aflicción. Muchas personas han descubierto que fue bueno llevar ese yugo mientras eran jóvenes. Los hizo humildes y serios, y apartó su corazón del mundo; de otro modo, podrían haber sido orgullosos y obstinados, como un toro joven que no ha sido entrenado para llevar el yugo.

Pero ¿cuándo llega a ser verdaderamente bueno para nosotros llevar el yugo en la juventud? La respuesta aparece en los versículos siguientes.

Cuando nos sentamos en silencio bajo nuestros problemas, cuando permanecemos solos y guardamos silencio, actuamos con sabiduría. No debemos correr de un grupo a otro con nuestras quejas, haciendo que nuestra miseria parezca peor ni discutiendo con la manera en que Dios ha ordenado nuestra vida. Más bien, debemos apartarnos para poder pensar con claridad en el día de la angustia, hablar con Dios y examinar nuestro corazón. Necesitamos silenciar los pensamientos amargos y llenos de duda y, como Aarón, guardar silencio bajo una prueba difícil.

Debemos guardar silencio bajo el yugo de Dios, como quienes saben que no lo escogieron por sí mismos, pero se han sometido pacientemente cuando Dios lo puso sobre ellos. Cuando quienes sufren en su juventud aceptan sus dificultades, ajustan el cuello al yugo y procuran responder al propósito de Dios al afligirlos, descubrirán que llevarlo es bueno para ellos. Produce el fruto apacible de la justicia en quienes han sido ejercitados por él.

También recibimos bien del yugo cuando somos humildes y pacientes bajo la aflicción. La persona que pone su boca en el polvo hace más que aceptar la voluntad de Dios: también demuestra dolor, vergüenza y rechazo de sí misma al recordar su pecado. Se humilla por completo, como alguien vencido y derribado, reducido a lamer el polvo (Salmo 72:9). Debemos humillarnos de esta manera, por si todavía puede haber esperanza; o, como también puede entenderse el hebreo, quizá haya esperanza.

Si existe alguna manera de obtener y conservar una buena esperanza en medio de los problemas, esta es. Aun así, debemos ser muy modestos en lo que esperamos. Debemos aguardarla diciendo «tal vez», como personas que reconocen que no la merecen en absoluto. Quienes se han humillado verdaderamente por su pecado recibirán con gusto una buena esperanza por gracia, bajo cualquier condición, incluso si para recibirla deben poner su boca en el polvo. Quienes desean tener esperanza deben hacer lo mismo y atribuir a la gracia gratuita cualquier ánimo que reciban. Eso puede impedir que su corazón se hunda mientras son humillados.

También obtenemos algo bueno del yugo cuando somos amables y perdonamos a quienes nos causan problemas. El que ofrece la mejilla al que lo golpea y vuelve la otra mejilla en vez de responder con un segundo golpe (Mateo 5:39) está llevando bien el yugo. Nuestro Señor Jesús nos dio este ejemplo, pues ofreció su espalda a quienes lo golpeaban (Isaías 50:6). Si una persona puede soportar la vergüenza y los insultos sin devolver insulto por insulto ni amargura por amargura, sino que derrama su dolor delante del Señor, descubrirá que llevar el yugo le hace bien (Salmo 123:4).

En resumen: si la aflicción produce paciencia, la paciencia produce experiencia, y la experiencia produce una esperanza que no nos avergüenza.

Dios también volverá con bondad a su pueblo y le dará consuelo a su debido tiempo, de acuerdo con el tiempo que lo haya afligido (Lamentaciones 3:31-32). El que sufre muestra arrepentimiento y paciencia porque cree que Dios es bondadoso y misericordioso. Ese es el gran estímulo tanto para un arrepentimiento sincero como para la paciencia cristiana.

Podemos sostenernos con estos pensamientos: cuando estamos abatidos, no estamos rechazados. La corrección de un padre a su hijo no es lo mismo que desheredarlo. Aunque por un tiempo parezca que Dios nos ha rechazado, mientras se nos niegan los consuelos que sentimos y se retrasa la liberación que esperamos, en realidad no estamos rechazados, porque no lo estaremos para siempre. El pleito con nosotros no durará para siempre.

Cualquiera que sea el dolor que suframos, es lo que Dios ha permitido que llevemos, y su mano está en ello. Él es quien causa la aflicción; por eso podemos estar seguros de que la ordena con sabiduría y gracia. Solo por un poco de tiempo, y cuando es necesario, tenemos que sufrir (1 Pedro 1:6). Dios también tiene preparados compasión y consuelo incluso para aquellos a quienes él mismo ha afligido. No debemos pensar que, porque Dios causa la aflicción, el mundo será quien la remedie. No; la misma mano que causó la herida debe traer la sanidad, o estamos perdidos. «Él nos ha desgarrado, pero él nos sanará» (Oseas 6:1).

Cuando Dios vuelva a tratarnos con bondad, no lo hará porque lo merezcamos, sino conforme a su misericordia, conforme a la gran abundancia de sus misericordias. Somos tan indignos que nada, excepto una misericordia desbordante, puede ayudarnos; y de esa misericordia podemos esperar mucho. El hecho de que Dios cause nuestra aflicción nunca debe apagar esas esperanzas.

Cuando Dios causa aflicción, lo hace con propósitos sabios y santos, y no se deleita en nuestro sufrimiento (Lamentaciones 3:33). Él aflige y causa dolor a las personas, y todas nuestras dificultades vienen de él. Pero no lo hace con gusto ni de corazón. Nunca nos aflige a menos que le hayamos dado motivo. No administra sus juicios de la misma manera en que da sus dones, simplemente porque así lo decide. Si muestra bondad, es porque hacerlo le agrada. Si escribe cosas amargas contra nosotros, es porque las merecemos y las necesitamos.

No aflige con placer. No se deleita en la muerte de los pecadores ni en la angustia de su pueblo, sino que castiga con cierta renuencia. Sale a juzgar, porque su lugar propio es el propiciatorio, el lugar donde se hace expiación, o cobertura por el pecado. No se deleita en la miseria de ninguna criatura. En cuanto a su propio pueblo, está tan lejos de deleitarse en ella que, en todas sus aflicciones, él también es afligido, y su alma se entristece por la miseria de Israel.

Dios conserva su bondad para con su pueblo aun mientras lo aflige. Si no quiere afligir a los hijos de los hombres, mucho menos quiere afligir a sus propios hijos. Cualquiera que sea la apariencia externa, Dios sigue siendo bueno con ellos (Salmo 73:1), y por la fe pueden ver amor en su corazón aun cuando ven el ceño fruncido en su rostro y una vara en su mano.

Aunque usa a los seres humanos como su mano, o más bien como instrumentos en su mano, para corregir a su pueblo, está muy lejos de aprobar la injusticia que cometen o el mal que hacen (Lamentaciones 3:34-36). Dios puede usar la violencia de personas malvadas e irracionales para llevar a cabo sus propios propósitos, pero eso no significa que apoye su violencia. Su pueblo oprimido a veces siente la tentación de pensar que sí, pero no es así. De dos maneras, los enemigos hacen daño y oprimen al pueblo de Dios, y el profeta asegura que Dios no aprueba ninguna de las dos. Si lo dañan por la fuerza de las armas, Dios no lo aprueba. Él mismo no aplasta bajo sus pies a los prisioneros de la tierra, sino que escucha el clamor de los prisioneros. Tampoco aprueba que otros lo hagan, y eso le desagrada profundamente.

Es cruel aplastar a quienes ya están caídos y no pueden protegerse.

Si las personas les hacen daño bajo la cobertura de la ley y de una falsa apariencia de justicia; si tuercen los derechos de alguien de tal manera que ni siquiera pueda saber qué le pertenece o llegar a obtenerlo; si arruinan su caso y dictan un veredicto falso o una sentencia injusta, deben saber dos cosas: Dios los ve. Esto se hace delante del rostro del Altísimo (Lamentaciones 3:35), bajo su mirada, y le desagrada profundamente. No pueden alegar honestamente que lo ignoraban; al actuar así, lo desafían abiertamente.

Él es el Altísimo, y ellos se burlan de su autoridad al abusar de la autoridad que tienen sobre los demás. Deben recordar que el que está por encima del más alto observa todo (Eclesiastés 5:8). Dios tampoco los aprueba. Aquí se da a entender más de lo que se dice directamente. Torcer la justicia y aplastar al inocente son grandes insultos contra Dios; y aunque él permita que esas personas sean utilizadas por un tiempo para corregir a su pueblo, tarde o temprano les pedirá cuentas.

La lección es clara. Incluso cuando Dios permite que los malhechores prosperen por un tiempo y los usa para sus propios propósitos, eso no significa que apruebe sus malas acciones. Dios no hace lo malo ni apoya a quienes lo hacen.

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