Judit se inclinó hasta tocar el suelo con la frente, se cubrió la cabeza de ceniza y dejó al descubierto las ropas ásperas que llevaba puestas. En el momento en que se ofrecía el incienso de la tarde en el templo de Jerusalén, Judit clamó al Señor en voz alta y dijo:
Señor, Dios de mi antepasado Simeón, en cuyas manos pusiste la espada para castigar a esos extranjeros que forzaron y deshonraron a Dina, una joven soltera a quien desnudaron para violarla, profanando su seno; aunque tú habías prohibido hacer tales cosas, ellos las hicieron.
Por eso hiciste que mataran a los jefes de esa gente, y en la misma cama donde habían engañado a la muchacha encontraron la muerte, al ser engañados ellos mismos. Derribaste a los esclavos junto con los señores, y a los señores junto con sus tronos.
Hiciste que sus mujeres cayeran en manos de otros, que sus hijas fueran llevadas cautivas y que sus posesiones fueran repartidas entre tus amados hijos, quienes, llenos de celo por ti e indignados al ver deshonrada a su hermana, te pidieron ayuda. ¡Oh Dios, Dios mío, escúchame a mí, que soy viuda!
Tú hiciste que ocurriera lo que ocurrió entonces y lo que ha ocurrido antes y después; tú has planeado lo que ocurre ahora y lo que vendrá después, y lo que has planeado se cumple.
Las cosas que tú planeas se presentan ante ti y dicen: “¡Aquí estamos!”. Tú tienes preparado todo lo que vas a hacer y conoces de antemano todo lo que decides.
Mira cómo los asirios se han reunido con todo su poder, orgullosos de sus caballos y jinetes, jactándose de la fuerza de su infantería y confiando en sus escudos, sus flechas, sus arcos y sus hondas. No reconocen que tú, Señor, eres quien pone fin a la guerra;
tu nombre es “el Señor”. ¡Desbarata su fuerza con tu poder y destruye su poderío con tu ira! Sus planes son profanar tu santuario, manchar el lugar donde reside tu glorioso nombre y derribar tu altar con sus armas.
Mira su orgullo, descarga sobre ellos tu ira y dame a mí, que soy viuda, la fuerza para llevar a cabo mi plan.
Haz que yo los engañe, para que los esclavos caigan junto con los señores y los señores junto con los esclavos; destruye su arrogancia por medio de una mujer.
Porque tu poder no depende del número, ni tu fuerza del valor de los hombres. Tú eres el Dios de los oprimidos, el protector de los humillados, el defensor de los débiles, el apoyo de los abandonados y el salvador de quienes no tienen esperanza.
Sí, oh Dios de mi padre, Dios del pueblo de Israel, Señor del cielo y de la tierra, creador de los mares, rey de todo lo que has creado, escucha mi oración:
dame palabras para poder engañarlos y causarles el desastre y la muerte, pues tienen planes perversos contra tu alianza, contra el templo consagrado a ti, contra el monte Sión y contra la ciudad que es el hogar y la propiedad de tus hijos.
Haz que todo tu pueblo y todas las naciones reconozcan que solo tú eres Dios, Dios de todo poder y fuerza, y que fuera de ti no hay otro que proteja a Israel.