Versículo destacado
Jueces 9:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Cuando Jotam se enteró, subió al monte Guerizim y desde allí gritó con todas sus fuerzas para que todos lo oyeran: ¡Escúchenme bien, hombres de Siquem! ¡Y que así Dios los escuche a ustedes! "
Jueces 9:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
5 a Ofrá, donde había vivido su padre Jerubaal, y sobre una misma piedra mataron a los setenta hermanos de Abimélec. Solo Jotam, el hijo menor de Jerubaal, pudo esconderse y salvarse.
6 Después, todos los de Siquem y de Bet-miló se reunieron junto a la encina y la piedra sagrada que había en Siquem, y proclamaron rey a Abimélec.
7 Cuando Jotam se enteró, subió al monte Guerizim y desde allí gritó con todas sus fuerzas para que todos lo oyeran: ¡Escúchenme bien, hombres de Siquem! ¡Y que así Dios los escuche a ustedes!
8 En cierta ocasión, los árboles quisieron tener un rey y le pidieron al olivo que reinara sobre ellos.
9 Pero el olivo se negó, porque para reinar sobre los árboles tendría que dejar de producir aceite, con el cual se honra tanto a los hombres como a Dios.
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Aquí encontramos la única advertencia pronunciada contra el malvado acuerdo entre Abimelec y los hombres de Siquem. Esto era una señal de que habían provocado que Dios los dejara a su propia suerte: no se levantó ningún profeta ni vino un juicio extraordinario que despertara a aquel pueblo ciego y detuviera la propagación de semejante peligro. Solo Jotam, el hijo menor de Gedeón, quien escapó de la destrucción de su familia por el cuidado especial de Dios (Jueces 9:5), habló claramente a los habitantes de Siquem. El discurso que aquí se registra demuestra que era un hombre de gran capacidad y sabiduría, verdaderamente refinado y de buenos modales; por eso solo podemos lamentar aún más la caída de los hijos de Gedeón.
Jotam no intentó reunir un ejército de las otras ciudades de Israel, donde probablemente habría conseguido apoyo por causa del nombre de su padre, para vengar la muerte de sus hermanos. Tampoco trató de competir con Abimelec, a pesar de la falsa afirmación de que los hijos de Gedeón habían querido gobernar (Jueces 9:2). En cambio, se conformó con reprender fielmente a los habitantes de Siquem y advertirles con justicia sobre el resultado mortal que les esperaba. Encontró la oportunidad de hablarles desde la cima del monte Gerizim, el monte relacionado con las bendiciones, donde probablemente se habían reunido para algún acontecimiento. Josefo dice que estaban celebrando una fiesta, y parece que estuvieron dispuestos a escucharlo.
Sus primeras palabras son muy serias: «Escúchenme, hombres de Siquem, para que Dios los escuche a ustedes» (Jueces 9:7). En otras palabras, si esperan recibir el favor y la aprobación de Dios, entonces deben escucharme con paciencia y justicia. Quienes esperan que Dios escuche sus oraciones deben estar dispuestos a escuchar la razón, aceptar una reprensión fiel y atender los clamores de la inocencia perjudicada. Si nos negamos a escuchar la ley de Dios, nuestras oraciones le resultan detestables (Proverbios 28:9).
Su parábola es muy hábil. Cuenta que los árboles buscaban un rey. Primero les ofrecieron el gobierno a los árboles útiles: el olivo, la higuera y la vid. Pero cada uno se negó, prefiriendo servir en vez de gobernar y hacer el bien en vez de buscar poder. Luego se hizo la misma propuesta al espino, y este la aceptó con orgullosa alegría. Esta manera de enseñar por medio de parábolas es antigua y muy útil, especialmente para presentar una reprensión.
Por medio de esta parábola, Jotam alaba la noble humildad de Gedeón y de los jueces que lo precedieron, y quizá también la de los hijos de Gedeón, quienes habían rechazado el honor y el poder de la realeza cuando podrían haberlos obtenido. También muestra que, por lo general, las personas sabias y buenas prefieren ser útiles antes que grandes. Los árboles no necesitaban escoger un rey, porque todos habían sido plantados por el Señor, quien los protegería (Salmo 104:16). Tampoco Israel necesitaba hablar de nombrar un rey, pues el Señor era su Rey.
Cuando pensaron en escoger un rey, no se lo ofrecieron al majestuoso cedro ni al pino alto, que sirven más para lucirse y dar sombra que para producir fruto, sino a los árboles que daban fruto: la vid y el olivo. Las personas que producen fruto y verdadero bien para la comunidad merecen ser valoradas más que quienes solo desean causar una buena impresión. Una persona verdaderamente buena y útil merece gran honor.
La razón que todos estos árboles frutales dieron para negarse era, en esencia, la misma. El olivo dijo: «¿Debo dejar mi aceite, con el que se sirve y se honra tanto a Dios como a las personas?». El aceite y el vino se usaban en el altar de Dios y también en las mesas de la gente. La higuera dijo: «¿Debo dejar mi dulzura y mi buen fruto para ir a ser promovida sobre los árboles?». La nota marginal dice: «ir y venir por los árboles». Esto muestra que gobernar implica mucho trabajo y cuidado. Quien es puesto por encima de los demás debe ir y venir por ellos y convertirse en servidor de los asuntos de la comunidad.
También muestra que quienes son elevados al poder público deben renunciar a sus intereses y ventajas privadas por el bien de la comunidad. La higuera perdería su dulzura, su descanso tranquilo y su agradable productividad si asumiera ese gobierno. Tendría que enfrentar una tensión constante. Además, esto advierte que las personas elevadas a una posición de honor corren el peligro de perder su capacidad de dar fruto y de ser útiles. La promoción suele hacer que algunos se vuelvan orgullosos y perezosos, y eso arruina precisamente la utilidad por la que antes honraban a Dios y a las personas. Por esta razón, quienes realmente desean hacer el bien muchas veces temen llegar a ser demasiado grandes.
Jotam también expone la ambición absurda de Abimelec, a quien compara con el espino (Jueces 9:14). Imagina que los árboles lo invitan diciendo: «Ven y reina sobre nosotros», quizá porque no sabía que Abimelec había buscado primero esa promoción (Jueces 9:2), sino que pensaba que los habitantes de Siquem lo habían invitado. Aun así, era digno de reprensión que aceptara semejante honor. El espino es una planta inútil, que ni siquiera se considera entre los árboles. No produce fruto y puede hacer daño, pues rasguña y lastima a quienes se acercan. Comienza bajo la maldición y termina en el fuego. Así era Abimelec; sin embargo, los árboles lo escogieron para gobernar, y todos los árboles estuvieron de acuerdo. Esta elección parece haber sido más unánime que las anteriores.
No debería sorprendernos que la necedad sea elevada a grandes honores (Eclesiastés 10:6), que los peores hombres sean puestos en alto (Salmo 12:8) o que las personas no reconozcan su propio bien al escoger a sus gobernantes. Una vez elegido, el espino no se detiene a considerar si debe aceptar. Actúa de inmediato como si hubiera nacido para dominar y presume que el pueblo encontrará en él lo que buscaba. Estas son las palabras orgullosas y vacías que pronuncia (Jueces 9:15), junto con las promesas que hace a sus seguidores leales: «Vengan y confíen en mi sombra». ¡Qué pobre sombra para poner en ella la confianza! Qué diferente de la sombra de una gran roca en una tierra seca, imagen que describe a un buen gobernante (Isaías 32:2). Les pide confiar en su sombra, aunque es más probable que los rasguñe que los proteja, y que los lastime en vez de ayudarlos. Así es como las personas presumen de un don falso.
Sin embargo, amenaza con la misma seguridad con la que promete. Si no le son fieles, dice, saldrá fuego del espino y devorará los cedros del Líbano. Es algo muy poco probable que un espino pueda hacer, pues es mucho más probable que él mismo se encienda, arda y quede consumido.
La aplicación que hace Jotam es muy directa y clara. Primero, les recuerda los muchos servicios buenos que su padre les había prestado (Jueces 9:17). Gedeón había peleado sus batallas y arriesgado su propia vida para beneficio de ellos. Era vergonzoso que siquiera necesitaran que se les recordara esto. Luego hace más fuerte la acusación contra su ingratitud hacia la familia de su padre. No habían tratado a Gedeón de acuerdo con lo que merecía por todo lo que había hecho (Jueces 9:16).
Los grandes méritos suelen recibir recompensas muy pobres, especialmente de generaciones posteriores, cuando se olvida a quien las ayudó, como ocurrió con José entre los egipcios. Gedeón había dejado muchos hijos que honraban su nombre y su familia, y aquellos hombres habían sido asesinados brutalmente. Le quedaba un hijo que parecía traer vergüenza a la familia, porque era hijo de su sierva, un hecho que cualquiera interesado en el honor de Gedeón habría tratado de ocultar. Sin embargo, ese fue precisamente el hombre al que hicieron rey. En ambas decisiones demostraron el mayor desprecio posible hacia Gedeón.
Entonces Jotam deja que el resultado demuestre si habían actuado bien y pone el caso en las manos de Dios. Si continuaban prosperando en aquella acción malvada, al menos podrían afirmar que habían hecho lo correcto, como se indica en Jueces 9:19. En efecto, les dice: «Si lo que han hecho contra la familia de Gedeón puede sostenerse ante la justicia, el honor o la conciencia, entonces disfruten de su nuevo rey». Pero si, como él sabía, habían actuado de manera vergonzosa y malvada, no debían esperar un éxito duradero, como se indica en Jueces 9:20. Abimelec y los hombres de Siquem se habían fortalecido mutuamente en aquel crimen, pero llegarían a ser una maldición y una ruina los unos para los otros. Nadie debe esperar hacer el mal y aun así terminar bien.
Después de dar esta advertencia, Jotam escapó con vida (Jueces 9:21). Tal vez no pudieron atraparlo, o quizá sus palabras los convencieron tanto que no quisieron añadir su asesinato a la culpa que ya tenían. Aun así, como temía a Abimelec, vivió en el exilio, lejos y fuera de su vista. Incluso quienes provienen de familias nobles y han recibido una buena formación no saben qué dificultades ni qué escapes por poco pueden enfrentar algún día.
De este capítulo
Jueces 9:1
"Abimélec, hijo de Jerubaal, fue a Siquem para hablar con los parientes de su madre. Les dijo:"
Jueces 9:2
"—En nombre de nuestro parentesco, les ruego que convenzan a la gente de Siquem de que es mejor que los gobierne un solo hombre, en vez de los setenta hijos de Jerubaal."
Jueces 9:3
"Como Abimélec era pariente de ellos, se pusieron de su parte y fueron a convencer a los de Siquem de que lo siguieran."
Jueces 9:4
"Además, sacaron setenta monedas de plata del templo de Baal-berit y se las dieron a Abimélec. Con ese dinero, Abimélec contrató a unos matones para que lo siguieran. Esos hombres fueron con él"
Jueces 9:5
"a Ofrá, donde había vivido su padre Jerubaal, y sobre una misma piedra mataron a los setenta hermanos de Abimélec. Solo Jotam, el hijo menor de Jerubaal, pudo esconderse y salvarse."
Jueces 9:6
"Después, todos los de Siquem y de Bet-miló se reunieron junto a la encina y la piedra sagrada que había en Siquem, y proclamaron rey a Abimélec."
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