Versículo destacado
Juan 9:35 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Jesús oyó decir que habían expulsado al ciego y, cuando se encontró con él, le preguntó: —¿Crees tú en el Hijo del hombre? "
Juan 9:35
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
33 Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.
34 Entonces le dijeron: —Tú, que naciste lleno de pecado, ¿quieres darnos lecciones a nosotros? Y lo expulsaron de la sinagoga.
35 Jesús oyó decir que habían expulsado al ciego y, cuando se encontró con él, le preguntó: —¿Crees tú en el Hijo del hombre?
36 Él le respondió: —Señor, dime quién es, para que yo crea en él.
37 Jesús le respondió: —Ya lo has visto: soy yo, el que está hablando contigo.
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En estos versículos vemos el tierno cuidado que nuestro Señor Jesús mostró por este pobre hombre (Juan 9:35). Cuando Jesús se enteró de que lo habían expulsado, y probablemente todo el pueblo hablaba de ello, fue a buscarlo. Esto significa que Jesús salió a encontrarlo para animarlo y consolarlo.
Jesús lo hizo, en primer lugar, porque el hombre había hablado con mucha firmeza y valentía en su defensa. Cristo ciertamente respaldará a sus testigos y reconocerá a quienes se identifican con él, con su verdad y con sus caminos. Los gobernantes terrenales no pueden darse cuenta de cada persona que habla a su favor, pero nuestro Señor Jesús ve cada palabra fiel que pronunciamos por él. Todo queda registrado, y eso nos traerá honra después y consuelo ahora.
Jesús también lo hizo porque los fariseos lo habían expulsado y lo habían tratado mal. El Juez justo de toda la tierra ve a quienes sufren injustamente (Salmo 103:6). Él presta especial atención a quienes sufren por causa de Cristo y de una buena conciencia. Aquí había un pobre hombre sufriendo por Cristo, y Jesús se aseguró de que sus dificultades fueran más que compensadas por su consuelo.
Observemos dos cosas. Aunque los perseguidores pueden excluir a las personas buenas de su comunidad, no pueden excluirlas de la comunión con Cristo ni impedir que él se acerque a ellas. Felices son quienes tienen un Amigo al que nadie puede mantener lejos de ellos. Jesucristo se complace en buscar y recibir a quienes otros rechazan y expulsan por causa de él. Él será un refugio para sus desterrados y se manifestará para alegría de aquellos a quienes sus hermanos odiaron y expulsaron.
También vemos la conversación consoladora que Cristo tuvo con este hombre, al llevarlo a conocer más de la consolación de Israel. El hombre había usado bien el conocimiento que ya tenía, y ahora Cristo le dio más instrucción. A quien es fiel en lo poco se le confiará más (Mateo 13:12).
Nuestro Señor Jesús primero pone a prueba su fe: «¿Crees en el Hijo de Dios?». En otras palabras: ¿confías en las promesas acerca del Mesías? ¿Esperas que venga y estás dispuesto a recibirlo cuando se te revele? Esta era la fe por la que vivían los santos antes de que Cristo apareciera públicamente.
Aquí al Mesías se le llama el Hijo de Dios, que es la manera en que los judíos habían aprendido a hablar de él a partir de las profecías (Salmo 2:7; Salmo 89:27). Compárese con Juan 1:49. Algunas personas esperaban que el Mesías trajera un reino terrenal, por eso preferían llamarlo el Hijo de David, pues ese título encajaba mejor con sus esperanzas (Mateo 22:42). Pero Cristo, para mostrarnos que su reino es espiritual y divino, se llama a sí mismo el Hijo de Dios y, de manera más general, el Hijo del Hombre en vez del Hijo de David.
Los santos del Antiguo Testamento tenían deseos y esperanzas respecto al Mesías, basados en la promesa de Dios. Cristo considera bondadosamente que eso es creer en el Hijo de Dios. Esta es la fe por la que pregunta aquí: «¿Crees?». Lo principal que ahora se nos exige, y aquello por lo que pronto seremos juzgados, es si creemos en el Hijo de Dios (Juan 3:23). Por eso permaneceremos firmes o caeremos para siempre.
Entonces el pobre hombre pregunta con cuidado acerca del Mesías en quien debe creer, mostrando que está listo para recibirlo (Juan 9:36): «¿Quién es, Señor, para que crea en él?». Algunos piensan que ya sabía que Jesús, quien lo había sanado, era el Hijo de Dios, pero no sabía cuál de los hombres era Jesús. Por eso, creyendo que quien le hablaba era un seguidor de Jesús, pidió que lo guiara hasta su Maestro, no solo para satisfacer su curiosidad, sino para creer con mayor firmeza y saber en quién había confiado. Solo Cristo puede guiarnos hacia él mismo.
Otros piensan que sabía que quien le hablaba era Jesús, el hombre que lo había sanado, y que lo consideraba un hombre grande y bueno, incluso un profeta. Pero todavía no sabía que Jesús era el Hijo de Dios y el verdadero Mesías. Así que, en efecto, estaba diciendo: «Señor, creo que ha de venir un Cristo. Tú me diste la vista para mi cuerpo; ahora dime quién es este Hijo de Dios». La pregunta de Cristo dejaba claro que el Mesías había venido y ya estaba entre ellos, y el hombre captó rápidamente esa insinuación. Su pregunta era sensata y correcta: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?». Nadie puede creer en alguien de quien no ha oído hablar. Por eso los ministros deben decirnos quién es el Hijo de Dios, para que creamos en él (Juan 20:31).
Entonces nuestro Señor Jesús se le revela bondadosamente como el Hijo de Dios en quien debe creer: «Ya lo has visto, y es el que está hablando contigo» (Juan 9:37). No tuvo que buscar muy lejos para encontrar al Hijo de Dios. La palabra estaba cerca de él. No leemos que Jesús se revelara de una manera tan directa y clara a muchas personas. Lo hizo aquí y también con la mujer samaritana, cuando le dijo: «Yo soy, el que habla contigo». A otros les dejó la tarea de razonar para descubrir quién era. Pero a estas personas débiles y poco importantes, escogió darse a conocer, no a los sabios ni a los poderosos.
Cristo se describe ante este hombre de dos maneras que muestran gran bondad. Primero: «Ya lo has visto». El hombre le debía mucho a Jesús por haberle abierto los ojos para que pudiera verlo. Ahora entendía más que nunca qué gran misericordia había recibido al ser sanado de su ceguera, porque podía ver al Hijo de Dios. Esa visión le dio más alegría que la luz de este mundo. El mayor beneficio de la vista física es que ayuda a nuestra fe y sirve a las necesidades de nuestra alma. Este hombre bien podría haber estado dispuesto a volver a ser ciego, como el anciano Simeón, ahora que sus ojos habían visto la salvación de Dios.
Si pensamos en la apertura de los ojos de la mente, esto significa que la vista espiritual se nos da principalmente para que veamos a Cristo (2 Corintios 4:6). ¿Podemos decir por fe que hemos visto a Cristo, que hemos visto su belleza y gloria, su poder y su disposición para salvar, y que lo hemos visto con tanta claridad que estamos satisfechos con él y en él? Entonces demos alabanza a quien nos abrió los ojos.
Segundo: «Es el que está hablando contigo». El hombre también le debía mucho a Cristo por acercarse y hablar con él. No solo recibió la oportunidad de ver a Cristo, sino que también fue recibido en comunión con él. Los grandes gobernantes pueden permitir que la gente los vea y, aun así, negarse a hablar con ella. Pero Cristo, por medio de su palabra y su Espíritu, habla con aquellos cuyos corazones son atraídos hacia él. Al hablar con ellos, se les revela, como lo hizo con los dos discípulos cuando hizo que sus corazones ardieran dentro de ellos (Lucas 24:32).
Observemos también esto: mientras el pobre hombre preguntaba cuidadosamente por el Salvador, al mismo tiempo lo estaba viendo y hablando con él.
Jesucristo suele estar más cerca de las almas que lo buscan de lo que ellas mismas se dan cuenta. Los cristianos que dudan a veces dicen: «¿Dónde está el Señor?», y temen que se haya alejado de ellos, cuando en realidad él es quien les está hablando y dándoles fuerzas.
El hombre aceptó de inmediato esta verdad tan sorprendente. Lleno de alegría y asombro, dijo: «Señor, creo», y adoró a Jesús. Confesó abiertamente su fe en Cristo, diciendo en efecto: «Señor, creo que tú eres el Hijo de Dios». No iba a discutir con quien le había mostrado tanta misericordia y había hecho un milagro tan grande.
Su fe en el corazón lo llevó a hablar con la boca. La débil caña se había convertido en un cedro, un árbol fuerte. También honró a Jesús al adorarlo. Esto era más que el respeto debido a un gran hombre o a un ayudante bondadoso. Era un honor divino, ofrecido a Jesús como el Hijo de Dios que vino en carne humana.
Solo Dios debe ser adorado; por eso, adorar a Jesús significa reconocerlo como Dios. La verdadera fe siempre se manifiesta en la adoración humilde del Señor Jesús. Quienes creen en él encontrarán razones suficientes para adorarlo. No leemos más acerca de este hombre, pero es probable que desde ese momento se convirtiera en un seguidor constante de Cristo.
De este capítulo
Juan 9:1
"Al salir, Jesús vio a su paso a un hombre que era ciego de nacimiento."
Juan 9:2
"Sus discípulos le preguntaron: —Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres o por su propio pecado?"
Juan 9:3
"Jesús les respondió: —Ni por su propio pecado ni por el de sus padres; más bien, fue para que en él se demuestre lo que Dios puede hacer."
Juan 9:4
"Mientras sea de día, tenemos que hacer el trabajo del que me envió, pues viene la noche, cuando nadie puede trabajar."
Juan 9:5
"Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo."
Juan 9:6
"Después de decir esto, Jesús escupió en el suelo, hizo un poco de lodo con la saliva y se lo untó al ciego en los ojos."
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