Versículo destacado
Juan 8:51 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Les aseguro que quien hace caso de mi palabra no morirá. "
Juan 8:51
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
49 Jesús les respondió: —No tengo ningún demonio. Lo que hago es honrar a mi Padre; en cambio, ustedes me deshonran.
50 Yo no busco mi gloria; hay alguien que la busca, y él es quien juzga.
51 Les aseguro que quien hace caso de mi palabra no morirá.
52 Los judíos le respondieron: —Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham y todos los profetas murieron, y tú dices: «El que hace caso de mi palabra no morirá».
53 ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham? Él murió, y los profetas también murieron. ¿Quién te has creído que eres?
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En estos versículos encontramos la doctrina de la inmortalidad de los creyentes en Juan 8:51. Jesús comienza con sus acostumbradas palabras solemnes: «En verdad, en verdad les digo», que exigen una atención cuidadosa y una fe completa. Dice: «Si alguien guarda mi palabra, jamás verá la muerte». Un creyente es alguien que guarda las palabras del Señor Jesús, la enseñanza que él nos ha dado. No basta con recibir esa palabra; también debemos guardarla. Debemos tenerla presente, conservarla en la memoria, valorarla y protegerla para no quebrantarla ni ir en contra de ella. Debemos guardarla como un encargo precioso y vivir conforme a ella como nuestra norma.
El privilegio del creyente es grande: jamás verá la muerte para siempre. El sentido original de estas palabras es muy enfático. No significa que el cuerpo de los creyentes será librado de morir. Aun los hijos del Altísimo tienen que morir como los demás, y los seguidores de Cristo con frecuencia han sufrido la muerte más que otras personas. Entonces, ¿cómo se cumple esta promesa? Se cumple de tres maneras. Primero, para ellos la muerte cambia de significado, de modo que no la ven como una muerte definitiva. Su terror desaparece, y pueden mirar a través de ella hacia lo que viene después. Segundo, el poder de la muerte queda quebrantado. Es posible que todavía tengan que pasar por ella, pero no permanecerán bajo su dominio para siempre. Llegará el día en que la muerte será absorbida por la victoria. Tercero, son rescatados por completo de la muerte eterna, la segunda muerte. Esa es la muerte a la que se refiere aquí: la que dura para siempre y se opone a la vida eterna. Ellos nunca entrarán en esa muerte, porque nunca serán condenados. Recibirán su herencia eterna, donde ya no habrá muerte. Aunque ahora no pueden evitar verla y experimentarla, pronto estarán en un lugar donde nunca volverán a verla.
Los judíos se oponen a esta enseñanza. En lugar de aferrarse a esta preciosa promesa de inmortalidad, que responde a un anhelo profundo de la naturaleza humana, la usan para insultar a quien la ofrece. Dicen: «Ahora sabemos que tienes un demonio», con lo que quieren decir: «Estás loco y dices disparates». Esto muestra cómo las personas pueden pisotear las grandes promesas del evangelio. Si realmente tenían pruebas de que Jesús estaba loco, resulta evidente que la acusación no se basaba en una evidencia nueva, pues ya la habían pronunciado antes. La malicia suele actuar así: primero lanza una acusación llena de odio y después busca pruebas para respaldarla. Si Jesús no hubiera demostrado claramente que era un maestro enviado por Dios, quizá habrían podido burlarse de semejante promesa. Pero su enseñanza era claramente divina, sus milagros lo confirmaban y las Escrituras judías les habían enseñado a esperar a un profeta como él y creer en él. Por tanto, rechazarlo significaba apartarse de la misma promesa que esperaban las tribus de Israel (Hechos 26:7).
También razonaron contra Jesús, y eso les dio una oportunidad para atacarlo. Pensaban que estaba afirmando ser superior a Abraham y a los profetas. Abraham murió, y los profetas también. Eso es cierto, y también es cierto que aquellos judíos pertenecían al mismo pueblo que había matado a esos mensajeros. Abraham y los profetas fueron hombres grandes, grandes por el favor de Dios y honrados por toda persona buena. También es cierto que obedecieron la palabra de Dios. Sin embargo, murieron. Ninguno de ellos afirmó que podía dar la inmortalidad. Cada uno murió en su tiempo y fue reunido con su pueblo. Su honor consistió en morir con fe, pero murieron. La muerte no debe ser motivo de terror para una persona buena, pues Abraham y los profetas ya atravesaron ese valle oscuro. Su ejemplo debería ayudarnos a enfrentar la muerte con menos temor.
Los judíos pensaban que Cristo hablaba de manera disparatada cuando dijo: «Si alguien guarda mi palabra, jamás verá la muerte». «Probar la muerte» significa lo mismo que «verla», y la muerte puede describirse como dolorosa para todos los sentidos, porque los destruye por completo. Pero su argumento se basaba en dos errores. Primero, entendieron que Cristo se refería a quedar libres de la muerte en este mundo, y eso no era lo que quería decir. En el sentido de Cristo, no era correcto afirmar que Abraham y los profetas estaban muertos, porque Dios sigue siendo el Dios de Abraham y de los santos profetas (Apocalipsis 22:6). Dios no es Dios de muertos, sino de vivos; por eso Abraham y los profetas siguen vivos y, en el sentido de Cristo, no habían visto ni probado la muerte. Segundo, supusieron que nadie podía ser superior a Abraham y a los profetas. Sin embargo, debieron saber que el Mesías sería superior a todos ellos. Ellos hicieron grandes cosas, pero Cristo los superó a todos, y aun la grandeza de ellos provenía de él. El honor de Abraham consistía en ser el padre del Mesías, y el honor de los profetas, en anunciarlo de antemano. Por tanto, Cristo ciertamente tenía un nombre mucho más grande que el de ellos. En vez de concluir por su afirmación que tenía un demonio, debieron concluir, al ver las obras que hacía —obras que Abraham y los profetas nunca hicieron—, que él era el Cristo. Pero tenían los ojos cegados.
Le preguntaron con desprecio: «¿Quién crees que eres?», como si Jesús actuara con orgullo y presumiera de sí mismo. En realidad, estaba muy lejos de hacerse más grande de lo que era. Estaba ocultando su propia gloria, despojándose de sus privilegios, humillándose y dando el mayor ejemplo de humildad que jamás se haya visto.
La respuesta de Cristo a la queja de ellos es paciente y cuidadosa. Sigue razonando con ellos para que toda boca quede cerrada. Podría haberlos silenciado o haberlos hecho morir de inmediato, pero ese era el tiempo de su paciencia. En su respuesta, no se apoya en su propio testimonio acerca de sí mismo, porque deja claro que eso, por sí solo, no sería suficiente. Si yo me honro a mí mismo, mi honor no significa nada. Si yo me glorifico a mí mismo, eso no demuestra nada.
El honor que una persona se da a sí misma no es un honor verdadero, y la búsqueda de gloria termina por hacerla perder. Ese honor fabricado por uno mismo es una farsa, una idea vacía; las Escrituras lo llaman vanagloria, porque no tiene nada perdurable (Proverbios 25:27). Quienes se admiran a sí mismos se engañan. Nuestro Señor Jesús no trataba de honrarse a sí mismo, como afirmaban sus enemigos. Fue coronado por aquel que es la verdadera fuente del honor; no se nombró a sí mismo sumo sacerdote, sino que Dios lo designó para ese cargo (Hebreos 5:4, 5).
Entonces Jesús dirige la atención a su Padre, Dios, y al padre de ellos, Abraham. Dice: «Es mi Padre quien me honra». Con esto quiere decir, en primer lugar, que todo el honor que reclamaba provenía de su Padre. El Padre les había mandado creer en Jesús, seguirlo y guardar su palabra, y todo eso mostraba el honor que le había concedido. El Padre le había dado poder, lo había llenado de toda plenitud, lo había santificado, lo había sellado y lo había enviado al mundo para recibir el honor que corresponde al Mesías. Por eso Jesús tenía pleno derecho de hacer esas afirmaciones.
También quiere decir que dependía de su Padre para recibir todo el honor que aún le esperaba. No buscaba los elogios de quienes lo rodeaban, porque esperaba la gloria que el Padre le había prometido, la misma que había tenido con el Padre antes de que existiera el mundo. Su propósito era recibir el honor que el Padre le daría, el nombre que el Padre le concedería y la exaltación descrita en Filipenses 2:8-9. Cristo, y todos los que le pertenecen, dependen de Dios para recibir su honor. Quien está seguro de tener honor delante de aquellos que realmente lo conocen no necesita la aprobación de quienes todavía no lo reconocen.
Jesús sigue apelando al testimonio de su Padre, aunque los judíos no lo aceptaban. Esto le permite explicar por qué no creían, a pesar de ese testimonio. La razón era que no conocían a Dios. Es como si les dijera: «¿Por qué hablarles de que mi Padre me honra, si ustedes no saben nada de él? Dicen que es su Dios, pero no lo conocen».
Ellos afirmaban tener una relación especial con Dios. Decían que él era su Dios, el Dios que habían escogido, y que ellos eran Israel; pero no todos los que pertenecen a Israel por nombre son verdaderamente parte de él (Romanos 9:6). Muchos afirman que Dios es suyo, pero no tienen un verdadero derecho a decirlo. Los judíos hablaban como si el Señor fuera su Dios, pero habían profanado la gloria de Jacob y confiaban en palabras falsas. No sirve de nada decir: «Él es nuestro Dios», si no somos verdaderamente su pueblo ni le pertenecemos con sinceridad. Cristo menciona esa afirmación porque hacía aún más grave su incredulidad. Toda persona honra a quienes su Dios honra, pero estos judíos, que decían que el Señor era su Dios, se esforzaban por avergonzar a aquel a quien su Dios había honrado. La confesión de una relación de pacto con Dios, si no la vivimos, terminará siendo usada en nuestra contra.
Jesús también deja al descubierto la ignorancia que ellos tenían de Dios, a pesar de lo que afirmaban: «Sin embargo, ustedes no lo conocen». Esto puede significar, en primer lugar, que no lo conocían en absoluto. Los fariseos estaban tan ocupados con sus tradiciones sobre asuntos pequeños e inútiles que habían ignorado el conocimiento más importante. O puede significar, en segundo lugar, que no lo conocían correctamente, lo cual es casi tan grave como no conocerlo en absoluto. Una persona puede argumentar con mucha habilidad acerca de Dios y, aun así, pensar en él como si fuera igual a ella. Puede conocer el nombre de Dios y no saber nada de su verdadero carácter.
Muchas personas afirman tener una relación cercana con Dios, pero en realidad no tienen amistad con él. Solo saben usar su nombre al hablar y discutir, pero no conocen su naturaleza, sus cualidades ni la manera en que trata a sus criaturas. Eso es vergonzoso (1 Corintios 15:34). Multitudes se consuelan y se engañan con un simple título que afirma que pertenecen a un Dios desconocido. Cristo acusa de esto a los judíos para mostrar cuán vacía era su afirmación. Ellos decían que Dios era suyo, pero su propia ignorancia demostraba que no era así. Una persona queda completamente expuesta como impostora cuando no sabe nada de aquellos a quienes afirma ser leal.
Esto también explica por qué la enseñanza y los milagros de Cristo no los conmovieron. Como no conocían a Dios, no reconocieron su imagen ni escucharon su voz en Cristo. La razón por la que las personas no reciben el evangelio de Cristo es que no conocen a Dios. No se someten a la justicia de Cristo porque ignoran la justicia de Dios (Romanos 10:3). Los que no conocen a Dios ni obedecen el evangelio de Cristo aparecen juntos en el juicio (2 Tesalonicenses 1:8).
Entonces Jesús da la razón por la que está tan seguro de que el Padre lo honrará y reconocerá como suyo: «Pero yo sí lo conozco». Lo repite: «Yo lo conozco», para mostrar no solo una relación cercana, como la de quien ha estado en la presencia del Padre, sino también plena confianza en que el Padre lo apoyaría y estaría con él en todo lo que hacía. Esto coincide con la profecía acerca de él: «Yo sé que no seré avergonzado, porque está cerca el que me vindica» (Isaías 50:7, 8). Es como cuando Pablo dice: «Yo sé en quién he creído» (2 Timoteo 1:12). Jesús sabía que el Padre era fiel, poderoso y estaba completamente comprometido con la causa que él sabía que pertenecía a Dios.
Jesús dice esto con absoluta confianza, sin nada que ocultar ni de qué avergonzarse: «Si dijera que no lo conozco, sería un mentiroso como ustedes». No negaría su relación con Dios solo para complacer a los judíos, escapar de sus insultos o evitar más problemas. Tampoco se retractaría de lo que había dicho ni admitiría que se había equivocado o que había engañado a alguien. Si lo hiciera, estaría dando falso testimonio contra Dios y contra sí mismo. Quienes niegan su fe y su relación con Dios son mentirosos, tanto como los hipócritas que aparentan conocerlo, pero no lo conocen.
Luego Jesús demuestra que conoce al Padre: «Yo lo conozco y cumplo su palabra». Como ser humano, Cristo obedeció la ley moral, la ley que muestra cómo debemos vivir. Como Redentor, el que salva, también obedeció la ley que correspondía a su obra mediadora, es decir, el deber que le había sido dado como el intermediario designado entre Dios y las personas. De ambas maneras cumplió la palabra de su Padre, y también cumplió su propia palabra, que había recibido del Padre. Jesús nos llama a guardar sus palabras (Juan 8:51) y nos ha dejado el ejemplo perfecto de una obediencia sin defecto. Él guardó las palabras de su Padre; por eso era apropiado que quien aprendió la obediencia también la enseñara (Hebreos 5:8, 9). Así demostró Cristo que verdaderamente conocía al Padre. La mejor prueba de que conocemos a Dios es que lo obedecemos.
Solo quienes guardan la palabra de Dios lo conocen verdaderamente; esta verdad ya está establecida (1 Juan 2:3). Sabemos que lo conocemos, y no solo lo imaginamos, si guardamos sus mandamientos. Entonces Cristo vuelve a dirigir la atención de ellos hacia su padre, aquel a quien orgullosamente afirmaban tener como propio: Abraham. Con eso termina la discusión.
Cristo dice que Abraham esperaba con alegría su día y lo honró: «Abraham se alegró al pensar que vería mi día; lo vio y se alegró» (Juan 8:56). Con esto Jesús demuestra que no estaba equivocado al hablar de sí mismo como superior a Abraham. Abraham tuvo dos maneras de relacionarse con el Mesías prometido. Primero, deseaba intensamente ver su día y lo esperaba con entusiasmo. La palabra usada aquí significa algo más que una alegría común, porque el versículo añade: «Lo vio y se alegró». Transmite la idea de que Abraham se esforzaba por alcanzarlo, como Zaqueo, que corrió adelante y se subió a un árbol para ver a Jesús.
Los informes que Abraham recibió acerca del Mesías venidero despertaron en él una expectativa profunda, y quería saber más. Incluso una pequeña señal de algo importante lleva a las personas a preguntar quién, qué, dónde, cuándo y cómo. Así también los profetas del Antiguo Testamento, aunque solo tenían una idea general de la gracia que vendría, la investigaron cuidadosamente (1 Pedro 1:10). Abraham estaba igual de ansioso por conocer más. Dios le habló de la tierra que daría a sus descendientes y del honor y las riquezas que había planeado para ellos (Génesis 15:14), pero Abraham no anhelaba esas cosas como anhelaba el día del Hijo del hombre. No podía permanecer indiferente ante la simiente prometida como sí podía hacerlo ante la tierra prometida.
Esto nos enseña que cualquiera que realmente conozca algo de Cristo deseará conocerlo más. Quienes alcanzan a ver los primeros rayos del Sol de justicia querrán contemplar su resplandor completo. El misterio de la redención es algo que hasta los ángeles desean mirar de cerca, y nosotros deberíamos desearlo aún más, porque nos concierne íntimamente. Abraham quería ver el día de Cristo, aunque todavía estaba muy lejos. Pero aquella generación incrédula no reconoció su día ni lo recibió cuando llegó. Los corazones llenos de gracia aman y anhelan la aparición de Cristo, mientras que los corazones mundanos la temen y la aborrecen.
En segundo lugar, Abraham se alegró profundamente por lo que alcanzó a ver del día de Cristo: «Lo vio y se alegró». Dios respondió al deseo santo de Abraham. Él anhelaba ver el día de Cristo, y lo vio. No lo contempló de manera tan completa y clara como nosotros lo hacemos bajo el evangelio, pero sí alcanzó a ver algo de ese día, y con el tiempo vio más de lo que había visto al principio. Al que tiene, se le dará más; y a quien pide y utiliza lo que tiene, Dios le dará un conocimiento mayor de Cristo.
¿Cómo vio Abraham el día de Cristo? Algunos entienden que se trató de una visión que recibió en el mundo venidero. Cuando su alma fue liberada del cuerpo, Abraham contempló en el cielo los misterios del reino de Dios. Calvino menciona esta interpretación y no se opone firmemente a ella. El anhelo de las almas piadosas por Jesucristo quedará plenamente satisfecho en el cielo, y no antes. Sin embargo, lo más común es entender que Abraham vio algo del día de Cristo durante su vida. Los que no recibieron las promesas las vieron de lejos (Hebreos 11:13). Balaam vio a Cristo, pero no en aquel momento ni de cerca.
Es posible que Abraham haya tenido alguna visión privada de Cristo y de su día para su propio consuelo, aunque no haya quedado registrada, así como la visión de Daniel debía permanecer cerrada y sellada hasta el tiempo del fin (Daniel 12:4). Cristo sabía mejor que Moisés lo que Abraham había visto. Aun así, las Escrituras registran varios momentos en los que Abraham vio más acerca del día venidero que cuando recibió por primera vez la promesa. Vio en Melquisedec, un sacerdote hecho semejante al Hijo de Dios, una imagen del sacerdote eterno. Vio al Señor aparecer junto con dos ángeles en las llanuras de Mamre. Al interceder con éxito por Sodoma, vio un modelo de la intercesión de Cristo.
Cuando Ismael fue expulsado y el pacto fue confirmado por medio de Isaac, vio una figura del día del evangelio, que es el día de Cristo, porque esos acontecimientos eran una alegoría. Al ofrecer a Isaac y recibir luego el carnero en su lugar, vio una doble imagen del gran sacrificio. Incluso el nombre que dio a aquel lugar, Jehová proveerá, o se verá, sugiere que allí vio más de lo que otros pudieron ver. Y cuando hizo que su siervo pusiera la mano debajo de su muslo al prestar juramento, estaba pensando en el Mesías.
Abraham recibió con alegría estas revelaciones acerca del día de Cristo. Vio y se alegró. Se alegró por el favor de Dios hacia él y por la misericordia que Dios estaba reservando para el mundo. Esto incluso puede referirse a la risa de Abraham cuando Dios le prometió un hijo por medio de Sara (Génesis 17:16, 17). No fue la risa de duda de Sara, sino una expresión de alegría. En esa promesa, Abraham vio el día de Cristo, y esto lo llenó de un gozo indescriptible. Por eso abrazó las promesas. Contemplar con fe a Cristo y su día trae alegría al corazón. No existe un gozo comparable al gozo de la fe. No conocemos el verdadero placer hasta que conocemos a Cristo.
Los judíos se opusieron a esto y se burlaron de Jesús (Juan 8:57). Le dijeron: «Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?». Supusieron que, si Abraham había visto a Cristo y su día, entonces Cristo también debía haber visto a Abraham de la misma manera. Pero eso no era necesariamente lo que Jesús quiso decir, aunque sus palabras sí les permitieron tergiversarlas en su contra. Aun así, era verdad que Cristo había visto a Abraham y había hablado con él como habla un hombre con su amigo. También les parecía ridículo que Jesús afirmara haber visto a Abraham, quien había muerto muchos siglos antes. Ellos pensaban solamente en términos físicos, mientras que Cristo hablaba de realidades espirituales.
Esto les dio otra oportunidad para burlarse de su juventud, como si fuera demasiado joven para saber algo. «Aún no tienes cincuenta años», dijeron. Bien podrían haber dicho cuarenta, porque Jesús tenía apenas unos treinta y dos o treinta y tres años. Ireneo, uno de los primeros padres de la iglesia, usó este versículo para apoyar una tradición que, según decía, había escuchado de personas que conocían a Juan: que Jesús vivió hasta los cincuenta años. Esto demuestra cuánta cautela se debe tener con las tradiciones. En este caso, los judíos hablaban de manera imprecisa. Escogieron una edad que estuviera claramente por encima de la edad de Jesús, pues no aparentaba tener cuarenta años, pero estaban seguros de que no podía tener cincuenta, mucho menos haber vivido antes que Abraham.
A menudo se consideraba que la vejez comenzaba a los cincuenta años (Núm. 4:47), así que su burla probablemente significaba: «Todavía ni siquiera eres un hombre anciano. Muchos de nosotros somos mucho mayores y nunca hemos afirmado haber visto a Abraham». Algunos piensan que el rostro de Jesús había cambiado tanto por el sufrimiento y la vigilia que aparentaba tener unos cincuenta años. En ese caso, su apariencia habría correspondido a la profecía: «Su apariencia estaba tan desfigurada» (Isa. 52:14).
Jesús respondió a este insulto con una afirmación solemne que se remontaba a un tiempo anterior al propio Abraham (Juan 8:58). Dijo: «En verdad, en verdad les digo», hablando no solo a sus discípulos, que estarían de acuerdo con él, sino también a sus enemigos, frente a frente. «Antes que Abraham existiera, yo soy». El cambio en las palabras es importante: Abraham llegó a existir, pero Cristo sencillamente dice: «Yo soy».
Esto presenta a Abraham como una criatura y a Cristo como el Creador. Jesús existía antes que Abraham de dos maneras. Primero, como Dios, «Yo soy» es el nombre de Dios (Éx. 3:14). Habla de su existencia por sí mismo, de su vida inmutable y de su ser eterno, como el primero y el último (Apoc. 1:8). Por eso existía antes que Abraham y antes que todos los mundos (Juan 1:1; Prov. 8:23).
Segundo, como Mediador —es decir, aquel escogido para unir a Dios con las personas—, él era el Mesías prometido mucho antes de Abraham. Era el Cordero sacrificado desde la creación del mundo (Apoc. 13:8), el medio que Dios siempre ha usado para dar luz, vida y amor a la humanidad. Esto también significa que Cristo es verdaderamente divino y que permanece inmutable en sí mismo desde la eternidad (Heb. 13:8). Él fue hecho para todos los creyentes sabiduría, justicia, santificación y redención, desde Adán en adelante, incluyendo a Abel, Enoc, Noé, Sem y todos los patriarcas que vivieron y murieron por fe antes de que Abraham naciera.
Abraham era la raíz de la nación judía, la roca de la cual habían sido cortados. Por lo tanto, si Cristo existía antes que Abraham, su enseñanza y su religión no eran una invención nueva. En su esencia, existían antes del judaísmo y debían ocupar el primer lugar.
Esa gran declaración puso fin al argumento de inmediato. Ellos no soportaban escuchar más, y Jesús ya había dicho suficiente para respaldar todas sus afirmaciones. Uno esperaría que un discurso tan lleno de gracia y gloria los hubiera convencido, pero su profundo prejuicio contra la enseñanza santa y espiritual de Cristo —que se oponía a su orgullo y a su amor por las cosas mundanas— frustró todo esfuerzo por convencerlos. Entonces se cumplió la profecía de que, cuando el mensajero del pacto viniera a su templo, ellos no soportarían el día de su llegada, porque él sería como fuego de fundidor (Mal. 3:1-2).
Se enfurecieron por lo que Jesús dijo y tomaron piedras para arrojárselas (Juan 8:59). Tal vez pensaron que había blasfemado, y ciertamente la ley establecía que los blasfemos debían ser apedreados (Lev. 24:16). Pero primero era necesario que una persona fuera juzgada legalmente y declarada culpable. La justicia y el orden desaparecen cuando cualquiera se atribuye el derecho de castigar por su propia cuenta. Ellos acababan de decir que Jesús estaba fuera de sí, y, si eso hubiera sido cierto, habría estado mal tratarlo como un criminal por sus palabras.
Tomaron piedras. El doctor Lightfoot dice que quizá había piedras disponibles en el templo porque unos trabajadores lo estaban reparando o ampliando, y los pedazos desprendidos estaban a la mano para ese propósito. Esto muestra el poder desesperado que el pecado y Satanás ejercen sobre quienes se niegan a obedecer. ¿Quién habría pensado que una rebelión tan abierta pudiera levantarse contra alguien que había demostrado claramente ser el Hijo de Dios? De esa manera, cada persona todavía tiene una piedra lista para arrojar contra la santa religión de Cristo (Hech. 28:22).
Entonces Jesús escapó de sus manos. Primero, se escondió. El texto dice que quedó oculto, ya fuera por la multitud de personas que le tenían aprecio y lo protegieron, o quizá porque se escondió detrás de las paredes o las columnas del templo. También pudo haber sido por poder divino, como si hubiera puesto una neblina delante de sus ojos y se hubiera vuelto invisible para ellos. Cuando los malvados se levantan, un hombre bueno y prudente puede ser escondido (Prov. 28:12, 28). Cristo no tenía miedo ni vergüenza de lo que había dicho, pero su hora todavía no había llegado. También mostraría mediante su propio ejemplo que sus seguidores pueden huir en tiempos de persecución cuando están llamados a hacerlo. El Señor escondió a Jeremías y a Baruc (Jer. 36:26).
En segundo lugar, se fue. Salió del templo, pasó en medio de ellos y no lo reconocieron. No fue una huida cobarde ni una señal de culpa o temor. Se había profetizado que no fallaría ni se desanimaría (Isa. 42:4). Esto mostró su poder sobre sus enemigos, pues ellos no podían hacer nada más allá de lo que él permitiera. Más adelante, cuando fue arrestado, se entregó voluntariamente (Juan 10:18). Ellos creían tenerlo atrapado, pero él caminó en medio de ellos, ya fuera porque sus ojos estaban cegados o porque sus manos fueron impedidas, y los dejó frustrados, como un león que ha perdido a su presa.
También mostró su cuidado sabio por su propia seguridad, pues su obra todavía no había terminado y su testimonio aún no estaba completo. Con esto estableció un ejemplo conforme a su propia instrucción: cuando las personas nos persiguen en una ciudad, debemos huir a otra. Si fuera necesario, incluso a un desierto, como lo hizo Elías (1 Rey. 19:3-4) y como lo hizo la mujer, que representa a la iglesia, en Apocalipsis 12:6. Jesús podría haber hecho que las mismas piedras clamaran contra ellos o que la tierra se abriera y los tragara. En cambio, eligió actuar de una manera que sus seguidores pudieran imitar sin necesidad de un milagro.
También fue una partida justa de parte de aquellos que, peor que los gadarenos, lo habían expulsado de entre ellos. Cristo no permanece mucho tiempo con quienes le dicen que se vaya. Después de esto sí volvió a visitar el templo, como alguien que no quería dejarlo, pero finalmente lo abandonó para siempre y lo dejó desolado. Pasó en medio de los judíos, y ninguno le rogó que se quedara ni siquiera extendió la mano para detenerlo. Dios nunca abandona a nadie sin que antes esa persona lo haya expulsado y rechazado. Calvino señala que, cuando estos principales sacerdotes expulsaron a Cristo del templo, afirmaban orgullosamente que todavía lo poseían. Pero, dice él, están muy equivocados quienes se jactan de tener una iglesia o un templo que Cristo ya ha dejado.
Cuando Cristo se fue de ellos, pasó en silencio y sin ser notado, de modo que no se dieron cuenta de que se había ido. Esto muestra que la partida de Cristo de una iglesia o de un alma en particular a menudo permanece oculta y no se percibe de inmediato. El reino de Dios no llega con una demostración externa, y con frecuencia tampoco se va de esa manera. Véase Jueces 16:20. Sansón no sabía que el Señor lo había abandonado. Lo mismo ocurrió con aquellos judíos abandonados: Dios se había apartado de ellos, y ni siquiera notaron su ausencia.
De este capítulo
Juan 8:1
"Pero Jesús fue al Monte de los Olivos,"
Juan 8:2
"y al día siguiente, al amanecer, regresó al templo. La gente se acercó a él, y él se sentó y comenzó a enseñarles."
Juan 8:3
"Entonces los maestros de la ley y los fariseos llevaron a una mujer a quien habían sorprendido cometiendo adulterio. La pusieron en medio de todos los presentes,"
Juan 8:4
"y le dijeron a Jesús: —Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de cometer adulterio."
Juan 8:5
"En la ley, Moisés nos ordenó que se matara a pedradas a esta clase de mujeres. ¿Tú qué dices?"
Juan 8:6
"Le preguntaron esto para ponerlo a prueba y tener así de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y comenzó a escribir en la tierra con el dedo."
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