Versículo destacado

Juan 8:48 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Entonces los judíos le dijeron: —Tenemos razón cuando decimos que eres un samaritano y que tienes un demonio. "

Juan 8:48

menu_book El versículo en contexto

46 ¿Quién de ustedes puede demostrar que yo tengo algún pecado? Y si digo la verdad, ¿por qué no me creen?

47 El que es de Dios escucha las palabras de Dios; pero como ustedes no son de Dios, no quieren escuchar.

48 Entonces los judíos le dijeron: —Tenemos razón cuando decimos que eres un samaritano y que tienes un demonio.

49 Jesús les respondió: —No tengo ningún demonio. Lo que hago es honrar a mi Padre; en cambio, ustedes me deshonran.

50 Yo no busco mi gloria; hay alguien que la busca, y él es quien juzga.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos cómo la malicia del infierno se desató en las duras palabras que los judíos incrédulos, probablemente los escribas y fariseos, pronunciaron contra nuestro Señor Jesucristo. Hasta ese momento, solo habían discutido contra su enseñanza y hecho comentarios amargos acerca de ella. Pero cuando se vieron confrontados con su incredulidad obstinada, abandonaron todo límite y lo atacaron directamente: «¿No decimos con razón que eres samaritano y tienes un demonio?» (Juan 8:48).

Observemos qué clase de insulto era este. Llamar samaritano a Jesús equivalía a decir que era enemigo de su pueblo y de su religión, alguien a quien despreciaban y cuya presencia no podían soportar. En aquella cultura, difícilmente podían haber usado un nombre que hiciera parecer peor a una persona. A menudo lo habían llamado galileo, intentando presentarlo como alguien de condición baja y común; pero ahora añadieron otro insulto, aunque este contradijera al anterior. Esto muestra cómo, en cada época, la gente intenta hacer que las personas buenas sean odiadas al atribuirles una reputación deshonrosa. Una multitud puede dejarse agitar con facilidad cuando se etiqueta negativamente a alguien.

Cuando dijeron que tenía un demonio, podían referirse a que trabajaba junto con el diablo o, más probablemente, a que estaba poseído y fuera de sí. En otras palabras, afirmaban que sus palabras no eran más dignas de confianza que las divagaciones de un loco. De esa manera, la verdad divina que Dios comunica muchas veces ha sido difamada como simple entusiasmo, es decir, como un frenesí religioso descontrolado. Sin embargo, la verdadera inspiración divina no es un frenesí. «La sabiduría se demuestra por sus frutos», es decir, por las personas que verdaderamente le pertenecen.

Consideremos también la dureza de ellos. Dijeron: «¿No decimos con razón esto de ti?». Uno pensaría que la poderosa enseñanza de Cristo los habría corregido, pero en vez de eso los endureció aún más. Incluso se enorgullecieron de su odio contra él, como si hubieran dicho algo sabio cuando hablaron de la manera más malvada. El pecado alcanza un nivel terrible cuando las personas defienden abiertamente aquello de lo que deberían avergonzarse y repiten lo que deberían retractar. Hablar y actuar mal ya es grave, pero aferrarse a ello es aún peor.

Ahora vemos la mansedumbre y la misericordia del cielo resplandecer en la respuesta de Cristo (Juan 8:49-50). Primero negó la acusación: «Yo no tengo un demonio». El insulto era falso. Él no estaba controlado por un demonio ni aliado con uno, y sus obras contra el reino de Satanás lo demostraban. No dijo nada acerca de que lo llamaran samaritano, porque eso era un insulto personal que no merecía respuesta. Pero la acusación acerca de un demonio atacaba su misión, por lo que respondió directamente. Agustín sugirió que, al no responder al insulto de samaritano, Jesús demostraba ser en realidad el buen samaritano de la parábola (Lucas 10:33).

Luego defendió la sinceridad de su vida: «Yo honro a mi Padre». Ellos habían insinuado que se estaba atribuyendo honor a sí mismo y tomando una gloria que pertenecía únicamente a Dios. Él negó esa acusación al declarar que su propósito era honrar al Padre, y solo al Padre. Esto también demostraba que no tenía un demonio, porque un demonio no llevaría a una persona a honrar a Dios. Quienes pueden decir sinceramente que tienen como preocupación constante honrar a Dios cuentan con una firme protección frente a las críticas y las burlas humanas.

Cristo también señaló el mal que ellos le estaban haciendo: «Ustedes me deshonran». Como hombre, sintió profundamente la vergüenza y el insulto. El desprecio era como una espada clavada en sus huesos, pero lo soportó por nuestra salvación. Dios quiere que todos honren al Hijo, pero muchos todavía lo deshonran. Existe un conflicto profundo entre la mente pecaminosa y la voluntad de Dios. Cristo honró a su Padre como nadie lo había hecho jamás, y aun así fue deshonrado como nadie más lo ha sido. Dios ha prometido honrar a quienes lo honran, pero no ha prometido que las personas los honrarán.

Finalmente, se libró de toda acusación de vanagloria, es decir, de orgullo egoísta, al hablar de esa manera sobre sí mismo (Juan 8:50). Dijo: «Yo no busco mi propia gloria». No intentaba ganarse los elogios de la gente ni obtener poder en el mundo. No buscaba una gloria separada de su Padre ni tenía un interés privado distinto de la voluntad del Padre. Buscar la propia gloria no es verdadera gloria, sino vergüenza. Cristo dijo esto para explicar por qué los insultos no lo conmovían: «Ustedes me deshonran, pero no pueden perturbarme, porque yo no estoy buscando mi propio honor».

Añadió consuelo en medio de esa deshonra: «Hay quien busca y juzga». Cristo no buscaba la aprobación de la gente y podía dejar ese asunto en las manos de Dios. Dios protegerá el honor de quienes no intentan asegurarlo por sí mismos, porque la humildad precede al honor.

Él no intentó vengarse cuando lo insultaron. No se dejó dominar por sus abusos. En ese sentido, pudo decir: «Hay quien juzga», dando a entender que Dios defendería su honor y trataría severamente a quienes lo deshonraban.

También puede estar señalando los juicios que vendrían sobre la nación judía por la manera en que trataron al Señor Jesús. Véase (Salmo 37:13-15). «Yo no respondí, porque ustedes tendrán que responder». Si intentamos juzgarnos y defendernos por nuestra propia cuenta, cualquier pérdida que suframos quedará en nuestras propias manos. Pero si permanecemos humildes, apelamos a Dios y esperamos con paciencia, encontraremos gran consuelo en esta verdad: hay quien juzga.

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