Versículo destacado

Juan 8:31 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Jesús les dijo a los judíos que habían creído en él: —Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; "

Juan 8:31

menu_book El versículo en contexto

29 Porque el que me ha enviado está conmigo; mi Padre no me ha dejado solo, porque yo siempre hago lo que le agrada.

30 Cuando Jesús dijo esto, muchos creyeron en él.

31 Jesús les dijo a los judíos que habían creído en él: —Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos;

32 conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.

33 Ellos le respondieron: —Nosotros somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie; ¿cómo dices tú que seremos libres?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos encontramos una verdad consoladora acerca de la libertad espiritual de los discípulos de Cristo. Jesús vio que su enseñanza ya estaba arraigándose en algunos de sus oyentes, así que dejó a los fariseos orgullosos para hablarles a los creyentes más débiles. Después de advertir a quienes estaban endurecidos en su incredulidad, les dio consuelo a estos pocos judíos que habían creído en él. Esto muestra cuán bondadosamente el Señor Jesús se fija en quienes tiemblan ante su palabra y están dispuestos a recibirla. Él no ignora a quienes se acercan a él, aun cuando su fe todavía sea débil.

Jesús también cuida los primeros comienzos de la gracia. Estos judíos habían creído, pero aún eran inmaduros, y él no los rechazó por esa razón. Él toma a los corderos en sus brazos. Cuando la fe apenas comienza, él le proporciona lo que necesita para que no muera al nacer. El cuidado de Cristo por los nuevos creyentes es paciente, tierno y lleno de misericordia.

Jesús da una señal clara del verdadero discípulo: «Si permanecen en mi palabra, verdaderamente son mis discípulos». Cuando estas personas creyeron en él como el gran profeta, se entregaron para ser sus discípulos. Pero al entrar en su escuela, él les presentó esta regla: solo quienes permanecen en su palabra son verdaderamente sus discípulos. Muchas personas afirman ser discípulos de Cristo, pero su profesión de fe solo existe de nombre. Quienes son débiles en la fe todavía necesitan asegurarse de que están firmes en ella.

Cualquiera que espere ser discípulo de Cristo debe saberlo desde el principio: no basta con acercarse por un tiempo y después alejarse. No debemos venir a él pensando retirarnos más adelante. Los niños asisten a la escuela durante algunos años, y los aprendices sirven por un tiempo determinado, pero los discípulos de Cristo están dispuestos a pertenecerle durante toda la vida. Quienes verdaderamente son suyos permanecen en su palabra, se aferran a ella en todos sus aspectos y siguen siendo fieles hasta el final. Permanecer en su palabra significa habitar en ella, como una persona habita en su hogar, encontrando allí descanso, refugio y consuelo.

Cristo también da una promesa preciosa a quienes permanecen en su palabra: conocerán la verdad. Esto significa que conocerán toda la verdad que les sea útil y necesaria, y estarán más firmemente establecidos en ella. Incluso los verdaderos creyentes suelen permanecer en la oscuridad acerca de muchas cosas que deberían conocer. Los hijos de Dios todavía son hijos, y entienden y hablan como niños. Si no necesitáramos enseñanza, no necesitaríamos ser discípulos.

Sin embargo, es un gran privilegio conocer la verdad: saber qué debemos creer, cómo se relacionan entre sí las verdades de la Escritura y qué fundamentos las sostienen. Cristo promete que sus discípulos recibirán una buena enseñanza. También dice: «La verdad los hará libres». La verdad que él enseña tiende a hacer libres a las personas. La justificación, es decir, ser considerados justos delante de Dios, nos libera de la culpa del pecado. La santificación, es decir, ser hechos santos, nos libera de la esclavitud de la corrupción. La verdad del evangelio también nos libera de la ley ceremonial y de las cargas más pesadas que los ancianos habían añadido.

Esta verdad nos libera de los enemigos espirituales, nos hace libres para servir a Dios y nos concede los derechos de sus hijos. También nos hace libres de una manera más profunda, porque conocer, recibir y creer esta verdad libera la mente de los prejuicios, los errores y las ideas falsas. Nada ata el alma con más fuerza que esos engaños. La verdad también nos libera del dominio de los deseos y las pasiones pecaminosas, y devuelve el alma al gobierno correcto de su Creador. La mente se ensancha por medio de la verdad de Cristo, se eleva por encima de las cosas meramente terrenales y recibe mayor capacidad y fortaleza para actuar. Nadie actúa con una libertad más verdadera que quien actúa bajo el mandato de Dios.

Los enemigos del cristianismo hablan con frecuencia del pensamiento libre, pero la verdad es otra. Los pensamientos más libres son los que están guiados por la fe. La persona verdaderamente libre de mente es aquella cuyos pensamientos han sido llevados a la obediencia a Cristo.

Los judíos que pensaban solo en términos terrenales se ofendieron por esta enseñanza. Aunque traía buenas noticias de libertad para los cautivos, argumentaron contra ella. A los fariseos les molestó esta palabra consoladora dirigida a quienes habían creído, porque parecía señalar que la multitud incrédula todavía estaba en esclavitud. Respondieron con orgullo y envidia: «Somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo puedes decir: “Serán hechos libres”?». Les molestaba la insinuación de que la nación judía estuviera bajo alguna forma de esclavitud y de que todos los que no creían en Cristo permanecieran en ella. Los privilegios de los creyentes suelen convertirse en motivo de envidia y conflicto para los incrédulos.

Los judíos objetaron las palabras de Cristo apelando a su linaje familiar. Cuando Jesús dijo que necesitaban ser hechos libres, respondieron: «Somos descendientes de Abraham», como si eso resolviera todo. Pensaban que Abraham era un hombre grande y que, por ser sus descendientes, no podían ser tratados como esclavos. Las personas suelen hacer algo parecido cuando su familia o su nación está perdiendo prestigio: toman prestado el honor de sus antepasados mientras viven de una manera que les causa vergüenza.

Pero Abraham no era solo un antepasado famoso; estaba en pacto con Dios. Es decir, Dios se había comprometido con él y con su descendencia mediante una promesa. Los judíos pensaban que ese pacto les daba una posición libre y favorecida, incompatible con la esclavitud. Por eso imaginaban que no necesitaban la libertad que Cristo ofrecía, ya que habían nacido libres. Este es un error común entre quienes tienen padres piadosos y una formación religiosa: confían en ese privilegio en lugar de buscar una verdadera santidad.

También dijeron: «Nunca hemos sido esclavos de nadie». Eso era claramente falso. La familia de Abraham había sido esclava en Egipto, había sido oprimida con frecuencia por las naciones vecinas, había sido llevada cautiva a Babilonia durante setenta años y, en ese mismo momento, estaba bajo el dominio romano. Aun así, dijeron esto para discutir con Cristo, aunque sus palabras solo podían provocar problemas tanto con los judíos como con los romanos.

Su respuesta era insensata porque Cristo hablaba de libertad espiritual, no de libertad física. La verdad da luz a la mente y ensancha el alma al liberarla del error y del prejuicio. Pero ellos respondieron como si Cristo hubiera hablado únicamente de esclavitud civil. Los corazones dominados por lo terrenal solo perciben los problemas que afectan el cuerpo o el dinero; cuando se habla del pecado, de Satanás y del peligro eterno, esos asuntos les parecen extraños.

Entonces Cristo respondió a sus objeciones y explicó con mayor claridad lo que quería decir. Lo hizo con mansedumbre, sin echarles en cara su falsedad. Así deben tratar los ministros a quienes se les oponen: instruyéndolos con humildad, no con dureza. Cristo comenzó con una declaración solemne: «De cierto, de cierto les digo», para llamar su atención y exigir una aceptación plena de sus palabras.

Su verdad estaba destinada a todas las personas, aunque en esa ocasión se la dirigió a los judíos. «Todo el que practica el pecado es esclavo del pecado». Una vida de pecado es una vida de esclavitud. Cristo hablaba de la persona que escoge el pecado, le abre espacio, hace planes para cometerlo y persevera en él. No se refería a toda persona que cae en pecado ocasionalmente, porque nadie en la tierra vive sin pecar.

Cristo también muestra cómo se manifiesta esa esclavitud. La persona que vive en pecado es considerada culpable por causa del pecado, está bajo su poder y es gobernada por sus deseos. Sirve al pecado, trabaja para sus intereses y recibe su salario (Romanos 6:16). No es su propio amo, porque sus deseos desordenados le dan órdenes y ella los obedece.

Luego Cristo añade que estar en la casa de Dios no significa que una persona heredará las promesas de Dios. Un siervo puede vivir en la casa por un tiempo, pero no permanece allí para siempre. Un hijo pertenece permanentemente a la familia. Esto apunta primero al rechazo de la iglesia y la nación judías.

Israel había sido en otro tiempo el hijo de Dios, su primogénito. Pero tristemente había adoptado un espíritu semejante al de un siervo, esclavizado al mundo y a la carne. Por eso, aunque pensaban que su derecho de nacimiento los hacía estar seguros dentro de la iglesia, Cristo les dijo que, puesto que se habían hecho siervos, no permanecerían para siempre en la casa.

Esto también apunta a Jerusalén, que se opuso al evangelio de libertad de Cristo y se aferró al pacto del Sinaí, es decir, al pacto dado en el monte Sinaí, que después de cumplido su propósito condujo a la esclavitud. Por eso llegó a estar en esclavitud junto con sus hijos (Gálatas 4:24-25). De esta manera perdió su posición como pueblo del pacto de Dios, como si le hubieran quitado su documento de privilegios, y fue expulsada como el hijo de la esclava (Génesis 21:14). Crisóstomo explica este pasaje así: no piensen que pueden ser liberados del pecado mediante los ritos y las ceremonias de la ley de Moisés, porque Moisés era solo un siervo y no tenía en la iglesia la autoridad permanente que tiene el Hijo. Pero si el Hijo los hace libres, entonces serán verdaderamente libres (Juan 8:36).

Pero esta advertencia llega aún más lejos. Habla del rechazo de todos los que permanecen esclavizados al pecado y no reciben la adopción como hijos de Dios. Esos siervos inútiles pueden permanecer por un tiempo en la casa de Dios, como trabajadores contratados en una familia; pero llegará el día en que los hijos de la esclava y los hijos de la mujer libre serán separados. Solo los verdaderos creyentes, los hijos de la promesa y del pacto, son considerados libres, y permanecerán para siempre en la casa, como Isaac. Tendrán un lugar seguro en la obra de Dios en la tierra (Esdras 9:8) y hogares permanentes en el cielo (Juan 14:2).

Luego Cristo muestra el camino para salir de la esclavitud y entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Romanos 8:21). La condición de quienes sirven al pecado es triste, pero gracias a Dios, no es ni desamparada ni desesperada. Así como todos los hijos de una familia tienen el privilegio y el honor de permanecer para siempre en la casa, también el Hijo, el primogénito entre muchos hermanos y heredero de todas las cosas, tiene autoridad tanto para liberar esclavos como para adoptar hijos (Juan 8:36). Si el Hijo los hace libres, serán verdaderamente libres.

Jesucristo nos ofrece libertad en el evangelio, y tiene tanto la autoridad como el poder para concederla. Primero, libera a los prisioneros. Lo hace en la justificación, es decir, declara justos delante de Dios a los creyentes al hacer satisfacción por su culpa. La oferta del evangelio se basa en esto: llega a todos como un perdón condicionado, pero para los verdaderos creyentes, cuando creen, se convierte en un perdón real y completo. También paga las deudas por las cuales estábamos arrestados bajo la ley. Cristo, como nuestro fiador, o mejor dicho, nuestro garante, no estaba obligado con nosotros al principio; pero cuando no pudimos pagar, asumió nuestra responsabilidad.

Él arregla las cuentas con el acreedor, responde a las demandas de la justicia de manera más que suficiente, toma en sus propias manos el documento de la deuda y la sentencia, y se los devuelve cancelados a todos los que, por medio de la fe y el arrepentimiento, le entregan —por así decirlo— una garantía equivalente para proteger su honor. Entonces quedan libres. Quedan liberados para siempre de la deuda y de cada parte de ella; son absueltos, puestos en libertad y exonerados. Una liberación completa queda establecida contra toda reclamación. Pero quienes rechazan estas condiciones dejan esas garantías en las manos del Redentor, todavía plenamente vigentes.

En segundo lugar, Cristo tiene poder para rescatar a los esclavos, y lo hace en la santificación, es decir, en el proceso por el cual somos hechos santos. Mediante la enseñanza firme de su evangelio y la obra poderosa de su Espíritu, rompe el poder del pecado en el alma, reúne las fuerzas dispersas de la razón y la virtud, y fortalece el derecho de Dios contra el pecado y Satanás. De este modo, el alma llega a ser libre.

En tercer lugar, Cristo tiene poder para convertir a los extraños y extranjeros en ciudadanos, y lo hace en la adopción. Este es un acto adicional de gracia. No solo somos perdonados y sanados, sino también honrados y elevados a una nueva posición. Hay una carta de privilegios además de un perdón. Así, el Hijo nos hace ciudadanos libres del reino de sacerdotes, de la nación santa y de la nueva Jerusalén.

Aquellos a quienes Cristo hace libres son verdaderamente libres. La palabra usada aquí significa realmente, de verdad. No es la misma palabra que aparece en Juan 8:31 para referirse a los discípulos verdaderos, sino la palabra que significa «verdaderamente» o «realmente». Esto significa, en primer lugar, que la promesa es verdadera y segura. La libertad de la que los judíos se jactaban era solo imaginaria. Alababan un regalo falso. Pero la libertad que Cristo concede es segura, real y produce resultados verdaderos. Los siervos del pecado se prometen libertad a sí mismos y se imaginan libres cuando se sacuden las restricciones de la religión, pero se están engañando. Nadie es verdaderamente libre excepto aquellos a quienes Cristo hace libres.

También significa que esta libertad es de la más alta clase. Merece verdaderamente el nombre de libertad y, comparada con ella, cualquier otra libertad es poco más que esclavitud. Les trae gran honor y beneficio a quienes la reciben. Es una libertad gloriosa. Es la clase de realidad que verdaderamente existe, mientras que las cosas de este mundo son solo sombras, cosas que no permanecen.

Entonces Cristo aplica esto a los judíos incrédulos y quejosos, respondiendo a sus jactancias de ser descendientes de Abraham (Juan 8:37). En efecto, les dice: «Sé muy bien que ustedes son descendientes de Abraham». Reconoce lo que es cierto y no discute su afirmación para evitar una ira innecesaria. Quiere ayudarlos, no provocarlos, así que dice algo que puede ganárselos: «Sé que son descendientes de Abraham». Ellos se jactaban de descender de Abraham como algo que los hacía grandes y honorables. En realidad, eso solo hacía que su pecado fuera más grande y más grave. Con sus propias palabras, Cristo juzgará a los hipócritas orgullosos que presumen de su linaje y de su crianza: si son descendientes de Abraham, ¿por qué no caminan en la fe y la obediencia de Abraham?

Su conducta no correspondía al honor que afirmaban tener. Cristo dice: «Ustedes buscan matarme». Lo habían intentado muchas veces y ahora estaban planeando hacerlo de nuevo, como pronto quedó claro cuando tomaron piedras para lanzárselas (Juan 8:59). Cristo conoce no solo la maldad que las personas cometen, sino también la maldad que planean, desean e intentan hacer. Intentar matar a un hombre inocente es un crimen terrible, pero planear la muerte del Rey de reyes es una maldad que supera toda expresión sencilla.

¿Por qué personas que eran descendientes de Abraham estaban tan amargamente en contra de la Descendencia prometida de Abraham, aquel por medio de quien ellas y todas las familias de la tierra serían bendecidas? Jesús da la razón: «Mi palabra no tiene lugar en ustedes» (Juan 8:37). La antigua versión latina lo expresa así: no puede caber en ustedes.

«Mi palabra no se apodera de ustedes. No sienten gusto por ella ni tienen interés en ella. Otras cosas los atraen más y les agradan más». O bien: «No los conmueve. No tiene autoridad sobre ustedes ni deja ninguna impresión en ustedes». Algunos estudiosos lo interpretan de esta manera: «Mi palabra no entra en ustedes». Descendió como la lluvia, pero ellos eran como una roca, de modo que la lluvia se escurría en vez de empaparles el corazón, como la lluvia sobre un terreno arado. La versión siríaca dice: «Porque ustedes no aceptan mi palabra, no están convencidos de que sea verdadera ni disfrutan de su bondad».

Nuestra traducción tiene mucho significado: «No tiene lugar en ustedes». Intentaban matarlo y, por tanto, silenciarlo, no porque él les hubiera hecho daño, sino porque no soportaban el poder convincente y autoritativo de su palabra. Las palabras de Cristo deben tener un lugar en nosotros, el lugar más profundo y más elevado. Deben vivir en nosotros como alguien que está en su propia casa, no como un extraño o un invitado. También deben tener espacio para obrar: para expulsar el pecado y hacer crecer la gracia en nosotros. Deben ocupar el lugar de autoridad, estar en el trono y habitar abundantemente en nosotros.

Muchas personas profesan tener una religión, pero la palabra de Cristo no tiene lugar en ellas. No quieren darle espacio porque no les agrada. Satanás hace todo lo posible para expulsarla, y otras cosas llenan el lugar que ella debería ocupar. Donde la palabra de Dios no tiene lugar, no se puede esperar ningún bien, porque queda espacio para toda clase de maldad. Si el espíritu inmundo encuentra el corazón vacío de la palabra de Cristo, entra y vive allí.

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