Versículo destacado

Juan 21:20 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Al volverse, Pedro vio que detrás venía el discípulo a quien Jesús quería mucho, el mismo que durante la cena había estado a su lado y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a traicionar?» "

Juan 21:20

menu_book El versículo en contexto

18 Te aseguro que cuando eras más joven, te vestías para ir adonde querías; pero cuando ya seas viejo, extenderás los brazos, otro te vestirá y te llevará adonde no quieras ir.

19 Al decir esto, Jesús estaba dando a entender de qué manera Pedro iba a morir y a glorificar con su muerte a Dios. Después le dijo: —¡Sígueme!

20 Al volverse, Pedro vio que detrás venía el discípulo a quien Jesús quería mucho, el mismo que durante la cena había estado a su lado y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a traicionar?»

21 Cuando Pedro lo vio, le preguntó a Jesús: —Señor, y a este, ¿qué le va a pasar?

22 Jesús le respondió: —Si quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿qué te importa a ti? Tú sígueme.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos vemos la conversación que Cristo tuvo con Pedro acerca de Juan, el discípulo a quien Jesús amaba. A Pedro acababan de decirle cuál sería su propio camino, y ahora él se vuelve y ve que Juan también lo sigue. El escritor no se identifica por su nombre. Más bien, se describe de una manera que muestra tanto su humildad como el amor especial que Cristo le tenía.

Es probable que Juan mencione que se había recostado sobre el pecho de Jesús durante la cena y que le había preguntado quién era el traidor, a petición de Pedro (Juan 13:24), porque quizá ahora Pedro estaba correspondiendo a aquella bondad. En una ocasión, Juan había ayudado a Pedro al hacerle una pregunta, y ahora Pedro tal vez quería ayudar a Juan a cambio. Esta es una buena imagen de la comunión entre los creyentes. Cuando Dios nos da la oportunidad de orar por otros, debemos usarla para su bien. Los que en algún momento nos ayudaron con sus oraciones también deben recibir nuestra ayuda en otro momento.

Juan también seguía a Jesús porque amaba estar con él. A donde iba Cristo, su siervo quería ir también. Cuando Jesús llamó a Pedro a seguirlo, quizá parecía que estaba por tener una conversación privada con él. Pero Juan amaba tanto a su Maestro que prefería arriesgarse a parecer atrevido antes que perderse alguna de las palabras de Cristo. Probablemente tomó como dirigidas a él también las palabras que Cristo le dijo a Pedro, pues el mandato «Sígueme» pertenecía a todos los discípulos. Por lo menos, Juan quería tener comunión con quienes tenían comunión con Cristo.

Entonces Pedro se volvió y vio que Juan lo seguía. Esto puede entenderse de dos maneras. Tal vez muestra una debilidad de Pedro, pues debería haber estado completamente concentrado en Cristo y en su propio llamado. Hasta las mejores personas tienen dificultad para mantener la mente fija en seguir a Jesús sin distraerse. Pero también puede mostrar una preocupación bondadosa por un discípulo compañero. Pedro no estaba tan enaltecido por el llamado especial de Cristo como para negarse a dirigir una mirada amable hacia quien lo seguía detrás.

Entonces Pedro preguntó: «Señor, ¿qué pasará con este hombre?». Cristo ya le había dicho cuál sería su tarea —apacentar las ovejas— y cuál sería su futuro: ser llevado adonde no quería ir. Por eso, Pedro quería saber también cuál sería la tarea y el destino de Juan. Tal vez preguntó por preocupación por Juan, pues Juan no había perdido el favor de Cristo. Quizá también lo hizo porque se sentía inquieto ante su propio sufrimiento. O simplemente pudo tratarse de curiosidad acerca del futuro, algo que con frecuencia nos tienta.

Había algo que no estaba del todo bien en la pregunta de Pedro. Después de recibir semejante encargo y semejante advertencia, habría sido mejor que preguntara cómo podía ser fiel en su propio llamado. Debió haber dicho: «Señor, aumenta mi fe», o: «Conforme a mis días, dame las fuerzas». En cambio, parece más preocupado por otra persona que por sí mismo. A menudo nos apresuramos a preocuparnos por el camino de los demás y descuidamos nuestra propia alma. También tendemos a concentrarnos en los acontecimientos en vez de concentrarnos en nuestro deber. Las predicciones de la Escritura tienen el propósito de guiar nuestra conciencia, no de satisfacer nuestra curiosidad.

Cristo respondió: «Si quiero que él permanezca hasta que yo venga, ¿qué tiene eso que ver contigo? Tú sígueme» (Juan 21:22). Las palabras de Cristo parecen señalar el propósito que tenía para Juan. Juan no moriría de una muerte violenta como Pedro, sino que permanecería hasta que Cristo viniera a llevarlo mediante una muerte natural. Los escritores antiguos suelen afirmar que Juan fue el único de los doce que no murió como mártir. Enfrentó peligros, encarcelamiento y exilio, pero murió en su vejez.

Las palabras de Cristo también pueden referirse a que Juan viviría hasta después de la venida de Cristo para destruir Jerusalén. Todos los demás apóstoles murieron antes de ese acontecimiento, pero Juan vivió muchos años más. Dios ordenó esto sabiamente para que uno de los apóstoles viviera el tiempo suficiente para terminar de escribir el Nuevo Testamento, lo cual Juan hizo de una manera solemne (Apocalipsis 22:18). Esto también ayudó a proteger a la iglesia contra los falsos maestros que desde temprano habían comenzado a difundir errores. Juan vivió para confrontar a Ebión, Cerinto y otros herejes que surgieron y enseñaron cosas falsas.

Algunos piensan que estas palabras solo tenían el propósito de corregir la curiosidad de Pedro. Es como si Cristo hubiera dicho: «¿Por qué preguntas acerca de algo oculto que no te corresponde? Aunque yo quisiera que Juan nunca muriera, ¿qué tiene eso que ver contigo? Ya te he dicho cómo morirás. Eso debe bastarte. Tú sígueme». Cristo quiere que sus discípulos se concentren en su deber presente, no en preguntas curiosas acerca del futuro, ya sea el suyo o el de los demás.

Hay muchas cosas que nos vemos tentados a considerar y que no nos corresponden. El carácter de otras personas no es asunto nuestro, porque no nos corresponde juzgarlas (Romanos 14:4). Tampoco debemos entrometernos en los asuntos de los demás. Debemos trabajar tranquilamente y ocuparnos de nuestros propios deberes. Las personas también hacen muchas preguntas interesantes y curiosas acerca de los planes de Dios y del mundo invisible, y a menudo la respuesta correcta es: «¿Qué tiene eso que ver conmigo?». Las cosas secretas no nos pertenecen.

Lo que más importa es el deber, no lo que sucederá. El deber nos corresponde a nosotros, pero los acontecimientos pertenecen a Dios. Nuestro propio deber es nuestro, no el de otra persona, porque cada uno llevará su propia carga. Nuestro deber presente es nuestro, no el deber del futuro, porque cada día tiene suficiente con lo suyo. Los pasos de una persona buena son ordenados por el Señor (Salmo 37:23), y él la guía paso a paso. Todo nuestro deber se resume en esto: seguir a Cristo. Debemos observar sus pasos y ajustar nuestra vida a ellos. Debemos seguirlo para honrarlo, como un siervo sigue a su amo. Debemos andar por el camino que él anduvo y procurar estar donde él está. Si verdaderamente mantenemos la mirada puesta en seguir a Cristo, nos quedará poco tiempo y poca preocupación para los asuntos que no nos corresponden.

Esta declaración de Cristo también dio lugar a un error en la iglesia: se pensaba que Juan no moriría, sino que permanecería con la iglesia hasta el fin de los tiempos. Jesús tuvo que corregir ese error al repetir sus propias palabras en Juan 21:23. Es fácil que una idea equivocada crezca cuando las personas malinterpretan las palabras de Cristo y convierten una posibilidad en un hecho. Como Juan no moriría como mártir, concluyeron que no moriría en absoluto.

También estaban dispuestos a creerlo porque querían que fuera verdad. Con facilidad creemos aquello que deseamos. Si Juan podía permanecer en el mundo después de que los demás apóstoles hubieran muerto y quedarse hasta la segunda venida de Cristo, pensaban que sería una gran ayuda para la iglesia. Cuando estaban a punto de perder la presencia física de Cristo, esperaban conservar todavía a su discípulo amado. Pero olvidaban que el Espíritu Santo, el Consolador, había sido dado para suplir esa necesidad. Estamos demasiado dispuestos a apoyarnos en las personas y en las ayudas externas, y a pensar que estaremos seguros si tan solo podemos conservarlas con nosotros. Sin embargo, Dios cambia a sus obreros y continúa llevando adelante su obra, para que quede claro que el poder pertenece a Dios y no a las personas. La iglesia no necesita ministros que nunca mueran, porque es guiada por el Espíritu eterno.

Tal vez también los animaba el hecho de que Juan hubiera vivido más tiempo que los demás apóstoles. Como tuvo una vida larga, se apresuraron a pensar que viviría para siempre. Pero lo que envejece está a punto de desaparecer (Hebreos 8:13). En cualquier caso, el error comenzó con una declaración de Cristo que fue malinterpretada, y luego se repitió como si fuera una enseñanza de la iglesia.

Esto nos enseña cuán incierta es la tradición humana y cuán insensato es edificar la fe sobre ella. Aquí había una tradición, incluso una tradición apostólica: una declaración que se difundió entre los creyentes. Era temprana, común y pública, y aun así era falsa. Esto muestra cuán poco debemos confiar en las tradiciones no escritas, aunque algunos quieran honrarlas tanto como la Escritura. También muestra con qué facilidad las personas pueden interpretar mal las palabras de Cristo. A veces, errores graves se han escondido bajo la apariencia de verdades que parecen estar fuera de toda duda, y hasta la Escritura ha sido torcida por personas ignorantes e inestables. No debería sorprendernos que algunos malinterpreten las palabras de Cristo o las usen para respaldar falsas enseñanzas, incluso afirmaciones falsas como la transubstanciación, que pretende apoyarse en las palabras de Cristo: «Esto es mi cuerpo».

La manera más segura de corregir estos errores es permanecer cerca de las propias palabras de Cristo. Aquí el evangelista corrige el rumor repitiendo exactamente lo que Jesús dijo. Cristo no dijo que el discípulo no moriría, así que nosotros tampoco debemos decirlo. Él dijo: «Si quiero que él permanezca hasta que yo venga, ¿qué tiene eso que ver contigo?». Eso fue lo que dijo, y nada más. No debemos añadir nada a sus palabras. Dejemos que las palabras de Cristo hablen por sí mismas y démosles únicamente su sentido claro y natural.

La mejor manera de poner fin a las discusiones es permanecer en las palabras claras de la Escritura y hablar de acuerdo con ellas (Isaías 8:20). El lenguaje de la Escritura es la forma más segura y apropiada de expresar la verdad bíblica, usando las palabras que enseña el Espíritu Santo (1 Corintios 2:13). La Escritura misma, cuando se lee con cuidado, es la mejor defensa contra el error dañino. Por eso, los deístas, socinianos, papistas y entusiastas intentan debilitar su autoridad. Al mismo tiempo, la Escritura, aceptada con humildad, es el mejor remedio para las heridas causadas por distintas maneras de expresar una misma verdad. Personas que no pueden ponerse de acuerdo en la misma lógica o en los mismos términos técnicos todavía pueden estar de acuerdo en las palabras de la Escritura, y así aprender a amarse unas a otras.

Este Evangelio termina diciéndonos más acerca de su escritor, con un giro natural que nos lleva de regreso a lo que se había dicho antes (Juan 21:24). Juan dice, en efecto: «Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las escribió para las generaciones futuras». Está hablando de sí mismo, del apóstol Juan. Quienes escribieron la historia de Cristo no tuvieron vergüenza de identificarse, y aquí Juan lo hace claramente.

Podemos estar seguros de quién escribió los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, que son el fundamento de la primera revelación escrita de Dios; también podemos estar seguros de quiénes escribieron los cuatro Evangelios y Hechos, los libros principales del Nuevo Testamento. El relato de la vida y la muerte de Cristo no proviene de personas desconocidas. Vino de hombres cuya honestidad era conocida, hombres dispuestos no solo a afirmarlo bajo juramento, sino también a morir por ello.

Quienes escribieron la historia de Cristo lo hicieron basándose en conocimiento directo, no en rumores. Juan era un discípulo, el discípulo amado, el que se había recostado sobre el pecho de Cristo. Había escuchado las enseñanzas y conversaciones de Cristo, había visto sus milagros y había visto las pruebas de su resurrección. Por eso, cuando dice que da testimonio, habla como alguien que conocía bien los hechos.

Además, primero comunicaron estas cosas oralmente, antes de escribirlas. El evangelio fue predicado con plena confianza antes de quedar registrado por escrito. Fue proclamado públicamente, defendido ante las autoridades y sostenido firmemente como verdadero. No era como un viajero que cuenta una historia para entretener a sus amigos. Era como cuando los testigos presentan pruebas cuidadosas ante un tribunal para que se pueda llegar a un veredicto. Lo que escribieron era como una declaración hecha bajo juramento, y ellos se mantuvieron firmes en ella.

Esto fue un regalo bondadoso para la iglesia. Dios dispuso que la historia de Cristo quedara escrita para que pudiera difundirse de manera más amplia y segura en todo lugar y en toda época. Ese registro escrito seguiría hablando mucho después de que los primeros testigos hubieran desaparecido.

Luego el pasaje añade una afirmación acerca de la verdad de lo que se ha contado: «Sabemos que su testimonio es verdadero». Esto puede entenderse de varias maneras. Primero, refleja lo que generalmente se reconoce acerca de un testimonio confiable. El testimonio de un testigo honesto, que escribe cuidadosamente sobre lo que ha visto, constituye una prueba sólida. En la vida diaria, los tribunales y los juicios se basan precisamente en esa clase de testimonio. Los hechos acerca de Jesús —que enseñó estas doctrinas, hizo estos milagros y resucitó de entre los muertos— están respaldados por evidencias tan firmes como las que se aceptan en otros casos.

Segundo, quizá expresa el acuerdo de las iglesias de aquel tiempo acerca de la verdad de este relato. Algunos han pensado que se trataba de la iglesia de Éfeso o de los ministros de las iglesias de Asia, que daban su aprobación. La Escritura inspirada no necesitaba el respaldo humano para ser digna de confianza, pero su testimonio mostraba que estaban satisfechos con ella y la recomendaban a las iglesias como una obra verdadera e inspirada.

Tercero, puede ser la propia convicción firme de Juan acerca de lo que escribió, semejante a la afirmación que aparece en Juan 19:35. Él dice: «Sabemos», no para aparentar grandeza, sino con humildad, como en 1 Juan 1:1 y 2 Pedro 1:16. Los evangelistas estaban completamente convencidos de la verdad de lo que nos transmitieron. No nos pidieron creer algo que ellos mismos no creían. Sabían que su testimonio era verdadero porque estaban dispuestos a arriesgar por él tanto esta vida como la venidera.

El capítulo termina con una nota que señala muchas otras cosas que el Señor Jesús dijo e hizo, cosas memorables que no fueron escritas para los lectores posteriores (Juan 21:25). Hubo muchos acontecimientos importantes y útiles que podrían haberse registrado por completo. Si todo se hubiera escrito con cada detalle, el mundo entero —es decir, todas sus bibliotecas— no podría contener los libros. El escritor termina como un orador, tal como lo hace Pablo en Hebreos 11:32: «¿Qué más puedo decir? No tengo tiempo para hablar de todo».

Si alguien pregunta por qué los Evangelios no son más extensos o por qué la historia del Nuevo Testamento no es tan larga como la del Antiguo, la respuesta no es que a los escritores se les acabara el material. Hubo muchas cosas que Jesús dijo e hizo que nunca fueron registradas, aunque eran dignas de la mejor escritura. Todo lo que Cristo dijo e hizo merecía atención y podía estudiarse provechosamente. Él nunca pronunció una palabra vacía ni hizo algo inútil. De hecho, nunca dijo ni hizo nada mezquino, trivial o insignificante; y eso es más de lo que puede decirse incluso de las personas más sabias y buenas.

Sus milagros fueron muchos, de distintas clases y repetidos con frecuencia, según surgía la necesidad. Un solo milagro verdadero podría bastar para mostrar que alguien había sido enviado por Dios, pero los milagros repetidos en muchos lugares, delante de muchas personas y ante numerosos testigos hacían todavía más clara la verdad. Cada milagro nuevo confirmaba los relatos anteriores, y la gran cantidad de ellos hace que todo el relato sea indiscutible. Los evangelistas también ofrecieron con frecuencia resúmenes generales de su predicación y sus milagros, que incluían muchos actos individuales, como en Mateo 4:23, Mateo 4:24, Mateo 9:35, Mateo 11:1, Mateo 14:14, Mateo 14:36, Mateo 15:30 y Mateo 19:2. Cuando hablamos de Cristo, tratamos con un tema rico y lleno de contenido. La realidad es mucho mayor que el relato, y aun así, solo se ha contado una parte. Pablo cita en Hechos 20:35 una frase de Cristo que no fue registrada por ninguno de los escritores de los Evangelios, y sin duda hubo muchas más. Todas sus palabras eran sabias y memorables.

Hubo muchas otras cosas que no se escribieron porque no hubo ocasión de hacerlo. Lo que tenemos en la Escritura ofrece suficiente revelación de la enseñanza de Cristo y suficiente prueba de quién es él. Lo demás habría dicho lo mismo con otras palabras. Por eso, quienes usan este hecho para argumentar contra la suficiencia de la Escritura como regla de fe y de vida, y a favor de la necesidad de tradiciones no escritas, deberían mostrar qué añaden esas tradiciones a la Palabra escrita. Sabemos que algunas tradiciones la contradicen, y por esa razón las rechazamos.

Esto debe servirnos de advertencia, porque «el hacer muchos libros no tiene fin» (Eclesiastés 12:12). Si no creemos ni usamos lo que está escrito, tampoco actuaríamos mejor aunque hubiera mucho más. Era posible que el Espíritu inspirara todo, pero humanamente era imposible que los escritores registraran cada cosa. «El mundo no podría contener los libros» es una manera contundente de decir que habría habido una cantidad enorme, casi inimaginable, de volúmenes. Una historia así habría sido tan extensa que habría desplazado todos los demás escritos y no habría dejado espacio para ellos.

Pensemos cuántos volúmenes se necesitarían para registrar todas las oraciones de Cristo. Él con frecuencia oraba toda la noche a Dios, sin repetir palabras vacías. ¡Cuánto más se necesitaría para incluir todos sus sermones, conversaciones, milagros, sanidades, obras y sufrimientos! Habría sido interminable. Tampoco habría sido prudente escribirlo todo, porque, en un sentido moral, el mundo no podría contener semejante cantidad de libros. Cristo no les dijo a sus discípulos todo lo que podría haberles dicho, porque ellos no estaban preparados para soportarlo; por la misma razón, los escritores de los Evangelios no escribieron todo lo que podrían haber escrito.

La frase «el mundo no podría contener» significa que no habría espacio para esos libros. Las personas pasarían todo su tiempo leyendo y descuidarían sus demás responsabilidades. Incluso con lo que tenemos, muchas cosas se pasan por alto, muchas se olvidan y muchas se convierten en motivo de discusiones. El problema sería mucho peor si hubiera muchos más libros con la misma autoridad y necesidad. También fue sabio que Dios dejara espacio para la meditación y la explicación, porque lo que está escrito todavía necesita ser considerado y enseñado.

Los padres y los ministros, al enseñar, deben recordar las limitaciones de quienes reciben su instrucción. Como Jacob, deben tener cuidado de no exigirles demasiado. Debemos darle gracias a Dios por los libros que tenemos y no considerarlos menos valiosos porque son claros y breves. Debemos aprovechar cuidadosamente lo que Dios ha decidido revelar y anhelar estar en el lugar donde nuestra mente será tan amplia que ya no habrá peligro de sentirse abrumada.

El evangelista concluye con «Amén» y, al hacerlo, sella el mensaje. Hagamos lo mismo: digamos un amén nacido de la fe, afirmando que el evangelio es verdadero, completamente verdadero. Digamos también «Amén» con satisfacción, porque lo que está escrito es suficiente para hacernos sabios para la salvación. Amén, así sea.

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