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Juan 15:18 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Si el mundo los odia a ustedes, sepan que primero me odió a mí. "

Juan 15:18

menu_book El versículo en contexto

16 Ustedes no me escogieron a mí, sino que yo los escogí a ustedes y les encargué que vayan y den mucho fruto, y que ese fruto permanezca. Así, el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre.

17 Esto, pues, es lo que les mando: Que se amen unos a otros.

18 Si el mundo los odia a ustedes, sepan que primero me odió a mí.

19 Si ustedes fueran del mundo, la gente del mundo los amaría como ama a los suyos. Pero yo los escogí a ustedes de entre los que son del mundo, y por eso el mundo los odia, porque ya no son del mundo.

20 Recuerden esto que les dije: “Ningún servidor es más que su señor”. Si me han perseguido a mí, también los perseguirán a ustedes; y si han hecho caso de mi palabra, también harán caso de la de ustedes.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí Cristo habla del odio, que es la marca y el espíritu del reino del diablo, así como el amor caracteriza al reino de Cristo. Observemos, primero, en quién se encuentra este odio: en el mundo, es decir, en los hijos de este mundo, en contraste con los hijos de Dios. Son personas que se ponen del lado del dios de este mundo, llevan su semejanza y viven bajo su poder. Esto incluye a todos, tanto judíos como gentiles, que no quisieron unirse a la iglesia de Cristo, la cual él llama abiertamente y separa visiblemente de este mundo malo.

Llamar a estas personas «el mundo» sugiere tres cosas. Primero, que son muchas: todo un mundo de personas que se oponen a Cristo y al cristianismo. Segundo, que están unidas. Estas numerosas multitudes se reúnen como una sola, como se muestra en (Salmo 83:5). Judíos y gentiles, que no podían ponerse de acuerdo en casi nada más, podían unirse para perseguir a los siervos de Cristo. Tercero, muestra su espíritu y su manera de vivir. Son personas de este mundo, como en (Salmo 17:13-14), completamente entregadas a esta vida y a sus cosas, sin pensar jamás en el mundo venidero.

Al pueblo de Dios se le enseña a odiar los pecados de los pecadores, pero no a las personas mismas. Debe amar y hacer el bien a todos. Un espíritu amargado, malicioso y envidioso no es el espíritu de Cristo, sino el del mundo. Este odio está dirigido contra los discípulos de Cristo, contra Cristo mismo y contra el Padre.

El mundo odia a los discípulos de Cristo. Jesús dice: «El mundo los odia» (Juan 15:19), y habla de esto como algo que ellos deben esperar y para lo cual deben estar preparados (Juan 15:18), como en (1 Juan 3:13). Cristo acababa de hablarles de su gran amor por ellos como amigos, pero también les dio una espina en la carne, como la que tuvo Pablo: es decir, insultos y persecuciones por causa de Cristo (2 Corintios 12:7, 2 Corintios 12:10). Les había asignado su trabajo y ahora les anunciaba las dificultades que encontrarían, para que no se sorprendieran y pudieran prepararse. También les había dicho que se amaran unos a otros, y eso les sería muy necesario, porque el mundo los odiaría. Necesitarían la bondad de los unos hacia los otros, ya que recibirían tanta crueldad de parte de los que estaban fuera. Quienes viven rodeados de enemigos necesitan mantenerse unidos.

La enemistad del mundo contra los seguidores de Cristo se manifiesta principalmente de dos maneras. Primero, los odia. Las personas bendecidas por Cristo a menudo son maldecidas por el mundo. Quienes pertenecen al cielo rara vez han sido amados por este mundo, desde que se estableció la antigua hostilidad entre la descendencia de la mujer y la descendencia de la serpiente. ¿Por qué Caín odió a Abel, si no porque las obras de Abel eran justas? ¿Por qué Esaú odió a Jacob, si no por causa de la bendición? Los hermanos de José lo odiaban porque su padre lo amaba. Saúl odiaba a David porque el Señor estaba con él. Acab odiaba a Micaías por causa de sus mensajes. Estas son las razones extrañas e injustas detrás del odio del mundo.

Segundo, este odio conduce a la persecución. El odio nunca permanece quieto por mucho tiempo. Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecución (2 Timoteo 3:12). Cristo sabía el maltrato que sus mensajeros enfrentarían en el mundo, y aun así los envió como ovejas en medio de lobos, por causa de las pocas personas que serían llamadas a salir del mundo mediante su ministerio. Otro resultado de este odio es que el mundo rechaza su enseñanza. Cuando Jesús dice: «Si hubieran guardado mi palabra, también guardarían la de ustedes», quiere decir que tratarían la enseñanza de los apóstoles de la misma manera que habían tratado la suya: no la obedecerían. Los predicadores del evangelio no pueden evitar considerar como una gran ofensa contra ellos el desprecio de su mensaje, así como Jeremías se sintió profundamente insultado cuando la gente dijo: «No prestemos atención a ninguna de sus palabras» (Jeremías 18:18).

El mundo los odia por una razón clara: no pertenecen al mundo. Jesús dice: «Si ustedes fueran del mundo», es decir, si compartieran su espíritu y sus intereses, «el mundo los amaría como a los suyos. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, por eso el mundo los odia» (Juan 15:19). No debería sorprendernos que las personas entregadas al mundo alaben y favorezcan a quienes son como ellas, como en (Salmo 10:3, Salmo 49:18). Tampoco debería sorprendernos que el mundo calumnie a quienes han sido rescatados de él. Cuando Israel fue sacado de Egipto, los egipcios lo persiguieron.

La razón por la que los discípulos de Cristo no son del mundo no es su propia sabiduría ni su virtud. Es que Cristo los eligió y los apartó del mundo para sí mismo. Por eso el mundo los odia. La gloria para la que están destinados los eleva por encima del mundo y despierta su envidia. Los santos juzgarán al mundo y los rectos tendrán dominio; por eso son odiados. La gracia que reciben por medio de esta elección también los pone en contra del mundo. Avanzan contra la corriente, no imitan al mundo y dan testimonio contra él.

Esto debería ayudarles a soportar las dificultades que provienen del odio del mundo. Son odiados porque son los escogidos del Señor Jesús y porque no pertenecen al mundo. Esta no es una buena razón para que el mundo los odie. Si nosotros mismos nos hacemos odiosos por causa de nuestro propio pecado, debemos lamentarlo. Pero si la gente nos odia precisamente por aquello que debería llevarla a amarnos y honrarnos, debemos compadecernos de ella, no atormentarnos. De hecho, esto les da a los creyentes motivos para alegrarse. Alguien que es objeto de burlas por ser rico y tener éxito quizá no se preocupe por quién se molesta con ello, mientras disfrute del bienestar que posee. Cuánto más deberían alegrarse quienes son odiados por el mundo, pero amados por Cristo.

Otra razón por la que el mundo los odiará es que pertenecen a Cristo. Jesús dice que esto sucederá «por causa de mi nombre» (Juan 15:21). Aquí está el centro del asunto. Cualquiera que sea la excusa que den las personas, esta es la verdadera causa del conflicto. Odian a los discípulos de Cristo porque llevan su nombre y sostienen su nombre en el mundo. Una marca de los discípulos de Cristo es que defienden su nombre. El nombre en el que fueron bautizados es el nombre para el que viven y por el que mueren. Y, por lo general, quienes defienden el nombre de Cristo han tenido que sufrir por él y soportar muchas dificultades.

Es un consuelo para quienes sufren más duramente saber que sufren por el nombre de Cristo. Si reciben insultos por causa del nombre de Cristo, son bendecidos (1 Pedro 4:14). Esa bendición es verdadera no solo porque tal sufrimiento trae honra (Hechos 5:41), sino porque produce un consuelo profundo y conduce a la corona de gloria. Si sufrimos con Cristo y por Cristo, también reinaremos con él.

La verdadera causa del odio del mundo hacia los discípulos de Cristo es su ignorancia (Juan 15:21): «Porque no conocen al que me envió». Primero, no conocen a Dios. Si las personas entendieran verdaderamente las verdades más básicas de la religión natural, no podrían odiar ni perseguir al cristianismo, aunque no lo aceptaran. Quienes destruyen al pueblo de Dios demuestran que no conocen realmente a Dios (Salmo 14:4).

Segundo, no conocen a Dios como aquel que envió a nuestro Señor Jesús y le dio autoridad como el gran Mediador, el que trae paz entre Dios y nosotros. En realidad, no conocemos a Dios si no lo conocemos en Cristo. Y quienes persiguen a las personas que él envía demuestran que no saben que Cristo vino de Dios. Véase (1 Corintios 2:8).

El mundo también odia a Cristo mismo. Jesús dice esto aquí por dos razones. Primero, debería aliviar las dificultades de sus seguidores y hacer que el odio del mundo les pareciera menos extraño y menos doloroso (Juan 15:18): «Ustedes saben que el mundo me odió antes que a ustedes». Esto puede significar: «Me odió primero, antes de odiarlos a ustedes». O puede significar: «Me odió como a su superior, al primero de ustedes, a su jefe y capitán». Si Cristo, lleno de bondad, perfectamente inocente y siempre dedicado a hacer el bien, fue odiado, ¿por qué esperaríamos que nuestra propia bondad nos protegiera de la maldad? Y si nuestro Maestro, quien estableció nuestra fe, enfrentó tanta oposición mientras la establecía, sus siervos deben esperar lo mismo mientras la predican y la viven.

Por esta razón, Jesús los remite a sus propias palabras, pronunciadas cuando ellos se hicieron discípulos por primera vez: «Recuerden la palabra que les dije». Comparar esta enseñanza posterior con lo que él dijo antes nos ayuda a entenderla. Nada da más consuelo que recordar las palabras de Cristo, porque ellas explican su providencia. Esta es una verdad clara: «El siervo no es mayor que su señor». Él ya lo había dicho antes (Mateo 10:24). Cristo es nuestro Señor, por lo que debemos seguir su ejemplo y aceptar pacientemente su gobierno, porque el siervo está por debajo de su amo. Las verdades sencillas pueden sostener deberes difíciles. Eliú respondió a las quejas de Job con esta sola verdad: Dios es más grande que el ser humano (Job 33:12).

De esa verdad se desprende una conclusión clara: si persiguieron a Cristo, también los perseguirán a ustedes. Deben esperarlo. Les harán lo mismo porque ustedes harán lo que él hizo. Reprenderán sus pecados, los llamarán al arrepentimiento y les enseñarán normas estrictas para una vida santa, y eso no les agradará. Y ustedes no pueden hacer más para merecer su bondad de lo que Cristo hizo. Después del trato que él recibió, nadie debería sorprenderse de sufrir por hacer el bien. Jesús añade: «Si guardaron mi palabra, también guardarán la de ustedes». Así como solo unos pocos cambiaron por medio de la predicación de Jesús, solo unos pocos cambiarán por medio de la predicación de sus discípulos. Algunos entienden estas palabras de otra manera: «Si examinaron mis palabras para atraparme, harán lo mismo con ustedes».

En segundo lugar, Jesús dice esto para mostrar cuán malvado es el mundo incrédulo. Ya era malo que odiaran y persiguieran a los apóstoles, pero fue mucho peor que odiaran y persiguieran al propio Cristo. La Escritura suele hablar del mundo en términos negativos, y nada deja más clara su culpa que esto: odió a Jesucristo. Existe un mundo lleno de personas que aborrecen a Cristo.

Jesús presenta dos razones que muestran la gravedad de su pecado. Primero, tenían todos los motivos para amarlo. Por lo general, las buenas palabras y las buenas obras de una persona ganan el respeto de los demás. Las palabras de Cristo merecían su amor (Juan 15:22). Él dice: «Si yo no hubiera hablado con ellos» para tratar de ganar su amor, «no serían culpables de este pecado». Su rechazo no se habría convertido en odio contra él. En comparación, su pecado habría sido como si no fuera pecado. Pero como les hablé tanto para mostrarles quién soy y ganarme su amor, no tienen excusa.

Esto muestra la bendición de tener el evangelio. Por medio de él, Cristo viene y les habla a las personas. Él habló personalmente a aquella generación, y todavía nos habla por medio de la Biblia y de quienes enseñan su Palabra. Habla con autoridad incuestionable, pero también con una preocupación bondadosa. Cada palabra suya es pura y llena de poder, y, aun así, tan tierna que uno pensaría que puede conmover al corazón más endurecido. Esto también muestra la tristeza de quienes no tienen el evangelio. Si Cristo no les hubiera hablado, si nunca hubieran oído hablar de Cristo ni de la salvación por medio de él, su culpa no sería la de este tipo de pecado. No serían culpables de rechazar a Cristo, porque él no habría venido a ofrecerles su gracia. Así como no se toma en cuenta el pecado donde no hay ley, tampoco se toma en cuenta la incredulidad donde no hay evangelio. Y cuando la incredulidad sí se toma en cuenta, es el pecado que arruina a las personas, porque rechaza el remedio para todos los demás pecados. Sus otros pecados tampoco serían tan graves, porque Dios pasó por alto los tiempos de ignorancia (Lucas 12:47-48).

Por eso, quienes han recibido la visita y el mensaje de Cristo, pero lo han recibido en vano, se encuentran en una situación mucho peor. Quienes han sido llamados e invitados por él en vano, y con quienes él ha razonado e insistido sin resultado, no tienen excusa por su pecado. En el día del juicio no podrán decir nada en su defensa. Mientras más clara y plenamente se nos dé a conocer la gracia y la verdad de Jesucristo, mayor será nuestro pecado si no lo amamos ni creemos en él. La palabra de Cristo le quita al pecado su cubierta, de modo que el pecado queda expuesto tal como es.

En segundo lugar, sus obras también merecían su amor, tanto como sus palabras (Juan 15:24). Él dice: «Si yo no hubiera hecho entre ellos, en su propia tierra y a plena vista, obras que nadie más ha hecho, no serían culpables de este pecado». En otras palabras, su incredulidad y su odio habrían tenido alguna excusa si Cristo no hubiera dado pruebas claras de su misión divina. Pero sí dio esas pruebas por medio de obras que ningún otro ser humano había hecho.

Así como el Creador muestra su poder y su naturaleza divina por medio de sus obras (Romanos 1:20), también lo hace el Redentor. Sus milagros, sus actos de misericordia, sus obras maravillosas y sus obras de gracia demostraban que había sido enviado por Dios y que había sido enviado con una misión bondadosa. Las obras de Cristo no se parecían a nada que otro ser humano hubiera hecho. Una persona común, sin una comisión del cielo ni una ayuda especial de Dios, no podía hacer milagros (Juan 3:2). Ningún profeta había hecho milagros semejantes, ni tantos, ni tan grandes.

Moisés y Elías hicieron milagros como siervos, mediante el poder que les fue concedido. Cristo actuó como Hijo, con poder propio. Eso era lo que asombraba a la gente. Con autoridad, les daba órdenes a las enfermedades y a los demonios (Marcos 1:27), y ellos decían que nunca habían visto algo semejante (Marcos 2:12). Todas sus obras eran buenas obras, obras de misericordia. Ese parece ser el punto principal aquí, porque Jesús los está reprendiendo por odiarlo. Alguien que había sido tan útil para todos, más que cualquier otra persona, debía haber sido amado por todos. Sin embargo, hasta él fue odiado.

Las obras de Cristo llevan la culpa de la incredulidad y el odio de los pecadores a su grado máximo. Si solo hubieran escuchado sus palabras y no hubieran visto sus obras, la incredulidad podría haber alegado que no había pruebas suficientes. Pero ahora no tienen excusa. Peor aún, rechazar a Cristo, tanto en el caso de ellos como en el nuestro, no incluye solamente una incredulidad obstinada, sino también una ingratitud vergonzosa. Ellos vieron que Cristo era digno de amor y estaba dispuesto a hacerles el bien, y aun así lo odiaron e intentaron hacerle daño. Nosotros vemos en su Palabra cuán grande es su amor por nosotros y, aun así, ese amor no nos conmueve.

Tampoco había absolutamente ninguna razón para que lo odiaran. Algunas personas dicen y hacen cosas agradables en un momento, pero después dicen y hacen cosas que ofenden. Sin embargo, nuestro Señor Jesús no solo hizo mucho para ganarse el respeto y la buena voluntad de la gente; nunca hizo nada que justificara su disgusto. Él lo demuestra citando la Escritura (Juan 15:25): «Me odiaron sin causa». Dice que esto sucedió para que se cumpliera la palabra escrita en su ley. Aquí, «su ley» se refiere al Antiguo Testamento, que ellos reconocían como ley. David dijo esto acerca de sí mismo como una figura de Cristo (Salmo 35:19; Salmo 69:4).

Quienes odian a Cristo lo odian sin ninguna causa justa. Su odio es irracional. Pensamos que algunas personas merecen ser odiadas porque son orgullosas y crueles, pero Cristo es amable y humilde, compasivo y tierno. Pensamos que otras merecen ser odiadas porque son deshonestas, envidiosas y vengativas, pero Cristo se entregó para servir a quienes se aprovecharon de él, incluso a quienes lo maltrataron. Trabajó por el bienestar de los demás y se hizo pobre para enriquecernos. Consideramos odiosas a las personas que perjudican a los gobernantes y a las naciones y alteran la paz pública. Pero Cristo fue la mayor bendición que su nación podía haber recibido, y aun así fue odiado. Sí les advirtió que sus obras eran malas, pero lo hizo para hacerlos buenos. Odiarlo por eso era odiarlo sin causa.

En esto se cumplió la Escritura: el patrón correspondió a la realidad. Saúl y sus cortesanos odiaron a David sin causa, aunque David había ayudado a Saúl con su arpa y con su espada. Absalón y su grupo odiaron a David, aunque David había sido un padre bondadoso para él y un gran benefactor para todos ellos. Así también, el Hijo de David fue odiado y perseguido injustamente. Quienes odiaron a Cristo no tenían la intención de cumplir la Escritura, pero Dios permitió que lo hicieran teniendo ese propósito en mente. Esto fortalece nuestra fe en que Jesús es el Mesías, porque incluso esto había sido anunciado acerca de él y luego ocurrió exactamente como se había anunciado. No debemos pensar que es extraño o demasiado difícil que algo parecido nos suceda a nosotros. A menudo defendemos nuestras quejas diciendo que las ofensas que sufrimos no las merecíamos. Pero cuanto menos las merezcamos, más se parecerán a los sufrimientos de Cristo y más fácil debería ser soportarlas.

En Cristo, el mundo odia a Dios mismo. Esto se afirma dos veces aquí (Juan 15:23). «El que me odia», aunque piense que su odio termina en Jesús, «también odia a mi Padre». Y de nuevo: «Han visto y han odiado tanto al Padre como a mí» (Juan 15:24). Hay personas que odian a Dios, aunque pueden ver la belleza de su naturaleza y la bondad de su cuidado. Se enojan con su justicia, como los demonios que creen en ella y tiemblan. Se sienten ofendidos por su gobierno y con gusto romperían sus cadenas.

Quienes no dicen que Dios no existe, pero aun así desearían que no existiera, lo ven y lo odian. El odio contra Cristo se considera odio contra Dios porque Cristo es la imagen exacta de su Padre en su persona, y su principal representante y mensajero en su misión. Dios quiere que todos honren al Hijo como honran al Padre; por eso, la manera en que se recibe al Hijo se considera también la manera en que se recibe al Padre. A partir de esto es fácil entender que quienes se oponen a la fe cristiana, aunque alaben la religión natural, en realidad están en contra de toda religión. En la práctica, los deístas son ateos; y quienes se burlan de la luz del evangelio, si pudieran, apagarían también la luz de la naturaleza y se librarían de todo deber hacia la conciencia y del temor de Dios.

Que el mundo incrédulo y malicioso sepa esto: en el gran día, su odio contra el evangelio de Cristo será considerado odio contra el mismo Dios bendito. Y que todos los que sufren por hacer lo correcto conforme a la voluntad de Dios encuentren consuelo en esto. Si Dios mismo es odiado en ellos y atacado por medio de ellos, no necesitan avergonzarse de su causa ni temer el resultado.

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