Versículo destacado

Juan 12:44 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Jesús dijo en voz alta: El que cree en mí no cree únicamente en mí, sino también en el Padre que me ha enviado. "

Juan 12:44

menu_book El versículo en contexto

42 Sin embargo, muchos de los judíos creyeron en Jesús, incluso algunos de los más importantes. Pero no lo decían en público por miedo a los fariseos, para que no los expulsaran de las sinagogas.

43 Preferían la gloria que dan los hombres a la gloria que da Dios.

44 Jesús dijo en voz alta: El que cree en mí no cree únicamente en mí, sino también en el Padre que me ha enviado.

45 Y el que me ve a mí también ve al que me ha enviado.

46 Yo, que soy la luz, he venido al mundo para que quienes creen en mí no permanezcan en la oscuridad.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos el honor que Cristo no tomó para sí, sino que afirmó como propio al explicar su misión y propósito en el mundo. Este discurso quizá no ocurrió en el mismo momento que el anterior, porque Jesús «se fue» de en medio de ellos (Juan 12:36). Tal vez ocurrió después, cuando volvió a aparecer públicamente. Según el relato de este Evangelio, fue el sermón de despedida de Cristo a los judíos, su último discurso público. Después de esto, lo que sigue fue dicho en privado a sus discípulos.

Observemos cómo dio nuestro Señor Jesús este mensaje final: «exclamó y dijo». ¿Acaso la sabiduría no clama? (Proverbios 8:1). Ella alza su voz en las calles (Proverbios 1:20). El tono elevado de Jesús mostró tres cosas. Primero, mostró valentía. Aunque ellos no tenían el valor de confesar abiertamente sus enseñanzas, él sí tuvo el valor de proclamarlas en público. Si ellos se avergonzaban de ellas, él no. Afirmó su rostro como un pedernal (Isaías 50:7). Segundo, mostró fervor. Clamó como alguien que hablaba con seriedad y urgencia, con plena convicción y dispuesto a darles no solo el evangelio de Dios, sino también su propia vida. Tercero, mostró su deseo de que todos prestaran atención. Como esta era la última predicación pública de su evangelio con su propia voz, hizo una proclamación final: «El que quiera oírme, que venga ahora».

¿Cuál es el resumen final de toda la enseñanza de Cristo? Se parece mucho a la advertencia de Moisés: «Mira, hoy te he dado a elegir entre la vida y la muerte» (Deuteronomio 30:15). Así que Cristo sale del templo con una declaración solemne acerca de tres cosas. Primero, muestra el honor y el privilegio de quienes creen, lo cual nos da una razón poderosa para creer en él y reconocer abiertamente esa fe. No es algo que debamos esconder ni de lo que debamos avergonzarnos.

Al creer en Cristo, recibimos el privilegio de conocer a Dios (Juan 12:44, Juan 12:45). «El que cree en mí», y por eso me ve, cree en el que me envió, y por eso lo ve a él. La persona que cree en Cristo no está creyendo en un simple hombre, como muchos pensaban que era, sino en aquel que es el Hijo de Dios, igual al Padre en poder y gloria. O, para decirlo con mayor precisión, la fe de esa persona no se detiene en Cristo mismo. Por medio de Cristo, la fe llega al Padre que lo envió, porque el Padre es nuestra meta y Cristo es el camino. La enseñanza de Cristo se recibe como la verdad de Dios. El alma creyente encuentra su descanso en Dios por medio de Cristo como mediador, es decir, aquel que se interpone entre Dios y nosotros. Nuestra entrega a Cristo tiene como propósito llevarnos a Dios. El cristianismo no consiste en filosofía ni en política, sino en el verdadero conocimiento de Dios.

Esto se explica más adelante en Juan 12:45. «El que me ve» equivale a creer en él, porque la fe es el ojo del alma. Conocer a Cristo es llegar a conocer a Dios. Dios se da a conocer en el rostro de Cristo (2 Corintios 4:6), quien es «la imagen exacta de su ser» (Hebreos 1:3). Todo el que ve a Cristo con fe es guiado por él a conocer a Dios, a quien Cristo ha revelado por medio de su palabra y su Espíritu. Cristo, como Dios, era la imagen de la persona del Padre. Cristo, como mediador, era el representante del Padre en su trato con los seres humanos. Por eso, la luz, la ley y el amor del Padre llegan a nosotros en Cristo y por medio de él. Cuando lo miramos como nuestro Salvador, Príncipe y Señor, también vemos al Padre como nuestro Dueño, Gobernante y Benefactor. A Dios le agrada tratar con la humanidad caída por medio de Cristo.

Por medio de esta misma fe también llegamos a disfrutar de un consuelo profundo (Juan 12:46). «He venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí, sea judío o gentil, no permanezca en tinieblas». Observemos el carácter de Cristo: vino al mundo como luz, para ser luz para él. Esto significa que existía como luz antes de venir al mundo, así como el sol existe antes de salir. Los profetas y los apóstoles fueron hechos luces para el mundo, pero solo Cristo vino como luz a este mundo, después de haber sido ya una luz gloriosa en el mundo celestial.

Este es el consuelo de los cristianos: no permanecen en tinieblas. No siguen en el estado oscuro en el que nacieron, porque ahora son luz en el Señor. Tal vez por algún tiempo todavía les falten verdadero consuelo, gozo o esperanza, pero no permanecen allí. Hay luz preparada para ellos. Aunque después enfrenten tristeza, temor o conflictos internos, se ha provisto lo necesario para que no permanezcan mucho tiempo en ellos. También son librados de las tinieblas que duran para siempre, esas tinieblas exteriores donde no hay ninguna luz, ni siquiera la más pequeña esperanza de encontrarla.

Segundo, Cristo muestra el peligro de quienes no creen y advierte claramente a todos los que pudieran persistir en la incredulidad (Juan 12:47, Juan 12:48). «Si alguien oye mis palabras y no cree, yo no lo juzgo», es decir, no en ese momento ni por mí mismo solamente, para que nadie pueda decir que actué injustamente al juzgar mi propio caso. Pero la incredulidad no debe pensar que escapará del castigo, porque «hay quien lo juzga». Esta es la sentencia contra la incredulidad.

Aquí se condena a quienes oyen las palabras de Cristo y aun así no creen en ellas. No serán condenados por incredulidad quienes nunca tuvieron el evangelio ni pudieron tenerlo. Cada persona será juzgada de acuerdo con la luz que recibió. Los que pecaron sin tener la ley serán juzgados sin la ley. Pero quienes oyeron, o pudieron haber oído, y no quisieron hacerlo, quedan bajo esta advertencia.

El verdadero mal de la incredulidad es que no recibe la palabra de Cristo. En Juan 12:48 esto se llama rechazar a Cristo, y la palabra implica un rechazo acompañado de desprecio y desdén. Donde se levanta el estandarte del evangelio, no hay un punto intermedio. Cada persona está bajo el gobierno de Cristo o está en su contra.

También vemos la gran paciencia de nuestro Señor Jesucristo hacia quienes lo despreciaron mientras estuvo en la tierra: «Yo no lo juzgo», todavía no. Cristo no se apresuró a castigar a quienes rechazaron la primera oferta de su gracia. Siguió esperando para mostrar misericordia. No destruyó a quienes discutían contra él, y nunca pidió que cayera juicio sobre Israel como lo hizo Elías. Aunque tenía autoridad para juzgar, retuvo por un tiempo el ejercicio de esa autoridad, porque primero tenía otra obra que realizar: salvar al mundo.

Primero vino a salvar a todos los que le habían sido dados antes de venir a juzgar a la humanidad caída. Segundo, vino a ofrecer salvación al mundo entero y, en ese sentido, a salvar a las personas hasta el punto de que, si no son salvas, la culpa es de ellas mismas. Debía quitar el pecado al ofrecerse como sacrificio. La obra de un juez no correspondía a esa misión (Hechos 8:33). En su humillación, le fue quitado el juicio, es decir, fue suspendido por un tiempo.

Sin embargo, el juicio de los incrédulos en el gran día es seguro e inevitable, el día en que se revelará el justo juicio de Dios. La incredulidad ciertamente demostrará ser un pecado que conduce a la condenación.

Algunos piensan que cuando Cristo dice «yo no juzgo a nadie», quiere decir que esas personas ya están condenadas. No hace falta ningún proceso legal, porque ellas mismas se han juzgado. Nadie necesita ejecutar la sentencia, porque ellas mismas se han arruinado. Por eso, el juicio naturalmente se pronuncia en su contra (Hebreos 2:3). Cristo no necesita presentarse ante ellas como su acusador; pero viven en miseria si él no se presenta a favor de ellas como su abogado.

Aun así, les dice claramente cuándo y dónde tendrán que rendir cuentas. Hay quien las juzgará. Nada es más terrible que abusar de la paciencia y pisotear la gracia. Por un tiempo, parece que la misericordia triunfa sobre el juicio, pero al final habrá juicio sin misericordia. Su juicio final está reservado para el último día, y aquí Cristo entrega a cada incrédulo a ese día, cuando tendrá que responder por cada insulto que le haya dirigido. La justicia divina ha establecido un día y aplaza la sentencia hasta entonces (Mateo 26:64).

La palabra de Cristo los juzgará en ese momento. Las palabras que él ha hablado, sin importar cuán poco las hayan tomado en serio, juzgarán al incrédulo en el último día. Del mismo modo, se dice que los apóstoles, los predicadores de la palabra de Cristo, juzgarán (Lucas 22:30). Las palabras de Cristo juzgarán a los incrédulos de dos maneras. Primero, expondrán su culpa y los declararán culpables. Cada palabra que Cristo pronunció, cada sermón, cada argumento y cada invitación llena de bondad serán presentados como testigos contra quienes ignoraron todo lo que él dijo. Segundo, sus palabras serán la norma de su sentencia. Serán juzgados conforme a los términos del pacto, el acuerdo de paz que Cristo aseguró y anunció. Esa palabra de Cristo —«El que no crea será condenado»— juzgará a todos los incrédulos y los llevará a la ruina eterna, junto con muchas otras declaraciones semejantes.

Cristo hace entonces una declaración solemne acerca de la autoridad que tenía para exigir nuestra fe y pedirnos que aceptemos su enseñanza, bajo pena de condenación (Juan 12:49-50). Observemos, en primer lugar, la comisión que nuestro Señor Jesucristo recibió del Padre para llevar su enseñanza al mundo. Él dice: «No he hablado por mi propia cuenta». No hablaba como un simple hombre, y mucho menos como un hombre común que actuara de manera independiente. El Padre le dio un mandamiento acerca de lo que debía decir. Este es el mismo punto que expresó en Juan 7:16.

La enseñanza de Cristo no era suya en el sentido de que él la hubiera inventado. Como Hijo del Hombre, no hablaba según planes ni capacidades humanas. Como Hijo de Dios, no actuaba separado del Padre. Lo que decía provenía del consejo de paz. Como Mediador, aquel que reconcilia a Dios con las personas, vino al mundo voluntaria y plenamente dispuesto, pero no por iniciativa propia ni de manera independiente. Sin embargo, esa enseñanza era suya porque procedía del Padre que lo había enviado.

Dios el Padre le dio dos cosas. Le dio su comisión, enviándolo como su representante y embajador plenipotenciario para establecer la paz entre Dios y la humanidad y fijar sus condiciones. También le dio sus instrucciones, llamadas aquí un mandamiento, como las órdenes que recibe un embajador: no solo indicándole lo que podía decir, sino lo que debía decir. Al Mensajero del pacto se le encomendó una misión que tenía que cumplir.

Nuestro Señor Jesucristo aprendió por experiencia la obediencia antes de enseñárnosla, aunque era Hijo. El Señor Dios dio un mandamiento al primer Adán, y por su desobediencia nos arruinó. Dio un mandamiento al segundo Adán, Cristo, y por su obediencia nos salvó. Dios le indicó a Cristo qué debía decir y qué debía hablar; estas expresiones significan lo mismo y muestran que cada palabra procedía de Dios. Los profetas del Antiguo Testamento a veces hablaron por iniciativa propia, pero Cristo siempre habló por el Espíritu. Algunos entienden que esto significa que recibió dirección sobre lo que debía decir en sus sermones públicos y sobre lo que debía enseñar en privado. Otros consideran que se refiere a lo que debía decir en su predicación de ese momento y a lo que hablaría al juzgar en el día final, pues tenía autoridad e instrucciones para ambas cosas.

En segundo lugar, observemos el propósito y la dirección de esta comisión: «Sé que su mandamiento es vida eterna» (Juan 12:50). La comisión dada a Cristo tenía en vista el futuro eterno de la humanidad y buscaba conducirla a la vida y la felicidad eternas. Como profeta, fue enviado para revelar la vida eterna (1 Juan 5:11). Como Rey, recibió autoridad para dar vida eterna (Juan 17:2). Por eso, el mandamiento que recibió estaba relacionado con la vida eterna.

Cristo dice que lo sabía. Sabía que el mandamiento de su Padre conducía a la vida eterna, y eso demuestra con cuánta disposición y confianza cumplió su obra. Sabía que estaba en una misión buena, una misión que produciría fruto para vida eterna. Esto también muestra cuán justa será la perdición de quienes rechazan a Cristo y su palabra. Quienes desobedecen a Cristo están rechazando la vida eterna y apartándola de sí mismos. Por tanto, no serán solamente las palabras de Cristo las que los juzgarán, sino también sus propias acciones y decisiones. Ya han decidido su propio caso, y nadie puede objetar legítimamente contra la sentencia.

En tercer lugar, observemos la obediencia exacta de Cristo a la comisión y a las instrucciones que recibió, así como su constante fidelidad al cumplirlas: «Todo lo que hablo, lo digo tal como el Padre me lo ha dicho». Cristo conocía profundamente los planes de Dios y reveló fielmente a las personas todo lo que Dios había determinado revelar. No omitió nada que pudiera ayudarles. Como el testigo fiel, da vida a las almas, y habló la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Esto es un gran estímulo para la fe. Las palabras de Cristo, entendidas correctamente, son palabras en las que podemos confiar nuestra alma. También son un gran ejemplo de obediencia. Cristo habló como se le había mandado, y nosotros debemos hacer lo mismo. Él transmitió lo que el Padre le había dicho, y nosotros debemos transmitir lo que hemos recibido (Hechos 4:20). Aun con todo el honor que se le concedía, este es el honor al que él señalaba: habló lo que el Padre le había dicho y lo habló de la manera en que se le había indicado. Esta era su gloria: como Hijo, fue fiel al que lo había establecido. Y mediante una fe sincera en cada palabra de Cristo, y sometiendo plenamente nuestra alma a ella, debemos darle la gloria que corresponde a su nombre.

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