Versículo destacado
Juan 10:1 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Entonces Jesús dijo: Les aseguro que quien no entra por la puerta en el redil de las ovejas es un ladrón y un bandido. "
Juan 10:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Entonces Jesús dijo: Les aseguro que quien no entra por la puerta en el redil de las ovejas es un ladrón y un bandido.
2 Pero quien entra por la puerta es el pastor que cuida las ovejas.
3 El portero le abre la puerta, y el pastor llama a cada oveja por su nombre; las ovejas reconocen su voz, y él las saca del redil,
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No es seguro si esta enseñanza tuvo lugar durante la fiesta de la Dedicación, en el invierno, mencionada en Juan 10:22, o si fue la continuación de la conversación anterior de Jesús con los fariseos, al final del capítulo anterior. Los fariseos defendían su oposición a Cristo con esta idea: ellos eran los pastores de la iglesia de Dios y, como Jesús no había recibido una comisión de parte de ellos, afirmaban que era un intruso y un mentiroso. En respuesta, Cristo describe a los pastores falsos y a los verdaderos, dejando que ellos mismos saquen la conclusión acerca de su propia conducta.
Aquí comienza la parábola, o comparación, de Juan 10:1-5. Está basada en la manera habitual de cuidar las ovejas en aquel país. Cuando la verdad divina se explica por medio de comparaciones, los ejemplos deben tomarse de cosas conocidas, para que las realidades de Dios se hagan más claras y no queden ocultas. Jesús comienza de una manera muy solemne: «En verdad, en verdad les digo». Esta afirmación enfática muestra la certeza y la importancia de lo que está a punto de decir. También encontramos la repetición de «amén» en las alabanzas y oraciones de la iglesia (Salmo 41:13; Salmo 72:19; Salmo 89:52). Si queremos que nuestro propio «amén» sea aceptado en el cielo, primero debemos recibir en la tierra el «amén» repetido de Cristo.
En la parábola, primero vemos la señal de un ladrón y salteador: alguien que viene para hacerle daño al rebaño y perjudicar a su dueño (Juan 10:1). No entra por la puerta porque no tiene derecho legítimo a entrar. En cambio, sube por algún otro lugar, quizá por una ventana o por una abertura en la pared. Las personas malvadas se esfuerzan mucho para hacer el mal. Hacen planes, invierten energías y corren riesgos para alcanzar sus metas pecaminosas. Esto debería avergonzarnos cuando somos perezosos o tímidos en el servicio de Dios.
Después vemos el carácter del dueño legítimo, el que verdaderamente es dueño de las ovejas y las cuida. Él entra por la puerta, como alguien que tiene autoridad (Juan 10:2). Viene para hacer el bien, para vendar lo que está herido y fortalecer lo que está enfermo (Ezequiel 34:16). Las ovejas necesitan del cuidado humano y, a cambio, son útiles para las personas (1 Corintios 9:7). Proporcionan ropa y alimento a quienes las cuidan y las alimentan.
Luego vemos que el pastor entra abiertamente. El portero le abre la puerta (Juan 10:3). En aquellos días, los rediles solían estar dentro de las puertas exteriores de las casas, para mayor seguridad. Por eso, nadie podía entrar legítimamente a menos que el portero abriera la entrada o que el dueño le hubiera dado las llaves.
También vemos el cuidado y la provisión del pastor para sus ovejas. Las ovejas reconocen su voz cuando les habla de una manera familiar, como las personas les hablan a sus perros o caballos. Más aún, él llama por nombre a sus propias ovejas. Esto muestra cuánto las conoce y con qué cuidado lleva cuenta de cada una. Las saca del redil hacia pastos verdes. Cuando las envía a pastar, no las arrea desde atrás. Más bien, como era costumbre en aquel tiempo, va delante de ellas para protegerlas del peligro. Ellas están acostumbradas a seguirlo y se encuentran seguras bajo su cuidado (Juan 10:4-5).
Luego vemos la respuesta de las ovejas al pastor. Reconocen su voz, de modo que pueden entender lo que quiere decir y distinguirla de la voz de un extraño. Así como el buey reconoce a su dueño (Isaías 1:3), las ovejas reconocen a su pastor. No seguirán a un extraño. Perciben que hay maldad en él y huyen porque no reconocen su voz. Esta es la parábola, y Ezequiel 34:31 ofrece la clave para entenderla: «Ustedes son mi rebaño, las ovejas de mi pastizal, y yo soy su Dios».
De esta parábola podemos aprender varias cosas. En primer lugar, las personas buenas se comparan correctamente con las ovejas. Como criaturas que dependen de su Creador, se les llama las ovejas de su pastizal. Las personas buenas, como nuevas criaturas, comparten las características útiles de las ovejas. Son inofensivas, mansas, tranquilas, pacientes bajo presión, útiles, dóciles y sociables. Además, con frecuencia eran usadas en los sacrificios.
En segundo lugar, la iglesia de Dios en el mundo es como un redil. Allí se reúnen los hijos de Dios que estaban dispersos (Juan 11:52). Allí quedan unidos en un solo cuerpo. Es un buen redil (Ezequiel 34:14; Miqueas 2:12) y está bien protegido, porque Dios mismo es como un muro de fuego alrededor de él (Zacarías 2:5).
En tercer lugar, este redil está muy expuesto a los ladrones y salteadores. Algunos son engañadores astutos que corrompen y desvían a las personas. Otros son perseguidores crueles que destruyen y devoran. Son como los lobos feroces acerca de los cuales advirtió Pablo (Hechos 20:29), o como ladrones que robarían las ovejas de Cristo para ofrecerlas a los demonios, o que les quitarían su alimento hasta hacerlas morir de hambre. También son como lobos vestidos de ovejas (Mateo 7:15).
En cuarto lugar, el gran Pastor de las ovejas cuida maravillosamente del rebaño y de cada una de ellas. Dios es el gran Pastor (Salmo 23:1). Él conoce a los suyos, los llama por nombre, los marca como propios, los conduce a pastos abundantes, hace que allí se alimenten y descansen, les habla palabras de consuelo, los protege por medio de su providencia, los guía mediante su Espíritu y su Palabra, y va delante de ellos para conducirlos por sus pasos.
En quinto lugar, los pastores auxiliares, aquellos a quienes se les ha confiado alimentar al rebaño de Dios, deben ser cuidadosos y fieles en esa responsabilidad. Los gobernantes civiles deben defenderlo y proteger sus intereses terrenales. Los ministros deben procurar su bienestar espiritual exponiendo y aplicando fielmente la Palabra de Dios, y administrando correctamente las ordenanzas del evangelio. Deben cuidar del rebaño. Tienen que entrar por la puerta de una ordenación legítima, y a esos pastores el portero les abrirá. El Espíritu de Cristo les dará una puerta abierta en la iglesia y una seguridad interior en su propio corazón. Deben conocer por nombre a los miembros de su rebaño y velar por ellos. Tienen que conducirlos a los pastos del culto público, guiarlos en medio de la comunidad, hablar a Dios en favor de ellos y comunicarles la palabra de Dios. También deben ser ejemplos para los creyentes con su propia vida.
En sexto lugar, quienes verdaderamente son ovejas de Cristo escucharán con atención a su Pastor y tendrán cuidado con los extraños. Siguen a su Pastor porque reconocen su voz. Tienen un oído capaz de discernir y un corazón dispuesto a obedecer. Huyen de un extraño y temen seguirlo porque no reconocen su voz. Es peligroso seguir a quienes no manifiestan la voz de Cristo o intentan alejarnos de la fe en él para llevarnos hacia sus propias ideas acerca de él. Quienes han experimentado en su alma el poder de la verdad divina y han probado su dulzura adquieren una notable capacidad para detectar las estrategias de Satanás y distinguir entre el bien y el mal.
Los judíos no entendieron el sentido de esta enseñanza (Juan 10:6). Jesús habló mediante una imagen vívida, sabia y útil, pero ellos no comprendieron a quiénes se refería al hablar de los ladrones y salteadores, ni a quién se refería al hablar del buen pastor. Es pecado y también motivo de vergüenza oír la palabra de Cristo y no entenderla. Muchas veces las personas no entienden porque no quieren hacerlo o porque deciden distorsionar su significado.
No tenían un verdadero interés por las cosas de las que Cristo hablaba y, por eso, no podían entender las comparaciones que usaba. Los fariseos, maestros judíos que confiaban en su propia bondad, pensaban que sabían muchísimo. No soportaban que alguien cuestionara su conocimiento, pero ni siquiera tenían el discernimiento necesario para entender lo que Jesús decía. Con mucha frecuencia, quienes aseguran tener más conocimiento son los más ignorantes en cuanto a las cosas de Dios.
Entonces Cristo explicó esta parábola y aclaró cada una de sus partes. Cualesquiera que sean las dificultades que encontremos en las palabras del Señor Jesús, él está dispuesto a explicarse si estamos dispuestos a aprender. Una parte de la Escritura explica otra, y el Espíritu Santo es quien interpreta las palabras de Jesús.
En la parábola, Cristo había mostrado la diferencia entre el pastor y el ladrón al decir que el pastor entra por la puerta. Pero, al explicar la parábola, dice que él es tanto la puerta por la que entra el pastor como el pastor que entra por la puerta. En el lenguaje humano puede parecer extraño que una misma persona sea a la vez la puerta y el pastor. Pero en la verdad divina no hay problema en afirmar que Cristo tiene autoridad por sí mismo, porque tiene vida en sí mismo. También entra por medio de su propia sangre, que es la puerta, al lugar santo.
Cristo es la puerta. Se lo dijo a quienes pretendían buscar la justicia, pero que, como los hombres de Sodoma, se habían cansado tratando de encontrar una puerta donde no había ninguna. Se lo dijo a los judíos, que querían ser vistos como las únicas ovejas de Dios, y a los fariseos, que querían ser vistos como los únicos pastores. «Yo soy la puerta del redil», dice; la puerta de la iglesia.
En un sentido general, Cristo es como una puerta cerrada que mantiene fuera a los ladrones y salteadores, y a todos los que no deberían entrar. Cerrar la puerta protege la casa; y ¿qué mayor seguridad puede tener la iglesia de Dios que el Señor Jesús se interponga entre ella y todos sus enemigos con su sabiduría, poder y bondad? También es como una puerta abierta para entrar y salir. Por medio de Cristo, la puerta, entramos primero al rebaño de Dios (Juan 14:6). Por medio de él entramos y salimos en una vida fiel, ayudados por él y aceptados en él, caminando en su nombre (Zacarías 10:12). Por medio de él, Dios viene a su iglesia, la visita y comparte su presencia con ella. Y por medio de él, como la puerta, las ovejas finalmente son recibidas en el reino celestial (Mateo 25:34).
De manera más específica, Cristo es la puerta para los pastores. Por eso, cualquiera que no entre por medio de él no debe ser considerado un verdadero pastor, sino, conforme a la regla ya establecida (Juan 10:1), un ladrón y salteador, aunque afirme ser pastor. Las ovejas no los escucharon. Esto se refiere a todos los que ocupaban el lugar de pastores en Israel, ya fueran gobernantes o ministros, y realizaban su labor sin preocuparse por el Mesías, o con respecto a él solo tenían esperanzas egoístas.
Su carácter es evidente: son ladrones y salteadores (Juan 10:8). Esto no significa que todos los que vivieron antes de Cristo fueran así, pues hubo muchos pastores fieles. Se refiere a quienes se presentaron antes que él sin haber sido enviados por él y trataron de adelantarse a su autoridad (Jeremías 23:21), o se elevaron por encima de él, como el hombre de maldad que se exalta a sí mismo (2 Tesalonicenses 2:4). Los escribas, los fariseos y los principales sacerdotes—de hecho, todos los que intentaron obstaculizar la obra de Cristo y apartar de él la mente de la gente—son ladrones y salteadores. Robaron corazones que no les pertenecían y defraudaron al verdadero dueño de lo que era suyo.
Condenaron a nuestro Salvador como ladrón y salteador porque él no entró por medio de ellos como si fueran la puerta ni recibió de ellos una autorización. Pero Cristo muestra que ellos debían haber recibido su autoridad de él, haber sido admitidos por él y haber venido después de él. Como no hicieron nada de eso, sino que se adelantaron a él, eran ladrones y salteadores. No quisieron entrar como sus discípulos, así que quedaron condenados como usurpadores, y su supuesta autoridad no tenía verdadera fuerza. Todo rival de Cristo roba a su iglesia, aunque afirme ser pastor, o incluso un pastor sobre otros pastores.
Sin embargo, las ovejas fueron protegidas de ellos. Las personas sinceras, verdaderamente entregadas a Dios y a la santidad, no podían aprobar las tradiciones de los ancianos ni disfrutar de su vacía apariencia religiosa. Los discípulos de Cristo, aun sin recibir instrucciones especiales de su Maestro, no se sintieron obligados a lavarse las manos antes de comer ni a abstenerse de arrancar espigas en sábado. Nada se opone más al cristianismo verdadero que una religión semejante a la de los fariseos, y nada agrada menos a un alma verdaderamente devota que la adoración hipócrita.
Cristo también es la puerta de las ovejas (Juan 10:9). «Por mí», es decir, por medio de mí como la puerta, «si alguien entra al redil, será salvo». No solo estará a salvo de los ladrones y salteadores, sino que también será bendecido. Entrará y saldrá, y encontrará pastos. Aquí se nos dan instrucciones claras para entrar al redil: debemos venir por medio de Jesucristo, que es la puerta. Por la fe en él, como el gran mediador que reconcilia a Dios y al ser humano, entramos en el pacto y en la comunión con Dios. Nadie entra en la iglesia de Dios si no entra en la iglesia de Cristo, y nadie es contado entre el pueblo de Dios si no está dispuesto a someterse a la gracia y al gobierno del Redentor. Puesto que la entrada de la inocencia ahora está cerrada para nosotros y el camino de regreso está bloqueado (Génesis 3:24), debemos entrar por la puerta de la fe (Hechos 14:27).
También hay promesas preciosas para quienes siguen este camino. Primero, al final serán salvos; ese es el privilegio de su destino. Estas ovejas serán salvadas de ser tomadas y retenidas por la justicia divina a causa de sus maldades, porque su gran Pastor ha hecho expiación por ellas. También serán salvadas de convertirse en presa del león rugiente, y serán felices para siempre. Segundo, en el presente entrarán y saldrán, y encontrarán pastos; ese es el privilegio de su peregrinaje. Por la gracia de Cristo vivirán en el mundo como si estuvieran dentro de su redil y en casa, con libertad para entrar y salir. Los verdaderos creyentes están en casa con Cristo. Cuando salen, no son expulsados como extraños; cuando entran, no quedan encerrados como intrusos.
Por la mañana salen al campo y por la noche regresan al redil. En ambos lugares, el Pastor los guía y los protege, y encuentran alimento en los dos: hierba en el campo y forraje en el redil. En público y en privado tienen la palabra de Dios para meditar y conversar, y por medio de ella su vida espiritual recibe alimento y sustento. Sus deseos santos son satisfechos y se llenan de la bondad de la casa de Dios.
Cristo es el Pastor, como enseñan Juan 10:11 y los versículos siguientes. El Antiguo Testamento ya había hablado de él como pastor (Isaías 40:11; Ezequiel 34:23; Ezequiel 37:24; Zacarías 13:7). En el Nuevo Testamento se le llama el gran Pastor (Hebreos 13:20), el Príncipe de los pastores (1 Pedro 5:4) y el Pastor y Guardián de nuestras almas (1 Pedro 2:25). Dios, nuestro gran dueño, a quien pertenecemos como ovejas por la creación, designó a su Hijo Jesús para que fuera nuestro Pastor, y Jesús reclama con frecuencia esa relación.
Él cuida de la iglesia y de cada creyente como un buen pastor cuida de su rebaño. También merece de la iglesia y de cada creyente la misma atención y obediencia que los pastores de aquellos países esperaban de sus ovejas. Cristo es un pastor, no como el ladrón ni como aquellos que no entraron por la puerta. El ladrón viene sin ningún buen propósito, solo para robar, matar y destruir (Juan 10:10). Los que roban de Cristo y de sus pastos el corazón y el afecto de las personas terminan matándolas y destruyéndolas espiritualmente, porque las falsas enseñanzas que introducen son mortales. También matan y destruyen quienes mantienen las Escrituras en un idioma que la gente no puede entender, quienes eliminan los sacramentos o cambian su significado correcto, o quienes reemplazan los mandamientos de Cristo con sus propias invenciones. La ignorancia y la idolatría arruinan las almas.
Cuando esas personas no pueden robarse a las ovejas ni alejarlas, conducirlas o llevárselas del rebaño de Cristo, intentan matarlas y destruirlas físicamente mediante la persecución y las masacres. La persona que no permite que le roben a menudo corre el peligro de ser asesinada. Cristo, en cambio, viene a darles vida a las ovejas. En oposición directa al ladrón, cuyo propósito es matar y destruir, Jesús dice que vino para que las personas tengan vida. Vino a dar vida a todo el rebaño, la iglesia, que había llegado a parecerse más a un valle de huesos secos que a un pastizal lleno de ovejas. Vino a defender la verdad de Dios, purificar las ordenanzas de Dios, corregir los males y reavivar el fervor que estaba decayendo. Vino a buscar a la perdida y vendar a la herida (Ezequiel 34:16); para la iglesia, esto es como recibir vida de entre los muertos.
También vino a darles vida a los creyentes individualmente. La vida incluye todos los bienes juntos y se opone a la muerte anunciada en Génesis 2:17. Es la vida que tiene un criminal cuando recibe el perdón, una persona enferma cuando es sanada y una persona muerta cuando resucita. Significa que podemos ser justificados, es decir, declarados justos delante de Dios; santificados, apartados y hechos santos; y finalmente glorificados. Vino para que tuvieran vida en abundancia. Esto puede significar una vida más plena que la que se perdió por causa del pecado, más plena que la que prometía la ley de Moisés y más plena de lo que podríamos esperar o incluso pedir. También puede significar sencillamente que tendrían abundancia: una vida con algo más, algo mejor. En Cristo no solo vivimos, sino que vivimos con consuelo, riqueza y alegría. Esa vida abundante es la vida eterna: vida sin muerte ni temor a la muerte, vida y mucho más.
Cristo también vino a dar su vida por las ovejas y, al hacerlo, a darles vida (Juan 10:11). Una característica de todo buen pastor es que está dispuesto a arriesgar su propia vida por las ovejas. Jacob lo hizo cuando soportó grandes dificultades para cuidar del rebaño (Génesis 31:40). David lo hizo cuando mató al león y al oso. Pablo también fue un pastor de almas, dispuesto a entregarse con alegría por los demás y sin considerar su vida como algo valioso en comparación con la salvación de ellos. Pero Cristo tenía una función mayor. Dio su vida para comprar a su rebaño (Hechos 20:28), pagar por sus pecados y derramar su sangre para lavarlos y limpiarlos.
Cristo también es el buen Pastor, no como un trabajador contratado. Hubo muchos que no eran ladrones ni tenían la intención de matar y destruir a las ovejas; sin embargo, actuaban como pastores mientras descuidaban su deber. Por causa de esa negligencia, el rebaño sufrió mucho. Los profetas los llamaron pastores insensatos y pastores inútiles (Zacarías 11:15, Zacarías 11:17). En contraste con ellos, Cristo se llama a sí mismo el buen Pastor (Juan 10:11), el Pastor prometido por Dios. Jesucristo es el mejor Pastor que existe para cuidar de las almas. Nadie es tan sabio, fiel y tierno como él. Nadie alimenta, guía, protege y sana las almas como él.
Él lo demuestra al compararse con los trabajadores contratados (Juan 10:12-14). El pastor infiel es descuidado. Un trabajador contratado es empleado y recibe un pago por su trabajo, pero las ovejas no son suyas. No tiene un interés verdadero en lo que les suceda, ni gana ni pierde realmente con ellas. Cuando ve que viene el lobo o algún otro peligro, abandona a las ovejas para que el lobo las ataque, porque en realidad no le importan. Esto señala claramente al pastor inútil de Zacarías 11:17. Aquí se describe a los malos pastores, ya sean gobernantes o ministros, tanto por sus principios equivocados como por sus malas acciones.
Sus malas acciones tienen su raíz en esos principios equivocados. Quienes cuidan de las almas traicionan su responsabilidad en tiempos difíciles y la descuidan en tiempos tranquilos porque son trabajadores contratados y no les importan las ovejas. Eso los vuelve falsos, superficiales y egoístas. Para ellos, las riquezas del mundo son el bien supremo. Asumieron el oficio pastoral como una manera de ganarse la vida y enriquecerse, no como una forma de servir a Cristo y hacer el bien. Lo que los impulsa es el amor al dinero y el amor a su propia comodidad.
Esto no significa que quienes sirven en el altar y viven, incluso cómodamente, de ese servicio sean trabajadores contratados. El obrero merece su alimento, y un salario vergonzosamente bajo pronto puede conducir a un ministerio igualmente vergonzoso. Pero son trabajadores contratados quienes aman más el pago que el trabajo y ponen su corazón en el salario, como se dice del trabajador contratado (Deuteronomio 24:15). Véanse también 1 Samuel 2:29; Isaías 56:11; Miqueas 3:5, Miqueas 3:11. La labor de su oficio es lo que menos les preocupa.
Les importan poco las ovejas y no se preocupan por las almas de los demás. Su objetivo es dominar a sus hermanos, no servirles como cuidadores o ayudadores. Buscan sus propios intereses y no sienten, como Timoteo, una preocupación genuina por la condición de las almas. Por eso, es de esperar que huyan cuando aparezca el lobo.
No le importan las ovejas porque no son suyas. En cierto sentido, incluso los mejores pastores que sirven bajo la autoridad de Cristo pueden decir que las ovejas no son suyas. No tienen autoridad sobre ellas como si fueran una propiedad, porque Cristo dice: «Apacienta mis ovejas y mis corderos». Sin embargo, en afecto y amor, las ovejas sí deberían ser consideradas suyas. Pablo trataba como propios a aquellos a quienes llamaba sus hermanos y hermanas amados, por quienes sentía un profundo anhelo. Quienes no toman verdaderamente a pecho los intereses de la iglesia ni los hacen parte de su propia preocupación no permanecerán fieles a ella por mucho tiempo.
También deben observarse las malas acciones que surgen de esos principios equivocados, en Juan 10:12. El trabajador contratado abandona su puesto de una manera vergonzosa. Cuando ve que viene el lobo, precisamente cuando las ovejas más lo necesitan, las deja y huye. Quienes se preocupan más por su propia seguridad que por su deber se convierten fácilmente en blanco de las tentaciones de Satanás.
Las consecuencias son terribles. El trabajador contratado piensa que las ovejas pueden defenderse solas, pero no pueden. El lobo las atrapa y dispersa el rebaño, y se produce un gran daño. El pastor traicionero tendrá que responder por todo ello. La sangre de las almas que mueren será reclamada de los vigilantes negligentes.
En contraste, vemos la gracia y la ternura del buen Pastor, tal como lo había anunciado Ezequiel (Ezequiel 34:21, 22). «Yo soy el buen Pastor». Esto es un consuelo para la iglesia y para todos sus amigos. Aunque la iglesia sufra daño o esté en peligro por el fracaso y la traición de quienes sirven bajo la autoridad de Cristo, el Señor Jesús es, y siempre ha sido, el buen Pastor.
Hay dos maneras principales en que se manifiesta su bondad. Primero, él conoce a su rebaño, incluidos todos los que le pertenecen de alguna manera, y conoce a dos grupos distintos. Conoce a todos los que ya forman parte de su rebaño (Juan 10:14-15), como dice Juan 10:3-4: «Conozco a mis ovejas, y las mías me conocen». Entre Cristo y los verdaderos creyentes existe un conocimiento mutuo. Se conocen profundamente, y en la Escritura conocer incluye amar y aprobar.
Cristo conoce a sus ovejas. Con una mirada que discierne, puede distinguir quién le pertenece verdaderamente y quién no. Conoce a las ovejas en toda su debilidad y ve más allá de las apariencias respetables bajo las cuales se esconden las cabras. Mira con bondad a quienes son verdaderamente suyos. Se da cuenta de su condición, se interesa por sus dificultades, siente ternura por ellas y las recuerda constantemente en la intercesión que continúa haciendo en el cielo. Las visita por medio de su Espíritu y tiene comunión con ellas. Conocerlas significa que las aprueba y las acepta, como se muestra en Salmo 1:6; Salmo 37:18; Éxodo 33:17.
Ellas lo conocen. Él las mira con favor, y ellas acuden a él con fe. El conocimiento que Cristo tiene de sus ovejas precede al conocimiento que ellas tienen de él, porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). Nuestra felicidad no se encuentra tanto en conocerlo a él como en que él nos conozca (Gálatas 4:9). Aun así, una marca de las ovejas de Cristo es que lo conocen. Lo distinguen de todas las afirmaciones falsas y de todos los intrusos. Conocen su voluntad, escuchan su voz y conocen por experiencia el poder de su muerte. Cristo habla aquí casi como si se gloriara de que sus ovejas lo conozcan y considerara su respeto un honor.
En este punto, Cristo también menciona el conocimiento mutuo entre él y el Padre: «Como el Padre me conoce, así yo conozco al Padre» (Juan 10:15). Esto puede entenderse de dos maneras. Primero, muestra la relación profunda y firme entre Cristo y los creyentes. El pacto de gracia, que los une a Cristo, se apoya en el pacto de redención entre el Padre y el Hijo, y ese acuerdo es completamente seguro. El Padre y el Hijo se entendieron perfectamente en ese asunto; no hubo equivocación ni incertidumbre. El Señor Jesús sabe a quiénes ha escogido y está seguro de ellos (Juan 13:18), y ellos saben en quién han confiado y están seguros de él (2 Timoteo 1:12). El fundamento de ambas certezas es el entendimiento perfecto entre el Padre y el Hijo cuando establecieron juntos su plan de paz.
Segundo, esta es una comparación apropiada para mostrar cuán cercana es la relación entre Cristo y los creyentes. El sentido puede unirse a las palabras anteriores de esta manera: «Conozco a mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce y yo conozco al Padre» (compárese con Juan 17:21). Así como el Padre conocía al Hijo, lo amaba y permaneció a su lado en sus sufrimientos cuando fue llevado como oveja al matadero, Cristo conoce a sus ovejas y las observa con atención y ternura. Estará con ellas cuando se encuentren solas, tal como su Padre estuvo con él. Y así como el Hijo conocía al Padre, lo amaba, le obedecía, hacía siempre lo que le agradaba y confiaba en él como su Dios aun cuando parecía abandonado, así también los creyentes conocen a Cristo con una obediencia confiada.
Segundo, él conoce a quienes más adelante formarán parte de este rebaño (Juan 10:16): «Tengo otras ovejas», ovejas que me pertenecen y que tienen parte en mí, «que no son de este redil», es decir, de la iglesia judía. «A esas también debo traerlas». Observemos el cuidado de Cristo por los gentiles pobres. Él ya había dicho que tenía una preocupación especial por las ovejas perdidas de la casa de Israel, y su ministerio personal estuvo limitado a ellas. Pero aquí dice: «Tengo otras ovejas». A quienes más adelante creerían en Cristo y llegarían a obedecerlo entre los gentiles se les llama aquí ovejas. Se dice que Cristo ya las tenía, aunque en ese momento todavía no habían sido llamadas y muchas ni siquiera habían nacido, porque Dios las había escogido y se las había dado a Cristo en amor eterno. Por el regalo del Padre y por haberlas comprado con su propia sangre, Cristo tiene un derecho legítimo sobre muchas almas que todavía no posee plenamente. En ese sentido, ya tenía muchas personas en Corinto cuando esa ciudad todavía vivía en pecado (Hechos 18:10). «Tengo esas otras ovejas», dice Cristo. «Las llevo en mi corazón, las tengo a la vista y es tan seguro que las tendré como si ya fueran completamente mías».
Cristo dice esto por dos razones. Primero, para quitar el desprecio que se había puesto sobre él porque tenía tan pocos seguidores y un rebaño tan pequeño. Si él es un buen pastor, algunos todavía podrían llamarlo un pastor pobre. Pero Cristo afirma: «Tengo más ovejas de las que ustedes pueden ver». Segundo, para humillar el orgullo y las vanas jactancias de los judíos, quienes pensaban que el Mesías debía reunir a todas sus ovejas de entre ellos. Cristo responde: «No; tengo otras ovejas, y las pondré junto a los corderos de mi rebaño, aunque ustedes se nieguen a ponerlas junto a los perros del suyo».
Luego explica los propósitos y las promesas de su gracia para con su pueblo. «Debo llevarlas de regreso a Dios, incorporarlas a la iglesia y, para hacerlo, apartarlas de su manera de vivir vacía y traerlas de vuelta de su extravío, como a la oveja perdida de Lucas 15:5». Pero ¿por qué debe llevarlas? La condición en la que se encuentran lo exige. Si él no las llevara, vagarían para siempre, porque, como las ovejas, nunca regresarían por sí mismas, y nadie más podría o querría traerlas de vuelta.
También lo exigen sus propios compromisos. Debe llevarlas; de lo contrario, no sería fiel al encargo que recibió ni a su propia promesa. Son suyas, compradas y pagadas por completo, así que no debe descuidarlas ni permitir que perezcan. Por honor, está comprometido a llevar a salvo a quienes le fueron confiados.
El resultado es bendito de dos maneras. Primero: «Oirán mi voz». Esto no significa únicamente que su voz se oirá entre ellas, aunque antes no la habían escuchado y, por eso, no podían creer. También significa que ellas mismas la oirán. Él hablará y les dará oídos para escuchar. La fe viene por el oír, y prestar cuidadosa atención a la voz de Cristo es tanto un medio para venir a Cristo como una señal de que él nos ha llevado a Dios por medio de sí mismo.
Segundo, habrá un solo rebaño y un solo pastor. Así como hay un solo pastor, también habrá un solo rebaño. Los judíos y los gentiles, cuando se vuelvan a la fe en Cristo, serán unidos en una sola iglesia y participarán por igual de sus privilegios, sin ninguna división entre ellos. Unidos a Cristo, estarán unidos en él. Dos varas se convierten en una sola en la mano del Señor. Un solo pastor forma un solo rebaño, y un solo Cristo forma una sola iglesia. Puesto que la iglesia es una en su estructura, está bajo una sola cabeza, llena de un solo Espíritu y guiada por una sola norma, sus miembros también deben ser uno en amor y afecto (Efesios 4:3-6).
El hecho de que Cristo se entregue por sus ovejas es otra prueba de que es un buen pastor, y aquí muestra aún más claramente la grandeza de su amor (Juan 10:15, Juan 10:17, Juan 10:18). Él dice claramente que tiene la intención de morir por su rebaño: «Doy mi vida por las ovejas» (Juan 10:15). No se limitó a arriesgar su vida por ellas, cuando la posibilidad de salvarla podía equilibrarse con el temor de perderla. En realidad, la entregó y aceptó la necesidad de morir para rescatarnos. La expresión alude a colocar algo como prenda o pago, como el dinero de una compra pagado por completo. Las ovejas apartadas para la matanza, listas para ser sacrificadas, fueron rescatadas con la sangre del pastor.
Él dio su vida por las ovejas, no solo para beneficio de ellas, sino en lugar de ellas. Muchas ovejas habían sido ofrecidas en sacrificio por sus pastores como ofrendas por el pecado, pero aquí aparece la gran sorpresa en sentido contrario: el pastor es sacrificado por las ovejas. Cuando David, el pastor de Israel, pecó y el ángel destructor sacó su espada contra el pueblo por causa de él, David tenía buenas razones para suplicar: «Estas ovejas, ¿qué han hecho? Que tu mano se vuelva contra mí» (2 Samuel 24:17). Pero el Hijo de David era sin pecado y puro, mientras que sus ovejas habían hecho mucho mal. Aun así, dice: «Que tu mano se vuelva contra mí». Cristo parece señalar la profecía: «Despierta, espada, contra mi pastor» (Zacarías 13:7). Y aunque herir al pastor dispersa por un tiempo al rebaño, lo hace con el propósito de reunirlo al final.
También quita la ofensa de la cruz, que para muchos es una piedra de tropiezo, mediante cuatro consideraciones. Primero, entregar su vida por las ovejas fue la condición que condujo al honor y la autoridad de su estado exaltado (Juan 10:17). «Por eso me ama el Padre: porque doy mi vida». De esta manera, como Mediador, es decir, como aquel que une a Dios y a las personas, recibiría la aprobación de su Padre y la gloria preparada para él al convertirse en sacrificio por el remanente escogido. Esto no significa que el Hijo de Dios no haya sido amado por el Padre desde la eternidad. Más bien, como Dios hecho hombre, como Emanuel, fue amado por el Padre porque aceptó morir por las ovejas.
De este capítulo
Juan 10:2
"Pero quien entra por la puerta es el pastor que cuida las ovejas."
Juan 10:3
"El portero le abre la puerta, y el pastor llama a cada oveja por su nombre; las ovejas reconocen su voz, y él las saca del redil,"
Juan 10:4
"y cuando todas han salido, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque reconocen su voz."
Juan 10:5
"En cambio, no siguen a un desconocido, sino que huyen de él, porque no reconocen su voz."
Juan 10:6
"Jesús les presentó esta comparación, pero ellos no entendieron lo que quería decirles."
Juan 10:7
"Jesús volvió a decirles: Esto les aseguro: Yo soy la puerta por donde pasan las ovejas."
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Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.
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