Versículo destacado
Jeremías 7:21 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" El Señor todopoderoso, el Dios de Israel, dice a su pueblo: Ofrezcan todos los holocaustos y sacrificios que quieran, y coman de esa carne. "
Jeremías 7:21
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
19 Pero más que ofenderme a mí, se ofenden a sí mismos, para su propia vergüenza. Yo, el Señor, lo afirmo.
20 Por eso yo, el Señor, les aseguro que descargaré toda mi ira contra este lugar y contra la gente, e incluso contra los animales, los árboles del campo y las cosechas. Será como un incendio que no se apagará.
21 El Señor todopoderoso, el Dios de Israel, dice a su pueblo: Ofrezcan todos los holocaustos y sacrificios que quieran, y coman de esa carne.
22 Pero cuando saqué a sus antepasados de Egipto, nada les dije ni les ordené acerca de holocaustos y sacrificios.
23 Lo que sí les ordené fue que me obedecieran, pues así yo sería su Dios y ellos serían mi pueblo. También les dije que se portaran como yo les había ordenado, para que les fuera bien.
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Dios ya le había mostrado al pueblo que el templo no los protegería mientras lo llenaran de maldad. Ahora les muestra que sus sacrificios no compensarían sus pecados ni serían aceptados mientras siguieran viviendo en desobediencia. En Jeremías 7:21, habla con evidente desprecio de su adoración externa. Es como si les dijera: «Sigan amontonando holocaustos sobre sacrificios. Añadan un sacrificio a otro. Conviertan sus holocaustos, que debían entregarse por completo a mí, en sacrificios de paz para que puedan comer la carne. Tal vez eso sea todo lo que obtengan de ellos: unas cuantas buenas comidas. Pero no esperen ningún otro beneficio mientras vivan de esta manera tan descuidada».
Algunos entienden sus palabras así: «Guárdense sus sacrificios. Sírvanlos en su propia mesa, porque no son aceptables en mi altar». El punto es claro: sus ritos se habían vuelto inútiles para ellos porque su corazón no estaba bien delante de Dios. Para explicarlo por completo, Dios muestra primero que lo único que realmente requería de ellos era la obediencia, como se ve en Jeremías 7:22-23.
Dios apela al acuerdo original mediante el cual los formó como pueblo, cuando los sacó de Egipto. Dios hizo de ellos un reino de sacerdotes para sí mismo, no para disfrutar de sus sacrificios como se decía que los dioses falsos disfrutaban de las ofrendas paganas. La Escritura habla de los ídolos de las naciones como si se alimentaran de la grasa de los sacrificios y bebieran el vino de las libaciones (Deuteronomio 32:38). Pero Dios no recibe alimento de los seres humanos como si lo necesitara. «¿Acaso hablé con sus antepasados, cuando los saqué de Egipto, acerca de holocaustos y sacrificios?». El punto no es que los sacrificios nunca hubieran sido ordenados, sino que no eran lo primero ni lo principal.
Dios dio la ley moral antes de dar la ley ceremonial. Las leyes ceremoniales vinieron después como pruebas de obediencia y como ayudas para el arrepentimiento y la fe. La ley levítica, es decir, el sistema de adoración dado a los sacerdotes y levitas, comienza con palabras como: «Si alguno de ustedes presenta una ofrenda, deberá hacerlo de esta manera» (Levítico 1:2; Levítico 2:1). Eso suena más a instrucciones sobre los sacrificios que a un mandato de hacer del sacrificio el deber principal. Pero lo que Dios sí ordenó, y a lo que los comprometió por su propia autoridad, fue esto: «Obedezcan mi voz» (Éxodo 15:26). Esa también era la condición para ser su pueblo especial: «Si en verdad obedecen mi voz» (Éxodo 19:5).
Por eso, el llamado de Dios es este: tengan cuidado de cumplir los deberes que nacen de lo que es básicamente correcto y bueno, y guarden también los mandatos específicos con un espíritu de obediencia. Entonces «yo seré su Dios, y ustedes serán mi pueblo». Ese es el honor, el gozo y el consuelo más grandes que cualquier ser humano puede tener. Vivan de una manera ordenada y constante. En todo, procuren ajustarse a la voluntad y a la palabra de Dios. Caminen dentro de los límites que él ha establecido y sigan todos los caminos que él ha mandado. Entonces pueden tener la seguridad de que les irá bien.
Esta exigencia es completamente razonable. Tiene sentido que la sabiduría infinita nos guíe hacia lo correcto, que quien nos creó tenga autoridad para mandarnos y que quien nos dio la vida y nos sostiene también nos dé su ley. La promesa, además, es muy alentadora: si dejan que la voluntad de Dios sea su guía, su favor será su felicidad.
En segundo lugar, Dios les muestra que la desobediencia era lo único que tenía contra ellos. No los estaba reprendiendo por no llevar sacrificios, porque continuamente los habían ofrecido delante de él (Salmo 50:8). Esperaban usar sus sacrificios para sobornar a Dios y así poder seguir pecando. Lo que Dios siempre les había reprochado era que quebrantaban sus mandamientos en la vida diaria, aunque mantuvieran algunas prácticas de devoción, como se ve en Jeremías 7:24-25 y los versículos siguientes.
En primer lugar, pusieron su propia voluntad en contra de la voluntad de Dios. No escucharon a Dios ni a su ley. Era como si la ley nunca hubiera sido dada o como si no tuviera ninguna autoridad. Ni siquiera quisieron inclinar el oído para escucharla, mucho menos inclinar el corazón para obedecerla. Querían hacer las cosas a su manera. Harían lo que escogieran, no lo que se les ordenaba. Sus propios planes los guiaban, no la sabiduría de Dios. Llamaban legal y bueno a lo que les parecía correcto, aun cuando la palabra de Dios dijera lo contrario. Los deseos y las pasiones de su malvado corazón se convirtieron en su ley, y caminaban según lo que agradaba a sus ojos.
En segundo lugar, si comenzaban bien, no perseveraban. Pronto se volvían atrás. Hablaron de escoger un capitán y regresar otra vez a Egipto, y se negaron a avanzar bajo la dirección de Dios. En cierto momento habían prometido con sinceridad: «Haremos todo lo que el SEÑOR diga». Si hubieran conservado esa disposición, las cosas les habrían ido bien. Pero en vez de continuar por el camino del deber, volvieron al pecado y llegaron a ser peores que antes.
En tercer lugar, cuando Dios les enviaba mensajes por medio de sus siervos para recordarles la palabra escrita, los profetas estaban cumpliendo con su labor, pero el pueblo seguía negándose a escuchar. Desde que salieron de Egipto, Dios había tenido siervos entre ellos en cada generación: personas enviadas para advertirles de sus faltas y recordarles su deber. Se levantaba temprano para enviarlos, como quien se levanta temprano para llamar a sus siervos al trabajo (Jeremías 7:13). Pero eran tan sordos ante los profetas como lo habían sido ante la ley, según Jeremías 7:26. No quisieron escuchar ni siquiera inclinar el oído. Ese había sido su patrón desde el principio. Tenían el mismo espíritu terco y resistente de las generaciones anteriores. Se había convertido en el carácter de la nación, y era un carácter perverso que los acompañaría hasta destruirlos por completo.
En cuarto lugar, su conducta seguía siendo la misma. Eran peores, no mejores, que sus antepasados. El propio Jeremías pronto podría dar testimonio contra ellos, o vería muy pronto la prueba de ello, como se indica en Jeremías 7:27. Dios le dice: «Háblales todas estas palabras. Acúsalos claramente de desobediencia y terquedad. Pero ni siquiera eso los cambiará. No te escucharán ni te prestarán atención. Llámalos con toda la claridad y seriedad que puedas, pero no te responderán. No darán ninguna respuesta o no darán una respuesta obediente. No vendrán cuando los llames».
Por eso, Jeremías debe decirles directamente que merecían ser llamados un pueblo desobediente, listo para la destrucción, como se declara en Jeremías 7:28. «Diles: Esta es una nación que no obedece la voz del SEÑOR su Dios». Su terquedad era bien conocida. Ofrecían sacrificios al SEÑOR como su Dios, pero no permitían que él los gobernara como su Dios. No aceptaban ni la enseñanza de su palabra ni la corrección de su disciplina. Ni las advertencias ni el castigo lograrían reformarlos. La verdad había desaparecido de entre ellos. No podían recibirla, y tampoco querían someterse a ella ni dejarse guiar por ella. Tampoco hablaban con verdad, porque nadie podía confiar en sus palabras. La verdad había sido eliminada de sus labios, y la mentira había ocupado su lugar. Eran falsos tanto delante de Dios como delante de las personas.
De este capítulo
Jeremías 7:1
"El Señor se dirigió a Jeremías y le dijo:"
Jeremías 7:2
"Ponte a la entrada del templo del Señor y proclama allí este mensaje: Habitantes todos de Judá que entran por estas puertas para adorar al Señor, escuchen este mensaje"
Jeremías 7:3
"del Señor todopoderoso, el Dios de Israel: “Mejoren su vida y sus obras, y yo los dejaré seguir viviendo en esta tierra."
Jeremías 7:4
"No confíen en esos que los engañan diciendo: ¡Aquí está el templo del Señor, aquí está el templo del Señor!"
Jeremías 7:5
"”Si mejoran su vida y sus obras y son justos los unos con los otros;"
Jeremías 7:6
"si no explotan a los extranjeros, a los huérfanos ni a las viudas; si no matan a gente inocente en este lugar ni dan culto a otros dioses, con lo cual ustedes mismos se perjudicarían,"
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