Versículo destacado
Jeremías 19:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" El Señor me dijo: Ve y compra un cántaro de barro, y llama a algunos ancianos del pueblo y a algunos sacerdotes ancianos. "
Jeremías 19:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 El Señor me dijo: Ve y compra un cántaro de barro, y llama a algunos ancianos del pueblo y a algunos sacerdotes ancianos.
2 Luego sal al Valle de Ben-hinom, frente a la Puerta de los Tiestos, y proclama allí el mensaje que voy a comunicarte.
3 Di: “Reyes de Judá y habitantes de Jerusalén, escuchen este mensaje del Señor todopoderoso, el Dios de Israel: Voy a enviar sobre este lugar una calamidad tan grande que todo el que oiga la noticia quedará aturdido.
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Puesto que el pecado humano ha hecho necesario enseñar línea por línea y precepto por precepto, la gracia de Dios también ha provisto una instrucción repetida. Somos tan lentos para recibir la verdad y tan rápidos para olvidarla que, aun después de recibir muchas advertencias, los obstinados pueden quedar sin excusa. Por eso el profeta recibe aquí un mensaje muy parecido al que ya había anunciado, pero con detalles adicionales que harían que la gente le prestara más atención. Los ministros deben tomar esto en cuenta, porque un detalle pequeño a veces puede ser de gran ayuda, y quien desea ganar almas debe actuar con sabiduría.
En primer lugar, Jeremías debía tomar como oyentes y testigos a los ancianos y dirigentes tanto del pueblo como de los sacerdotes: «algunos de los ancianos del pueblo y de los ancianos de los sacerdotes». Ellos eran los hombres más importantes del gobierno y del culto, por lo que podían dar un testimonio fiel, como los testigos mencionados en (Isaías 8:2). Es notable que hombres tan importantes acudieran al llamado de un profeta pobre y salieran de la ciudad hacia un lugar que no conocían, por una razón que tampoco conocían. Sin embargo, aunque la mayoría de los ancianos probablemente estaba en contra de Jeremías, es posible que algunos lo reconocieran como profeta del Señor y estuvieran dispuestos a honrar el mensaje celestial.
Las personas de posición tienen la oportunidad de honrar a Dios asistiendo con atención al ministerio de la palabra y participando en otros actos de adoración. Deben considerar esto un honor, no una vergüenza, aunque el lugar parezca sencillo o humilde. La persona más importante sigue siendo menos importante que la más pequeña de las ordenanzas de Dios.
En segundo lugar, Jeremías debía ir al valle del hijo de Hinom y entregar allí el mensaje, porque la palabra de Dios no está limitada a un solo lugar. Un sermón puede ser tan provechoso en Tófet como junto a la entrada del templo. Cristo predicó en un monte y desde una barca. Este valle se encontraba en parte al sur de Jerusalén, pero el camino de Jeremías llegaba a él por la puerta oriental, llamada por algunos la Puerta del Sol (Jeremías 19:2), aunque otros piensan que era la Puerta del Alfarero.
El mensaje debía proclamarse allí por dos razones. Primero, ese era el lugar donde habían cometido sus peores actos de idolatría, ofreciendo a sus hijos a Moloc, una práctica de maldad espantosa. Al ver el lugar, recordarían su pecado y sentirían vergüenza por él. Segundo, ese sería pronto el escenario de su peor desastre. Se convertiría en un lugar de gran matanza y, como era el basurero común de la ciudad, al contemplarlo podrían ver en qué se convertiría Jerusalén, como el valle de Tófet. Dios le dice a Jeremías que pronuncie las palabras que le dará cuando llegue allí, lo cual muestra que muchas veces Dios revelaba su mensaje a los profetas justo en el momento en que debían hablar.
En tercer lugar, Jeremías debía dar una advertencia pública de que pronto vendría una ruina general sobre Judá y Jerusalén (Jeremías 19:3). Como quien hace un anuncio oficial, debía comenzar con un llamado urgente: «Escuchen la palabra del Señor», aunque fuera una palabra aterradora, porque ellos mismos habían provocado lo que estaba por suceder. Tanto los gobernantes como el pueblo común debían escuchar, bajo su propia responsabilidad. Los reyes de Judá, el rey y sus hijos, el rey y sus príncipes y consejeros, debían oír la palabra del Rey de reyes; porque, aunque ellos ocupaban una posición elevada, él está por encima de todos. El pueblo de Jerusalén también debía escuchar lo que Dios les decía.
Tanto los gobernantes como el pueblo habían contribuido a cargar de culpa a la nación; por eso ambos debían arrepentirse, o ambos compartirían la ruina. Todos debían saber que el Señor de los ejércitos, quien tiene poder para hacer lo que anuncia, traería sobre aquel lugar, sobre Judá y Jerusalén, una calamidad tan espantosa que cualquiera que oyera hablar de ella sentiría que le zumbaban los oídos. La noticia dejaría un terror duradero en la mente. Así se describe la ruina de la casa de Elí en (1 Samuel 3:11), y también la de Jerusalén en (2 Reyes 21:12).
En cuarto lugar, Jeremías debía explicar claramente por qué Dios estaba contendiendo con ellos (Jeremías 19:4-5). Se les acusa de haberse apartado de Dios y de haber abusado de los privilegios de la iglesia visible, es decir, de la comunión externa del pueblo de Dios. Habían tratado este lugar como algo ajeno a Dios; habían convertido a Jerusalén, la ciudad santa, y al templo, la casa santa, en lugares que ya no parecían pertenecerle. Esos lugares habían sido destinados a honrar a Dios y a sostener su reino entre los seres humanos, pero el pecado los había contaminado hasta el punto de que Dios ya no los reconocería como suyos y los dejaría destinados a la destrucción.
También se les acusa de amar y adorar dioses falsos que ni ellos ni sus antepasados habían conocido. Esos dioses nunca les habían mostrado el poder ni la bondad que el Señor había mostrado al pueblo que ahora estaban abandonando. Aun así, los escogieron como si hubieran hecho una elección al azar. Peor todavía, parece que esos dioses les atraían precisamente por ser nuevos, como si la novedad en la religión resultara tan llamativa como la novedad en cualquier otro aspecto de la vida. También se les acusa de asesinato, de derramar sangre deliberadamente, movidos por un odio arraigado: «han llenado este lugar con la sangre de inocentes». Ese fue el pecado de Manasés (2 Reyes 24:4), y el Señor no lo perdonaría.
Como si la idolatría y el asesinato no fueran suficientemente graves por sí mismos, los unieron en un solo crimen horrible al quemar a sus hijos como ofrendas a Baal. Fue uno de los rechazos más descarados de la religión natural y de la religión revelada que la humanidad hubiera cometido. Con ese acto demostraron abiertamente que amaban a sus nuevos dioses más que al Dios verdadero, aunque aquellos dioses eran amos crueles que exigían sacrificios humanos. Aquello fue inhumano. El Señor Jehová, dueño de toda vida y de toda alma, nunca pidió algo semejante a sus adoradores. Nunca habló de ello, ni siquiera se le ocurrió. Véase (Jeremías 7:31).
En quinto lugar, Jeremías debía procurar que comprendieran profundamente la magnitud de la desolación que se acercaba.
Debía decirles, como ya lo había hecho antes (Jeremías 7:32), que aquel valle del hijo de Hinom recibiría un nuevo nombre: el valle de la Matanza (Jeremías 19:6). Muchas personas caerían allí a espada (Jeremías 19:7), ya fuera cuando salieran precipitadamente contra el ejército que los sitiaba y fueran rechazadas, o cuando intentaran escapar y fueran capturadas. Caerían ante sus enemigos, quienes no solo intentarían apoderarse de sus casas y propiedades, sino que también los odiarían con tanta violencia que buscarían quitarles la vida. Desearían derramar su sangre y, una vez muertos, ni siquiera permitirían que fueran sepultados. Sus cuerpos se convertirían en alimento para las aves del cielo y las bestias de la tierra.
¡En qué lugar tan espantoso se convertiría entonces el valle de Tófet! En cuanto a los que permanecieran dentro de la ciudad y se negaran a rendirse ante los sitiadores, morirían de hambre después de comer la carne de sus hijos, sus hijas y sus amigos más cercanos, porque sus enemigos los habrían encerrado por completo (Jeremías 19:9). La ley ya les había advertido acerca de ese extremo terrible al que los juicios de Dios los llevarían (Levítico 26:29; Deuteronomio 28:53), y más tarde se cumplió (Lamentaciones 4:10).
Finalmente, toda la ciudad quedaría vacía y en ruinas. Las casas serían quemadas, y sus habitantes serían asesinados o llevados cautivos. Nadie volvería a pasar por allí sin contemplar un escenario triste y aterrador, de modo que cualquiera que transitara por el lugar quedaría horrorizado (Jeremías 19:8), tal como ya se había anunciado (Jeremías 18:16). El pecado había convertido en vergüenza y deshonra de toda la tierra el lugar que la santidad había hecho motivo de alegría para toda la tierra.
Jeremías también debía advertirles que todos sus esfuerzos por escapar de esa ruina fracasarían mientras permanecieran obstinados y sin arrepentirse (Jeremías 19:7). «Haré fracasar los planes de Judá y Jerusalén» significa que Dios derrotaría los planes de los príncipes y dirigentes de Judá y Jerusalén, precisamente allí, en el palacio real situado al sur de la ciudad, no muy lejos del lugar donde se encontraba el profeta. No hay escape de la justicia de Dios si no es huyendo hacia su misericordia. Quienes no acepten el consejo de Dios y no se humillen bajo su poderosa mano descubrirán que él arruinará sus propios planes y derribará las estrategias que creían haber preparado cuidadosamente para protegerse. No hay sabiduría ni fuerza que pueda prevalecer contra el Señor.
De este capítulo
Jeremías 19:2
"Luego sal al Valle de Ben-hinom, frente a la Puerta de los Tiestos, y proclama allí el mensaje que voy a comunicarte."
Jeremías 19:3
"Di: “Reyes de Judá y habitantes de Jerusalén, escuchen este mensaje del Señor todopoderoso, el Dios de Israel: Voy a enviar sobre este lugar una calamidad tan grande que todo el que oiga la noticia quedará aturdido."
Jeremías 19:4
"Porque los israelitas me abandonaron y convirtieron este lugar en tierra extraña; en él ofrecieron incienso a otros dioses, que no conocían ni ellos, ni sus antepasados, ni los reyes de Judá, y lo llenaron con la sangre de gente inocente."
Jeremías 19:5
"Además, construyeron altares para quemar a sus hijos como holocausto a Baal, cosa que yo no les ordené ni les dije, y que ni siquiera me pasó por la mente."
Jeremías 19:6
"Por eso vendrán días en que este lugar ya no se llamará Tófet ni Valle de Ben-hinom, sino Valle de la Matanza. Yo, el Señor, lo afirmo."
Jeremías 19:7
"En este lugar haré pedazos los planes de Judá y de Jerusalén. Haré que sus enemigos mortales los derroten y los maten, y que sus cadáveres sirvan de alimento a las aves de rapiña y a las fieras."
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