Versículo destacado
Jeremías 18:18 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
La gente dijo: «Vamos a preparar un plan para deshacernos de Jeremías. Jamás faltarán sacerdotes que nos instruyan, ni sabios que nos den consejos, ni profetas que nos comuniquen la palabra de Dios. Acusémoslo para que lo maten. No hagamos caso a nada de lo que dice».
Jeremías 18:18
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
18 La gente dijo: «Vamos a preparar un plan para deshacernos de Jeremías. Jamás faltarán sacerdotes que nos instruyan, ni sabios que nos den consejos, ni profetas que nos comuniquen la palabra de Dios. Acusémoslo para que lo maten. No hagamos caso a nada de lo que dice».
19 ¡Señor, préstame atención! ¡Oye lo que dicen mis enemigos!
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Aquí el profeta, como suele hacerlo, presenta su propia experiencia, pero lo hace para enseñarnos. En los enemigos de Jeremías vemos los métodos habituales de quienes persiguen a los siervos de Dios (Jeremías 18:18). Primero se unieron para planear qué harían contra él, tanto para vengarse de lo que había dicho como para silenciarlo en el futuro. Dijeron: «Vengan, tramemos planes contra Jeremías». Los enemigos del pueblo y de los ministros de Dios muchas veces han actuado con astucia, uniéndose para hacerles daño. Lo que no pueden lograr contra la religión por separado, intentan lograrlo juntos. Los malvados conspiran contra los justos. Caifás, el sumo sacerdote, junto con los principales sacerdotes y los ancianos, hicieron lo mismo contra nuestro bendito Salvador. La resistencia que las puertas del infierno oponen al reino de los cielos se lleva a cabo con mucha malicia y estrategia.
Dios había dicho antes: «Estoy tramando una calamidad contra ustedes» (Jeremías 18:11). Ahora ellos actúan como si quisieran competir con la sabiduría de Dios y superarlo en astucia. Deciden conspirar contra el profeta de Dios, no solo contra la persona de Jeremías, sino también contra el mensaje que él les había llevado, pensando que podrían derrotarlo mediante maniobras inteligentes. ¡Qué locura pensar que podemos frustrar el propósito de Dios!
También fingieron estar muy preocupados por el bien de la iglesia. Decían que había que detener a Jeremías porque la iglesia corría peligro si él seguía predicando. «Vengan», dijeron, «silenciémoslo y acabemos con él, porque la ley no desaparecerá del sacerdote. La ley de verdad está en sus labios» (Malaquías 2:6), afirmaban, «y allí la buscaremos. La enseñanza de la ley está en manos de los sacerdotes, y ni esa enseñanza ni su oficio deben desaparecer. El consejo no desaparecerá de los sabios, ni la palabra de los profetas». Con esto se referían a los profetas que ellos habían escogido, los que hablaban de cosas agradables y prometían paz. Daban a entender dos cosas.
Primero, que Jeremías no podía ser realmente un profeta verdadero, sino un impostor y un intruso, porque no había sido nombrado por los sacerdotes y no estaba de acuerdo con los demás profetas. Decían que, si aceptaban a Jeremías, la reputación de sus sacerdotes, sabios y profetas quedaría destruida; por eso había que suprimirlo.
Segundo, insinuaban que su mensaje no podía venir de Dios porque hablaba en contra de los profetas y los sacerdotes. Jeremías había dicho que ellos eran los principales responsables de toda la maldad (Jeremías 5:31) y que estaban engañando al pueblo (Jeremías 14:14). También había anunciado que sus corazones desfallecerían y que se llenarían de terror (Jeremías 4:9), que los sabios quedarían horrorizados y consternados (Jeremías 8:9-10), y que los sacerdotes y profetas se embriagarían de confusión (Jeremías 13:13). Eso les dolió más que cualquier otra cosa. Como suponían que Dios siempre debía estar con sus sacerdotes y profetas, no podían creer que alguna vez los abandonaría. Pensaban que los líderes de la iglesia tenían que estar por encima del error; por eso, el hombre que anunciaba su confusión debía ser un falso profeta. De esta manera, bajo la apariencia de preocuparse por la iglesia, muchas veces han sido atacados sus mejores amigos.
También acordaron hacer todo lo posible para destruir la reputación de Jeremías. «Vengan, golpeémoslo con la lengua», dijeron. Querían darle un mal nombre, difundir una imagen negativa de él y hacer que algunos lo consideraran inútil y que todos lo odiaran. Su plan era lanzarle las acusaciones más graves, esperando que alguna de ellas se quedara. Lo presentarían como una persona peligrosa y despreciable, porque de otro modo no podrían levantar a la multitud en su contra. Es probable que quienes planearon esto fueran hombres importantes, cuya calumnia tenía mucho peso. Aunque sus acusaciones fueran falsas, los príncipes y el pueblo común las creerían, y eso dejaría a Jeremías expuesto tanto a la ley como a la furia de la multitud. El látigo de una lengua así no solo causa dolor; deja heridas profundas. Es una gran misericordia estar protegido de él (Job 5:21).
Para darles un ejemplo a los demás, también decidieron no escuchar nada de lo que Jeremías dijera, aunque pareciera serio y evidentemente viniera de Dios. «No prestemos atención a ninguna de sus palabras», dijeron. Fuera correcto o incorrecto, tratarían todo lo que dijera como palabras de Jeremías y no como palabras de Dios. ¿Qué bien puede lograrse con personas que oyen la palabra de Dios, pero ya han decidido no escucharla ni creerla?
Y, para silenciarlo por completo, resolvieron matarlo (Jeremías 18:23). Toda su conspiración contra él tenía como propósito quitarle la vida. Buscaban una vida preciosa, y la vida de Jeremías ciertamente lo era. Esta había sido durante mucho tiempo la triste marca de Jerusalén: una ciudad que mató a muchos de los profetas y habría acabado con todos ellos.
Aquí también vemos el recurso habitual de los perseguidos. Cuando Jeremías enfrentó este trato cruel, inmediatamente acudió a Dios en oración, y así encontró algo de paz en su corazón. Puso su persona y su causa en manos del juicio de Dios (Jeremías 18:19). Ellos no querían escuchar una sola palabra de él ni atender sus quejas. Pero Jeremías dice: «Señor, tú sí me escuchas». Es un consuelo para los ministros fieles saber que, si la gente no los escucha, Dios sí lo hará. Jeremías apela a Dios como un Juez justo, uno que escucha a ambas partes, como debe hacerlo todo juez. «No solo me escuches a mí», dice, «sino también escucha la voz de quienes se oponen a mí. Oye lo que dicen contra mí y lo que alegan en su propia defensa, y luego demuestra que estás sentado en el trono y que juzgas rectamente. Escucha la voz de mis adversarios: qué fuertes y enojados son, y qué falsas y maliciosas son sus palabras. Júzgalos por sus propias bocas; haz que sus propias lenguas caigan sobre ellos».
También se queja de su vergonzosa ingratitud (Jeremías 18:20). «¿Acaso se devuelve mal por bien sin que haya castigo? ¿No vas a devolverles bien por mal?». Devolver bien por bien es natural. Devolver mal por mal es propio de las bestias. Devolver bien por mal es cristiano. Pero devolver mal por bien es diabólico. Es algo tan perverso que no podemos imaginar que Dios lo deje sin castigo. Jeremías muestra cuán grande era su maldad: «Han cavado una fosa para mi alma». Querían quitarle la vida, y nada menos los dejaría satisfechos. Además, no lo hicieron abiertamente, donde él pudiera defenderse, sino de manera oculta y cobarde. Cavaron fosas para él, y no había una barrera que lo protegiera de ellas (Salmo 119:85). Sin embargo, también muestra cuán grande había sido el bien que él les había hecho: «Recuerda que me presenté delante de ti para hablar bien de ellos». Había intercedido ante Dios por ellos y había usado su posición delante de Dios a favor de ellos; esa era la mayor bondad que un hombre como él podía ofrecerles.
Jeremías estaba siendo tratado como habían sido tratados los profetas anteriores. En cierta ocasión, Dios dijo de Abraham: «Él es profeta y orará por ti» (Génesis 20:7). Moisés hizo esto muchas veces por Israel; aun así, ellos discutían con él y algunas veces hasta hablaban de apedrearlo. Moisés los ayudó cuando estaban en gran peligro y más necesitaban ayuda. Ellos habían provocado la ira de Dios contra sí mismos, y el juicio estaba a punto de caer, pero Moisés se puso en la brecha, como dice Salmo 106:23, y apartó esa ira.
Lo que hicieron fue muy vergonzoso. Difícilmente existe una acusación peor que la de ser ingrato. Pero no sorprende que quienes se habían olvidado de su Dios no reconocieran a sus mejores amigos. Para Jeremías también fue profundamente doloroso, tal como lo había sido para David, quien dijo: «A cambio de mi amor, ellos son mis adversarios» (Salmo 35:13; 109:4). Los pecadores siguen tratando con falsedad al gran Intercesor, Jesús, quien habla al Padre por ellos en el cielo mientras ellos hablan contra él en la tierra. Véase Juan 10:32. Aun así, Jeremías podía encontrar consuelo en esto: cuando lo trataban con tanta crueldad, su propia conciencia le confirmaba que había cumplido con su deber hacia ellos. Ese también será nuestro consuelo en el día de la angustia. Los malvados odian a la persona honrada, pero los justos se preocupan por su alma (Proverbios 29:10).
Entonces Jeremías pide que Dios ejecute sus juicios contra ellos, no por venganza personal, sino por una indignación santa ante la gravedad de su pecado (Jeremías 18:21-23). Ora para que sus familias padezcan hambre: en el campo, por falta de lluvia, y en la ciudad, por el asedio y la escasez. De esa manera, la culpa de los padres recaería sobre los hijos. También pide que sean derribados por la espada de la guerra, que en la mano de Dios es una espada de justicia. Su sangre sería derramada como agua; sus esposas quedarían viudas y sin hijos, y sus jóvenes —la fuerza de esa generación y la esperanza de la siguiente— morirían en la batalla. Algunos piensan que se refiere más bien a una enfermedad.
También pide que el temor y la ruina de la guerra caigan repentinamente sobre ellos, de modo que su castigo corresponda a su pecado. Quiere que de sus casas se eleven gritos cuando una tropa caldea los sorprenda, los lleve cautivos y se apodere de sus bienes como botín. Ellos habían planeado hacerle lo mismo a Jeremías. Cavaron una fosa para él, como los cazadores que preparan una trampa para los animales salvajes, y escondieron lazos para atraparlo, como si fuera un ave peligrosa. Quienes intentan atrapar a otros serán justamente atrapados ellos mismos en un tiempo de calamidad.
Jeremías también pide que reciban toda la pena que merece su pecado. Dice: «No perdones su culpa ni borres su pecado de tu presencia». Esto significa que no escapen del castigo que se han ganado. Quiere que sufran toda la miseria que corresponde a quienes permanecen sin perdón por sus pecados. Luego añade: «Haz que sean derribados delante de ti». Esto muestra que la justicia los perseguía y que, aunque intentaran escapar, tropezarían en su huida y aun así serían alcanzados. Por eso dice: «En el tiempo de tu enojo, trátalos como te parezca bien».
Esto no está escrito para que lo imitemos. Jeremías era un profeta y, guiado por el Espíritu, al prever la ruina segura de quienes lo perseguían, podía orar de una manera que nosotros no podemos. Si usamos este ejemplo para justificar nuestras propias maldiciones, no entendemos de qué espíritu somos. Nuestro Señor nos enseñó, tanto con sus palabras como con su ejemplo, a bendecir a quienes nos maldicen y a orar por quienes nos maltratan.
Aun así, este pasaje nos enseña varias cosas. Quienes han perdido el beneficio de las oraciones de los profetas de Dios pueden esperar con razón que esas oraciones se vuelvan contra ellos. La persecución es un pecado que rápidamente colma la medida de culpa de una nación, y traerá una destrucción segura y severa. Y quienes no se dejan mover por la bondad de Dios y de sus profetas finalmente sentirán la justa ira de ambos.
De este capítulo
Jeremías 18:1
"El Señor se dirigió a mí y me dijo:"
Jeremías 18:2
"«Baja a la casa del alfarero, y allí te comunicaré un mensaje»."
Jeremías 18:3
"Yo, Jeremías, bajé y encontré al alfarero trabajando el barro en el torno."
Jeremías 18:4
"Cuando el objeto que estaba haciendo le salía mal, volvía a hacer otro con el mismo barro, hasta que quedaba como él quería."
Jeremías 18:5
"Entonces el Señor me dijo:"
Jeremías 18:6
"¿Acaso no puedo hacer yo con ustedes, israelitas, lo mismo que este alfarero hace con el barro? Ustedes son en mis manos como el barro en las manos del alfarero. Yo, el Señor, lo afirmo."
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