Jeremías 15:1
El Señor me dijo: Aunque Moisés y Samuel se presentaran aquí delante de mí, yo no tendría compasión de este pueblo. Diles que salgan de mi presencia y que se vayan.
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21 versículos | Biblia BibleGuided — Español
El Señor me dijo: Aunque Moisés y Samuel se presentaran aquí delante de mí, yo no tendría compasión de este pueblo. Diles que salgan de mi presencia y que se vayan.
Y si te preguntan a dónde han de ir, diles esto de mi parte: “Los destinados a morir de peste, a morir de peste; los destinados a morir en la guerra, a morir en la guerra; los destinados a morir de hambre, a morir de hambre; los destinados al destierro, al destierro.”
Yo, el Señor, afirmo: Voy a enviarles cuatro castigos diferentes: los matarán en la guerra, los perros los arrastrarán, las aves de rapiña se los comerán y las fieras los devorarán.
Haré que todas las naciones de la tierra sientan horror por lo que voy a hacer con ellos, a causa de lo que Manasés, rey de Judá e hijo de Ezequías, ha hecho en Jerusalén.
¿Quién tendrá compasión de ti, Jerusalén? ¿Quién sentirá lástima de ti? ¿Quién se preocupará por tu salud?
Tú me abandonaste y me diste la espalda. Yo, el Señor, lo afirmo. Por eso, cansado de tener paciencia, levanté mi mano para castigarte y te destruí.
Dispersé a tu gente como paja, sacándola de las ciudades del país; dejé a mi pueblo sin hijos y lo destruí porque no quiso abandonar su mala vida.
Dejé entre ellos más viudas que granos de arena hay en el mar. En pleno mediodía hice caer la muerte sobre las madres con hijos jóvenes; de repente hice caer sobre ellas la angustia y el terror.
Las madres con muchos hijos se desmayan y quedan sin aliento; avergonzadas y humilladas, la luz del día se convierte en oscuridad para ellas. Si algunos quedan con vida, haré que sus enemigos los maten. Yo, el Señor, doy mi palabra.
¡Ay de mí, madre mía, porque me diste a luz solo para disputar y pelear con todo el mundo! No le he prestado dinero a nadie, ni nadie me lo ha prestado a mí; sin embargo, todos me maldicen.
Que sus maldiciones se cumplan, Señor, si no te he servido bien, si no te he rogado en favor de mis enemigos cuando estaban en desgracia y aflicción.
¿Quién puede romper el hierro del norte y el bronce?
A causa de todos tus pecados, Israel, voy a entregar a tus enemigos tu riqueza y tus tesoros, todo lo que tienes en tu territorio, para que se lo lleven gratuitamente.
Haré que seas esclavo de tus enemigos en una tierra que tú no conoces, porque mi ira se ha encendido como un fuego que te consumirá.
Señor, tú que lo sabes todo, ¡acuérdate de mí y ven a ayudarme! ¡Véngate de quienes me persiguen! No seas tan paciente con ellos que me dejes morir a mí; mira que por ti soporto insultos.
Cuando me hablabas, yo devoraba tus palabras; ellas eran la dicha y la alegría de mi corazón, porque yo te pertenezco, Señor y Dios todopoderoso.
He evitado juntarme con quienes solo piensan en divertirse; desde que tú te apoderaste de mí, he llevado una vida solitaria, pues me llenaste de tu ira.
¿Por qué mi dolor nunca termina? ¿Por qué mi herida es incurable y se resiste a toda curación? Te has vuelto para mí como el agua engañosa de un espejismo.
Entonces el Señor me respondió: Si regresas a mí, volveré a recibirte y podrás servirme. Si evitas hablar por hablar y dices solo cosas que valgan la pena, tú serás quien hable de mi parte. Son ellos quienes deben volverse a ti, y no tú quien debe volverse a ellos.
Haré que seas para este pueblo como un muro de bronce difícil de vencer. Te harán la guerra, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para salvarte y librarte. Yo, el Señor, doy mi palabra.
Te libraré del poder de los malvados; ¡te salvaré del poder de los violentos!
La negativa del pueblo a abandonar su mala conducta conduce a consecuencias graves e inevitables. El texto relaciona el juicio con los pecados de Judá y con la corrupción asociada al reinado de Manasés.
Jeremías experimenta rechazo, conflicto, aislamiento y un dolor que describe como una herida que no sana. Su lamento muestra que cumplir una vocación profética no elimina la angustia ni el cansancio.
Jeremías recuerda que recibió las palabras de Dios con alegría y que su identidad estaba profundamente ligada a ellas. La palabra divina es presentada como fuente de pertenencia y también como causa de separación de ambientes frívolos.
El capítulo se sitúa en el ministerio de Jeremías durante los últimos años del reino de Judá, antes de la destrucción de Jerusalén y del destierro babilónico. La referencia a Manasés recuerda un reinado asociado en la memoria bíblica con prácticas idolátricas y graves transgresiones. Las imágenes de guerra, hambre, peste, cautiverio y dispersión corresponden a las formas de crisis que amenazaban a Judá en el contexto de la expansión imperial y la inestabilidad regional. La mención de Moisés y Samuel subraya la gravedad de la situación: incluso figuras reconocidas por su intercesión no cambiarían la sentencia anunciada.
El capítulo comienza con una declaración divina de juicio y con cuatro destinos posibles para el pueblo: peste, guerra, hambre y destierro (1-4). Después describe la desolación de Jerusalén y la pérdida de compasión hacia ella (5-9). La atención se desplaza al lamento de Jeremías, marcado por el conflicto, la soledad y el dolor (10-18). Finalmente, Dios responde al profeta, reafirma las condiciones de su servicio y promete protegerlo frente a sus enemigos (19-21).
Jeremías 15 sostiene simultáneamente la seriedad del pecado, la realidad del juicio y la posibilidad de que Dios sostenga a su siervo en medio de una misión dolorosa. El capítulo no presenta la fidelidad profética como una vida libre de sufrimiento; muestra a un mensajero que puede lamentarse delante de Dios sin abandonar por completo su llamado. La respuesta divina destaca la necesidad de una palabra auténtica y de una orientación renovada hacia Dios. La promesa de protección no elimina la oposición, pero afirma la presencia de Dios con el profeta.
El capítulo contiene un lenguaje intenso de duelo, agotamiento, aislamiento, persecución y desesperanza. El lamento de Jeremías da forma a experiencias humanas difíciles sin ocultarlas ni reducirlas a una explicación sencilla. También muestra que expresar dolor delante de Dios puede coexistir con la fe y con una vocación que atraviesa una etapa de profunda tensión. La promesa final introduce una nota de sostén y protección, aunque no borra la gravedad de lo vivido.
El capítulo presenta varias prácticas de discernimiento: reconocer el dolor sin disfrazarlo, distinguir entre palabras vacías y palabras verdaderas, mantener la integridad cuando existe presión social y recordar que la fidelidad puede implicar oposición. También invita a considerar cómo una comunidad responde ante el daño, la injusticia y las consecuencias de decisiones persistentes. La promesa final orienta la atención hacia la presencia y el sostén de Dios sin negar la realidad del conflicto.
Moisés y Samuel eran conocidos como grandes intercesores. Su mención destaca la gravedad de la sentencia: la situación de Judá había llegado a un punto en el que ni siquiera la intercesión de esas figuras cambiaría el juicio anunciado.
El pasaje resume las principales formas de calamidad que enfrentarían los habitantes de Judá: guerra, muerte, exposición a animales y destierro. La enumeración comunica la amplitud y severidad de la devastación.
La expresión describe el deseo intenso con que Jeremías recibía el mensaje divino. Para él, esas palabras eran una fuente de dicha y confirmaban su pertenencia al Señor, aunque comunicar ese mensaje también le produjera rechazo y sufrimiento.
Es una imagen de firmeza y resistencia. Dios no promete que Jeremías dejará de enfrentar oposición, sino que sus enemigos no podrán vencerlo mientras Dios esté con él para salvarlo y librarlo.
Jeremías 15 no esconde el peso de sentirse herido, solo y rodeado de conflicto. El profeta habla desde un cansancio profundo, y el texto no trata su dolor con desprecio. Su lamento muestra que la angustia puede expresarse delante de Dios sin que desaparezca por completo la relación con él. La respuesta final ofrece una imagen de compañía y protección en medio de una situación que sigue siendo difícil.
La estructura del capítulo contrasta el juicio colectivo sobre Judá con la crisis interior del profeta. La referencia a Moisés y Samuel establece un límite radical para la intercesión, mientras que la alusión a Manasés conecta la calamidad presente con la memoria teológica de la idolatría de Judá. En los versículos finales, Dios no simplemente consuela a Jeremías: redefine su función, llamándolo a separar lo valioso de lo superficial y a recuperar una voz profética auténtica.
El capítulo relaciona las decisiones persistentes de una comunidad con consecuencias que alcanzan a muchas personas. También muestra que una responsabilidad difícil requiere claridad sobre lo que merece ser dicho y firmeza frente a la presión. La imagen del muro de bronce representa una forma de constancia práctica: permanecer fiel a lo correcto sin confundir oposición con fracaso.
Jeremías 15 presenta la vocación como una pertenencia profunda a Dios, no como una garantía de comodidad. La palabra recibida trae alegría y, al mismo tiempo, coloca al profeta en una soledad que revela el costo de permanecer disponible para la verdad. La respuesta divina señala un movimiento espiritual decisivo: volver a Dios, purificar la palabra y permitir que la vida sea sostenida por una presencia más firme que la oposición.
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