Versículo destacado

Santiago 2:14 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si sus hechos no lo demuestran? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? "

Santiago 2:14

menu_book El versículo en contexto

12 Ustedes deben hablar y comportarse como quienes van a ser juzgados por la ley que nos trae libertad.

13 Pues quienes no han tenido compasión de otros también serán juzgados sin compasión, pero quienes han tenido compasión saldrán victoriosos en la hora del juicio.

14 Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si sus hechos no lo demuestran? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe?

15 Supongamos que a un hermano o a una hermana les faltan la ropa y la comida necesarias para el día;

16 si uno de ustedes les dice: «Que les vaya bien; abríguense y coman todo lo que quieran», pero no les da lo que su cuerpo necesita, ¿de qué les sirve?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En esta parte del capítulo, el apóstol muestra el error de quienes se apoyaban en una simple profesión de la fe cristiana. Pensaban que decir que creían los salvaría, aunque su mente y su vida estuvieran alejadas de la religión santa que afirmaban tener. Santiago demuestra ampliamente que una persona es justificada, es decir, puesta en una relación correcta con Dios, no solamente por la fe, sino también por las obras.

Esto plantea una pregunta muy importante: ¿cómo reconciliamos a Pablo con Santiago? En Romanos y Gálatas, Pablo parece decir lo contrario, y con frecuencia afirma con mucha fuerza que somos justificados solo por la fe y no por las obras de la ley. Sin embargo, hay una armonía hermosa entre las distintas partes de la Escritura, aun cuando parezcan diferir. Como dijo Baxter, solo un malentendido del claro significado de Pablo podría hacer que este asunto pareciera tan difícil de resolver.

Algunas cosas ayudan a aclararlo. Cuando Pablo dice que una persona es justificada por la fe sin las obras de la ley (Romanos 3:28), está hablando de un tipo de obras distinto del que menciona Santiago. Pablo se refiere a las obras realizadas en obediencia a la ley de Moisés, antes de que las personas recibieran la fe del evangelio, y estaba tratando con personas que confiaban tanto en esas obras que rechazaban el evangelio (Romanos 10:1-4). Santiago, en cambio, habla de las obras realizadas en obediencia al evangelio, que son el fruto propio y necesario de la verdadera fe en Cristo Jesús.

Ambos apóstoles quieren honrar la fe del evangelio, porque solo esa fe puede salvarnos y justificarnos. Pablo la honra al mostrar que ninguna obra de la ley, ya sea realizada antes de la fe o en oposición a la obra salvadora de Cristo, puede justificarnos. Santiago honra esa misma fe al mostrar lo que la verdadera fe produce naturalmente. La fe genuina es activa y conduce a la obediencia.

Pablo también se opone a un uso de las buenas obras distinto del que Santiago trata aquí. Pablo habla de personas que dependían del valor de sus obras delante de Dios, por lo que correctamente niega que esas obras tengan algún mérito salvador. Santiago trata con personas que elogiaban la fe, pero ni siquiera permitían que las obras sirvieran como evidencia de ella. Confiaban en una simple profesión como si fuera suficiente para ponerlas en una relación correcta con Dios, y Santiago insiste correctamente en la necesidad de las buenas obras. No debemos poner la ley contra el evangelio, ni el evangelio contra la ley. Necesitamos tanto la fe en Jesucristo como las buenas obras que nacen de la fe.

Los dos apóstoles también hablan de distintos tipos de justificación. Pablo habla de que nuestras personas son justificadas delante de Dios, mientras que Santiago habla de que nuestra fe es justificada delante de las personas. Santiago dice, en esencia: «Muéstrame tu fe por medio de tus obras». Quiere decir que, a los ojos de los demás, las obras que produce la fe muestran que esta es real. Pablo habla de la justificación delante de Dios, quien justifica solamente a quienes creen en Jesús, y únicamente por causa de la redención que se encuentra en él. Por eso, nuestras personas son justificadas delante de Dios por la fe, pero nuestra fe es justificada delante de las personas por las obras.

Esto encaja claramente con el propósito de Santiago. Él simplemente confirma lo que Pablo enseña en otros lugares acerca de la fe: que es una fe activa, una fe que obra por medio del amor (Gálatas 5:6; 1 Tesalonicenses 1:3; Tito 3:8). Algunos también entienden que Pablo habla del comienzo de la justificación, mientras que Santiago habla de su culminación. Por la fe sola somos llevados a un estado de justificación, pero las buenas obras forman parte de la aprobación final de esa justificación en el gran día, cuando Cristo diga: «Tuve hambre, y me diste de comer».

De este pasaje aprendemos, en primer lugar, que la fe sin obras no nos beneficiará ni puede salvarnos. «¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga que tiene fe, pero no tenga obras? ¿Puede la fe salvarlo?». Una fe que no salva tampoco será de verdadera ayuda. Una simple profesión puede ganarnos la buena opinión de personas buenas e incluso traer alguna ventaja terrenal. Pero ¿de qué sirve que alguien gane el mundo y pierda su alma? Debemos juzgar todas las cosas según contribuyan a la salvación de nuestra alma o la obstaculicen.

También debemos notar que tener fe y decir que tenemos fe son dos cosas diferentes. Santiago no dice: «Si alguien tiene fe sin obras», porque ese no es su punto. Está mostrando que una simple opinión, idea o afirmación verbal no es la verdadera fe. El caso está planteado así: «Si alguien dice que tiene fe». Las personas pueden presumir delante de otros, e incluso engañarse a sí mismas, con algo que en realidad no poseen.

También aprendemos que el amor, o la caridad, es algo activo, y que la fe también es activa. Ninguno de los dos tendría utilidad si permaneciera inactivo. Imaginemos a alguien que afirma ser muy caritativo, pero que nunca realiza una sola obra de caridad. Eso deja claro lo vacío que es afirmar tener fe sin sus frutos correspondientes. Si un hermano o una hermana está desnudo y carece del alimento diario, y uno de ustedes le dice: «Vete en paz; caliéntate y aliméntate», pero no le da nada de lo que necesita, ¿de qué sirve eso? ¿Qué logrará por ti o por la persona necesitada una caridad hecha solo de palabras? Estarías tan equivocado al pensar que el amor puede existir sin actos de misericordia como al pensar que una profesión de fe puede presentarse delante de Dios sin obras de piedad y obediencia.

Aun así, como Santiago dice más adelante, la fe, si no tiene obras, está muerta (Santiago 2:17). Es muy probable que descansemos en una simple afirmación de fe y pensemos que eso por sí solo nos salvará. Es una religión fácil decir: «Creemos las verdades de la fe cristiana», pero es un grave error pensar que eso basta para llevarnos al cielo. Quienes razonan de esa manera deshonran a Dios y se engañan a sí mismos. Una fe fingida es tan detestable como un amor fingido, y ambas cosas revelan un corazón muerto para la verdadera piedad.

Sería tan imposible que un cuerpo muerto, sin alma, entendimiento ni acción, produjera deleite, como que Dios se deleitara en una fe muerta, sin obras. También se nos enseña a comparar una fe que presume sin obras con una fe que se demuestra por medio de las obras, y a considerar lo que esta comparación produce en nuestra mente. «Alguien podría decir: “Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por medio de mis obras”» (Santiago 2:18). Imaginemos a un verdadero creyente hablándole así a un hipócrita jactancioso: «Tú haces afirmaciones y dices que tienes fe. Yo no hago tales afirmaciones, sino que dejo que mis obras hablen por mí. Si puedes, muestra alguna prueba de la fe que profesas sin obras, y yo te mostraré que mis obras provienen de la fe y prueban que es real».

Esta es la prueba que la Escritura nos enseña a usar cuando nos examinamos a nosotros mismos y cuando juzgamos a los demás. También es la prueba que Cristo usará en el día del juicio. «Los muertos fueron juzgados según sus obras» (Apocalipsis 20:12). ¡Qué expuestas quedarán entonces las personas que presumen de cosas que no pueden demostrar, o que intentan probar su fe por cualquier medio que no sean las obras de piedad y misericordia!

También se nos enseña a considerar como una fe de demonios la fe que consiste únicamente en especulación y conocimiento. «Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien. También los demonios creen y tiemblan» (Santiago 2:19). El ejemplo que Santiago elige es la primera verdad básica de la religión. Creer que existe un Dios nos distingue de los ateos, y creer que hay un solo Dios nos distingue de los idólatras. Hasta ahí, está bien. Pero si te detienes ahí y te sientes seguro de tu relación con Dios simplemente porque crees que él existe, eso te llevará a la ruina. Los demonios también creen, y tiemblan.

Si te conformas con un simple acuerdo con las verdades religiosas y con algunos pensamientos acerca de ellas, no llegarás más lejos que los demonios. Y así como su creencia solo los lleva al horror, con el tiempo la tuya producirá lo mismo. A menudo se considera que la palabra «tiemblan» describe un buen efecto de la fe, pero aquí es mejor entenderla como un efecto malo en el caso de los demonios. Ellos tiemblan, no por reverencia, sino por odio y oposición hacia el único Dios que saben que es verdadero. Por eso, repetir las palabras «Creo en Dios Padre todopoderoso» no nos distinguirá finalmente de los demonios, a menos que ahora nos entreguemos a Dios como el evangelio nos llama a hacerlo. Debemos amarlo, deleitarnos en él y servirlo; los demonios no hacen ni pueden hacer nada de eso.

También se nos enseña que cualquiera que presuma de tener fe sin obras debe ser considerado desde ahora como una persona necia y condenada. «Pero ¿quieres saber, hombre necio, que la fe sin obras está muerta?» (Santiago 2:20). La expresión traducida como «hombre necio» contiene la idea de alguien vacío e inútil. Expresa el rechazo apropiado hacia quienes no tienen buenas obras y aun así presumen de su fe. Muestra claramente que son necios y que tienen poco valor a los ojos de Dios. La fe sin obras se llama muerta, no solo porque carece de las acciones que demuestran la vida espiritual, sino porque no puede conducir a la vida eterna. Esos creyentes, que descansan en una simple profesión de fe, están muertos mientras viven.

También se nos enseña que la verdadera fe salvadora no puede existir sin obras mediante dos ejemplos: Abraham y Rahab. Abraham, el padre de los creyentes y uno de los principales ejemplos de la justificación, era muy respetado por los judíos. «¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?» (Santiago 2:21). Pablo dice en Romanos 4 que Abraham creyó a Dios, y que su fe le fue contada por justicia. Estas afirmaciones se armonizan plenamente cuando consideramos Hebreos 11, donde vemos que la fe de Abraham y la de Rahab era una fe que producía las buenas obras de las que habla Santiago. Cuando la fe es salvadora y justificadora, esas obras no pueden separarse de ella.

Las acciones de Abraham demostraron que verdaderamente creía. Las propias palabras de Dios lo dejan claro: «Porque has hecho esto y no me has negado a tu hijo, tu único hijo, ciertamente te bendeciré» (Génesis 22:16-17). Por tanto, la fe de Abraham era una fe activa. Su fe colaboró con sus obras, y por las obras su fe alcanzó su plenitud (Santiago 2:22). Esto muestra el verdadero significado de la Escritura que dice: «Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia» (Santiago 2:23). De esta manera llegó a ser amigo de Dios. Su fe, demostrada por esas obras, le obtuvo el gran favor y la estrecha comunión con Dios. Es un gran honor que Abraham sea llamado amigo de Dios.

Así se entiende que «el ser humano es justificado por las obras y no solamente por la fe» (Santiago 2:24). Esto significa que una persona es llevada a una relación correcta de favor y amistad con Dios, no por una opinión superficial, una simple profesión de fe o una creencia sin obediencia, sino por una fe que produce buenas obras. Además de explicar el punto de Santiago, esto nos enseña varias lecciones importantes acerca de Abraham. Quienes desean las bendiciones de Abraham deben imitar su fe. De nada sirve jactarse de ser descendientes de Abraham si no se cree como él creyó.

Las obras que demuestran una fe verdadera deben ser obras de negación propia y de obediencia a lo que Dios manda, como cuando Abraham ofreció a su hijo, su único hijo. No son obras que complacen los deseos humanos, favorecen nuestros propios intereses o proceden únicamente de nuestras ideas. Lo que planeamos sinceramente y resolvemos hacer de verdad por Dios se acepta como si ya lo hubiéramos realizado. Por eso se considera que Abraham ofreció a su hijo, aunque no llegó a completar el sacrificio. En su mente, en su espíritu y en su determinación, ya estaba hecho, y Dios lo aceptó de esa manera.

Las acciones que nacen de la fe hacen que la fe alcance su plenitud, así como la verdadera fe hace que una persona actúe. Y una fe que actúa de esta manera hará que otros, al igual que Abraham, sean amigos de Dios. Por eso Cristo les dijo a sus discípulos: «Los he llamado amigos» (Juan 15:15).

Toda relación entre Dios y el alma que verdaderamente cree es sencilla, agradable y llena de gozo. Hay una misma voluntad y un mismo corazón entre ellos, y ambos se complacen el uno en el otro. Dios se deleita en hacerles bien a quienes creen de verdad, y ellos encuentran su gozo en él.

El segundo ejemplo de una fe que se demuestra por medio de las obras es Rahab, la mujer de Jericó que escondió a los espías israelitas. Santiago dice: «Asimismo, ¿no fue justificada por las obras también Rahab la prostituta, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino?» (Santiago 2:25). El primer ejemplo era el de alguien conocido por su fe firme durante toda su vida. Este segundo ejemplo es el de una mujer conocida por su pecado, cuya fe era más pequeña y débil. Esto demuestra que aun la fe más fuerte debe tener obras, y que ni siquiera la fe más débil queda exenta de producirlas.

Algunos dicen que la palabra traducida como «prostituta» era en realidad el nombre propio de Rahab. Otros afirman que solo significa que administraba una casa de hospedaje donde se alojaron los espías. Sin embargo, es muy probable que su reputación hubiera sido mala. Santiago la presenta como ejemplo para mostrar que la fe puede salvar al peor pecador cuando se demuestra mediante obras apropiadas, y que ni siquiera salvará a la mejor persona si carece de las obras que Dios exige.

Rahab creyó el informe que había escuchado acerca del poder de Dios manifestado en Israel. Pero su fe demostró ser real cuando, arriesgando su vida, recibió a los mensajeros y los envió por otro camino. Aquí vemos el gran poder de la fe para transformar a los pecadores. También vemos cómo Dios mira con favor la fe activa y le concede misericordia. Y vemos que, cuando se perdonan pecados graves, el honor de Dios y el bien de su pueblo deben estar por encima de la seguridad de la propia nación.

Rahab tuvo que dejar atrás a sus antiguos amigos y abandonar por completo su antigua manera de vivir. Antes de que pudiera ser considerada justa, es decir, aceptada como alguien que está en una relación correcta con Dios, tuvo que dar pruebas claras de ese cambio. Incluso después de eso, su carácter anterior siguió siendo recordado, no tanto para avergonzarla como para glorificar la abundante gracia y misericordia de Dios. Aunque fue justificada, todavía se la llama «Rahab la prostituta».

Santiago ahora presenta la conclusión: «Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, también la fe sin obras está muerta» (Santiago 2:26). Algunos entienden esto como «el cuerpo sin aliento», lo cual muestra que las obras pertenecen a la fe como la respiración pertenece a la vida. Otros lo entienden como «el cuerpo sin alma», lo cual muestra que un cuerpo sin vida se convierte en un cadáver inútil y repulsivo. De la misma manera, una simple profesión de fe sin obras es inútil y hasta ofensiva.

Aquí debemos evitar los extremos. Las mejores obras, si se hacen sin fe, están muertas, porque no tienen raíz ni una fuente verdadera. La fe es lo que hace que cualquier cosa que hagamos sea verdaderamente buena, porque se hace teniendo a Dios en cuenta, en obediencia a él y con su aprobación como nuestro principal objetivo. Por otro lado, la afirmación más impresionante de tener fe, si no está acompañada de obras, también está muerta, como una raíz que nunca produce nada verde ni fructífero.

La fe es la raíz, y las buenas obras son el fruto. Debemos asegurarnos de tener ambas. No debemos pensar que una de las dos, por sí sola, puede justificarnos y salvarnos. Esta es la gracia de Dios en la que permanecemos, y debemos mantenernos firmes en ella.

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