Versículo destacado
Isaías 9:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Y el oprimido no podrá escapar. Al principio Dios humilló a Galilea, tierra de Zabulón y de Neftalí, región vecina a los paganos, que se extiende desde el otro lado del Jordán hasta la orilla del mar; pero después le concedió mucho honor. "
Isaías 9:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Y el oprimido no podrá escapar. Al principio Dios humilló a Galilea, tierra de Zabulón y de Neftalí, región vecina a los paganos, que se extiende desde el otro lado del Jordán hasta la orilla del mar; pero después le concedió mucho honor.
2 El pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz; una luz ha brillado para los que vivían en tinieblas.
3 Señor, has traído una gran alegría; muy grande es el gozo. Todos se alegran delante de ti como en tiempo de cosecha, como se alegran los que se reparten grandes riquezas.
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Las palabras iniciales de este capítulo se conectan claramente con el final del capítulo anterior, donde todo parecía oscuro y abrumador. Había problemas, oscuridad y tristeza, y la situación era realmente muy grave; sin embargo, no era tan grave como para que la luz no pudiera surgir para los justos en medio de la oscuridad (Salmo 112:4), ni para que hubiera luz aun al anochecer (Zacarías 14:7). Aun así, no sería una oscuridad igual, ni en su naturaleza ni en su intensidad, a la que había existido antes.
En los peores momentos, el pueblo de Dios tiene un «sin embargo» que le sirve de consuelo, algo que equilibra sus dificultades. Puede ser perseguido, pero no abandonado (2 Corintios 4:9). Puede estar triste, pero siempre se alegra (2 Corintios 6:10). Cuando todo está más oscuro, nos consuela saber que Dios, quien forma la luz y crea la oscuridad (Isaías 45:7), ha puesto límites a ambas y las ha colocado una frente a la otra (Génesis 4:4). Él puede decir: «Hasta aquí llegará la oscuridad, y no más allá».
Aquí se prometen tres cosas, y todas finalmente apuntan a la gracia del evangelio. En aquel tiempo, los santos debían consolarse con la esperanza de ese evangelio en cada día nublado y oscuro, así como ahora nosotros nos consolamos en medio de las dificultades con la esperanza del regreso de Cristo, aunque su segunda venida todavía esté lejos, tal como entonces lo estaba su primera venida. La misericordia que Dios ha reservado para su iglesia en los últimos días también puede sostener a quienes sufren con ella por sus dificultades presentes.
En primer lugar, está la promesa de una luz gloriosa. Poco a poco, esa luz disipará la oscuridad, de modo que ya no será como antes. No habrá tiempos tan oscuros como los anteriores, cuando Dios primero afligió levemente la tierra de Zabulón y Neftalí, y después afligió más severamente la tierra por el camino del mar y al otro lado del Jordán (Isaías 9:1). Probablemente esto se refiere a los días en que Dios comenzó a debilitar a Israel y a atacarlo por todas partes (2 Reyes 10:32). Dios suele probar a un pueblo con juicios menores antes de traer juicios mayores. Si una aflicción leve no nos lleva a humillarnos y reformarnos, debemos esperar una aflicción más pesada. Cuando Dios juzga, prevalece.
Aquellos fueron días oscuros para Zabulón y Neftalí, y había tristeza en Galilea de las naciones. Había oscuridad debido a la ignorancia, porque no hablaban conforme a la ley y al testimonio; y cuando eso ocurre, no hay luz (Isaías 8:20). También había oscuridad debido a los problemas y a la situación desesperada de sus circunstancias externas. Ambas cosas aparecen juntas (2 Crónicas 15:3, 5). Israel había estado sin el Dios verdadero y sin un sacerdote que enseñara, y en tiempos así no había paz.
Pero la oscuridad que amenazaba a esa región no llegaría a su máxima intensidad, porque «el pueblo que caminaba en oscuridad vio una gran luz» (Isaías 9:2). Cuando el profeta habló, había muchos profetas en Judá e Israel. Sus palabras eran una gran luz, pues daban dirección y consuelo al pueblo de Dios que se mantenía fiel a la ley y al testimonio. Además de la Palabra escrita, tenían la profecía. Contaban con quienes les decían cuánto tiempo durarían aquellas cosas (Salmo 74:9), y eso era un gran consuelo cuando, debido a sus problemas externos, estaban sentados en oscuridad y vivían en una tierra de profunda sombra.
Esta promesa alcanzó todo su significado cuando nuestro Señor Jesucristo comenzó a manifestarse como profeta y a predicar el evangelio en la tierra de Zabulón y Neftalí, en Galilea de las naciones. Los profetas del Antiguo Testamento dieron testimonio de él y también señalaron de antemano su venida. Cuando llegó y vivió en la región de Zabulón y Neftalí, esta profecía se cumplió (Mateo 4:13-16). Quienes no tienen el evangelio caminan en oscuridad y no saben lo que hacen ni adónde van. Viven en una tierra de profunda sombra, en medio de una oscuridad densa y de un gran peligro. Cuando el evangelio llega a un lugar o a una persona, llega la luz: una gran luz, una luz brillante que resplandece cada vez más. Debemos recibirla con agrado, como quienes están sentados en la oscuridad reciben la luz, porque nos es sumamente útil y porque lleva en sí misma la evidencia de su verdad. Verdaderamente, esta luz es dulce.
En segundo lugar, está la promesa de un aumento glorioso y de una gran alegría que surge de él (Isaías 9:3). «Has multiplicado la nación», es decir, la nación judía, para la cual Dios había reservado misericordia. Aunque había sido reducida por un juicio severo tras otro, Dios había comenzado a multiplicarla nuevamente. La cantidad de habitantes de una nación es su fuerza y su riqueza cuando el pueblo es trabajador, y es Dios quien hace crecer a las naciones (Job 12:23). Sin embargo, el texto dice: «No has aumentado la alegría», refiriéndose a la alegría común y carnal y a las cosas que las personas suelen usar para producirla. Aun así, «se alegran delante de ti». Hay entre ellos una gran cantidad de alegría espiritual y profunda: alegría en la presencia de Dios, con la atención puesta en él.
Esto encaja bien con el tiempo de luz del evangelio mencionado en Isaías 9:2. Entonces Dios multiplicó la nación, el Israel del evangelio. «Y para él», según la lectura de los masoretas, «has aumentado la alegría», es decir, para todos los que reciben la luz. Las palabras siguientes respaldan esa lectura: «Se alegran delante de ti». Se acercan a Dios en adoración santa con gran alegría. Su felicidad no es como la alegría de Israel bajo sus viñas y sus higueras. Más bien, es alegría por el favor de Dios y por las evidencias de su gracia.
Cuando el evangelio llega con luz y poder, trae alegría consigo, y quienes lo reciben correctamente se alegran en él y seguirán alegrándose. Por eso la conversión de las naciones se anuncia de esta manera: «Alégrense y canten con gozo las naciones» (Salmo 67:4; véase también Salmo 96:11). Esta es una alegría santa: «Se alegran delante de ti». Se alegran en espíritu, como Cristo se alegró (Lucas 10:21), y lo hacen delante de Dios. A los ojos del mundo quizá parezcan estar siempre tristes, pero ante Dios siempre están alegres (2 Corintios 6:10).
También es una gran alegría. Se parece a la alegría de la cosecha, cuando quienes sembraron con lágrimas y esperaron mucho tiempo, con paciencia, por una cosecha valiosa, recogen sus frutos con alegría. También se parece a la alegría de la guerra, cuando los soldados, después de una batalla peligrosa, reparten el botín. El evangelio trae abundancia y victoria, pero quienes desean disfrutar de su alegría deben esperar primero el trabajo arduo, como el agricultor antes de la cosecha y el soldado antes de repartir el botín. Sin embargo, cuando llega la alegría, recompensa con creces todo el esfuerzo. Véanse Hechos 8:8 y Hechos 8:39.
Esto apunta a una libertad gloriosa y a una vida que se amplía, como dicen Isaías 9:4-5: «Se alegrarán delante de ti, porque has quebrado el yugo que los oprimía, la vara sobre sus hombros y el bastón de su opresor». Esa pesada vara de los malvados había descansado durante mucho tiempo sobre los hombros de los justos, pero Dios la quebraría, así como quebró el poder de Madián sobre Israel por medio de Gedeón. Si Dios usa las liberaciones del pasado como modelos de la ayuda futura, nosotros también debemos usarlas como razones para confiar en él y seguir orando a él (Salmo 83:9).
No queda claro a qué liberación específica se refería esta profecía en primer lugar. Lo más probable es que hablara de cómo Dios detendría a Senaquerib para que no tomara Jerusalén, y de que lo haría, como en los días de Madián, por medio de su intervención directa. Otras batallas normalmente eran ruidosas y sangrientas, pero esta sería diferente: silenciosa y sin lugar para que los seres humanos se atribuyeran la victoria. Dios encendería un fuego para defender su gloria (Isaías 10:16), un fuego que no sería avivado por manos humanas, y consumiría al enemigo (Job 20:26).
Aun así, la profecía claramente llega más lejos. Señala los buenos resultados de esa gran luz al visitar a quienes estaban sentados en oscuridad. Esa luz traería libertad y liberaría a los prisioneros (Lucas 4:18). El propósito del evangelio es quebrar el yugo del pecado y de Satanás, quitar la carga de la culpa y de la corrupción, y liberarnos de esos opresores. Entonces somos llevados a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.
Cristo quebró el yugo de la ley ceremonial, el sistema religioso del antiguo Israel, y nos liberó de él (Hechos 15:10; Gálatas 5:1). Nos libró de nuestros enemigos para que pudiéramos servirle sin temor (Lucas 1:74-75). Esta obra la realiza el Espíritu, que actúa como fuego (Mateo 3:11), no mediante el ruido confuso de una guerra humana. Nuestra lucha no se libra con armas humanas, sino con el Espíritu de juicio y el Espíritu de fuego (Isaías 4:4). Como en los días de Madián, es Dios quien obra en el corazón humano. Cristo es nuestro Gedeón, y su espada hace maravillas.
Pero ¿quién hará estas grandes cosas por la iglesia? El profeta dice que las hará el Mesías, Emanuel, el niño nacido de una virgen que ya había anunciado (Isaías 7:14). Aquí habla de él como si ya hubiera venido, porque era tan seguro que sucedería como si ya hubiera ocurrido. Antes de su venida, la iglesia ya recibía grandes beneficios de su obra debido a la primera promesa acerca de la descendencia de la mujer (Génesis 3:15). Así como él era el Cordero inmolado, también era el niño nacido desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8). Todas las grandes cosas que Dios hizo por la iglesia del Antiguo Testamento las hizo por medio de él como el Verbo eterno y por causa de él como Mediador, aquel que se coloca entre Dios y la humanidad.
Él era el Ungido, aquel a quien Dios tenía en mente (Salmo 84:9). Por causa del Señor Cristo, Dios hizo resplandecer su rostro sobre su santuario (Daniel 9:17). La nación judía, y especialmente la familia de David, muchas veces fue librada de la destrucción únicamente porque esta bendición estaba en su linaje. Entonces, ¿qué mayor seguridad podía darle Dios a su iglesia que saber que había reservado para ella una misericordia tan grande? El parafrasta caldeo entendió esto como una referencia al que permanece para siempre, es decir, Cristo. Es una profecía impactante acerca de él y de su reino, y quienes esperaban el consuelo de Israel seguramente encontraron en ella un gran deleite.
Mírenlo primero en su estado de humillación. El mismo que es el Dios fuerte es un niño que nace. El Anciano de Días se convierte en un bebé del tamaño de una mano. El Padre eterno se convierte en un Hijo que es dado. Así se humilló al tomar nuestra naturaleza. Se humilló y se despojó de sí mismo para levantarnos y llenarnos. Nace en nuestro mundo: el Verbo se hizo carne y vivió entre nosotros. Es dado gratuitamente para ser todo lo que nuestra condición caída necesita. Dios amó tanto al mundo que lo dio.
Nace por nosotros y es dado a nosotros, a los seres humanos, no a los ángeles que pecaron. Las palabras suenan como un triunfo, y el ángel parece repetirlas cuando anuncia el nacimiento del Mesías a los pastores: «Hoy les ha nacido un Salvador» (Lucas 2:11). El nacimiento de Cristo y el hecho de que nos haya sido dado son el gran fundamento de nuestra esperanza y la fuente de nuestro gozo, aun en medio del dolor profundo y del temor.
Ahora mírenlo en su exaltación. Este niño, este Hijo, este Hijo de Dios y Hijo del hombre que nos ha sido dado, tiene plena capacidad para hacernos un gran bien. Se le ha dado el más alto honor y poder, así que podemos tener la certeza de que seremos bendecidos si él es nuestro amigo. Será llamado, y por eso es y será, Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno y Príncipe de paz.
Él es Admirable y Consejero. Es verdaderamente admirable porque es Dios y hombre a la vez. Su amor es motivo de asombro para los ángeles y para los creyentes glorificados. Su nacimiento, vida, muerte, resurrección y ascensión fueron admirables. Las maravillas recorrieron toda su vida, y nadie puede explicar por completo la profunda verdad acerca de él. Es Consejero porque conocía los planes de Dios desde la eternidad y da consejos sabios a las personas para su bien. Dios nos ha dado consejo por medio de él (Salmo 16:7; Apocalipsis 3:18). Él es la sabiduría del Padre y ha sido hecho para nosotros sabiduría. Algunos unen los dos nombres y leen «Consejero admirable», es decir, un consejero tan grande que causa admiración. En esto, como en todas las cosas, él ocupa el primer lugar. Nadie enseña como él.
Él es el Dios fuerte, el Dios poderoso. Así como tiene sabiduría, también tiene poder para llevar a cabo aquello para lo cual vino. Puede salvar por completo, y la obra del Mediador requería un poder no menor que el del Dios fuerte.
Él es el Padre eterno, o el Padre de la eternidad. Es Dios, uno con el Padre, desde la eternidad y por toda la eternidad. Él da vida eterna y felicidad a su pueblo, por lo que es el Padre de la eternidad bendita de ellos. Es el Padre del mundo venidero, como lo lee la Septuaginta: el Padre de la era del evangelio, que está bajo su gobierno y no bajo el de los ángeles (Hebreos 2:5). Desde la eternidad fue el Padre de la gran obra de redención, porque su corazón estaba puesto en ella. Esta obra surgió de su sabiduría como Consejero y de su amor como Padre eterno.
Él es el Príncipe de paz. Como Rey, protege la paz, ordena la paz e incluso crea paz en su reino. Él es nuestra paz, y su paz protege el corazón de su pueblo y gobierna en su interior.
No solo es un príncipe pacífico y su gobierno es pacífico, sino que también es la fuente y el dador de todo bien. Toda la paz que su pueblo disfruta ahora y disfrutará en el futuro proviene de él.
Consideren también la autoridad que se le ha dado y el trono que está por encima de todo trono (Isaías 9:6). «El gobierno estará sobre sus hombros» significa que el gobierno le pertenece únicamente a él. No solo llevará sobre su hombro la señal de autoridad, como la llave de la casa de David (Isaías 22:22), sino que también cargará con toda la responsabilidad de gobernar. El Padre se la entrega, por lo que tiene un derecho indiscutible a gobernar. Además, él acepta gustosamente la tarea, así que no hay duda de que gobernará bien. No estará sobrecargado, como Moisés cuando dijo: «No puedo llevar yo solo a todo este pueblo» (Números 11:11, Números 11:14).
Aquí se dicen muchas cosas gloriosas acerca del gobierno de Cristo (Isaías 9:7). Primero, seguirá creciendo. Su reino se extenderá cada vez más y cada día se añadirán más personas a él. Su honra también crecerá y brillará con mayor intensidad en el mundo. Por lo general, los reinos terrenales se han vuelto menos impresionantes con el paso del tiempo. Lo que comenzó en oro terminó en hierro y barro, y cada reino se debilitó poco a poco. Pero el reino de Cristo sigue creciendo y, al final, alcanzará su plena madurez.
Segundo, será un gobierno de paz, conforme a su título de Príncipe de paz. Él gobierna por medio del amor y en el corazón de las personas. Dondequiera que está su gobierno, hay paz, y a medida que su gobierno crece, también crece la paz. Cuanto más plenamente nos sometemos a Cristo, más tranquilos y seguros llegamos a estar.
Tercero, será un gobierno legítimo. El Hijo de David se sentará en el trono de David y gobernará sobre el reino de David, que le pertenece por derecho. Dios le dará el trono de su padre David (Lucas 1:32, Lucas 1:33). La iglesia del evangelio, donde judíos y gentiles están unidos, es el santo monte de Sion, y Cristo reina allí (Salmo 2:6).
Cuarto, se ejercerá con sabiduría y justicia, de manera que cumplirá el propósito principal del gobierno: establecer y fortalecer el reino. Él lo ordenará y lo afirmará con justicia y juicio. Todo en el reino de Cristo está y estará bien administrado, y ninguno de sus súbditos tendrá jamás motivo para quejarse.
Quinto, durará para siempre. El crecimiento de su gobierno no tendrá fin, porque seguirá extendiéndose. Tampoco tendrá fin su paz, porque la felicidad de quienes pertenecen a este reino durará para siempre y quizá también seguirá aumentando eternamente. Él reinará desde ese momento y para siempre, no solo durante todas las generaciones del tiempo, sino incluso después de que el reino sea entregado a Dios el Padre; la gloria tanto del Redentor como de los redimidos continuará para siempre.
Sexto, Dios mismo ha prometido hacer que todo esto se cumpla. El «Señor de los ejércitos», que tiene todo poder y a todas las criaturas bajo su mando, lo llevará a cabo. Él preservará el trono de David hasta que este Príncipe de paz se siente en él. Su celo lo hará: su preocupación por su propio honor, la fidelidad de su promesa y el bien de su iglesia. Noten cuánto le importa a Dios hacer avanzar el reino de Cristo entre las personas. Esto debe consolar a todos los que desean que ese reino prospere. El celo del Señor de los ejércitos vencerá todo obstáculo.
De este capítulo
Isaías 9:2
"El pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz; una luz ha brillado para los que vivían en tinieblas."
Isaías 9:3
"Señor, has traído una gran alegría; muy grande es el gozo. Todos se alegran delante de ti como en tiempo de cosecha, como se alegran los que se reparten grandes riquezas."
Isaías 9:4
"Porque tú has deshecho la esclavitud que oprimía al pueblo, la opresión que lo afligía, la tiranía a la que estaba sometido. Fue como cuando destruiste a Madián."
Isaías 9:5
"Las botas que hacían resonar los soldados y los vestidos manchados de sangre serán quemados, destruidos por el fuego."
Isaías 9:6
"Porque nos ha nacido un niño, Dios nos ha dado un hijo, al cual se le ha concedido el poder de gobernar. Y le darán estos nombres: Admirable en sus planes, Dios invencible, Padre eterno, Príncipe de la paz."
Isaías 9:7
"Se sentará en el trono de David; extenderá su poder real a todas partes y la paz no se acabará. Su reinado quedará bien establecido, y sus bases serán la justicia y el derecho desde ahora y para siempre. Esto lo hará el ardiente amor del Señor todopoderoso."
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