Versículo destacado

Isaías 63:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" —¿Quién es ese que viene de Bosrá, capital de Edom, con la ropa teñida de rojo, vestido espléndidamente y caminando con fuerza terrible? —Soy yo, que anuncio la victoria y tengo poder para salvar. "

Isaías 63:1

menu_book El versículo en contexto

1 —¿Quién es ese que viene de Bosrá, capital de Edom, con la ropa teñida de rojo, vestido espléndidamente y caminando con fuerza terrible? —Soy yo, que anuncio la victoria y tengo poder para salvar.

2 —¿Y por qué está rojo tu vestido, como si hubieras pisado uvas con los pies?

3 —Sí, yo solo estuve pisando las uvas; nadie me ayudó. Lleno de ira pisoteé a mis enemigos, los aplasté con furor; su sangre salpicó mis vestidos y manchó toda mi ropa.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se pregunta primero por una victoria gloriosa y luego se explica. Algunos piensan que se refiere a la victoria de Dios sobre los enemigos de Israel por medio de Ciro, especialmente sobre los babilonios, pero eso no encaja bien. Babilonia siempre se menciona como la tierra del norte, mientras que Edom estaba al sur de Jerusalén; por eso, el conquistador no regresaría por Edom. La victoria aquí es sobre los edomitas, quienes se habían alegrado de la caída de Jerusalén a manos de los caldeos y habían interceptado a los fugitivos que intentaban escapar hacia ellos (Salmo 137:7; Abdías 1:12-13). De esa manera, Edom representa a todas las naciones que se habían opuesto a Israel.

Edom también es mencionado por el antiguo odio de Esaú contra Jacob (Génesis 27:41). Puede haber además una alusión a las grandes victorias de David sobre los edomitas, mediante las cuales obtuvo un nombre y un honor especiales (Salmo 60, título; 2 Samuel 8:13-14). Sin embargo, esto es más que una victoria sobre una sola nación. También apunta a la gracia de Dios en Cristo, quien obtiene la victoria sobre nuestros enemigos espirituales. En Apocalipsis vemos a Aquel cuyas vestiduras están empapadas de sangre, y su nombre es la Palabra de Dios (Apocalipsis 19:13). Por medio de él somos más que vencedores sobre los poderes que derrotó en la cruz.

La iglesia, o el profeta hablando en nombre de la iglesia, primero le hace a este conquistador una pregunta llena de admiración en los versículos 1-2. Ve a un guerrero poderoso que regresa triunfante de la batalla, viniendo de Edom con la ropa roja, no por adornos, sino por la sangre y la suciedad. No viene agotado ni atemorizado. Avanza con la grandeza de su fuerza, todavía entero e invicto. La pregunta «¿Quién es este?» puede significar «¿De qué lado estás?», como la pregunta de Josué ante la figura armada que tenía la espada desenvainada (Josué 5:13). También puede evocar la admiración reverente de Israel: «¿Quién como tú, Señor?» (Éxodo 15:11). La segunda pregunta indaga por qué su ropa está roja, como si hubiera estado trabajando en un lagar. Eso parece extraño en alguien tan majestuoso; sin embargo, la señal externa de su obra parece mostrar servicio y sufrimiento.

Entonces el conquistador da una respuesta maravillosa. Dice: «Yo, el que habla con justicia, poderoso para salvar». Él es el Salvador. Dios fue el Salvador de Israel frente a sus opresores, y el Señor Jesús es nuestro Salvador del pecado. Jesús significa «Salvador», porque él salva a su pueblo de sus pecados. Sus palabras muestran la verdad de su promesa, porque cumple cada palabra que ha pronunciado. También muestran la fuerza de su poder, porque puede llevar a cabo la salvación que prometió, sin importar qué se interponga en el camino.

También dice: «He pisado el lagar yo solo» (Isaías 63:3). La imagen es la de alguien que pisa uvas en un lagar, pero aquí señala al gran lagar de la ira de Dios (Apocalipsis 14:19). Cristo entró en ese lugar de juicio en nuestro lugar. Arrojó allí a nuestros enemigos y destruyó al que tenía el poder de la muerte, para liberarnos. Los juicios sangrientos que a veces fueron enviados contra los enemigos de Israel eran una sombra de esta obra mayor.

Él obtuvo la victoria solo con su propia fuerza (Isaías 63:3). Cuando Dios salvó a su pueblo y destruyó a sus enemigos, no necesitó la ayuda de nadie. Pero entre el pueblo por el cual se realizaría la salvación, no apareció ningún ayudador. Eran débiles, indefensos, desanimados y no estaban dispuestos a actuar para rescatarse a sí mismos. No había nadie que dirigiera la obra ni nadie que la apoyara, ni siquiera como una segunda mano que ayudara a un combatiente. Por eso, su propio brazo trajo la salvación, no mediante la fuerza humana, sino por el Espíritu del Señor de los ejércitos; es decir, por su propia acción poderosa. Esto se aplica especialmente a la victoria de Cristo sobre los enemigos espirituales. Él pisó solo el lagar de la ira de su Padre y triunfó sobre los poderes de las tinieblas en sí mismo (Colosenses 2:15). Nadie estuvo con él, pues cuando entró en aquella lucha, todos sus discípulos lo abandonaron y huyeron.

No hubo nadie que ayudara, nadie que pudiera ayudar y nadie que se atreviera a hacerlo. Bien podía sorprenderle que entre los seres humanos, precisamente aquellos a quienes esto concernía, no solo no hubiera nadie que lo apoyara, sino que muchos intentaran oponerse a él y detenerlo si podían.

Él emprendió la batalla movido únicamente por su propio celo. Es en su enojo, en su furor, que pisotea a sus enemigos (Isaías 63:3), y ese mismo furor lo sostiene a lo largo de esta obra (Isaías 63:5). Dios salvó a los judíos oprimidos porque estaba profundamente enojado con los opresores babilonios: con su adoración de ídolos y su hechicería, con su orgullo y crueldad, y con los males que le habían hecho a su pueblo. Mientras ellos seguían acumulando pecados y se volvían más atrevidos y violentos, su enojo aumentaba hasta convertirse en furor.

Nuestro Señor Jesús realizó nuestra redención con un celo santo por el honor de su Padre y por el bienestar de la humanidad, y con un odio santo hacia los ataques insolentes de Satanás contra ambos. Ese celo y esa justa indignación lo sostuvieron durante toda la obra. Dos aspectos de ese celo lo impulsaron.

Primero, estaba lleno de celo contra sus enemigos y los enemigos de su pueblo. «El día de la venganza está en mi corazón» (Isaías 63:4), es decir, el día establecido en el plan eterno de Dios para juzgarlos. Estaba escrito en su corazón, de modo que no podía olvidarlo ni dejarlo pasar. Su corazón estaba lleno de ello, y esa carga lo impulsaba a avanzar en esta guerra santa. Hay un día fijado para la venganza divina y, aunque puede demorarse, ciertamente llegará. Podemos esperar ese día, porque el propio Redentor también espera por él, aun mientras su corazón está puesto en ese momento.

Segundo, estaba lleno de celo por su pueblo y por todos los que habría de incluir en la salvación venidera. «Ha llegado el año de mis redimidos», es decir, ha llegado el tiempo señalado para rescatarlos. Había un tiempo establecido para que Israel fuera liberado de Egipto, y Dios cumplió ese tiempo exactamente (Éxodo 12:41). También había un tiempo establecido para que fueran liberados de Babilonia (Daniel 9:2). De igual manera, había un tiempo establecido para que Cristo viniera a destruir las obras del diablo, y hay un tiempo establecido para cada liberación de la iglesia. El libertador espera ese momento.

Observa con cuánto agrado habla de su pueblo. Son «mis redimidos», le pertenecen y son valiosos para él. Su redención todavía no se ha completado, pero habla de ellos como ya redimidos, porque sucederá con tanta certeza como si ya se hubiera realizado. Observa también con cuánto gozo habla de su rescate. Se alegra de que haya llegado el momento, aunque está a punto de enfrentar una fuerte resistencia. «Ahora que ha llegado el año de mis redimidos, vengo de inmediato. La espera terminó. Ahora actuaré, dice el Señor. Ahora verán lo que haré con el faraón».

Debemos esperar con paciencia la salvación prometida hasta que llegue el tiempo señalado; pero también debemos orar por el cumplimiento de las promesas. Si Cristo dice: «Vengo pronto», que nuestro corazón responda: «Sí, ven pronto». Que llegue el año de los redimidos.

Él también obtendrá una victoria completa sobre todos sus enemigos. Mucho ya se ha cumplido, pues aparece con la ropa roja. Se ha derramado tanta sangre que las vestiduras del conquistador están manchadas con ella. Jacob había anunciado esto mucho antes acerca de Siló, es decir, Cristo, cuando dijo que lavaría sus vestidos en vino y su ropa en la sangre de las uvas; esto puede apuntar a lo que aquí se describe (Génesis 49:11). En la caída de los poderes que se oponen a Cristo encontramos mucho derramamiento de sangre (Apocalipsis 14:20; Apocalipsis 19:13), aunque en lenguaje profético esto también puede entenderse en sentido espiritual, y probablemente así debe entenderse aquí.

Todavía hará más (Isaías 63:6): «Pisotearé a los pueblos que todavía se resistan a mí, en mi enojo». Cuando llegue el año de los redimidos, el Redentor victorioso seguirá conquistando hasta completar su obra (Apocalipsis 6:2). Cuando comienza algo, también lo termina. Completará sus victorias sobre los enemigos de su iglesia de dos maneras.

Primero, cegará su entendimiento. Los embriagará, de modo que perderán la claridad de juicio y la firmeza para tomar decisiones. Beberán de la copa de su furor, y esta los hará tambalearse. O los embriagará con su propia sangre (Apocalipsis 17:6). Quienes se emborrachan con la copa del pecado y de la vida desenfrenada, y así se enardecen en su propio furor, deben arrepentirse y apartarse de ello; de lo contrario, Dios puede hacerles beber la copa del temblor, la copa de su furor.

Segundo, los debilitará. Derribará sus fuerzas y los hará caer por tierra, porque ¿qué fuerza puede resistir al poder del Todopoderoso?

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