Versículo destacado

Isaías 32:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Habrá un rey que reinará con rectitud y gobernantes que gobernarán con justicia. "

Isaías 32:1

menu_book El versículo en contexto

1 Habrá un rey que reinará con rectitud y gobernantes que gobernarán con justicia.

2 Cada uno de ellos será como un refugio contra el viento y una protección contra la tempestad, como canales de riego en tierra seca, como la sombra de una gran roca en el desierto.

3 Tendrán los ojos bien abiertos y estarán dispuestos a escuchar con atención;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí el profeta describe un reino próspero. «Dichosa eres, tierra, cuando esto sucede»: cuando los reyes, los príncipes y el pueblo ocupan cada uno su lugar y cumplen bien con su responsabilidad. Esto puede servir de guía tanto para los gobernantes como para sus súbditos, al mostrarles lo que cada uno debe hacer. También puede leerse como una alabanza a Ezequías, un buen rey de Judá cuyo gobierno sabio trajo verdadera bendición. El propósito es hacer que el pueblo reconozca lo feliz que era bajo su gobierno, que valore con cuidado sus beneficios y que dirija la mirada hacia el reino de Cristo y la reforma que este traería.

Esta promesa tiene como propósito consolar a la iglesia. Primero, los gobernantes deben cumplir con su deber, y su autoridad debe servir al gran propósito para el cual Dios la estableció (Isaías 32:1, 2). Habrá un rey y príncipes que gobernarán como corresponde, porque las cosas no marchan bien cuando Israel no tiene rey. Los príncipes necesitan un rey sobre ellos como autoridad suprema, alguien en quien puedan unirse. El rey también necesita príncipes bajo su autoridad, funcionarios por medio de los cuales pueda actuar (1 Pedro 2:13, 14). Cada uno debe conocer su lugar y desempeñar bien su función. El rey gobierna en la posición más elevada, y los príncipes en una posición inferior, pero todos deben hacerlo por el bien común.

Usarán su poder conforme a la ley, no en contra de ella. Gobernarán con rectitud y justicia, con sabiduría e imparcialidad, protegiendo al bueno y castigando al malvado. Cristo aprueba a los reyes y príncipes que decretan justicia (Proverbios 8:15). Cristo mismo es ese tipo de Rey y Príncipe. Gobierna con derecho y juzgará al mundo con justicia (Isaías 9:7; 11:4).

Tales gobernantes son una gran bendición para el pueblo (Isaías 32:2). Un hombre, ese hombre, el rey que gobierna con justicia, será como un refugio. Cuando los gobernantes son como deben ser, el pueblo puede vivir como desea. Protegen a la gente del daño, como un refugio contra una tormenta de violencia y destrucción. Defienden al pobre y al huérfano, para que los poderosos no los conviertan en presa. Cuando personas inocentes son atacadas con mentiras o por la fuerza, pueden acudir al gobernante como a un refugio, y él puede hacer que se restablezca la justicia.

También renuevan y consuelan al pueblo con muchos buenos regalos. Un gobernante bueno sostiene a los pobres y afligidos, y promueve todo lo que es correcto y bueno. Es como corrientes de agua en una tierra seca: refresca, alimenta y hace fértil el suelo. Es como la sombra de una gran roca en una tierra agotada, donde el viajero cansado puede descansar del sol ardiente. Para una persona fiel que sigue haciendo lo correcto aunque sea objeto de burlas y oposición, es profundamente alentador contar con el respaldo, el favor y la aprobación pública de un buen gobernante. Todo esto, y mucho más, es el Señor Jesucristo para cada súbdito dispuesto y fiel de su reino.

Cuando las mayores aflicciones vienen sobre nosotros, incluso las tormentas de culpa y juicio, nos impulsan hacia Cristo. En él no solo estamos seguros, sino que sabemos que estamos seguros. En él encontramos corrientes de agua para quienes tienen hambre y sed de justicia, todo el alivio y consuelo que un alma necesitada pudiera desear. Y su sombra no es como la de un árbol, que el viento o la lluvia pueden atravesar, sino como la sombra de una roca, una gran roca que ofrece un refugio amplio y firme. Algunos también han señalado que, así como el refugio y la roca reciben ellos mismos la fuerza de la tormenta para proteger a quienes se resguardan allí, Cristo soportó la tormenta para que no cayera sobre nosotros.

Segundo, los súbditos deben cumplir con su deber en el lugar que les corresponde. Deben estar dispuestos a aprender y preparados para comprender correctamente las cosas. Tienen que dejar de lado los prejuicios contra sus gobernantes y maestros, y someterse a la luz y al poder de la verdad (Isaías 32:3). Cuando comienza esta bendita obra de reforma y el pueblo cumple con su parte, Dios hará la suya. Entonces los ojos de quienes ven, los profetas y videntes, ya no estarán oscurecidos. Dios les dará nuevas visiones para compartirlas con el pueblo. Quienes leen la palabra escrita ya no tendrán un velo sobre el corazón, sino que verán con claridad. Quienes oyen la palabra predicada escucharán con atención y la recibirán de buena voluntad, en vez de ser lentos para oír. Esta es la obra de la gracia de Dios, especialmente de la gracia del evangelio, porque el Señor hizo tanto el oído que oye como el ojo que ve, y también los hizo nuevos.

También ocurrirá un gran cambio en las personas por medio de lo que se les enseña (Isaías 32:4). Sus mentes se volverán claras y podrán distinguir las cosas y juzgarlas correctamente. El corazón de quienes eran precipitados e impulsivos, y no podían detenerse el tiempo suficiente para pensar, será liberado de ese defecto y comprenderán el conocimiento, porque el Espíritu de Dios abrirá su entendimiento. Cristo hizo esto con sus discípulos después de su resurrección (Lucas 24:45), mostrando lo que haría por todo su pueblo cuando le diera entendimiento (1 Juan 5:20). Los planes sabios de los buenos gobernantes tienen más probabilidades de prosperar cuando su pueblo se permite pensar con cuidado y juzgar correctamente.

También adquirirán facilidad para expresarse. La lengua de quienes antes tropezaban al hablar de las cosas de Dios se volverá clara y dispuesta, como la de personas que saben de qué están hablando y lo creen, y por eso lo proclaman. Habrá tal crecimiento en el conocimiento claro y ordenado de la verdad de Dios que algunos que antes parecían los menos indicados hablarán sabiamente de estas cosas, para la honra de Dios y el bien de los demás. Tendrán el corazón tan lleno de cosas buenas que su lengua será como la pluma de un escritor experto (Salmo 45:1).

La diferencia entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio, se mantendrá clara, y nadie los confundirá como lo hacen quienes llaman a la oscuridad luz y a la luz oscuridad (Isaías 32:5). Al vil ya no se le llamará generoso. Los malos ya no serán promovidos por el príncipe. Cuando un rey gobierna con justicia, no pondrá en posiciones de honor y poder a personas viles, egoístas y dispuestas a hacer daño con tal de conseguir lo que desean. A hombres como Antíoco, el gobernante malvado mencionado en Daniel 11:21, a veces se les llama generosos cuando son elevados a cargos importantes. Incluso se les llama benefactores (Lucas 22:25). Pero no será así para siempre. A medida que el mundo se vuelva más sabio, las personas serán promovidas de acuerdo con su verdadero valor, y el honor, que no corresponde al necio (Proverbios 26:1), ya no se desperdiciará en hombres semejantes.

Los malos ya no serán honrados entre el pueblo, ni el vicio se disfrazará de virtud. Nadie llamará noble a un Nabal —es decir, a un necio codicioso como Nabal— ni halagará a un hombre egoísta como si fuera un gran señor o un hombre rico. Solo quienes son ricos en buenas obras serán considerados verdaderamente ricos. Es bueno para un pueblo que a los hombres se les valore por su virtud, su utilidad y su bondad hacia los demás, y no por su dinero o sus títulos honoríficos.

No afirmamos si esto tuvo un cumplimiento parcial durante el reinado de Ezequías o si apunta hacia el reino de Cristo. Pero ofrece una excelente norma tanto para los gobernantes como para el pueblo: respetar a las personas de acuerdo con su verdadero valor. Para dejar esto claro, el profeta describe al hombre vil y al generoso. Al compararlos, vemos una diferencia tan grande que tendríamos que olvidarnos de nosotros mismos para dar al hombre vil el mismo honor que solo le corresponde al generoso.

El hombre vil y el egoísta harán daño, y el daño empeorará si reciben poder. Los honores solo los hacen peores, no mejores, como dicen Isaías 32:6 y 7. Tales hombres siempre están tramando alguna maldad. Preparan el mal en su corazón y mantienen la mente ocupada en ello. El pecado requiere esfuerzo, y los pecadores a menudo trabajan mucho en sus planes perversos. Mientras más planificación y estrategia haya en el pecado, más se manifiesta en él la obra de Satanás.

También llevan a cabo sus planes mediante el engaño y la hipocresía. Mientras planean el mal, fingen ser rectos, como en Lucas 20:20. Los peores crímenes suelen ocultarse bajo palabras que suenan bien acerca de la devoción a Dios, la preocupación por la gente o el bien común. Las personas más viles son aquellas que tienen las peores intenciones mientras hablan con dulzura.

También hablan con maldad. Cuando se enojan, su lenguaje ofensivo muestra lo que realmente son, y es indigno de personas de rango o de honor. O cuando emiten un veredicto o una sentencia, tuercen la verdad y revisten la injusticia con palabras elegantes. Insultan a Dios, quien es justo y ama lo que es recto. Presentan el error contra el Señor, y esto constituye una especie de falta de respeto abierta. Dan un juicio injusto y luego usan el nombre de Dios para respaldarlo, como si su decisión falsa fuera la decisión de Dios mismo, ya que el juicio le pertenece a él (Deuteronomio 1:17). Nada es más atrevido contra Dios que usar su nombre para respaldar el mal.

También abusan de otras personas, especialmente de aquellas a quienes deberían ayudar. En vez de suplir las necesidades de los pobres, los dejan sin nada y con hambre. Les quitan la poca comida que tienen, o les niegan la ayuda que necesitan y que deberían haber recibido. También dejan que los sedientos permanezcan sin bebida, cortando la ayuda que antes tenían y que todavía necesitaban. Esas personas son verdaderamente viles, porque privan de misericordia a los necesitados.

En vez de ayudar a los pobres cuando comparecen ante ellos, intentan perjudicarlos en los tribunales. Usan palabras engañosas para favorecer a los ricos, hacia quienes muestran claramente parcialidad. Aun cuando los necesitados dicen la verdad y su caso es evidente, estos jueces se dejan gobernar por los sobornos, no por la justicia. Los hombres tan egoístas y viles siempre tienen sirvientes y ayudantes dispuestos a llevar a cabo sus planes malvados. No sorprende que sus instrumentos sean perversos. Sin embargo, podemos encontrar consuelo en esto: no pueden hacer más daño del que Dios permite.

Una persona verdaderamente generosa, que merece ese nombre, se ocupa de hacer el bien a todos en la medida de sus posibilidades, como dice Isaías 32:8. Piensa de antemano en cómo ayudar. Así como la persona egoísta planea cómo quedarse con todo, la persona bondadosa planea cómo usar lo que tiene de la mejor manera para beneficio de los demás. La generosidad debe estar guiada por la sabiduría. Las buenas intenciones deben llevarse a cabo con cuidado, para que la ayuda no se desperdicie. Cuando una persona generosa ha hecho todo el bien que puede, también anima a otros a hacer el bien según sus posibilidades.

Hacer el bien trae consuelo y beneficio. Mediante sus actos generosos, una persona se mantendrá firme o quedará establecida. La providencia de Dios recompensa la generosidad con una prosperidad constante y una reputación firme. La gracia de Dios también le da alegría interior y paz duradera. Lo que perturba a otros no la hará tambalearse, porque su corazón está firme. Esta es la recompensa de la generosidad (Salmo 112:5, 6). Algunos entienden que esto significa que un príncipe, o una persona honorable, seguirá caminos honorables y que, por esa conducta noble, se mantendrá firme. Es una buena señal para una nación cuando sus personas respetadas son verdaderamente honorables y cuando su rey es realmente noble.

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