Versículo destacado
Isaías 27:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" En ese día el Señor castigará con su espada terrible, inmensa y poderosa a Leviatán, la serpiente enroscada, a Leviatán, la serpiente tortuosa, y matará al dragón que está en el mar. "
Isaías 27:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 En ese día el Señor castigará con su espada terrible, inmensa y poderosa a Leviatán, la serpiente enroscada, a Leviatán, la serpiente tortuosa, y matará al dragón que está en el mar.
2 En ese día el Señor dirá: Canten al viñedo delicioso.
3 Yo, el Señor, soy quien lo cuida y lo riega con frecuencia. Lo cuido día y noche para que no sufra ningún daño.
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Aquí el profeta canta tanto del juicio como de la misericordia. Primero habla del juicio contra los enemigos de la iglesia de Dios (Isaías 27:1), y del sufrimiento que les espera a quienes la hacen sufrir (2 Tesalonicenses 1:6). Cuando el Señor salga de su morada para castigar a los habitantes de la tierra (Isaías 26:21), ciertamente castigará a Leviatán, el dragón que está en el mar.
Esto apunta a todo tirano orgulloso y opresor: alguien que infunde miedo en los demás y es difícil de enfrentar. En Job, Leviatán aparece como una criatura tan feroz que nadie se atreve a desafiarla, con un corazón duro como una piedra (Job 41:10, Job 41:24, Job 41:25). La iglesia ha tenido muchos enemigos, pero con frecuencia uno de ellos se levanta por encima de los demás en poder y peligro. Senaquerib fue así en su época, Nabucodonosor en la suya y Antíoco en la suya. El faraón también había sido así anteriormente, y se le llama Leviatán y dragón (Isaías 51:9; Salmos 74:13, Salmos 74:14; Ezequiel 29:3).
La iglesia del Nuevo Testamento también ha enfrentado a sus propios leviatanes. Leemos acerca de un gran dragón rojo dispuesto a devorarla (Apocalipsis 12:3). Estas potencias hostiles y perseguidoras se comparan con Leviatán por su tamaño, su fuerza y el gran alboroto que provocan en el mundo. Se les llama dragones por su furia y violencia, y serpientes por su astucia, sus movimientos rápidos y sus planes penetrantes. Si una serpiente logra meter la cabeza, pronto la sigue todo el cuerpo.
También son como serpientes que se atraviesan o bloquean el camino, poniéndose en contra de sus vecinos. Son serpientes tortuosas: astutas y persuasivas, pero dañinas y decididas a hacer el mal. Cuando los grandes gobernantes se oponen al pueblo de Dios, Dios los considera dragones y serpientes, una plaga para la humanidad. El Señor los castigará a su debido tiempo, porque son demasiado poderosos para que la fuerza humana pueda enfrentarlos.
Dios tiene una espada poderosa y terrible para tratar con ellos cuando su culpa haya llegado al colmo y haya llegado el momento de su caída. El lenguaje hebreo es muy enfático: el Señor castigará con su espada a este criminal cruel, grande, fuerte, obstinado y rebelde. Será una sentencia de muerte: matará al dragón que está en el mar, porque la paga del pecado es muerte. Esto no se refiere solamente a detener daños futuros, como cuando se mata a una bestia salvaje, sino también a castigar el mal cometido, como cuando se ejecuta a un rebelde o traidor.
Dios tiene muchos juicios en su mano, suficientes para humillar al más orgulloso y quebrantar al más fuerte de sus enemigos. Actuará cuando llegue el día de la ejecución, el día que él mismo ha señalado (Salmos 37:13). Esto también apunta a las victorias espirituales que nuestro Señor Jesucristo obtiene sobre los poderes de las tinieblas. Él no solo desarmó, despojó y expulsó al gobernante de este mundo, sino que, mediante el poder de su muerte y la predicación de su evangelio, destruye al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo: ese gran Leviatán, la serpiente antigua, el dragón. Satanás está atado para que no pueda engañar a las naciones, y ese encadenamiento es en sí mismo un castigo (Apocalipsis 20:2, Apocalipsis 20:3). Finalmente, por haber engañado a las naciones, será arrojado al lago de fuego (Apocalipsis 20:10).
En segundo lugar, el profeta habla de la misericordia hacia la iglesia. En ese mismo día, cuando Dios esté juzgando a Leviatán, la iglesia y todos sus amigos pueden permanecer tranquilos y alegres. Que quienes la sirven le canten para consolarla y la arrullen con estas promesas. Que se cante en sus reuniones que ella es la viña de Dios y que está bajo su cuidado especial (Isaías 27:2, Isaías 27:3).
A los ojos de Dios, ella es una viña de vino tinto. El mundo es como un desierto estéril, pero la iglesia está cercada como una viña: un lugar especial y valioso. Dios la cuida con gran esmero, invierte mucho trabajo en ella y recoge de ella un fruto precioso para honrarlo a él y beneficiar a la humanidad. Es una viña de vino tinto, es decir, produce las mejores uvas; esto representa la vida transformada de la iglesia, que ahora da buen fruto para Dios en lugar de producir fruto solamente para sí misma o uvas silvestres (Isaías 5:4).
Dios cuida esta viña de dos maneras. Primero, protege su seguridad: «Yo, el SEÑOR, la cuido». Lo dice como quien se gloría en ser el guardián de Israel y en haber asumido la responsabilidad de guardarlo. Quienes dan fruto para Dios están, y permanecerán, bajo su protección. También lo dice para asegurarnos: «Yo, el SEÑOR, que puedo hacer todas las cosas y no puedo mentir ni engañar, la cuido». Para que no sufra daño, la vigilo día y noche. La viña de Dios en este mundo está expuesta al peligro. Muchos querrían hacerle daño, pisotearla y destruirla (Salmos 80:13). Sin embargo, Dios no permitirá que sufra ningún daño o pérdida verdadera, excepto aquello que él transformará en bien. La vigilará constantemente, de día y de noche, porque los enemigos nunca dejan de planear ni de buscar una oportunidad para hacer el mal.
Él la guardará durante la noche de la aflicción y la persecución, y durante el día de la paz y el éxito, cuando las tentaciones no son menos peligrosas. El pueblo de Dios será preservado no solo de la peste que anda en la oscuridad, sino también de la destrucción que arrasa al mediodía (Salmos 91:6). Esta viña estará bien protegida.
En segundo lugar, Dios hará que siga dando fruto: «La regaré a cada momento». Sin embargo, no la regará en exceso. El rocío apacible de la gracia y la bendición de Dios seguirá cayendo sobre ella para que produzca mucho fruto. Necesitamos que Dios nos riegue continuamente, porque si retira su gracia por un tiempo, nos secamos y no llegamos a nada. Dios riega su viña mediante el ministerio de la palabra, por medio de sus siervos los profetas, cuya enseñanza caerá como el rocío. Pablo planta y Apolos riega, pero Dios da el crecimiento. Sin él, el vigilante permanece despierto y el agricultor riega en vano.
En tercer lugar, aunque Dios a veces contiende con su pueblo, se reconciliará con él cuando se humille, se someta y busque la paz con Dios (Isaías 27:4-5). No hay furia en él contra su viña. Aunque ve en ella muchas cosas que le ofenden, no busca razones para destruirla ni lleva cada falta hasta sus últimas consecuencias. Es cierto que, si encuentra espinos y zarzas en lugar de vides, y si estos se levantan contra él en batalla, los pisoteará y los quemará. Pero, si Dios está enojado con su pueblo, este conoce el camino de regreso: debe humillarse, orar, buscar su rostro y aferrarse a su fuerza con un deseo sincero de hacer las paces con él. Entonces Dios pronto se reconciliará con su pueblo, y todo estará bien.
Dios ve los pecados de su pueblo y se disgusta por ellos, pero cuando su pueblo se arrepiente, él aparta su ira. Esto puede entenderse correctamente como un resumen de la enseñanza del evangelio, con la que la iglesia debe ser regada en todo momento. Aquí vemos un conflicto entre Dios y la humanidad: hay una batalla que enfrentar y una paz que establecer.
Es un conflicto antiguo, que se remonta a la entrada del pecado en el mundo. Del lado de Dios, es un conflicto justo; pero del lado humano, es profundamente injusto. Dios está ofendido con toda razón, y nosotros somos quienes hemos quebrantado la paz.
Aquí también encontramos una invitación bondadosa y llena de gracia para poner fin a este conflicto y resolver el asunto. «Que quien quiera estar en paz con Dios se aferre a su fuerza», es decir, al brazo poderoso de Dios, levantado contra el pecador para derribarlo; y que detenga el golpe por medio de la oración. Que luche con Dios, como lo hizo Jacob, y se niegue a dejarlo ir sin recibir una bendición. Entonces será llamado Israel, un príncipe con Dios.
Esta misericordia que perdona es llamada el poder de nuestro Señor; por eso, que el pecador se aferre a ella. Cristo es el brazo del SEÑOR (Isaías 53:1). Cristo crucificado es el poder de Dios (1 Corintios 1:24). Por medio de una fe viva, que la persona se aferre a Cristo como alguien que se está hundiendo se agarra de una rama, una cuerda o una tabla que tiene al alcance. También puede pensarse en el criminal que se aferró a los cuernos del altar, convencido de que no había otro nombre por el cual pudiera ser salvo y reconciliado con Dios.
Hay tres razones poderosas que nos animan a hacerlo. Primero, Dios nos da tiempo y oportunidad para volver a él, porque no hay furia en Dios. Él no actúa con nosotros como lo hacen las personas orgullosas con quienes están por debajo de ellas cuando la ira se apodera de ellos. Las personas enojadas no se detienen a pensar; con ellas, muchas veces basta una palabra y un golpe. Son de temperamento explosivo y difíciles de calmar, pero Dios no es así. Él entiende nuestra condición, es lento para la ira, no descarga toda su furia contra nosotros ni nos acusa para siempre.
Segundo, es inútil pensar que podemos luchar contra Dios. Si mantenemos nuestro conflicto con él e intentamos sostener nuestra posición, es como poner espinos y zarzas delante de un fuego ardiente. No detendrán el fuego, sino que solo harán que arda con más fuerza. No somos rival para el poder del Dios Todopoderoso. Por eso, ¡ay de quien discute con su Creador! Esa persona no comprende la fuerza de la ira de Dios.
Tercero, este es el único camino y también un camino seguro para reconciliarnos con Dios. Si una persona toma este camino para hacer las paces con él, la paz llegará. Y junto con esa paz, también llegará todo bien. Dios está dispuesto a reconciliarse con nosotros si nosotros estamos dispuestos a reconciliarnos con él.
La iglesia de Dios en el mundo también crecerá hasta convertirse en un pueblo más grande y fuerte (Isaías 27:6). Algunos entienden que esto se refiere a tiempos posteriores, después de que hayan pasado estas dificultades, o a los días del evangelio, los últimos días. Entonces Dios hará que Jacob eche raíces más profundas que nunca. La iglesia del evangelio quedará establecida con mayor firmeza que la iglesia judía y se extenderá mucho más lejos.
Otra posibilidad es que el significado sea que Dios hará que los descendientes de Jacob que regresen del cautiverio, o los que procedan de Jacob, echen raíces hacia abajo y den fruto hacia arriba (Isaías 37:31). Serán establecidos en una situación próspera; luego florecerán y echarán brotes, y darán señales esperanzadoras de un gran crecimiento. Así sucederá, pues llenarán de fruto la superficie del mundo. Muchos serán incorporados a la iglesia. Habrá numerosos convertidos, algunos de todas las naciones que los rodean, y serán para el Dios de Israel un motivo de honra y alabanza. Quienes lleguen a la fe darán el fruto de la justicia. La predicación del evangelio produjo fruto en todo el mundo (Colosenses 1:6), un fruto que permanece (Juan 15:16).
De este capítulo
Isaías 27:2
"En ese día el Señor dirá: Canten al viñedo delicioso."
Isaías 27:3
"Yo, el Señor, soy quien lo cuida y lo riega con frecuencia. Lo cuido día y noche para que no sufra ningún daño."
Isaías 27:4
"No estoy enojado con él. Si tuviera espinos y maleza, saldría a hacerles la guerra y los quemaría por completo."
Isaías 27:5
"Si quiere que yo lo proteja, que haga las paces conmigo; sí, que haga las paces conmigo."
Isaías 27:6
"En el futuro, el pueblo de Jacob echará raíces, Israel retoñará y florecerá, y llenará el mundo con sus frutos."
Isaías 27:7
"Dios no ha castigado a Israel como castigó a sus opresores, ni ha dado muerte a Israel como dio muerte a sus asesinos."
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