Versículo destacado
Isaías 22:8 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" La defensa de Judá quedó desamparada. En ese día ustedes se fijaron en el depósito de armas de la Casa del Bosque, "
Isaías 22:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 Los elamitas ya prepararon sus flechas y están montados en sus carros y caballos; los de Quir sacaron sus escudos.
7 Tus valles más hermosos están llenos de carros, y la caballería ataca la puerta de la ciudad.
8 La defensa de Judá quedó desamparada. En ese día ustedes se fijaron en el depósito de armas de la Casa del Bosque,
9 vieron las muchas grietas que había en la Ciudad de David y llenaron de agua el estanque inferior;
10 inspeccionaron las casas de Jerusalén y derribaron algunas para reforzar la muralla.
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No hay acuerdo sobre qué significa la protección de Judá, que al comienzo de esta sección se dice que quedó al descubierto. Las ciudades fortificadas de Judá eran una especie de defensa para la tierra; pero cuando el ejército asirio las capturó, ese refugio desapareció. Entonces quedaron en evidencia la debilidad, la vergüenza y la incapacidad de Judá para defenderse. De esa manera, la protección de Judá quedó al descubierto.
Sus almacenes y provisiones, que habían permanecido cerrados, ahora fueron abiertos para uso público. El doctor Lightfoot interpreta esto de otra manera. Según él, al llevar a Judá a la angustia, Dios dejaría al descubierto su protección; es decir, expondría su hipocresía y mostraría lo que realmente había en sus corazones, como ocurrió con Ezequías en otra ocasión (2 Crónicas 32:31). De una u otra manera, la culpa de Efraín quedaría al descubierto y el pecado de Samaria sería expuesto (Oseas 7:1).
Ahora estaban aterrorizados, y en medio de ese temor mostraron dos graves faltas. La primera fue una gran falta de respeto por la bondad de Dios y por su poder para ayudarlos. Usaron todos los medios que pudieron imaginar para protegerse, y no se les culpa por hacerlo. El problema fue que, mientras lo hacían, no reconocieron a Dios. Se esforzaron mucho por aprovechar cada recurso que pudiera mantenerlos a salvo. Cuando Senaquerib había tomado todas las ciudades fortificadas de Judá y Jerusalén había quedado como una choza en medio de un viñedo, comprendieron que era hora de actuar.
De inmediato convocaron un consejo, un consejo de guerra, y decidieron defenderse en lugar de rendirse. Así que tomaron todas las medidas prudentes que pudieron para ponerse a salvo. Cuando estamos en peligro, ponemos a Dios a prueba si no hacemos todo lo que está a nuestro alcance para protegernos. Inspeccionaron el arsenal, el lugar donde se guardaban las armas y las provisiones, para ver si estaba bien abastecido. Este era el arsenal de la casa del bosque, que Salomón había construido en Jerusalén como depósito de armas (1 Reyes 10:17). Es prudente que los gobernantes se preparen para la guerra en tiempos de paz, para no tener que buscar armas cuando de repente las necesiten.
También examinaron las murallas de la ciudad y recorrieron las brechas de la ciudad de David, es decir, Jerusalén. Vieron los lugares donde las murallas se habían deteriorado por falta de mantenimiento o habían sido derribadas por ataques anteriores. Había muchas brechas, lo cual era una vergüenza para la casa de David, porque habían permitido que la ciudad de David quedara descuidada. Probablemente ya habían visto aquellas grietas, pero ahora las examinaban con un plan en mente. Las dificultades públicas deberían despertarnos para reparar lo que está roto y corregir lo que está mal.
También se aseguraron de que hubiera agua en la ciudad y trataron de impedir que los sitiadores tuvieran acceso a ella. Reunieron el agua del estanque inferior, que probablemente no era una provisión abundante, así que tuvieron que administrarla con cuidado. Esto muestra cuán grande es la misericordia del agua, pues nada es más necesario para la vida y, por lo general, nada es más barato ni más común. Sin embargo, es una dificultad muy seria cuando, como en este caso, el agua escasea.
Contaron las casas de Jerusalén para que cada una aportara su parte de hombres al servicio público o contribuyera con dinero. Recaudaron ese aporte mediante un impuesto por persona o por casa. Como la propiedad privada debe ceder ante la seguridad pública, derribaron las casas que estorbaban mientras se reforzaba la muralla. En una situación de necesidad como esa, esto no perjudica al propietario más que derribar casas para detener un incendio.
También cavaron una zanja entre la muralla exterior y la interior para hacer más segura la ciudad, y dispusieron que llevaran allí agua del estanque antiguo. Así obtenían agua y, al mismo tiempo, se la impedían a los sitiadores, pues el objetivo era evitar que el ejército asirio encontrara suficiente agua y pudiera prolongar el sitio (2 Crónicas 32:4). Si es legítimo destruir el alimento y el forraje de un país para debilitar a un ejército, mucho más legítimo es desviar su suministro de agua para debilitar y hacer pasar hambre al enemigo.
Pero en todos esos preparativos no buscaron a Dios. No acudieron al Creador de Jerusalén, la ciudad que tanto les preocupaba defender, ni al que le había dado todas sus ventajas naturales, como las montañas que la rodeaban (Salmo 125:2) y los arroyos que podían dirigir a su voluntad. Dios es quien hizo Jerusalén y la estableció desde mucho antes conforme a su propósito. Incluso algunos escritores judíos decían que Dios había hecho siete cosas antes de la creación del mundo, en el sentido de que las había tenido en mente al crearlo, y Jerusalén era una de ellas. La iglesia del evangelio también tiene a Dios como su Creador.
Todo lo que hagamos por la Jerusalén de Dios debemos hacerlo con los ojos puestos en él, porque él es su Creador, y se ofende cuando no lo hacemos. Aquí se les acusa de no haber buscado a Dios. No procuraban su gloria con lo que hacían. Fortificaban Jerusalén porque era una ciudad rica y porque sus propias casas estaban allí, no porque fuera la ciudad santa y allí estuviera la casa de Dios. En todo nuestro cuidado por defender a la iglesia, debemos preocuparnos más por los intereses de Dios en ella que por los nuestros.
Tampoco dependieron de Dios para que bendijera sus esfuerzos. No veían la necesidad de hacerlo y, por eso, no lo buscaron. En lugar de eso, confiaron en su propia fuerza y en sus planes. Ezequías sí confió en Dios (2 Reyes 18:5), especialmente en esta ocasión (2 Crónicas 32:8). Pero parece que a su alrededor había hombres hábiles en la política y la guerra, aunque tenían poca religión verdadera. No le dieron gracias a Dios por las ventajas que tenían para fortificar la ciudad, como las aguas del estanque antiguo, que habían sido preparadas desde hacía mucho tiempo, al igual que el Cisón, llamado río antiguo (Jueces 5:21). Debemos reconocer en todo lo útil de la naturaleza la bondad del Dios de la naturaleza. Él lo hizo desde el principio y lo dispuso para ese propósito; todavía permanece por mandato suyo. Cada criatura es lo que Dios hace que sea. Por eso, cualquiera que sea su utilidad para nosotros, debemos acudir al que la creó, bendecirlo por ella y usarla para él.
La segunda falta fue una gran indiferencia ante la ira y la justicia de Dios al tratar con ellos, como se muestra en Isaías 22:12-14. El propósito de Dios al traerles este desastre era humillarlos, llevarlos al arrepentimiento y hacerlos tomar la situación con seriedad.
En aquel día de angustia, sufrimiento abrumador y confusión, el Señor llamaba al pueblo a llorar y lamentarse, y a mostrar toda señal de dolor, incluso raparse la cabeza y ponerse ropa de luto. Quería que lamentaran sus pecados, porque sus pecados habían traído esos juicios sobre la tierra. También quería que oraran con mayor fervor, para que pudieran esperar que los juicios que ya se acercaban fueran detenidos. Al mismo tiempo, quería que cambiaran su manera de vivir, con una seriedad santa y un corazón sensible ante la palabra de Dios.
Dios hizo este llamado por medio de su profeta, quien explicó lo que Dios estaba haciendo, y también por medio de sus acciones, que debieron despertar al pueblo para que escuchara a los profetas. Cuando Dios nos advierte acerca de sus juicios, espera que nos humillemos bajo su poderosa mano. Cuando ruge el león, debemos temblar. En un día de angustia, debemos detenernos y reflexionar.
Pero hicieron lo contrario de lo que Dios se proponía, como dice Isaías 22:13. En lugar de lamentarse, había alegría y regocijo, banquetes y bebida, toda la diversión y emoción que pudieran reunir. Actuaban con la misma seguridad y felicidad de siempre, como si no hubiera ningún enemigo cerca ni los amenazara ningún peligro. Una vez que tomaron las precauciones que creían necesarias, dejaron a un lado la muerte y el peligro y decidieron disfrutar sin importar lo que sucediera.
Los que debían estar de luto se encontraban entre los que bebían vino y comían desenfrenadamente. Decían: «Comamos y bebamos, porque mañana moriremos». Esto puede referirse al peligro que enfrentaban en ese momento y a la clara advertencia que les había dado el profeta. O puede referirse al hecho común de que la vida humana es corta e incierta y que la muerte siempre está cerca.
Ese era el lenguaje de los burladores impíos, que se mofaban de los mensajeros del Señor y trataban mal a sus profetas. Convertían la muerte en una broma. «El profeta dice que pronto moriremos, quizá mañana, así que hoy deberíamos lamentarnos y arrepentirnos. No; comamos y bebamos para disfrutar antes de que llegue el fin. Si la vida es corta, hagamos que sea una vida alegre». También restaban importancia a la vida después de la muerte. Si no hubiera vida más allá de la tumba, habría algo de sentido en lo que decían, como reconoce el apóstol (1 Corintios 15:32). Pero si Dios llevará todo a juicio, entonces es peligroso seguir nuestros propios deseos y lo que nuestros ojos quieren (Eclesiastés 11:9).
Detrás del consuelo pecaminoso y del placer desenfrenado que arruinan a tantas personas se encuentra una negación práctica de la vida después de esta. Lo mismo sucedía en el mundo antiguo, donde la gente comía y bebía hasta que llegó el diluvio.
Dios estaba profundamente disgustado con esto. Dio a conocer su enojo al profeta, y el profeta debía proclamarlo abiertamente: «Ciertamente, esta iniquidad no les será perdonada hasta que mueran» (Isaías 22:14). No sería eliminada mediante sacrificios y ofrendas, así como la casa de Elí tampoco fue limpiada de su culpa (1 Samuel 3:14). Este era un pecado contra el remedio mismo: un rechazo de las advertencias más firmes y de los llamados más claros al cambio. Por eso, era poco probable que se arrepintieran de verdad o que recibieran perdón.
El texto caldeo lo expresa así: «No les será perdonada hasta que mueran la segunda muerte». Quienes se empeñan en andar en contra de Dios descubrirán que él trata con ellos de la misma manera.
De este capítulo
Isaías 22:1
"Profecía acerca del valle de la visión: ¿Qué sucede, que todos suben a las azoteas?"
Isaías 22:2
"Ciudad llena de alboroto y ruido, ciudad amiga de las diversiones, tus muertos no cayeron a filo de espada ni murieron en la guerra;"
Isaías 22:3
"todos tus jefes salieron corriendo, y al huir de los arcos fueron hechos prisioneros. Tus hombres más valientes huyeron lejos, pero fueron hechos prisioneros."
Isaías 22:4
"Por eso dije: Apártense de mí, porque quiero llorar con amargura; no traten de consolarme por la catástrofe de mi pueblo."
Isaías 22:5
"Porque el Señor todopoderoso ha decretado que llegue un día de pánico, destrucción y aturdimiento en el valle de la visión. Están derribando las murallas; los gritos llegan hasta las montañas."
Isaías 22:6
"Los elamitas ya prepararon sus flechas y están montados en sus carros y caballos; los de Quir sacaron sus escudos."
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