Versículo destacado

Génesis 18:9 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Cuando terminaron de comer, los visitantes le preguntaron a Abraham: —¿Dónde está tu esposa Sara? —Allí, en la tienda de campaña —respondió él. "

Génesis 18:9

menu_book El versículo en contexto

7 Luego Abraham corrió hacia donde estaba el ganado, escogió el mejor de los becerros y se lo dio a uno de sus sirvientes, quien lo preparó de inmediato para la comida.

8 Además del becerro, Abraham les ofreció cuajada y leche, y estuvo atento para servirles mientras ellos comían debajo del árbol.

9 Cuando terminaron de comer, los visitantes le preguntaron a Abraham: —¿Dónde está tu esposa Sara? —Allí, en la tienda de campaña —respondió él.

10 Entonces uno de ellos dijo: —El próximo año volveré a visitarte, y para entonces tu esposa Sara tendrá un hijo. Mientras tanto, Sara escuchaba toda la conversación a espaldas de Abraham, a la entrada de la tienda.

11 Abraham y Sara ya eran muy ancianos, y Sara había dejado de tener sus periodos de menstruación.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos visitantes celestiales habían venido para confirmar la promesa de que Abraham tendría un hijo por medio de Sara. Mientras recibían la cálida hospitalidad de Abraham, respondieron a su bondad con un mensaje lleno de gracia del cielo, como en Mateo 10:41. Él recibió a ángeles en su casa y recibió la recompensa de un ángel.

Primero se aseguran de que Sara esté lo suficientemente cerca como para oír. Ella tenía que concebir por la fe, así que la promesa debía serle comunicada, como dice Hebreos 11:11. En aquella cultura, las mujeres normalmente no comían con los hombres, especialmente si eran desconocidos, sino que permanecían en su propia parte de la casa. Por eso Sara estaba fuera de su vista, pero no fuera de su alcance auditivo.

Los ángeles preguntan: «¿Dónde está Sara, tu esposa?». Al mencionarla por nombre, le muestran a Abraham que conocen muy bien tanto a él como a su familia. Al preguntar por ella, también manifiestan una preocupación bondadosa por la casa de quien los había tratado bien. La cortesía sencilla es buena y, cuando nace del amor cristiano, es santa.

Al hablar de Sara mientras ella escucha cerca, hacen que preste atención a lo que sigue. Abraham responde: «Allí, en la tienda». Ese era el lugar apropiado para ella en aquel tiempo, y allí estaba como de costumbre, al alcance de la mano si se la necesitaba. De esto aprendemos que las hijas de Sara deben seguir su ejemplo y cuidar de su hogar, como dice Tito 2:5. No se gana nada andando de un lado para otro. Es más probable que reciban consuelo de Dios y de sus promesas quienes están donde deben estar y cumplen con su deber, como se ve en Lucas 2:8.

Luego la promesa se repite y se confirma: Sara tendrá un hijo, como en Génesis 18:10. En efecto, Dios dice: «Volveré en el tiempo señalado y entonces haré realidad la promesa». Dios vuelve a quienes lo reciben y honran sus visitas: responde a la bondad con misericordia. La promesa se repite nuevamente en Génesis 18:14. De la misma manera, las promesas del Mesías se repitieron muchas veces en el Antiguo Testamento para fortalecer la fe del pueblo de Dios.

Somos lentos para creer, así que necesitamos escuchar la misma verdad una y otra vez. Esta es la palabra de la promesa a la que Pablo se refiere en Romanos 9:9, la palabra por medio de la cual nació Isaac. Las mismas bendiciones que otros reciben por la providencia común, los creyentes las reciben por medio de la promesa, y eso las hace más dulces y más seguras. Los hijos espirituales de Abraham deben su vida, su gozo, su esperanza y todo lo que tienen a la promesa. Nacen por medio de la palabra de Dios, como dice 1 Pedro 1:23.

A Sara le parece que esto es demasiado bueno para ser verdad, así que todavía no lo cree. Se ríe para sus adentros, como en Génesis 18:12. No es la risa gozosa de la fe, como la de Abraham en Génesis 17:17, sino la risa de la duda y la desconfianza. Una misma acción externa puede surgir de corazones muy distintos, y solo Dios, que conoce el corazón, puede juzgar correctamente.

La principal objeción de Sara era su edad. Sentía que era demasiado vieja para tener hijos, especialmente porque había sido estéril toda su vida y Abraham también era anciano. Sin embargo, llama a Abraham «mi señor». Esa es la parte buena de sus palabras, y el Espíritu Santo la destaca para honrarla, como en 1 Pedro 3:6. Las esposas cristianas deben imitar ese espíritu respetuoso, como enseña Efesios 5:33. También nosotros debemos apresurarnos a reconocer lo que se dice bien y cubrir con amor lo que es débil.

Con frecuencia, la imposibilidad humana parece oponerse a la promesa de Dios. Las objeciones basadas en lo que podemos ver sacuden fácilmente la fe débil, incluso en creyentes verdaderos. Es difícil aferrarse a la Causa primera, Dios mismo, cuando las causas secundarias que nos rodean parecen estar en contra. Aun donde existe una fe genuina, la incredulidad suele luchar con fuerza contra ella. Sara pudo decir: «Señor, creo», en Hebreos 11:11, y aun así necesitaba decir: «Señor, ayuda mi incredulidad».

Entonces el ángel reprende la desconfianza indebida de Sara, como se ve en Génesis 18:13-14. Aunque ella los estaba atendiendo con bondad y generosidad, aun así la corrigieron cuando hizo lo malo. Cristo hizo lo mismo con Marta en su propia casa, como en Lucas 10:40-41. Los amigos pueden tratarnos con bondad, pero eso no significa que debamos dejar el pecado sin confrontarlo.

Dios le dio esta reprensión a Sara por medio de Abraham, su esposo. Le preguntó a Abraham: «¿Por qué se rio Sara?». Tal vez Abraham no le había contado la promesa que ya había recibido; si se la hubiera compartido por completo, quizá ella no se habría sorprendido tanto. O tal vez Abraham recibió la instrucción para que pudiera comunicársela a ella. La corrección mutua, cuando es necesaria, forma parte de la vida matrimonial.

La reprensión es clara y está respaldada por una razón contundente: «¿Por qué se rio Sara?». Es sabio preguntarnos por qué nos reímos, para que nuestra risa no sea la risa de los necios, como advierte Eclesiastés 7:6. También debemos preguntarnos: «¿Por qué me reí?». Nuestra incredulidad y desconfianza son una ofensa grave contra el Dios del cielo. Él tiene razón para tomarlo seriamente cuando oponemos las objeciones de lo que vemos a su promesa, como en Lucas 1:18.

Después viene una pregunta que responde a toda queja de la carne y de la sangre: «¿Hay algo demasiado difícil para el Señor?». Esto significa dos cosas. Primero, ¿hay algo tan oculto que Dios no pueda conocerlo? No; ni siquiera la risa de Sara, aunque solo ocurrió en su interior. Segundo, ¿hay algo tan difícil que Dios no pueda hacerlo? No; ni siquiera darle un hijo a Sara en su vejez.

Entonces Sara intenta esconder neciamente su falta, como en Génesis 18:15. Lo niega y dice: «Yo no me reí», pensando que nadie podría demostrar que estaba equivocada. Dijo esa mentira por miedo, pero era inútil ocultarle algo al Dios que lo ve todo. Para su vergüenza, le dijeron: «Sí te reíste».

Aquí sí parece haber cierto retroceso de su desconfianza. Tal vez, al unir las piezas, comenzó a comprender que aquella era verdaderamente la promesa de Dios para ella y abandonó sus pensamientos de duda. Pero, al mismo tiempo, intentó cubrir un pecado con otro al mentir. Es vergonzoso hacer lo malo, pero es aún peor negarlo, porque eso añade pecado sobre pecado.

El temor a la reprensión suele atrapar a las personas de esta manera, como dice Isaías 57:11. Nos engañamos si pensamos que podemos engañar a Dios. Él puede sacar la verdad a la luz, y lo hará, para nuestra vergüenza si no nos arrepentimos. Quien encubre su pecado no prosperará, porque se acerca el día en que todo será revelado.

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