Versículo destacado
Ezequiel 40:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
El día diez del mes, que es el día de año nuevo, el Señor puso su mano sobre mí. Ya iban a cumplirse veinticinco años desde que habíamos sido llevados a Babilonia, y catorce años desde la toma de Jerusalén.
Ezequiel 40:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 El día diez del mes, que es el día de año nuevo, el Señor puso su mano sobre mí. Ya iban a cumplirse veinticinco años desde que habíamos sido llevados a Babilonia, y catorce años desde la toma de Jerusalén.
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Primero, se nos indica el momento de esta visión. Llegó en el año veinticinco del cautiverio de Ezequiel (Ezequiel 40:1), que algunos cuentan como el año treinta y tres desde la primera deportación; también se le llama el año catorce después de la destrucción de la ciudad. Cuán apropiadamente Dios dio la esperanza más clara y completa de liberación cuando la angustia era más profunda. Mientras estaban en la oscura noche del cautiverio, Dios ya estaba prometiendo la mañana. Entonces la mano del Señor vino sobre Ezequiel y lo llevó a Jerusalén, que ahora estaba en ruinas, vacía y desolada: una visión dolorosa para el profeta.
Segundo, aquí se nos muestra el lugar donde fue presentada la visión. El profeta fue llevado, en visiones de Dios, a la tierra de Israel (Ezequiel 40:2). No era la primera vez que Ezequiel llegaba allí en una visión. Antes había sido llevado a Jerusalén para ver su pecado y su vergüenza (Ezequiel 8:3); ahora era llevado para contemplar su gloria, aunque su condición presente, sin habitantes, era desoladora. Fue puesto sobre un monte muy alto, como Moisés en el monte Pisga, para observar esta tierra, que volvía a ser una tierra de promesa, aunque todavía no estaba en posesión del pueblo.
Desde la cima del monte vio algo que parecía tener la forma de una ciudad, con su diseño y estructura. Pero en realidad aquella ciudad era un templo tan grande como una ciudad. La Nueva Jerusalén no tenía templo en ella (Apocalipsis 21:22), porque toda la ciudad era santa, como un templo; y esta visión es muy semejante. Es una ciudad donde habita el pueblo y es un templo donde habita Dios. En la iglesia en la tierra, Dios habita con las personas; en el cielo, las personas habitan con Dios. Ambas realidades han sido formadas según la sabiduría de Dios, y todo ello es muy bueno.
Tercero, los detalles de esta ciudad o templo, que al principio solo había visto desde lejos, le fueron mostrados por un hombre cuya apariencia era semejante al bronce (Ezequiel 40:3). No se trataba de un ángel creado, sino de Jesucristo, quien más adelante tomaría forma humana para revelar y edificar el templo del evangelio. Él llevó a Ezequiel a esta ciudad, porque por medio de Cristo llegamos a conocer la casa de Dios y entramos en sus bendiciones y privilegios. Él es quien edificará el templo del Señor (Zacarías 6:13). Su apariencia semejante al bronce sugiere tanto brillo como fuerza. En su visión, Juan vio sus pies semejantes al bronce bruñido (Apocalipsis 1:15).
Cuarto, la ciudad o templo, junto con todas sus partes, fue medida con un cordel de lino y una caña o vara para medir (Ezequiel 40:3), como la cuerda y la vara de un constructor. El templo de Dios se edifica conforme a una norma y una medida cuidadosas, y quienes enseñan a otros acerca de él deben hacer lo mismo. La iglesia es formada de acuerdo con las Escrituras, según el modelo mostrado en el monte. Esa es la regla y la vara de medir que están en la mano de Cristo. La enseñanza y la doctrina deben medirse y probarse por ella, porque el pueblo de Dios disfruta de paz cuando camina conforme a esa norma.
Quinto, a Ezequiel se le indica cómo recibir esta revelación y transmitirla a la iglesia completa y fielmente (Ezequiel 40:4). Debe prestar mucha atención a todo lo que se dice y se hace en la visión. Se le exige una concentración profunda: mirar con sus ojos todo lo que se le muestra, escuchar con sus oídos todo lo que se le dice y poner su corazón en ello. No debe limitarse a notarlo, sino estudiarlo con cuidado y mantener la mente fija en ello. Lo que vemos de las obras de Dios y lo que escuchamos de su palabra no nos sirve de nada si no ponemos el corazón en ello, reconociendo que nos concierne y que ayudará a nuestra alma.
También debe comunicarlo fielmente a la casa de Israel, para que puedan recibir consuelo. Lo recibe para entregarlo. Así fue dada la revelación de Jesucristo a Juan, para que la diera a conocer a las iglesias (Apocalipsis 1:1). Y como Ezequiel debe hablar de esto como un mensaje de Dios, primero tiene que conocerlo bien y ser profundamente conmovido por él. Quienes predican la palabra de Dios a otros deben estudiarla con dedicación y poner primero su propio corazón en ella. La razón dada tanto para su cuidadosa atención como para su fiel comunicación es que para eso fue llevado allí y se le mostraron estas cosas. Por eso, cuando Dios nos muestra sus obras, debemos considerar por qué nos las está mostrando. Y cuando recibimos el ministerio de la palabra, debemos considerar por qué hemos sido llevados allí, para cumplir el propósito de escuchar y no recibir la gracia de Dios en vano.
De este capítulo
Ezequiel 40:2
"En una visión, me trasladó a la tierra de Israel. En tierra de Israel, el Señor me puso sobre un monte muy alto; y desde allí vi, hacia el sur, una serie de edificios que parecían una ciudad."
Ezequiel 40:3
"El Señor me llevó allá, y vi a un hombre que parecía de bronce. Estaba de pie a la puerta y tenía en la mano una cinta de lino y una regla para medir."
Ezequiel 40:4
"Y aquel hombre me dijo: «Mira bien y escucha con cuidado; presta mucha atención a todo lo que te voy a mostrar, pues Dios te ha traído aquí para que yo te lo muestre. Luego comunica al pueblo de Israel todo lo que veas»."
Ezequiel 40:5
"Por fuera del templo había una muralla que lo rodeaba. La regla que el hombre tenía en la mano medía tres metros. Entonces midió el muro, y este tenía tres metros de ancho y tres de alto."
Ezequiel 40:6
"Luego fue a la entrada que daba al oriente, subió los escalones y midió el umbral de la puerta, que tenía tres metros de ancho."
Ezequiel 40:7
"Las celdas que había a cada lado de la entrada medían cada una tres metros de largo por tres de ancho, y entre celda y celda había una distancia de dos metros y medio. Luego estaba la puerta que daba al vestíbulo, el cual miraba hacia el templo. El umbral de esta puerta tenía tres metros de ancho."
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