Versículo destacado
Ezequiel 35:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
El Señor se dirigió a mí y me dijo:
Ezequiel 35:1
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El monte Seir ya había sido mencionado como aliado de Moab en una de las advertencias anteriores (Ezequiel 25:8). Aquí es juzgado por sí mismo y recibe su propio mensaje de condenación. El profeta debe volverse con valentía contra Edom y hablar específicamente contra él, porque el Dios de Israel ha dicho: «Monte Seir, yo estoy contra ti». Cuando Dios está contra un pueblo, su palabra también está contra él, al igual que las advertencias fieles de sus siervos. No debe esperar palabras amables, sino una verdadera advertencia de juicio.
El profeta debe decirles a los edomitas que Dios tiene una causa contra ellos. Primero, se presenta la razón de esa causa (Ezequiel 35:5). Dios defiende a su pueblo y considera que lo que se le hace a él se le hace al propio Dios. Él pedirá cuentas por los daños cometidos contra su pueblo, y por eso ahora pleitea contra Edom. Una de las razones es el profundo odio que habían mantenido durante mucho tiempo contra el pueblo de Dios. Su hostilidad estaba arraigada en el corazón: «Has mantenido un odio perpetuo» contra ellos, incluso contra el nombre de israelita.
Los edomitas mantuvieron vivo el antiguo odio de Esaú contra Jacob, porque Jacob recibió la primogenitura y la bendición. En cierta ocasión, Esaú se reconcilió con Jacob, lo abrazó y lo besó (Génesis 33). No leemos que después volviera a pelear con él. Sin embargo, los descendientes de Esaú nunca estuvieron en paz con los descendientes de Jacob. Siguieron odiándolos de una generación a otra. A menudo, los hijos imitan con más rapidez los pecados de sus padres que su buen ejemplo, y siguen más fácilmente sus malas acciones que su arrepentimiento. Los padres deben tener cuidado de no dejar un mal ejemplo, porque aun cuando la gracia de Dios los ayude a recuperarse, todavía pueden transmitirles daño a sus hijos.
Lamentablemente, es común que los odios entre naciones sean profundos y perduren por mucho tiempo. Pero no debe sorprendernos que los edomitas impíos odiaran a los israelitas fieles. La antigua enemistad que Dios puso entre la descendencia de la mujer y la descendencia de la serpiente continuará hasta el fin (Génesis 3:15). Por eso, no debe sorprender que el mundo odie al pueblo de Dios.
Otra razón para la causa de Dios contra Edom fue el daño que les hicieron a los israelitas. Derramaron sangre a espada cuando Israel estaba en dificultades. No atacaron como enemigos declarados, sino que acechaban para acabar con los que escapaban (Abdías 1:14). O hacían que los israelitas que huían regresaran hacia las espadas de sus perseguidores, donde eran asesinados. Esto fue tan cobarde como cruel. Se aprovecharon de sus vecinos en el día de la angustia, en vez de mostrar misericordia.
Además, ese era el momento en que el castigo de Israel por su pecado había llegado a su límite, cuando su iniquidad estaba completa y había llegado el juicio. Incluso quienes sufren justamente por sus pecados deben ser objeto de compasión, no ser pisoteados. Si un padre corrige a uno de sus hijos, espera que los demás tiemblen ante la corrección, no que la celebren.
Ahora se muestra el efecto y el resultado de esta disputa. Si Dios extiende su mano contra la tierra de Edom, la dejará completamente desolada, «desolación tras desolación» (Ezequiel 35:3). Sus habitantes morirán a espada (Ezequiel 35:6). «Te prepararé para la sangre» significa que Edom será debilitado poco a poco, haciendo más fácil su conquista por parte del enemigo. De esa manera, el camino hacia la destrucción suele prepararse mucho antes de que caiga el golpe final. «No has aborrecido la sangre» significa: «La has amado y has tenido sed de ella». Quienes no aborrecen verdaderamente el pecado, sobre todo cuando la tentación es fuerte, corren peligro de ceder ante él.
Algunos entienden estas palabras como: «A menos que aborrezcas la sangre»; es decir, a menos que abandones ese camino sangriento, «la sangre te perseguirá». Según esta interpretación, la advertencia deja lugar para la misericordia si hay un cambio verdadero. Si una persona no se vuelve de su pecado, Dios afilará su espada (Salmo 7:12). Pero si se vuelve, Dios guardará la espada. La sangre perseguirá a Edom, ya sea como la culpa por la sangre que derramó o como el castigo por esa sangre. Enemigos sedientos de sangre los perseguirán dondequiera que intenten huir. Se realizará una gran matanza del pueblo de Edom, como ya había sido anunciada (Isaías 34:6). Las montañas, las colinas, los valles y los ríos se llenarán de muertos (Ezequiel 35:8). Los perseguidores alcanzarán a los que huyan y no tendrán misericordia.
Cuando Dios pide cuentas por la sangre derramada, quienes derramaron la sangre de su pueblo recibirán sangre para beber, porque eso es lo que merecen. Recibirán lo que su propia violencia exigía. La tierra misma también quedará devastada. Las ciudades serán destruidas (Ezequiel 35:4), y todo el país quedará completamente desolado (Ezequiel 35:7). Dios eliminará a todo el que salga y a todo el que entre. Cuando desaparezcan quienes mantienen las ciudades en buenas condiciones, estas caerán en ruinas. Cuando ya no haya agricultores, la tierra se cubrirá rápidamente de espinos y se convertirá en un desierto.
Quienes ayudan a traer ruina sobre Israel pueden esperar ruina para sí mismos. El juicio será completo, porque Edom quedará convertido en una desolación perpetua (Ezequiel 35:9). Sus ciudades nunca volverán a su estado anterior, y su pueblo no regresará del exilio ni de la dispersión. Quienes mantienen un odio perpetuo contra Dios y contra su pueblo, como ocurre con la naturaleza carnal, no pueden esperar otra cosa que una ruina perpetua. La malicia obstinada recibe justamente un castigo: una ruina que no puede repararse.
De este capítulo
Ezequiel 35:2
"Vuélvete hacia el monte de Seír y habla en mi nombre contra él."
Ezequiel 35:3
"Dile: “Esto dice el Señor: Yo me declaro enemigo tuyo, monte de Seír, y voy a castigarte dejándote desierto y en ruinas."
Ezequiel 35:4
"Voy a dejar destruidas tus ciudades, y tú quedarás convertido en un desierto. Entonces reconocerás que yo soy el Señor."
Ezequiel 35:5
"”Tú has sido enemigo eterno de los israelitas y les hiciste la guerra cuando ellos recibían el castigo final por sus pecados."
Ezequiel 35:6
"Pero yo, el Señor, juro por mi vida que te entregaré a la muerte, y la muerte te perseguirá. Eres culpable de muerte, y la muerte te perseguirá."
Ezequiel 35:7
"Voy a dejarte desierto y en ruinas, monte de Seír, y no permitiré que nadie vuelva a pasar por ti."
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