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Ezequiel 14:12 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

El Señor se dirigió a mí y me dijo:

Ezequiel 14:12

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos versículos enseñan que el pecado de una nación trae juicio nacional. Cuando la virtud se arruina, todo lo demás pronto empieza a desmoronarse. Cuando un país peca contra Dios, el mal se extiende y la gente se vuelve atrevida en su rebelión, Dios extenderá su mano contra él (Ezequiel 14:13). Su poder se manifestará abiertamente y sus juicios alcanzarán cada parte de la tierra. Los pecados graves traen castigos graves.

También muestran que Dios tiene muchos juicios severos a su disposición y envía el que él decide. En cierta ocasión, David recibió varias opciones de castigo por su pecado al hacer un censo del pueblo, porque cualquiera de ellas habría cumplido el propósito de Dios. Al final, David dejó el asunto en las manos de Dios y confió en que él escogiera la vara. Dios usa distintas formas de juicio para que las personas vean que él gobierna sobre todas las cosas y recuerden que dependen de él. Aquí se mencionan cuatro juicios severos.

El primero es el hambre (Ezequiel 14:13). Cuando Dios retira los dones comunes de la vida, eso por sí solo basta para traer sufrimiento. No necesita añadir opresión. Si rompe el sustento del pan, que sostiene la vida, las personas y los animales sufren rápidamente. Incluso cuando hay pan, Dios puede retirar la fuerza y el alimento que ese pan debería proporcionar (Hageo 1:6).

El segundo son las bestias dañinas: animales venenosos, salvajes y hambrientos. Dios puede enviarlos por una tierra para que se multipliquen por todas partes y la destruyan (Ezequiel 14:15). Pueden llevarse no solo el ganado, sino también a las personas —hombres, mujeres y niños— hasta que nadie se atreva a viajar. Es justo que Dios permita que las criaturas inferiores se levanten contra las personas cuando estas se han rebelado contra él (Levítico 26:22).

El tercero es la guerra. Dios a menudo corrige a las naciones pecadoras permitiendo que la espada de un enemigo venga contra ellas, y él decide lo que esa espada hará (Ezequiel 14:17). Es como si dijera: «Espada, atraviesa la tierra». Ya es bastante terrible que la guerra llegue a las fronteras de un país, pero es mucho peor cuando atraviesa su corazón. Dios la usa para destruir tanto a las personas como a los animales. La espada cumple su cometido únicamente porque Dios la dirige.

El cuarto es la peste, una enfermedad mortal que en ocasiones ha dejado ciudades vacías (Ezequiel 14:19). Por medio de ella, Dios derrama su ira en forma de muerte. La peste mata con tanta seguridad como la espada, porque la enfermedad puede quitar la vida tan completamente como el derramamiento de sangre. Esto muestra lo miserable que es la vida humana cuando está expuesta a tantas formas de muerte. También muestra cuán peligrosa es la vida de quienes pecan, pues Dios tiene muchas maneras de herirlos, y un juicio puede ser seguido por otro.

Cuando el propio pueblo de Dios, que profesa pertenecerle, se aparta de él, puede esperar con razón recibir todo el peso del juicio. Dios tiene muchas maneras de contender con una nación pecadora; pero si Jerusalén, la ciudad santa, llega a ser como una mujer infiel, él enviará contra ella estos cuatro juicios severos (Ezequiel 14:21). Cuanto más cerca estén las personas de Dios en nombre y profesión de fe, con mayor severidad tratará con ellas si deshonran ese santo nombre. Su castigo será mucho más grande.

Sin embargo, incluso en una tierra madura para la ruina, todavía puede haber algunas personas muy buenas. No es difícil imaginar que en un lugar culpable de grandes pecados aún pudieran encontrarse tres hombres como Noé, Daniel y Job. Daniel estaba vivo en ese tiempo y, aunque todavía no había alcanzado la grandeza de su fama, ya era conocido. Había sido llevado cautivo con el primer grupo de deportados (Daniel 1:6). Algunos en Jerusalén quizá pensaban que, si Daniel se hubiera quedado allí, la ciudad habría sido perdonada por causa de él. Pero Dios dice que no: ni siquiera un hombre así conseguiría el perdón para toda la tierra.

En los tiempos más oscuros y corruptos, Dios todavía conserva para sí un remanente. Preserva a algunos que se mantienen firmes en su integridad y que son un honor para la tierra, así como se dice que los inocentes pueden librar un lugar (Job 22:30). Y aunque Dios sí perdona lugares muy malvados por causa de unas pocas personas piadosas que viven allí, esas personas piadosas son precisamente quienes podrían interceder con mayor eficacia por misericordia. Si Noé, Daniel y Job pudieran lograr alguna diferencia, lo harían. Noé era justo cuando todo el mundo se había corrompido, y por causa de él su familia fue salvada en el arca. Job estaba profundamente consagrado a Dios y oraba mucho por sus hijos y sus amigos; Dios lo restauró cuando él oró.

Estos ejemplos son todos anteriores a Moisés, el gran intercesor, y eso es importante. Dios los menciona para mostrar que tenía siervos especiales mucho antes de que Israel llegara a ser una nación, y que seguiría teniendo siervos así aun cuando esa nación quedara arruinada. Daniel aparece entre Noé y Job para que nadie piense que Dios solo honra a los santos de tiempos muy antiguos. No debemos menospreciar a las personas fieles de nuestros días por exaltar tanto a los santos del pasado que dejemos de reconocerlas.

Que los hijos del exilio sepan que Daniel, su vecino y compañero de sufrimiento, era un hombre profundamente humilde, devoto y celoso de Dios. Era constante y ferviente en la oración, y tenía tanto favor delante del cielo como Noé o Job. ¿Por qué dudar de que Dios puede levantar ahora hombres igual de grandes y buenos que aquellos, y hacer tanto por ellos?

Este pasaje también enseña que, cuando el pecado de un pueblo ha llegado a su límite y Dios ha decidido traer el juicio, ni siquiera las oraciones y la fidelidad de las mejores personas detendrán el resultado final. El Señor repite aquí este punto. Aunque esos tres hombres estuvieran en Jerusalén en ese momento, no salvarían ni a hijos ni a hijas. Ni siquiera los niños serían perdonados por causa de ellos, a diferencia de los hijos de Israel, que fueron preservados mediante la oración de Moisés (Núm. 14:31). La tierra quedaría desolada y Dios no escucharía las oraciones por ella, ni siquiera si Moisés y Samuel estuvieran delante de él (Jer. 15:1). La paciencia soportada y despreciada durante mucho tiempo finalmente se convierte en una ira inflexible. En el caso de Jerusalén, esa ira parecería aún más intensa que en otros lugares (Ezequiel 14:6), porque sus habitantes habían recibido más misericordia y privilegios que cualquier otro pueblo, y eso hacía más grave su pecado.

Aun así, también es cierto que, aunque las personas piadosas no puedan salvar a otros, sí salvarán su propia vida por medio de su justicia. Pueden sufrir la misma aflicción, pero para ellas esa aflicción cambia. Ya no es lo mismo que para los malvados. Pierde su poder para destruirlas, y Dios la usa para su bien. En ocasiones, sus vidas físicas son preservadas de una manera especial y se les conceden como premio. Como mínimo, su vida espiritual permanece segura. Si sus cuerpos no son librados, sus almas sí. Las riquezas no pueden ayudar en el día de la ira, pero la justicia libra de la muerte, incluso de muchas muertes como las que aquí se anuncian. Esto debe animarnos a conservar nuestra integridad en tiempos de apostasía generalizada, porque, si lo hacemos, estaremos protegidos en el día de la ira del Señor.

Incluso cuando Dios trae la mayor ruina por medio de sus juicios, todavía deja algunos como señales de su misericordia (Ezequiel 14:22, Ezequiel 14:23). En la misma Jerusalén, aunque estaba destinada a ser completamente destruida, todavía quedaría un remanente. No serían eliminados por los juicios severos ya mencionados, sino que serían llevados al exilio, hijos e hijas por igual, y se convertirían en el comienzo de una nueva generación. Estos jóvenes no se habían endurecido tanto en el pecado como sus padres, quienes fueron eliminados por ser considerados incurables. El enemigo los sacaría de las ruinas de Jerusalén y ellos llegarían junto a los que ya estaban exiliados. En cierto sentido, sacarían el mejor provecho de una situación terrible y llegarían a Babilonia con más disposición, porque muchos de sus amigos ya estaban allí para recibirlos.

Cuando llegaran, los exiliados verían su manera de vivir y sus acciones. Los escucharían confesar abiertamente los pecados que habían cometido antes y admitir con humildad que Dios había tenido razón al castigarlos. También prometerían cambiar, y su nueva conducta demostraría que la aflicción les había hecho bien. Haber escapado por poco dejaría una huella real en ellos. Cambiaría su carácter y su forma de vivir, de modo que parecerían personas nuevas.

Esto consolaría a sus compañeros de cautiverio. Es muy reconfortante ver que las personas, mientras están bajo la disciplina de Dios, se arrepienten, se humillan y reconocen que Dios tiene razón al castigar su pecado. Cuando sufrimos, como debemos hacerlo, por los problemas de otros, es un gran consuelo ver que esas personas sacan provecho de sus dificultades. Cuando los cautivos contaran a sus amigos cuán pecadores habían sido y cuán justo era Dios al juzgarlos, los demás exiliados estarían más tranquilos. Eso les ayudaría a aceptar los desastres de Jerusalén, la justicia de Dios al castigar a su propio pueblo y la bondad de Dios, que ahora podrían reconocer como amorosa y sabia desde el principio. De esa manera, serían consolados respecto a todo el mal que Dios había traído sobre Jerusalén y, al comprenderlo mejor, ya no le tendrían un temor tan profundo.

Tenemos esta responsabilidad con nuestros hermanos y hermanas: si nuestras aflicciones nos han hecho bien, debemos consolarlos contándoles cómo ha sido. Esto también daría honra a Dios. Aprenderían que él no había actuado sin razón ni causa justa, y que todo lo que había hecho allí también tenía un propósito lleno de gracia. Cuando las aflicciones hayan cumplido su función y el propósito para el que fueron enviadas, quedarán claras la sabiduría y la bondad de Dios al enviarlas. Dios demostrará no solo que tiene la razón, sino también que es glorificado por medio de ellas.

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