Versículo destacado
Ezequiel 12:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
El Señor se dirigió a mí y me dijo:
Ezequiel 12:1
El versículo en contexto
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Tal vez Ezequiel recordaba con frecuencia, y con alegría, la visión de la gloria de Dios que había contemplado. Después de que esa visión se apartó de él, quizá deseaba volver a verla. Después de haberla visto una vez y luego una segunda vez, tal vez esperaba recibir el honor de verla por tercera ocasión. Sin embargo, no leemos que volviera a verla, y aun así la palabra del Señor vino a él. Dios habló muchas veces y de diversas maneras a los padres, y con frecuencia las personas escucharon sus palabras aun cuando no tuvieron visiones del Todopoderoso (Hebreos 1:1). La fe viene por oír esa palabra profética segura, que es más confiable que una visión. Podemos mantener comunión con Dios sin experimentar una emoción religiosa repentina ni un éxtasis exterior.
En estos versículos, al profeta se le indica primero cómo representar el cautiverio que se acercaba para Sedequías, rey de Judá. Ese era el mensaje que debía anunciarse, y debía anunciarse a personas que ya estaban cautivas. Mientras Sedequías siguiera sentado en el trono, ellos se consolaban con la esperanza de que resistiría firmemente al rey de Babilonia. Sedequías planeaba sacudirse el dominio de Babilonia, y aquellos pobres cautivos probablemente esperaban grandes cosas de ese plan. Incluso pudo haberlos animado secretamente a esperar que pronto los rescatara, o que intercambiara prisioneros y lograra su liberación. Mientras se alimentaran de esas esperanzas vacías, no podrían aceptar su sufrimiento ni aprender de él. Por eso era necesario, aunque muy difícil, convencerlos de que Sedequías, en vez de ser su libertador, pronto sufriría el mismo destino que ellos.
Podría parecer que habría bastado con que el profeta dijera esto en el nombre de Dios, como lo hace más adelante (Ezequiel 12:10). Pero antes de comunicar la profecía con palabras, debía presentarla como una señal. Tenía que hablarles a los ojos antes que a los oídos. La razón de este método se explica en (Ezequiel 12:2): eran un pueblo torpe y obstinado, que no prestaría atención a lo que solo escuchara o que pronto lo olvidaría. El mensaje no dejaría una impresión profunda en ellos. Ezequiel vivía entre una casa rebelde, un pueblo al que era casi imposible hacerle bien. Tenían ojos y oídos, pero no los usaban. Eran idólatras, y su carácter correspondía al de los ídolos que adoraban: tenían ojos, pero no veían; tenían oídos, pero no oían (Salmos 115:5, Salmos 115:6, Salmos 115:8).
Con razón se llama rebeldes a quienes cierran los ojos a la luz de Dios y tapan sus oídos ante su ley. Si las personas saben lo que es correcto, tienen los medios para aprenderlo y aun así se niegan a hacerlo, su ignorancia no es una excusa. Esa actitud añade rebeldía a su pecado. Nadie es tan ciego ni tan sordo como quien no quiere ver ni oír. No ven ni oyen porque son una casa rebelde. La culpa está en ellos mismos. La oscuridad de la mente proviene de la obstinación de la voluntad.
Por eso Ezequiel debía hablarles mediante señales, como quien enseña a personas sordas. De esa manera podían aprender o, al menos, quedar avergonzados. Los ministros deben adaptar su manera de comunicar no solo a la debilidad de las personas, sino también a su resistencia voluntaria. Si viven entre gente rebelde, deben hablar con mayor claridad y firmeza, y emplear el medio que tenga más posibilidades de llegarles. Así, esos oyentes quedarán sin excusa.
El profeta también debía emplear un método que los conmoviera y los afectara. Tenía que reunir todo lo necesario para una mudanza (Ezequiel 12:3). Debía empacar como quien se prepara para un viaje, llevando ropa y dinero. Debía trasladarse de un lugar a otro como alguien que no tiene estabilidad y se ve obligado a marcharse. Tenía que hacerlo durante el día, mientras el pueblo lo observaba. Debía sacar todos sus enseres para empacarlos y enviarlos lejos (Ezequiel 12:4). Como las puertas y las entradas estaban cerradas o vigiladas por el enemigo, debía abrirse paso a través del muro y sacar sus pertenencias por aquella abertura (Ezequiel 12:5). Debía cargarlas sobre sus propios hombros, porque no tenía ningún siervo que lo ayudara. Tenía que hacerlo al anochecer, para no ser notado. Después de salvar lo que pudiera de sus pertenencias, debía escapar él mismo al atardecer, delante de sus ojos, con temor y temblor, y marcharse como se marcha al cautiverio (Ezequiel 12:4).
Eso significaba que debía cubrirse el rostro (Ezequiel 12:6), ya fuera porque le daba vergüenza que lo vieran y temía ser reconocido, o como señal de profundo dolor y angustia. Debía irse como un pobre comerciante que tiene que cerrar su negocio, agacha la cabeza y abandona su país. De esta manera, el propio Ezequiel se convertiría en una señal para ellos. Y si parecía renuente a pasar por todos esos inconvenientes y a exponerse a las burlas y al ridículo, Dios lo fortalecía diciéndole: «Tal vez reflexionen y abandonen su falsa confianza, aunque son una casa rebelde» (Ezequiel 12:3).
Nunca debemos darnos por vencidos con las personas más malvadas, porque todavía pueden volver en sí y arrepentirse. Por eso debemos seguir usando los medios adecuados para convencerlas y llevarlas al arrepentimiento mientras haya vida y esperanza. Los ministros deben estar dispuestos a realizar las tareas más difíciles e inconvenientes, como lo estuvo Ezequiel al hacer aquella mudanza, aunque el éxito parezca posible y no seguro. Si tan solo una persona llega a despertar y a reflexionar seriamente, nuestro cuidado y trabajo habrán valido la pena.
Ezequiel también obedeció de inmediato y por completo el mandato que recibió (Ezequiel 12:7): «Hice tal como se me había mandado». Con esto nos enseña a todos, y especialmente a los ministros. Debemos obedecer con alegría cada mandato de Dios, incluso los más difíciles. Cristo aprendió la obediencia, y todos nosotros también debemos aprenderla. Debemos hacer todo lo posible por el bien del alma de los demás y aceptar cualquier dificultad que pueda ayudar a corregir a quienes aún no están convencidos. «Hacemos todo», es decir, estamos dispuestos a hacer cualquier cosa, «para su edificación», para su bien espiritual.
También debemos experimentar en nosotros mismos aquello que queremos despertar en los demás. Cuando Ezequiel debía presentar a sus oyentes una imagen triste, él mismo adoptó una apariencia triste. De igual manera, debemos mantenernos desapegados de este mundo y estar preparados para dejarlo, sacando nuestras pertenencias como quienes se preparan para mudarse, porque aquí no tenemos una ciudad permanente. «Levántense y váyanse, porque este no es su lugar de descanso, pues está contaminado». Viven entre una casa rebelde; por tanto, prepárense para mudarse. Nadie debería estar dispuesto a permanecer en una casa así, en un mundo tan malvado.
En segundo lugar, se le indica qué palabras debe usar para explicar estas señales y acciones, así como Agabo, cuando se ató las manos y los pies, explicó de quién era el arresto que estaba representando.
Sin embargo, hay algo que debemos notar: Dios no le explicó la señal a Ezequiel sino hasta la mañana siguiente. Mantuvo al profeta esperando para que siguiera dependiendo de él y de su dirección. Lo que Dios hace y lo que nos manda hacer puede parecer confuso al principio, pero más adelante llegará a ser claro.
Se esperaba que el pueblo preguntara qué significaba la señal; al menos, eso era lo que debían haber hecho (Ezequiel 12:9). Dios dice: «¿Acaso la casa de Israel no te ha preguntado: “¿Qué estás haciendo?”». Él sabía que lo habían hecho. Aunque eran un pueblo rebelde, todavía sentían curiosidad por el mensaje de Dios, como quienes «buscan a Dios cada día» (Isaías 58:2). Por eso el profeta tenía que hacer algo extraño, para que preguntaran acerca de ello; entonces quizá prestarían atención a la respuesta y recibirían provecho. Algunos entienden que no habían preguntado en absoluto, como si Dios estuviera diciendo: «¿Acaso esta casa rebelde ni siquiera te ha preguntado: “¿Qué estás haciendo?”». En ese caso, la instrucción sería que les explicara el significado aun sin que ellos hubieran preguntado.
Esto demuestra que cuando Dios envía mensajes por medio de sus ministros, observa cómo los reciben las personas. Escucha lo que respondemos, y le desagrada que ignoremos sus palabras sin reflexionar. Después de oír la palabra de Dios, debemos pedirles a sus ministros más ayuda y, si seguimos buscándola, continuaremos creciendo en conocimiento.
El profeta también debía explicar el significado de la señal. En términos generales, Dios dice: «Esta advertencia se refiere al príncipe que está en Jerusalén» (Ezequiel 12:10). Los exiliados sabían de quién se trataba, y se consolaban con el hecho de que todavía tenían un gobernante en Jerusalén y de que Israel aún parecía permanecer allí. Pero Dios les dice que las acciones de Ezequiel eran una representación de lo que les sucedería a sus amigos en Jerusalén. «Yo soy una señal para ustedes», dice (Ezequiel 12:11). Así como la vida de un ministro debe enseñarles a las personas cómo deben vivir, el trato de Dios con algunos también les advierte a otros lo que pueden esperar. Cuando los ministros son trasladados y viven en inestabilidad, esto recuerda que la vida en este mundo también es incierta y está en constante cambio. Cuando se acercan los problemas, Cristo les dijo a sus discípulos: «Los arrestarán primero» (Lucas 21:12).
El pueblo sería llevado cautivo (Ezequiel 12:11). Dios dice: «Tal como lo hice, así se hará con ellos». Serían obligados a salir de sus hogares y nunca regresarían; su lugar ya no volvería a reconocerlos. No podemos considerar ningún hogar como nuestro lugar de descanso definitivo, porque no sabemos cuánto tendremos que desplazarnos antes de morir.
El príncipe también intentaría escapar en vano, porque él igualmente iría al cautiverio. Jeremías le había dicho directamente lo mismo a Sedequías, rey de Judá: «No escaparás, sino que ciertamente serás llevado» (Jeremías 34:3). Ahora Ezequiel se lo dice al pueblo que confiaba en ese rey y esperaba recibir ayuda de él. El príncipe llevaría sobre el hombro algunos de sus propios objetos de valor. Los juicios de Dios pueden convertir a un príncipe en un cargador, en un hombre que lleva cargas. El que antes hacía que llevaran delante de él sus símbolos reales y caminaba orgullosamente por la ciudad al mediodía, ahora cargaría sus propias pertenencias sobre la espalda y saldría a escondidas durante la noche. El pecado produce un cambio terrible en las personas. Como el enemigo vigilaba todas las puertas del palacio, tendrían que abrirse paso a través del muro para salir. Los hombres se convertirían en quienes irrumpen en su propia casa y se llevan sus propias pertenencias, porque la guerra destruye el orden establecido de la propiedad y del derecho.
También intentaría escapar disfrazado, con un velo sobre el rostro que le permitiría mirar solamente hacia adelante, sin poder ver el suelo. El hombre que antes quería ser visto en todo su esplendor ahora tendría miedo de que lo vieran. Por eso, nadie debería enorgullecerse de llamar la atención ni alegrarse demasiado de poder observarlo todo a su alrededor, al ver a un rey escondiendo el rostro y sin siquiera poder ver el suelo.
Dios dice que el príncipe sería capturado y llevado a Babilonia (Ezequiel 12:13). «Extenderé sobre él mi red», dice el Señor, «y quedará atrapado en mi trampa». Parecería que la red y la trampa fueran de los caldeos, es decir, de los babilonios, pero Dios las reclama como suyas. Cualquiera que piense que puede escapar de la espada del Señor terminará atrapado en la red de Dios.
Jeremías había dicho que el rey Sedequías vería al rey de Babilonia y después iría a Babilonia. Ezequiel dice que sería llevado a Babilonia, pero que no la vería, aunque moriría allí. Algunos podrían intentar afirmar que los profetas se contradijeron, porque uno dijo que vería al rey de Babilonia y el otro que no vería Babilonia. Sin embargo, ambas cosas fueron ciertas. Sedequías vio al rey de Babilonia en Ribla, donde se dictó sentencia contra él por su rebelión; allí le sacaron los ojos, de modo que no vio Babilonia cuando llegó. Los exiliados esperaban que su príncipe llegara como conquistador para rescatarlos, pero llegaría como prisionero, y su vergüenza aumentaría el dolor de ellos. Tendrían muy poco motivo para alegrarse al verlo, cuando él ni siquiera podía verlos.
Todos los que lo rodeaban y lo apoyaban serían dispersados y quedarían indefensos (Ezequiel 12:14). Dios dice: «Dispersaré a todos los que estén a su alrededor para ayudarlo», y él quedaría sin auxilio. Los dispersaría entre las naciones y por los países (Ezequiel 12:15), para que se convirtieran en señales de la justicia de Dios dondequiera que fueran. Aun así, alguien podría preguntar si volverían a reunirse, porque quien huye una vez todavía puede luchar otro día. Dios responde que no: «Sacaré la espada tras ellos». Su espada los encontraría adondequiera que fueran, y cuando Dios desenvaina su espada, siempre cumple el propósito que él ha determinado.
Sin embargo, algunos de los hombres de Sedequías escaparían de la dispersión (Ezequiel 12:16). Dios dice: «Dejaré algunos de ellos». Aunque todos serían dispersados, no todos serían destruidos. A algunos se les perdonaría la vida como un regalo precioso. El propósito de esa misericordia es importante: «Para que cuenten todas sus abominaciones entre las naciones adonde vayan». Sus dificultades los llevarían a recobrar el juicio y reconocerían que Dios tenía razón en todo lo que les había sucedido. Confesarían abiertamente los pecados por los que Dios había tenido que contender con ellos. De esa manera, su escape mostraría la misericordia de Dios, y ellos también le darían una respuesta apropiada y agradecida al reconocer su bondad al perdonarles la vida.
Por eso, cuando Dios nos ha librado de manera extraordinaria de los peligros que nos rodeaban, debemos ver uno de los propósitos de esa misericordia: fuimos perdonados para glorificar a Dios y ayudar a otros confesando nuestros pecados con un corazón humilde.
Quienes llegan a este punto por medio del sufrimiento llegan a reconocer que Dios es el Señor, y también pueden ayudar a que otros lo conozcan. Observa cómo Dios puede sacar el bien del mal. La dispersión de pecadores que habían causado mucha deshonra y daño a Dios en su propia tierra se convierte en la dispersión de personas arrepentidas que le darán mucho honor y servicio en otras tierras.
Los levitas, la tribu apartada para el servicio de Dios, fueron divididos y dispersados por Israel como una maldición. Sin embargo, Dios convirtió esa maldición en una bendición. Al estar esparcidos entre las tribus, tuvieron la mejor oportunidad de enseñar las leyes de Dios a Jacob.
De este capítulo
Ezequiel 12:2
"Tú, hombre, vives en medio de un pueblo rebelde. Tienen ojos para ver, pero no ven, y oídos para oír, pero no oyen, porque son un pueblo rebelde."
Ezequiel 12:3
"Por eso, prepara lo necesario para salir al destierro y, a plena luz del día y a la vista de todos, sal de tu casa y vete a otro lugar. Tal vez se den cuenta de que son un pueblo rebelde."
Ezequiel 12:4
"A plena luz del día y a la vista de todos, saca tus cosas como si fueras al destierro. Luego, al atardecer y también a la vista de todos, sal como si fueras al destierro."
Ezequiel 12:5
"Después, abre un boquete en el muro a la vista de todos y sal por él con tus cosas."
Ezequiel 12:6
"Cuando oscurezca, échate tus cosas al hombro y sal con ellas a la vista de todos. Cúbrete la cara para que no puedas ver el país. Quiero que seas una señal de alarma para el pueblo de Israel."
Ezequiel 12:7
"Preparé mis cosas tal como el Señor me lo había ordenado y, a plena luz del día, salí con ellas como quien va al destierro. Al atardecer abrí con mis propias manos un boquete en el muro y, cuando oscureció, me eché las cosas al hombro y salí con ellas a la vista de todos."
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