Versículo destacado
Ester 8:3 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Luego Ester volvió a hablar con el rey y, arrojándose a sus pies, le suplicó que anulara la malvada orden de Amam y todo lo que había hecho contra los judíos. "
Ester 8:3
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Aquel mismo día, el rey Artajerjes le dio a Ester todo lo que había pertenecido a Amam el enemigo. Ester le dijo al rey que Mardoqueo era pariente suyo, y el rey mandó llamarlo.
2 Entonces el rey se quitó el anillo que había recuperado de Amam y se lo dio a Mardoqueo. Ester, por su parte, lo nombró administrador de todos los bienes que habían pertenecido a Amam.
3 Luego Ester volvió a hablar con el rey y, arrojándose a sus pies, le suplicó que anulara la malvada orden de Amam y todo lo que había hecho contra los judíos.
4 El rey extendió hacia Ester su cetro de oro. Ella se levantó y, de pie ante él,
5 dijo: —Si a Su Majestad le parece bien, y si Su Majestad realmente me quiere, que se escriba una orden para anular las cartas que Amam envió, en las que se ordenaba exterminar a los judíos que hay en el reino.
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Amán, el principal enemigo de los judíos, había sido colgado, y Mardoqueo y Ester, sus principales aliados, ya estaban a salvo. Pero muchos otros habitantes del reino del rey todavía odiaban a los judíos y querían destruirlos. El decreto contra los judíos seguía vigente y, en el día señalado, sus enemigos los atacarían. Si los judíos se defendían, serían tratados como rebeldes contra el rey y su gobierno.
Para detener ese desastre, la reina volvió a presentarse y suplicó con gran fervor y urgencia. Entró en la presencia del rey sin haber sido llamada, como se relata en Ester 8:3, y él volvió a mostrarle favor al extenderle el cetro de oro (Ester 8:4). Ester le pidió que, así como había eliminado a Amán, también eliminara el malvado plan que este había tramado contra los judíos. Muchas veces, el daño causado por una persona malvada continúa después de su muerte, porque sus planes y sus escritos siguen produciendo efectos.
Por eso era necesario pedirle al rey otro acto de favor. Él debía emitir un nuevo decreto que anulara las cartas que Amán había escrito y sellado para destruir a los judíos en todas las provincias del rey (Ester 8:5). Ester no insistió de manera áspera. Dejó que la conciencia del rey lo llevara a reconocer que él mismo había aprobado y sellado la primera orden. Si de verdad lamentaba ese decreto, debía deshacerlo hasta donde le fuera posible. El verdadero arrepentimiento implica hacer todo lo que podamos para revertir lo malo que hemos hecho.
Ester presentó su petición con profunda emoción. Cayó a los pies del rey y le suplicó entre lágrimas (Ester 8:3); cada lágrima era tan valiosa como las perlas de su vestidura. Era un momento para actuar con seriedad, porque el pueblo de Dios estaba en peligro. Nadie debería ser demasiado orgulloso para inclinarse ni demasiado alegre para llorar cuando puede ayudar a la iglesia y al pueblo de Dios. Aunque Ester misma estaba a salvo, siguió suplicando con lágrimas por su pueblo.
También habló al rey con gran humildad y respeto (Ester 8:5). En esencia, dijo: «Si al rey le parece bien, si he hallado gracia ante sus ojos y si el asunto le parece correcto y prudente, que se revoque el decreto». Aun cuando la justicia esté claramente de nuestro lado, debemos hablar con modestia y respeto a quienes tienen autoridad sobre nosotros. Estamos pidiendo, no dando órdenes. Las palabras amables suelen lograr una buena recepción.
Después fortaleció su petición con un ruego conmovedor: «¿Cómo podré soportar ver el mal que vendrá sobre mi pueblo?». Dijo que tendría poco consuelo en su propia vida si no lograba obtener la liberación de ellos. Casi podía soportar compartir ella misma el sufrimiento, pero no podía soportar ver destruidos a sus parientes, a las personas que amaba. Aunque era reina, Ester reconoció abiertamente a sus humildes familiares y mostró una profunda preocupación por ellos. No leemos que llorara cuando pidió por su propia vida; pero ahora que su seguridad estaba asegurada, lloró por su pueblo.
Estas lágrimas de compasión son las que más reflejan el corazón de Cristo. Las personas que verdaderamente se preocupan por el bien común preferirían morir antes que vivir para ver devastada la iglesia o arruinado su país. Quienes tienen un corazón tierno no pueden soportar la idea de que destruyan a su pueblo y a sus familiares; por eso no deben dejar pasar ninguna oportunidad de ayudarlos.
Entonces el rey tomó medidas para impedir el daño que Amán había planeado. Primero explicó que, según la ley persa, el decreto anterior no podía revocarse (Ester 8:8). Todo lo que estuviera escrito en nombre del rey y sellado con su anillo no podía ser revertido. Esto se consideraba una regla inmutable del Estado persa, como una ley fundamental del reino (Daniel 6:15). Pero eso no demostraba verdadera sabiduría ni honor. Demostraba orgullo y necedad, porque ningún gobernante humano puede prever todas las consecuencias de una ley. Es injusto atribuirse un poder tan absoluto que un decreto nunca pueda corregirse, aun cuando demuestre ser perjudicial.
Esta clase de afirmación refleja el antiguo orgullo que llevó a la humanidad a la ruina: el deseo de ser como Dios. Es mucho más sabio reconocer que las leyes pueden cambiarse cuando sea necesario. El derecho de establecer una ley incluye el derecho de anularla. Solo Dios no necesita arrepentirse, y solo él habla de tal manera que nunca necesita corregir ni retractarse de sus palabras.
Aun así, el rey encontró una manera de frustrar el plan de Amán. Firmó y envió otro decreto que autorizaba a los judíos a defenderse, incluso usando la fuerza si era necesario. Esa era la protección más segura para ellos. El rey ya había demostrado su preocupación por el pueblo judío al colgar a su funcionario favorito, Amán, porque este había levantado la mano contra los judíos (Ester 8:7). Ahora haría todo lo posible para protegerlos. Dejó que Ester y Mardoqueo usaran su nombre y su autoridad para rescatarlos, así como antes había dejado que Amán utilizara esa misma autoridad para procurar su destrucción. «Escriban en favor de los judíos lo que les parezca bien», les dijo, mientras preservaba el honor del sistema persa (Ester 8:8). De ese modo, el daño sería impedido hasta donde fuera posible sin cancelar las cartas anteriores.
Se ordenó a los secretarios de Estado que prepararan este decreto el día veintitrés del tercer mes (Ester 8:9). Habían pasado unos dos meses desde que se había emitido el primer edicto, pero todavía faltaban nueve meses para el día fijado para ejecutarlo. La nueva ley fue enviada en los idiomas de todas las provincias. ¿No deberían los gobernantes terrenales permitir que sus súbditos lean los decretos en un idioma que entiendan? Y ¿deberían las propias palabras de Dios mantenerse alejadas de sus siervos en un idioma que no conocen? El decreto también fue enviado a los funcionarios correspondientes de cada provincia: tanto a los jueces locales como a los gobernadores adjuntos.
El decreto debía enviarse cuidadosamente a todas las provincias del rey, con copias exactas llevadas rápidamente a cada región. Su propósito era autorizar a los judíos, precisamente en el día señalado para su destrucción, a reunirse y defenderse. Debían luchar por sus vidas, de modo que cualquiera que los atacara lo hiciera bajo su propio riesgo.
También se les permitió hacer algo más que defenderse. Podían destruir y matar a todas las fuerzas armadas de cualquier pueblo que los atacara, incluidos hombres, mujeres y niños (Ester 8:11). De esa manera, podían vengarse de sus enemigos (Ester 8:13) y, si lo deseaban, también enriquecerse, pues se les permitía tomar las pertenencias de sus enemigos como botín.
Esto mostró el favor del rey hacia los judíos y les brindó una sólida protección. El decreto posterior se entendería como una cancelación del anterior, aunque no lo dijera directamente. Al mismo tiempo, dejó al descubierto la necedad de la regla que establecía que los edictos del rey no podían revocarse.
Esa regla obligó al rey a autorizar un conflicto civil dentro de su propio imperio, con ambos bandos luchando bajo su autoridad y contra su autoridad. Nada bueno puede surgir cuando las personas intentan actuar con más sabiduría de la que realmente poseen. Se actuó con gran rapidez para difundir este decreto, porque el rey temía que llegara demasiado tarde, después de que los judíos ya hubieran sufrido daños bajo el primer decreto.
Por eso, los mensajeros fueron enviados con urgencia y apremiados tanto por la orden del rey como por la de Mardoqueo (Ester 8:14), y se les proporcionaron caballos veloces (Ester 8:10). No era momento para demorarse cuando tantas vidas estaban en juego.
De este capítulo
Ester 8:1
"Aquel mismo día, el rey Artajerjes le dio a Ester todo lo que había pertenecido a Amam el enemigo. Ester le dijo al rey que Mardoqueo era pariente suyo, y el rey mandó llamarlo."
Ester 8:2
"Entonces el rey se quitó el anillo que había recuperado de Amam y se lo dio a Mardoqueo. Ester, por su parte, lo nombró administrador de todos los bienes que habían pertenecido a Amam."
Ester 8:4
"El rey extendió hacia Ester su cetro de oro. Ella se levantó y, de pie ante él,"
Ester 8:5
"dijo: —Si a Su Majestad le parece bien, y si Su Majestad realmente me quiere, que se escriba una orden para anular las cartas que Amam envió, en las que se ordenaba exterminar a los judíos que hay en el reino."
Ester 8:6
"Pues ¿cómo podré soportar la desgracia que está por caer sobre mi pueblo, y cómo podré salvarme si mi patria va a ser destruida?"
Ester 8:7
"Entonces el rey le respondió a Ester: —Ya te he dado los bienes que pertenecían a Amam, y a él lo hice colgar en la horca por haber atentado contra la vida de los judíos. Si quieres algo más,"
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