Versículo destacado
Daniel 6:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Entonces aquellos hombres entraron juntos en la casa de Daniel y lo encontraron orando y alabando a su Dios. "
Daniel 6:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Ante esto, el rey Darío firmó el decreto.
10 Cuando Daniel supo que el decreto había sido firmado, se fue a su casa, abrió las ventanas de su dormitorio, que estaba orientado hacia Jerusalén, y se arrodilló para orar y alabar a Dios. Lo hacía tres veces al día, tal como siempre lo había hecho.
11 Entonces aquellos hombres entraron juntos en la casa de Daniel y lo encontraron orando y alabando a su Dios.
12 Enseguida fueron a ver al rey para hablarle del decreto y le dijeron: —Su Majestad ha publicado un decreto según el cual cualquiera que durante estos treinta días dirija una súplica a cualquier dios o a cualquier hombre que no sea Su Majestad será arrojado al foso de los leones, ¿no es verdad? —Así es —respondió el rey—. Y el decreto debe cumplirse conforme a la ley de los medos y los persas, que no puede ser anulada.
13 Entonces ellos continuaron diciendo: —Pues Daniel, uno de esos judíos desterrados, no muestra ningún respeto por Su Majestad ni por el decreto publicado, pues lo hemos visto hacer su oración tres veces al día.
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Aquí tenemos la prueba de que Daniel siguió orando a su Dios aun después de que se promulgara la nueva ley que lo prohibía (Daniel 6:11). Aquellos hombres se reunieron apresuradamente, y la manera en que se describe la escena parece sugerir una reunión ruidosa y hostil, una idea similar a la de Daniel 6:6, tomada del Salmo 2:1: «¿Por qué se amotinan las naciones?». Fueron a la casa de Daniel, probablemente fingiendo que tenían algún asunto que tratar con él, justo a la hora que sabían que acostumbraba orar. Si no lo hubieran encontrado orando, también habrían usado eso en su contra, acusándolo de debilidad y de no confiar en Dios. Pero lo encontraron de rodillas, orando y presentando sus peticiones delante de su Dios. Por amor a Dios lo trataron como a un enemigo; sin embargo, al igual que su antepasado David, Daniel se entregó a la oración (Salmo 109:4).
Después llevaron el asunto ante el rey. En cuanto encontraron una manera de acusar a Daniel respecto a la ley de su Dios, no perdieron tiempo y fueron ante el rey (Daniel 6:12). Primero le preguntaron si no se había promulgado tal ley. Cuando el rey confirmó que sí y admitió que no podía modificarse, procedieron a acusar a Daniel (Daniel 6:13). Lo describieron de una manera calculada para despertar la ira del rey: «Es uno de los cautivos de Judá. Pertenece a ese pueblo despreciado y ahora no es más que un cautivo, sin nada propio excepto lo que tiene por la bondad del rey. Sin embargo, no te presta atención, oh rey, ni respeta el decreto que firmaste». No es algo nuevo que lo que se hace fielmente por conciencia delante de Dios sea tergiversado como una rebelión obstinada contra la autoridad civil, de modo que se hable de los mejores siervos de Dios como si fueran las peores personas. Daniel honraba a Dios y por eso oraba, y tenemos razones para pensar que también oraba por el rey y su gobierno. Sin embargo, ellos tergiversaron esto y afirmaron que Daniel no respetaba al rey. Ni su excelente espíritu ni la buena reputación que tenía pudieron protegerlo de aquellos ataques venenosos. No dijeron: «Presenta sus peticiones a su Dios», porque eso podría haber sonado como algo bueno. Solo dijeron: «Presenta sus peticiones», que era precisamente la parte prohibida por la ley.
Entonces el rey comprendió el verdadero propósito de toda aquella conspiración. Entendió que no habían hecho aquello para honrarlo, sino por hostilidad contra Daniel, y se disgustó profundamente consigo mismo por haber accedido a su petición (Daniel 6:14). Cuando las personas alimentan su orgullo y disfrutan de los halagos, a menudo no se dan cuenta de los problemas que están preparando para sí mismas. Sus aduladores pueden convertirse en sus atormentadores, y en realidad están tendiendo una trampa para sus propios pies. Por eso el rey decidió firmemente rescatar a Daniel. Usando argumentos y su autoridad, trabajó hasta la puesta del sol para salvarlo; es decir, trató de persuadir a los acusadores de Daniel de que no insistieran en el caso. A menudo hacemos cosas sin pensar y después desearíamos mil veces no haberlas hecho. Esa es una buena razón para cuidar nuestros pasos, porque así nuestros caminos podrán afirmarse.
Sin embargo, los acusadores insistieron con fuerza en que se dictara sentencia (Daniel 6:15). No se nos dice qué respondió Daniel. El rey mismo se convirtió en su defensor, así que Daniel no necesitó presentar su propia defensa. En silencio, encomendó su causa y su persona a Aquel que juzga con justicia. Pero los acusadores insistieron en que la ley debía seguir su curso. En el gobierno de los medos y los persas, que se había convertido en el imperio mundial, existía la regla fija de que ningún decreto o ley establecido por el rey podía cambiarse. Vemos la misma idea en Ester 1:19 y Ester 8:8. Los caldeos exaltaban el poder del rey al permitirle crear y abolir leyes a su voluntad, para matar o perdonar a quien quisiera. Los persas exaltaban la sabiduría del rey al suponer que toda ley que él hubiera confirmado solemnemente estaba tan perfectamente formulada que nunca necesitaría modificarse ni dejarse sin efecto, como si la sabiduría humana pudiera prever todos los problemas al establecer una ley. Si esta regla se aplica al caso de Daniel —y me inclino a pensar que allí estaba siendo manipulada—, honra el poder del rey para crear leyes, pero limita su poder para hacer justicia con misericordia. Sin embargo, la misericordia sostiene el trono, y los actos de perdón dan honor al reinado. Quienes no permiten que un gobernante deje sin efecto una ley que perjudica a alguien, por lo general no cuestionan su autoridad para perdonar una ofensa contra una ley penal. Pero a Darío se le negó incluso ese poder. Esto nos muestra cuánta necesidad hay de orar por los gobernantes, para que Dios les dé sabiduría, porque aun los más sabios y mejores suelen verse atrapados en decisiones difíciles.
Finalmente, la ley se ejecutó contra Daniel. El rey, muy a su pesar y en contra de su propia conciencia, firmó la orden de ejecución. Daniel, aquel hombre serio y honorable, cuyo rostro reflejaba dignidad y bondad, que muchas veces había mostrado grandeza en la corte y en el consejo, y todavía más grandeza de rodillas, que tenía poder delante de Dios y de los hombres y había prevalecido, fue llevado por adorar a su Dios como si fuera uno de los peores criminales, y arrojado al foso de los leones para que lo devoraran (Daniel 6:16). Es difícil pensar en esto sin sentir profundo dolor por el sufrimiento de aquel hombre fiel y profunda indignación contra sus malvados acusadores. Para asegurarse de que todo quedara bien cerrado, sellaron la piedra que cubría la entrada del foso, y el rey, que se había dejado influenciar con demasiada facilidad, fue persuadido a sellarla con su propio anillo real (Daniel 6:17), el mismo anillo desafortunado con el que había confirmado la ley que atrapó a Daniel. Pero sus nobles no confiaron en él a menos que ellos también añadieran sus sellos. De la misma manera, cuando Cristo fue sepultado, sus enemigos sellaron la piedra que había sido colocada en la entrada de su tumba.
Darío también le dio a Daniel este mensaje de ánimo: «Tu Dios, a quien sirves continuamente, él te librará» (Daniel 6:16). Con estas palabras, primero declara que Daniel no era culpable, pues reconoce que su única falta era servir continuamente a su Dios, aun después de que ese servicio se hubiera vuelto ilegal. Luego deja en manos de Dios el rescate de Daniel, ya que él mismo no podía salvarlo: «Él te librará». Está seguro de que el Dios de Daniel puede rescatarlo porque cree que Dios es todopoderoso. También tiene razones para pensar que Dios lo hará, pues había oído cómo Dios libró a los compañeros de Daniel del horno de fuego en una situación parecida, y concluye que Dios siempre es fiel con quienes permanecen fieles a él. Quienes sirven continuamente a Dios serán guardados continuamente por él, y él estará a su lado mientras lo sirven.
De este capítulo
Daniel 6:1
"El rey Darío decidió nombrar a ciento veinte gobernadores regionales para que se encargaran de las distintas partes del reino."
Daniel 6:2
"Al frente de ellos puso a tres supervisores para que vigilaran la administración de los gobernadores, a fin de que el rey no resultara perjudicado en nada. Uno de los supervisores era Daniel,"
Daniel 6:3
"quien pronto se destacó entre los otros supervisores y jefes regionales por su gran capacidad; por eso, el rey pensó en ponerlo al frente del gobierno de la nación."
Daniel 6:4
"Entonces los supervisores y gobernadores buscaron algún motivo para acusarlo de administrar mal el reino, pero, como Daniel era un hombre honrado, no encontraron ninguna falta en él; por lo tanto, no pudieron presentar ningún cargo contra él."
Daniel 6:5
"Sin embargo, siguieron pensando en el asunto y dijeron: «No encontraremos ningún motivo para acusar a Daniel, a menos que sea algo relacionado con su religión»."
Daniel 6:6
"Así que los supervisores y gobernadores se pusieron de acuerdo para ir a hablar con el rey Darío y, cuando estuvieron en su presencia, le dijeron: —¡Que viva Su Majestad para siempre!"
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