Versículo destacado

Hechos 25:13 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Después de algunos días, el rey Agripa y Berenice fueron a Cesarea para saludar a Festo. "

Hechos 25:13

menu_book El versículo en contexto

11 Si he cometido algún delito que merezca la pena de muerte, no me niego a morir; pero si no hay nada cierto en las cosas de las que me acusan, nadie tiene derecho a entregarme a ellos. Pido que el emperador mismo me juzgue.

12 Entonces Festo consultó con sus consejeros y después dijo: —Ya que has pedido que te juzgue el emperador, irás al emperador.

13 Después de algunos días, el rey Agripa y Berenice fueron a Cesarea para saludar a Festo.

14 Como permanecieron allí varios días, Festo le contó al rey el caso de Pablo. Le dijo: —Hay aquí un hombre al que Félix dejó preso.

15 Cuando estuve en Jerusalén, los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos presentaron ante mí una demanda contra él y me pidieron que lo condenara.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos los preparativos para una nueva audiencia de Pablo ante el rey Agripa. No se trataba de que Agripa emitiera un veredicto final, sino de que ofreciera consejo o quizá simplemente satisficiera su curiosidad. Cristo había dicho que sus seguidores serían llevados ante gobernantes y reyes, y eso ocurrió aquí. En este capítulo, Pablo ya había comparecido ante Festo, el gobernador. Ahora es llevado ante Agripa, el rey, y a ambos se les presenta un testimonio.

Primero vemos la visita amable y amistosa que el rey Agripa hizo a Festo cuando este acababa de asumir su cargo en aquella provincia (Hechos 25:13). Después de algunos días, el rey Agripa llegó a Cesarea. Era una visita real. Por lo general, los reyes consideraban suficiente enviar embajadores para saludar a sus amigos, pero en esta ocasión un rey fue en persona. Dejó a un lado la distancia propia de la realeza por el gusto de disfrutar una amistad personal, pues conversar cara a cara es una de las partes más agradables de la amistad.

Observemos quiénes eran estos visitantes. El rey Agripa era hijo del Herodes que mató al apóstol Santiago y que después murió comido por gusanos; también era bisnieto de Herodes el Grande, bajo cuyo gobierno nació Cristo. Josefo llama a este hombre Agripa el joven. El emperador Claudio lo hizo rey de Calcis y tetrarca, es decir, gobernante local, de Traconítide y Abilene, las regiones mencionadas en (Lucas 3:1). También hay referencias a él en escritos judíos. El doctor Lightfoot dice que esos escritos cuentan que, cuando Agripa leyó públicamente la Ley al final del año de liberación y llegó a las palabras: «No pondrás sobre ti a un extranjero que no sea tu hermano» (Deuteronomio 17:15), comenzó a llorar porque no pertenecía a la familia de Israel. Al ver esto, la multitud gritó: «¡Ánimo, rey Agripa, tú eres nuestro hermano!», porque compartía su religión, aunque no su sangre.

Berenice vino con él. Era su propia hermana, entonces viuda, y también había sido esposa de su tío Herodes, rey de Calcis. Después de la muerte de este, vivió con su hermano Agripa, y la gente sospechaba que su relación era demasiado cercana. Más tarde se casó con Polemón, rey de Cilicia, pero lo dejó y regresó con Agripa. Juvenal habla de un anillo de diamantes que Agripa le regaló a Berenice, su hermana con quien mantenía una relación incestuosa. Tácito y Suetonio también hablan de una relación vergonzosa que más tarde existió entre ella y Tito Vespasiano. Drusila, la esposa de Félix, era otra de sus hermanas. Así eran las personas inmorales que ocupaban los puestos más elevados en aquellos tiempos. No deberíamos decir que los días de antes eran mejores.

El propósito de la visita era saludar a Festo y felicitarlo por su nuevo ascenso. Habían venido para darle la bienvenida a su cargo y mantener una relación amistosa con él, de modo que Agripa, quien gobernaba Galilea, pudiera trabajar en armonía con Festo, que gobernaba Judea. Pero es probable que también hubieran venido por entretenimiento: para disfrutar de las diversiones de la corte y presumir de sus elegantes vestidos, algo que no les habría servido de nada a personas tan vanidosas si se hubieran quedado en casa.

Luego Festo le habló al rey Agripa acerca de Pablo y de su caso. En parte lo hizo para entretenerlo, pues era una historia muy poco común y digna de ser escuchada. Era sorprendente e interesante y, si se contaba completa y fielmente, también muy instructiva. Además, tenía un interés especial para Agripa porque era juez y había asuntos legales que merecían su atención. Más aún, era judío, por lo que había cuestiones religiosas que también debían interesarle.

Festo igualmente quería recibir el consejo de Agripa. Era nuevo en la tarea de juzgar, al menos en aquella región, así que no se sentía seguro de sí mismo y quería el consejo de alguien mayor y con más experiencia, especialmente en un caso tan difícil como el de Pablo. Por eso le explicó el asunto al rey.

Primero le dijo que, cuando llegó a la provincia, ya encontró a Pablo encarcelado. Por lo tanto, no podía hablar por conocimiento propio desde el comienzo del caso: «Hay aquí un hombre que Félix dejó preso». Si algo había estado mal en el primer arresto, Festo no era responsable, porque había encontrado a Pablo ya encadenado. Cuando Félix, para agradar a los judíos, dejó a Pablo en cadenas aunque sabía que era inocente, no sabía lo que estaba haciendo. No sabía que quizá entregaría a Pablo a manos peores, aunque esas manos tampoco eran mejores que las suyas.

Después Festo dijo que el Sanedrín judío, es decir, el consejo gobernante de los judíos, estaba totalmente en contra de Pablo. «Los principales sacerdotes y los ancianos me informaron acerca de él como si fuera un hombre peligroso, indigno de vivir, y querían que lo condenara a muerte». Como eran hombres que afirmaban ser profundamente religiosos y que, por eso, debían ser honorables y honestos, Festo pensó que debía confiar en ellos. Pero Agripa los conocía mejor que él, así que Festo le pidió su consejo.

También dijo que había defendido el derecho romano a favor de Pablo y que no quiso condenarlo sin escucharlo (Hechos 25:16). «No es costumbre de los romanos —dijo— entregar a un hombre para su destrucción antes de que el acusado se encuentre cara a cara con sus acusadores y tenga tiempo y oportunidad de responder por sí mismo». Parece reprenderlos, como si estuvieran insultando a los romanos y a su gobierno al pedir algo así o al esperar que condenara a un hombre sin un juicio. «No —les dice—; no importa lo que ustedes permitan entre ustedes, los romanos no permiten semejante injusticia». El dicho «hay que escuchar a las dos partes» se había convertido entre ellos en un proverbio.

Esta es una regla que deberíamos seguir al juzgar en privado y en las conversaciones cotidianas. No debemos ponerles malos nombres a las personas ni condenar sus palabras y acciones hasta haber escuchado lo que puedan decir en su defensa. Véase (Juan 7:51).

Festo añadió que había llevado a Pablo a juicio de la manera apropiada, como parte de su deber (Hechos 25:17). No se había demorado. Los acusadores no tenían razón para quejarse de que actuaba con lentitud, porque tan pronto como llegaron —y no habían perdido tiempo— presentó el caso al día siguiente. También lo manejó de manera formal y seria. Se sentó en el tribunal, como se hacía en los casos importantes, mientras que los asuntos menores se resolvían de forma más informal.

Convocó intencionalmente a un tribunal numeroso para juzgar a Pablo, de modo que el caso pudiera resolverse y darse por terminado. Cuando los acusadores se levantaron y presentaron sus cargos, Festo quedó profundamente decepcionado porque no llevaron el tipo de acusaciones que esperaba (Hechos 25:18-19).

Por la insistencia con que habían presentado el caso ante un gobernador romano tras otro, había supuesto que tenían acusaciones graves contra Pablo. Esperaba que lo acusaran de delitos contra la propiedad privada o contra la paz pública, quizá de robo, asesinato o rebelión contra el poder romano. Tal vez pensó que Pablo estaba relacionado con el egipcio que poco tiempo antes había provocado disturbios y dirigido a un grupo de hombres violentos, como al principio había supuesto el comandante.

Ese era el tipo de gritos que se lanzaban contra los primeros cristianos, tan fuertes y furiosos que cualquiera que estuviera cerca solo podía pensar que eran los peores hombres. Eso era exactamente lo que la multitud quería, tal como había ocurrido contra nuestro Salvador. Festo también suponía que tenían un caso que correspondía a un tribunal romano, un asunto que el gobernador debía juzgar, como esperaba Galión en (Hechos 18:14). Si no era así, entonces llevarlo ante él era una necedad y un insulto.

Pero, para su gran sorpresa, el asunto no era ninguna de esas cosas. No tenían pruebas reales, sino solo cuestiones discutibles. Lo peor que podían decir se refería a asuntos que podían debatirse interminablemente, pero que no demostraban ninguna culpabilidad. Eran temas más apropiados para un salón de clases que para un tribunal.

Festo las llama cuestiones de su propia superstición, refiriéndose a su religión o, al menos, a la parte de ella que supuestamente Pablo estaba perjudicando. Los romanos protegían la religión bajo sus leyes, pero no la superstición ni las tradiciones humanas. Sin embargo, parece que la cuestión principal tenía que ver con un tal Jesús que había muerto y a quien Pablo afirmaba que estaba vivo.

Algunos piensan que Festo estaba hablando de la fe cristiana misma como si fuera una superstición, con la misma ligereza con que los atenienses hablaron de un dios nuevo. Observemos con qué poco respeto este romano habla de Cristo, de su muerte y resurrección, y del gran conflicto entre judíos y cristianos acerca de si él era el Mesías prometido. La prueba principal de que era el Mesías —que había resucitado de entre los muertos— queda reducida a esto: «Había un tal Jesús, que había muerto, y Pablo afirma que está vivo».

En muchos juicios, el asunto consiste en determinar si una persona desaparecida está viva o muerta, y ambas partes presentan pruebas. Festo parece tratar esto como un asunto insignificante. Pero Jesús, de quien habla con tanta ligereza, es aquel que estuvo muerto y ahora vive por los siglos de los siglos, y tiene las llaves de la muerte y del sepulcro (Apocalipsis 1:18). Lo que Pablo dijo acerca de Jesús —que él vive— es tan importante que, si no fuera verdad, todos estaríamos perdidos.

Festo también explicó que había ofrecido enviar el caso a los tribunales judíos, ya que ellos estaban mejor capacitados para tratar asuntos de ese tipo (Hechos 25:20). Como no estaba seguro de cómo responder a aquellas cuestiones y se sentía incapaz de juzgar algo que no entendía, le preguntó a Pablo si iría a Jerusalén para ser juzgado allí ante el gran Sanedrín, el consejo gobernante de los judíos. No obligó a Pablo, pero le habría agradado que aceptara, pues así su conciencia no tendría que cargar con un caso semejante.

Pero Pablo decidió trasladar el caso a Roma en vez de Jerusalén, esperando recibir un trato más justo del emperador que de los sacerdotes. Apeló para que su caso quedara bajo la decisión de Augusto, es decir, del César (Hechos 25:21), porque no había otra manera de detener el proceso en aquel tribunal inferior. Así que Festo ordenó que lo mantuvieran bajo custodia hasta poder enviarlo ante el César, y no vio ninguna razón para rechazar la apelación. De hecho, se alegró de concederla.

Entonces llevaron a Pablo ante Agripa para que se escuchara su caso. El rey Agripa, Herodes Agripa II, había expresado ese deseo (Hechos 25:22). En efecto, dijo: «Agradezco tu informe, pero quisiera escuchar personalmente a ese hombre». Agripa sabía más del asunto que Festo. Había oído hablar de Pablo y entendía que aquella cuestión, que Festo trataba como una broma, era muy seria: si Jesús estaba vivo o no.

Nada le agradaría más a Agripa que escuchar a Pablo. Muchas personas poderosas consideran que la religión está por debajo de su atención, a menos que puedan juzgarla desde una posición de poder. Agripa jamás habría ido a escuchar predicar a Pablo, así como Herodes no habría querido escuchar predicar a Jesús. Sin embargo, ambos estuvieron dispuestos a que los llevaran ante ellos, únicamente para satisfacer su curiosidad. Quizás Agripa también quería escuchar a Pablo para tener la oportunidad de hacerle algún favor, aunque al final no hizo nada aparte de concederle cierto honor público.

Festo concedió la petición de inmediato y dijo: «Mañana lo escucharás». En esto hubo una sabia providencia, porque aquella noticia animó a Pablo, quien parecía estar enterrado vivo en la prisión y apartado de toda oportunidad de hacer el bien. No conocemos ninguna carta fechada durante su encarcelamiento en Cesarea. Cualquier bien que hiciera por los amigos que lo visitaban, o quizá por un pequeño grupo que se reunía con él el día del Señor, se desarrollaba en un campo muy limitado de servicio. Parecía una vasija rota que habían desechado.

Sin embargo, esto le dio la oportunidad de predicar a Cristo ante una multitud, y mejor aún, ante una multitud de personas importantes. Félix lo había escuchado en privado acerca de la fe en Cristo. Ahora Agripa y Festo lo escucharían en público. Por eso tenemos buenas razones para pensar que el discurso del capítulo siguiente, aunque quizá no produjo tantas conversiones como otros sermones de Pablo, dio gran honor a Cristo y al cristianismo, tanto como cualquiera de los sermones que predicó.

Se hicieron grandes preparativos para la audiencia del día siguiente (Hechos 25:23). Había una gran concurrencia en el lugar donde se llevaría a cabo la audiencia, porque Pablo y su caso eran muy comentados, especialmente porque muchos hablaban en su contra. Agripa y Berenice, su hermana, aprovecharon la ocasión para mostrar su rango y hacer una gran exhibición. Tal vez incluso habían deseado esa oportunidad precisamente por eso: para ver y ser vistos. Llegaron con gran pompa, vestidos con oro, perlas y ropas costosas, acompañados por un numeroso grupo de asistentes con uniformes elegantes. Todo formaba un espectáculo deslumbrante para la multitud que observaba. Llegaron con gran esplendor, pero aquel esplendor no era más que una vanidad ostentosa.

La apariencia mundana no añade verdadero valor ni obtiene verdadero respeto. Solo alimenta un orgullo vacío, que las personas sabias preferirían hacer morir en vez de satisfacer. No es más que una exhibición, un sueño, algo que pronto se desvanece. La misma palabra apunta a algo superficial y pasajero.

El esplendor de la apariencia de Agripa y Berenice debería hacer que una persona rechazara para siempre esa clase de pompa. Su belleza exterior estaba arruinada por sus vidas perversas, y cualquiera que los conociera no podía admirarlos, aun con toda aquella exhibición, porque eran personas viles (Salmo 15:4). Su gloria también era muy inferior al verdadero honor del pobre prisionero que estaba delante de ellos. ¿Qué eran sus ropas elegantes comparadas con la sabiduría, la gracia, la santidad, el valor y la firme fidelidad de Pablo mientras sufría por Cristo? Sus cadenas por una causa tan buena eran más gloriosas que las cadenas de oro de ellos, y sus guardias eran más nobles que los asistentes de aquellos gobernantes. ¿Quién podría seguir interesándose en el esplendor mundano después de ver a una mujer tan mala cubierta de él y a un hombre tan bueno cubierto de sufrimiento?

Los comandantes principales y los hombres prominentes de la ciudad aprovecharon la ocasión para mostrar respeto a Festo y a sus invitados. Era como una recepción de la corte, en la que los ricos y los importantes se reunían vestidos con sus mejores prendas para entretenerse. Probablemente Festo le avisó a Pablo la noche anterior que debía estar listo para comparecer ante Agripa a la mañana siguiente. Pablo confiaba en la promesa de Cristo de que recibiría las palabras necesarias en el momento oportuno; por eso no se preocupó por el poco tiempo de aviso ni quedó confundido. Quienes habían llegado con tanta pompa probablemente se preocupaban más por su ropa que Pablo por su caso, porque él sabía en quién había creído y sabía quién estaba a su lado.

Entonces Festo presentó el caso ante la corte, o más bien ante la audiencia, de una manera muy parecida a como se lo había explicado poco antes a Agripa. Se dirigió respetuosamente a los presentes: «Rey Agripa y todos los hombres que están aquí con nosotros». Habló a los hombres como hombres, lo que quizá fue una sutil reprensión a Berenice, una mujer, por presentarse en una reunión semejante. No le pidió su juicio ni su consejo. Más bien, parecía decir: «Todos ustedes, los hombres que están aquí, consideren este asunto».

También describió a Pablo como un hombre profundamente odiado por los judíos. No solo los gobernantes, sino también las multitudes de Jerusalén y Cesarea, gritaban que no debía seguir viviendo. Pensaban que ya había vivido demasiado y que, si continuaba con vida, solo causaría más daño. Sin embargo, no podían probar que hubiera cometido ningún delito digno de muerte. Simplemente querían quitarlo de en medio.

Festo admitió abiertamente la inocencia de Pablo, y eso fue un gran honor para Pablo y para sus cadenas. Era una declaración pública del propio juez: «Yo he hallado que no ha hecho nada que merezca la muerte» (Hechos 25:25). Después de una audiencia completa, no había pruebas que respaldaran las acusaciones. Festo estaba dispuesto a complacer a los acusadores, pero su propia conciencia declaraba que Pablo era inocente. Aun así, no lo dejó en libertad. ¿Por qué? Porque el clamor contra Pablo era tan fuerte que temía que la multitud se volviera contra él si lo soltaba. Es lamentable cuando una persona tiene conciencia, pero no suficiente valor para actuar conforme a ella. O quizá Festo pensaba que debía haber algún cargo real escondido debajo de tanto humo, y decidió mantener a Pablo bajo custodia hasta que el asunto se aclarara.

Festo explicó entonces la situación actual del caso. Pablo había apelado al propio emperador, lo cual demostraba confianza en su causa, pues sabía que merecía ser llevada ante el tribunal más alto. Festo había aceptado la apelación, así que dijo: «He decidido enviarlo». Esa era la situación.

Después pidió a los demás que ayudaran a examinar el asunto con calma y justicia, ahora que los acusadores ruidosos ya no interrumpían. Quería entender el caso lo suficiente como para explicarlo correctamente al emperador (Hechos 25:26-27). Le parecía absurdo enviar a un prisionero, especialmente tan lejos como a Roma, sin indicar también los cargos en su contra. Así, el asunto podría prepararse lo mejor posible para que el emperador tomara una decisión. Como el emperador tenía muchos asuntos que atender, cada caso debía resumirse de la manera más breve posible.

Festo reconoció que todavía no podía escribir nada concreto acerca de Pablo. Las acusaciones estaban tan mezcladas y eran tan contradictorias que no lograba entenderlas. Por eso quería que Pablo fuera interrogado públicamente, para que los demás pudieran ayudarlo a saber qué debía escribir. Esto muestra los problemas, las demoras e incluso los peligros que surgen cuando la justicia se administra lejos del centro del poder. El mismo tipo de carga cayó sobre esta nación cuando estuvo sometida al papa de Roma en asuntos de la iglesia y la gente apelaba continuamente a su tribunal. Los mismos daños, y muchos peores, volverían a producirse si alguien nos colocara otra vez bajo una esclavitud semejante.

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